miércoles, 31 de octubre de 2018

EL CERTIFICADO

La primera obra que leí de Isaac Bashevis Singer, escritor judío y Premio Nobel 1978, fue La casa de Jampol (en Opticks el 22 de agosto del año 2011). Dos años más tarde (Opticks, 16 de mayo 2014), me recomendaron del mismo autor La familia Moskat; y este verano tuve ocasión de adquirir en un mercadillo El certificado, novela más breve que las anteriores pero con parecidas características en cuanto a contenido y formas de expresión, lo que hace que los libros de Isaac B. Singer continúen siendo admirados en los más exigentes círculos literarios
Un escritor, pensé, debe urdir una trama que, por un lado, tenga la apariencia de la realidad corriente, y por otro revele la presencia y el discernimiento de las fuerzas que manejan el mundo.
Es lo que piensa el joven David Bendiger poco después de llegar a Varsovia, la ciudad en la que, de niño, había vivido con su familia.
Ahora, en 1922, cumplidos ya los 18 años, tras haber estudiado yiddish y hebreo, leído mucho sin un orden determinado, escrito un ensayo sobre Spinoza y la Cábala y algunos textos más cuya calidad considera dudosa, se plantea qué hacer con su vida, aunque lo que más desea es convertirse en un buen escritor.
El problema es que en la Polonia que pervive después de la primera guerra mundial ha brotado con fuerza un agresivo nacionalismo, lo que perjudica en especial a los judíos, más aún si son tan pobres como David. En el lado contrario, el comunismo, que aspira a expandirse, tampoco simpatiza demasiado con el que se considera así mismo pueblo elegido; lo comprobará el hermano mayor de David, también escritor, cuando viaja a Rusia en busca de mejores oportunidades.
Las circunstancias, las fuerzas que manejan el mundo, provocan que la supervivencia del muchacho dependa de tres mujeres: Sonia, trabajadora en una tienda de ropa que vive en la casa de sus patrones; Minna, hija única de padres acaudalados con formación aristocrática; y Edusha, que ha optado por el comunismo y está convencida de que salvando al proletariado se acabará con la injusticia en el mundo.
La personalidad y las circunstancias de estas tres mujeres tan distintas las presenta Isaac B. Singer con tal realismo, una de las principales características de su estilo, que las hace del todo humanas y, dato curioso, avanzadas, incluso, muy avanzadas, para la época en la que vivieron.
El nombre del libro, El certificado, viene porque, al apoderarse Gran Bretaña de Palestina en 1917, se permitía a los judíos regresar a la tierra de sus antepasados, aunque con cuentagotas y multitud de trabas burocráticas, si contaban con un certificado que autorizaba el viaje. Así que Minna propone a David pagar ella los costes de tal certificado, formalizar un matrimonio ficticio y viajar ambos a Palestina; allí se divorciarán y podrá casarse con su prometido que la espera.
Junto a lo que concierne a las tres mujeres, está el profundo estudio del carácter del joven, siempre hambriento y con sueños de grandeza que visualiza de continuo hasta perder el contacto con la realidad mísera que lo envuelve.
El certificado se considera por los críticos como novela de aprendizaje ya que, contada en primera persona, refleja las dudas religiosas, políticas y existenciales propias de la juventud.
Lo curioso es que, quizá de ahí proviene su impactante realismo, según nos dice en una nota final Rhoda Henelde Abecassis, la historia relatada por Isaac B. Singer  en El certificado es en su mayor parte autobiográfica.
Fue esa habilidad especial para mezclar la realidad con la fantasía uno de los méritos de Singer que tuvo en consideración el comité de expertos que le concedió el Nobel, explicando que en la obra de Isaac B. Singer  “fantasía y experiencia cambian de forma. La fuerza evocadora de la inspiración de Singer adquiere un sello de realidad, y esa misma realidad es elevada por los sueños y la imaginación a la esfera de lo sobrenatural, donde nada es imposible y nada es seguro”.

miércoles, 24 de octubre de 2018

365 HAIKUS Y UN DÍA

Cuando Luis me preguntó si le haría el favor de ayudarle en la presentación de un libro, en el primer momento me alegré porque todo lo relacionado con los libros me gusta. La preocupación llegó al conocer el título del libro que debía ayudarle a presentar: 365 haikus y un día. Creo que, incluso, comenté: ¡qué difícil!
Y es que presentar un libro de haikus en los tiempos de las redes sociales, los teléfonos móviles, los tuits, la posverdad, las prisas y la acumulación de noticias que enseguida se hacen viejas, puede resultar complicado.
Complicado porque si les digo:
Un viejo estanque
salta una rana ¡zas
chapalateo
Seguramente se quedarán con la misma cara que me quedé yo cuando un amigo me pidió que opinara sobre los haikus que estaba escribiendo.
Sin embargo, este haiku, modelo del género para Rafael Cadenas, Premio de Poesía Reina Sofía 2018, es obra de uno de los mejores poetas que cultivó ese género en Japón en el siglo XVII: Matsuo Basho.
Y es que el haiku, poema breve de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas (moras), de origen japonés e inspirado en la emoción del momento, lleva consigo una reflexión; un detenerse y mirar, hasta alcanzar algo parecido a una conmoción espiritual, que es a la vez sentimental y estética.
Así que no debe extrañarnos que muchos relacionen el haiku con el budismo zen y la meditación. Se trata de mirar lo que nos rodea pausadamente, trascendiendo la apariencia, buscando descubrir la esencia en la profundidad, lo que podría definirse como la eternidad en el instante.
La investigación que realicé sobre el haiku provocó que desease conocer a la persona que sabía mirar de esa manera. Y conocí  a Fernando Carrillo.

Fernando Carrillo nació en Extremadura:

Vengo de un pueblo
de grietas en las manos
de jara y esparto

-Y en Extremadura

He visto al grajo
con bufanda de lana
volar muy bajo

-Los grandes amores de Fernando son Cristina y sus hijos Pablo y Jesús:

No se apagará
la luz de tu presencia
tu infinito amor

Duerme mi niño
que no rompan tus sueños
ni tu inocencia

-La amistad, un cierto compromiso social y el respeto a la palabra son básicos en su forma de entender la vida:

Debemos poner
alas a las palabras
mostrar su fuerza

Y de repente
no todo está perdido
la amistad queda

-Los viajes, la escritura y la lectura, el cine, la cocina con amor, el buen comer, el vino y el humor surrealista son fundamentales en su dieta:

Vino en pitarra
me alegras el corazón
y endulzas mi alma

Sin darme cuenta
se echó el día encima
y me atropelló

-Fernando corre lento pero seguro. Fue guardia civil durante 21 años y colaboró en la creación de la AUGC, llegando a ocupar el cargo de Secretario General Nacional. Es psicólogo y ejerce como tal y como gerente de la empresa MES.NET. Ha publicado ensayos y trabajos de investigación sobre diversos temas, además de dos poemarios: Donde quiera que no estés y Corriendo con neandertales.
Y ahora hablemos del libro en concreto: 365 haikus y un día.
Amos Oz, un escritor al que admiro, afirma en Una historia de amor y oscuridad que: Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.
Por lo tanto el corazón del relato, en este caso el corazón del haiku, al que se refiere Amos Oz lo encontraremos si, leyendo los haikus de Fernando Carrillo, experimentamos esa emoción profunda, esa conmoción espiritual que debió sentir él al escribirlos.
Son muchos los haikus de este libro que a mí me han conmovido, me han hecho reír o, simplemente, me han hecho pensar. Lo curioso es, y ahí reside también la magia del haiku, que cada vez que relees lo escrito por Fernando en estas páginas, descubres profundidades nuevas, reflexiones que te habían pasado inadvertidas en las lecturas anteriores.
-Están los haikus de tipo psicológico:

Un puzle somos
con infinitas piezas
buscando encajar

La gente sufre
fuera de nuestros ombligos
sin inmutarnos

Dejar todo atrás
es más fácil si no usas
el retrovisor

-Hay otros en los que destaca la rabia o la denuncia ante una situación que nos afecta:

¡ETA mátalos!
rezaban en los templos
de la mentira

Ya no escuchamos
las palabras se arrojan
como puñales

Vivir viviendo
contra morir matando
morir viviendo

-Encontramos haikus que transmiten sentimientos de pérdida, de tristeza, de melancolía:

Trae el regreso
los abrazos perdidos
pero no el tiempo

Cae el verano
ya se alargan las sombras
de despedida

Las lunas pasan
los tiempos que no viste
lloran tu ausencia

-Aquellos en los que el autor se hace uno con la naturaleza:

Pintan de besos
las praderas de mayo
las amapolas

Bajaba el río
desbordado de abrazos
por el deshielo

Vuelan las hojas
y la melancolía
la luz de otoño

-Los hay que expresan los sentimientos amorosos con sutileza y preciosismo:

Mientras regresas
pinto un paso de cebra
para encontrarnos

Cuando me pierdo
busco siempre el camino
de tu horizonte

Un mirlo canta
la luz del alba brilla
sobre tu espalda

-Los hay irónicos y hasta sarcásticos:

Ser de una pieza
deja muy poco margen
para maniobrar

Del organismo
la parte más sensible
es la cartera

No se hizo el manjar
para la boca del asno
ni el argumento.

-Los hay, en fin, que encierran en sí mismos toda una lección de filosofía

Para la vida
con dos dedos de frente
no es suficiente

Deja de buscar
un sentido a la vida
pon tú los cinco

Es buen balance
siempre cumplir más años
que desengaños

Y ya termino. Aclarando, eso sí, que los treinta haikus que acabo de leer son solamente una pequeña muestra de toda la belleza, la profundidad, la poesía, la reflexión certera, la sensibilidad y podría seguir enumerando cualidades que posee el libro de Fernando, cuya lectura proporciona un disfrute tal que, Fernando, haciendo mío uno de tus haiku:

Quiero decirte
mil millones de cosas
y todas buenas

martes, 16 de octubre de 2018

EL AGUA DE LA VIDA

Hace ya algunos años, concretamente en el 2011, leí un libro de  la escritora de nacionalidad canadiense y estadounidense Sara Gruen titulado Agua para elefantes; me pareció una novela entretenida y de lectura fácil.
Así que, tras aconsejar a uno de los grupos de lectores de los que formo parte que leyeran El jinete polaco, y comentar entre todos la obra de Muñoz Molina, consideré conveniente suavizar el ritmo con una novela del todo distinta, y elegí El agua de la vida de la citada Sara Gruen.
Los principales protagonistas de El agua de la vida son Maddie y Hellis Hyde, un joven matrimonio de clase alta de Filadelfia que, en 1944, viven en la ciudad una vida de lujos y fiestas, ajenos a la 2ª guerra mundial que asola gran parte del planeta; en ese modo de vivir les acompaña Hank, amigo de Hellis.
El padre de Hellis ha sido general y no soporta que su hijo, aquejado de daltonismo, no participe en la guerra (tampoco lo hace Hank porque tiene los pies planos).
El caso es que, tras una de esas fiestas en la que Maddie y Hellis se emborrachan y montan un escándalo, el general, indignado, los echa de casa.
Ante el negro futuro, Hellis decide viajar a Escocia en busca del monstruo del lago Ness. Su padre lo buscó en un tiempo sin resultados. Encontrándolo, el joven pretende demostrarle lo mucho que vale. Le acompañarán en el viaje su esposa y su amigo Hank.
Escocia está afectada por la guerra y ni el alojamiento que les espera ni lo que en él se les ofrece, responde a las expectativas de los tres.
El choque con la nueva realidad resulta traumático en diversos aspectos. De ahí se van a derivar una serie de circunstancias que lo cambiarán todo, hasta llegar a un final de novela rosa tan increíble como los distintos personajes que pueblan la narración.   
El agua de la vida tiene 448 páginas, en algunas de ellas la autora agradece a un buen número de personas la ayuda que le prestaron mientras investigaba sobre Escocia, el monstruo, el desarrollo de la guerra, los  efectos sobre dicho territorio y Gran Bretaña en su conjunto, etc., etc.
La verdad es que no entiendo cómo se puede obtener un resultado tan pobre si se cuenta con la ayuda de tantas y tan ilustres personas.

domingo, 7 de octubre de 2018

EL JINETE POLACO


Es un placer empezar octubre con un libro que es una obra de arte, nada menos que El jinete polaco de mi admirado Antonio Muñoz Molina.
Son muchos los expertos que han analizado y glosado esta novela, que fue Premio Planeta en 1991 y posteriormente Premio Nacional de Literatura, yo me limitaré, desde mi sola posición de lectora, a explicar, con la brevedad acostumbrada, por qué la considero una obra de arte.
Primero, porque incluye todos los géneros aplicables a la novela:
-Novela histórica, al abarcar un largo periodo de la historia, desde el asesinato de Prim a la guerra del Golfo.
-Novela de amor, por la relación que se establece entre sus dos principales protagonistas: Nadia y Manuel.
-Novela negra, si nos fijamos en la momia de la misteriosa joven que aparece emparedada en los sótanos de la Casa de las Torres.
-Novela costumbrista, ya que expone de un modo detallado los usos y costumbres populares de las gentes de Mágina.
-Novela social, en los aludidos usos y costumbres pueden apreciarse las diferencias sociales existentes en dicha población.
-Novela en parte autobiográfica, no cuesta nada identificar en multitud de párrafos a Manuel protagonista con Antonio escritor.
En segundo lugar, por la construcción del relato en sí, una larga metáfora de la condición humana con todas sus grandezas y flaquezas: los orígenes y la aceptación o no aceptación de lo que fuimos y somos, el arraigo y el desarraigo, la búsqueda de uno mismo en la persona del otro, la pervivencia de la memoria, el sentido casi mecánico a veces del deber, el arrepentimiento y la culpa, el paisaje modelador de personalidades y conciencias, el amor como encuentro e impulso…
En tercer lugar, el vocabulario utilizado, el nombre exacto de las cosas. Esa especial cadencia de la frase que invita a repetir la lectura y a meditar sobre lo que has leído, porque hay ahí una profundidad que se te escapa.
Te hablo de otro mundo en el que los atributos de las cosas eran siempre tan indudables como las formas de los cuerpos geométricos que venían dibujados en las enciclopedias escolares, pero tampoco ignoro que sin la furia de la huída no habría existido esta dulzura del regreso ni que el agradecimiento sólo fue posible después de la traición.
Es Manuel quien habla cuando vuelve a Mágina porque le comunican que su abuela ha muerto. Antes del regreso, su vida de traductor en organismos internacionales fue una huída constante, un deambular de un continente a otro, de un país al siguiente, realizando el trabajo asignado de manera mecánica.
En uno de esos viajes encontró a Nadia que resultó ser hija de un comandante destinado en Mágina a comienzos de la guerra civil, el comandante Galaz.
La Mágina de Manuel no es otra que la Úbeda de Antonio. Coinciden sus leyendas, sus paisajes, sus calles y sus plazas. Subo por la calle del Pozo… recorro los miradores desde los jardines de la Cava hasta el ábside del Salvador y distingo los verdes brillantes y los azules suaves y los grises de niebla del valle del Guadalquivir, la alta silueta de la sierra de Mágina, borrosa tras la lluvia, los caminos blancos que descienden entre las huertas hacia los olivares y el río.
El escritor rememora los hechos del pasado. El cuarto de la viga en el que nació, perteneciente a la casa alquilada por sus padres, es el mismo en el que nace Manuel. Y te quedas dudando si serán coincidentes las personalidades y ocupaciones de los padres, abuelos, bisabuelos; y, de nuevo, una única hermana para Manuel y Antonio y un instituto público y Jim Morrison y John Lennon y los olivares y los seriales radiofónicos y la no aceptación de ese presente ya que vivía enfermo de palabras y voces. El jinete polaco está repleto de personajes significativos que, vuelvo a repetir, no sé si existieron realmente pero parecen reales por lo bien dibujados: el comandante Galaz, que compra en un anticuario el grabado de Rembrant que dará nombre al libro; el médico don Mercurio que estuvo, incluso, en la guerra de Cuba; Ramiro Retratista, que conserva en sus fotos imágenes de habitantes de Mágina que ayudarán a Manuel a construir su historia personal; el teniente Chamorro, represaliado tras la guerra civil y buen amigo de inspector Florencio Pérez; el periodista local Lorencito Quesada; el torero Carnicerito, orgullo de la localidad…
Toda la novela es un ir y venir constante, de atrás adelante y de adelante atrás acompañando a Manuel en sus recuerdos, estimulados por las fotografías que guarda en un baúl Ramiro Retratista y dulcificados por la presencia de Nadia, la hija del comandante Galaz con la que coincidió de adolescente en Mágina, sin que entonces esa presencia supusiese nada en su andar alterado.  
Recuerdos que hasta pudieran ser los nuestros, al tratarse de una obra que no se queda en la superficie de las cosas, los lugares o las personas; por el contrario, Antonio Muñoz Molina profundiza en todo ello, dotando de sentido cada gesto, palabra o detalle, sin juzgar ni pontificar sobre nada, dejando que el lector, desde su libertad y manera de entender el mundo, extraiga conclusiones y medite.