miércoles, 14 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA DE GUERNSEY

Siempre me resulta entretenido y hasta didáctico comparar algunos de los libros que leo y su versión en el cine.  
Es lo que acabo de hacer con la película La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, que ha dirigido Mike Newell, y la novela del mismo título escrita por Mary Ann-Shaffer y Annie Barrows.
En este caso, al contrario de lo que me sucedió con La librería, considero mejor el libro que la película.
En uno de los capítulos, respondiendo a la carta de Juliet, la escritora y principal protagonista, Sydney, su editor, le dice: He leído tus capítulos varias veces, y tienes razón, no funcionará. Una sucesión de anécdotas no hace un libro.
Ésa fue mi impresión al comparar ambas versiones, la película me quedó reducida a una colección de anécdotas.
La historia que narran las dos escritoras inglesas, por cierto, tía y sobrina, está apoyada en hechos reales acaecidos durante la segunda guerra mundial, concretamente en 1940 cuando las islas del Canal de la Mancha fueron ocupadas por la Alemania nazi.
Poco antes, en previsión de lo que iba a suceder, Inglaterra ofrece a sus habitantes la posibilidad de ser evacuados, lo que ocurrió con 5.000 niños y algunos adultos.
Hitler ordenó a los oficiales que mandaban las tropas de ocupación que las islas fuesen protegidas con toda clase de fortificaciones, cuya construcción se encargó a la Organización Todt, que utilizaba en sus obras trabajadores esclavos, muchos de ellos judíos.
Los alemanes permanecieron en las islas hasta mayo de 1945. Una buena parte de lo sucedido durante ese tiempo se recoge en la narración.
 
La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey es una novela epistolar. La primera carta, fechada en Londres el 8 de enero de 1946, la dirige Juliet Ashton, famosa autora gracias al éxito que obtuvieron las columnas de toque humorístico que publicaba en un periódico mientras duró la guerra, recogidas después en un libro, al editor de ese libro, Sydney Stark.
En ella, además de hablarle de las dificultades con las que se enfrentan los londinenses a la hora de obtener comida en una ciudad devastada por los bombardeos, le expone su propia dificultad para encontrar un tema que le permita escribir una nueva obra.
En cartas posteriores a otras personas descubrimos que Juliet tampoco encuentra la pareja adecuada.
Así llegamos al 12 de enero de 1946 cuando Juliet recibe la carta de Dawsey Adams desde Guernsey, islas del Canal, contándole que ha llegado a sus manos un libro, Ensayos escogidos de Elia, de Charles Lamb, un autor que le encanta, con su nombre y dirección en la cubierta; lo que aprovecha para pedir le envíe, si es posible, la dirección de alguna librería de Londres a la que demandar otros libros de Lamb.
Se inicia de ese modo una correspondencia en la que participan progresivamente una gran variedad de personajes: pintorescos, malvados, entrañables, profundos, atormentados, presuntuosos, tímidos… Es decir, un conjunto de seres humanos caracterizados por lo que escriben y hasta por lo que leen y sus opiniones al respecto. Junto a los personajes, destacan de igual modo las detalladas descripciones de paisajes y ambientes.
Todo el libro, desde la referencia a las columnas periodísticas que hacen más leve la agonía de la guerra, hasta las lecturas de los miembros de La sociedad literaria y el pastel de piel de patata (el nombre da idea de las penurias que padecen), constituida durante la ocupación y que ha supuesto para ellos una válvula de escape frente al horror, pese a las muchas tragedias que vamos descubriendo al lado de Juliet, es un homenaje a la literatura y a su poder frente a la adversidad.
En resumen, un libro muy recomendable y una película entretenida que, pese a durar dos horas y no hacerse en absoluto pesada, creo que pierde con la comparación

jueves, 8 de noviembre de 2018

EL OLVIDO QUE SEREMOS


Hace ya algunos años, concretamente en el 2008, por indicación de mi inolvidable amigo Manolo leí el libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de El olvido que seremos del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince.
En el último mes, en uno de los grupos de lectores de los que formo parte, me han brindado la ocasión de volver a leerlo.
Tengo muy claro que una buena obra literaria te enriquece con cada lectura. Un enriquecimiento que se ve modificado por los años y las experiencias.
El año 2008, en la breve reseña que hacía siempre de los libros leídos escribí: Héctor Abad Faciolince relata en El olvido que seremos su propia historia centrándose en la figura de su padre: Héctor Abad Gómez, médico colombiano asesinado por los paramilitares en 1987, debido a la defensa que hacía de los pobres y de la justicia social frente a la corrupción del poder. Bastante anticlerical, crítica ferozmente la jerarquía eclesiástica y la función de muchos de sus miembros que apoyan a los poderosos para no perder privilegios. Es un canto a la infancia y una declaración de amor paterno filial impresionante.
Ahora, en el 2018, seguiría diciendo, porque es así, que se trata de un relato autobiográfico dedicado a una persona que nunca podrá leerlo.
Sin embargo, junto al amor paterno filial que impregna toda la narración, destacaría también otras cuestiones importantes. Por ejemplo, la forma de educar del padre que puede resumirse en una de sus reflexiones: Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad.
Una felicidad que no consiste en aislar a las criaturas del entorno, ocultando realidades que ellos, privilegiados de nacimiento, no conocen. El padre se hace acompañar de los hijos en sus visitas a barrios marginales en los que intenta mejorar las condiciones de vida de las gentes mediante la educación y la prevención, como profesor que es en la Facultad de Medicina de Medellín en el Departamento de Salud Pública y Medicina Preventiva.
En ese trabajo reside una segunda cuestión que ahora destaco. El padre del autor del relato es un idealista que procura mejorar la vida de los pobres educándolos; pero a la vez presiona a las autoridades para que se preocupen de los barrios donde viven: cuidando las instalaciones de agua potable, controlando las basuras, atendiendo a la infancia y a las embarazadas, con campañas de vacunación, etc. Las medidas que demandaba no eran una jugada política, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social.
Un activismo en el que le ayudan otras personas, entre ellas sacerdotes de esos barrios, alejados, eso sí, de la jerarquía eclesiástica que critica su labor, al igual que los dirigentes políticos, en ese caso pertenecientes a la derecha.
Y ésta es la tercera cuestión destacable. Al protagonista le consideran un hombre de izquierdas y como tal es asesinado. Aunque él explicaba que su ideología era un híbrido: Cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder.
Así que no resulta extraño que critique a la izquierda cuando empieza a asesinar y a secuestrar, al igual que lo hacen los paramilitares o las asociaciones de derechas. Esta ecuanimidad basada en unos principios claros e inamovibles es, insisto, también destacable.
Una cuarta e igualmente importante cuestión reside en el papel que realiza la esposa, madre de cinco hijos, cuatro chicas y el autor del libro, único varón que, con el padre, está en inferioridad de condiciones frente a un auténtico matriarcado. En la casa familiar hay tantas mujeres, que la madre se refiere a todos los miembros, incluidos los dos varones, utilizando términos femeninos: nosotras, ellas... Esa madre, de la que el hijo destaca su entereza, su sentido práctico y su alegría, consciente de que el idealista marido, con un desapego total a lo económico, será de poca ayuda para mantener a su numerosa prole, se pone a trabajar, con tal ímpetu e inteligencia, que consigue montar un negocio notable.
Así podría seguir enumerando aspectos que antes no destaqué y que ahora me han impresionado.
Como debo ser breve, terminaré diciendo que el libro está muy bien escrito. Héctor Abad Fancioline refleja sus vivencias con sencillez, claridad y tanto amor y agradecimiento por la herencia moral y afectiva que le dejó su padre, que no cabe nada más que recomendar una obra admirable que nos permite, además de lo ya reseñado, conocer una etapa terrible en la historia de Colombia y profundizar en la vida de un hombre que trabajo siempre por un ideal y que, cuando fue asesinado, llevaba en el bolsillo, junto a la lista de los amenazados el siguiente soneto de Borges titulado Epitafio.

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
esta meditación es un consuelo.