lunes, 10 de septiembre de 2018

LA REBELIÓN DE ATLAS


Otro de los libros que he leído durante el largo y tedioso agosto ha sido La rebelión de Atlas de la escritora rusa nacionalizada norteamericana Ayn Rand.
De Ayn Rand ya conocía Los que vivimos y El manantial. De esta última obra, incluso, vi la película que dirigió King Vidor y protagonizaron Gary Cooper y Patricia Neal.
Ayn Rand nació en Rusia en 1905, padeció los efectos de la revolución de 1917, lo que más tarde le permitió escribir Los que vivimos (1936), obra que considera próxima a su autobiografía, en la que relata algunas de las muchas penalidades que sufrió gran parte del pueblo ruso con la llegada del comunismo; la protagonista es una joven, Kira, que ama la libertad por encima de todas las cosas.
También el protagonista de El manantial (1943), el arquitecto Howard Roark, independiente e íntegro como Kira, ama la libertad y se enfrenta a la corrupción de un sistema que considera a las personas simples peones al servicio de intereses espurios. Estos intereses los puede representar el Estado, las iglesias o cualquier otra organización que no tenga en cuenta la individualidad del ser humano.
En el año 1957, supongo que con las ideas filosóficas y sociales que encontramos en sus anteriores obras del todo asentadas, Ayn Rand publica La rebelión de Atlas, novela de casi 1200 páginas en las que, valiéndose de dos grupos bien diferenciados de personajes, intenta poner al alcance del gran público dichas ideas.
La rebelión de Atlas recrea en sus inicios una sociedad distópica imaginaria en la que se repite la enigmática pregunta: ¿Quién es John Galt?
La pregunta, cuya respuesta aparecerá bien avanzada la lectura, se plantea a la vez que va desmoronándose el sistema empresarial y de servicios por la acción de un grupo de personas que representan lo que Ayn Ran critica. Entre ellas están Jim Taggart, presidente de los ferrocarriles Taggart, el Dr Pritchett, director de un importante departamento de filosofía; Wesley Mouch, intermediario en Washington, Mister Thompson, jefe del Estado, y algunos más, entre políticos, funcionarios y empresarios.
Frente a este grupo, se hallan los que practican las ideas de la autora; curiosamente aquí no aparece ningún político. Serían Dagny Taggar, hija del fundador de los ferrocarriles Taggar, hermana de Jim y jefe de operaciones de la compañía; Hank Rearden, industrial del acero e inventor del metal Rearden, Francisco d’Anconia, rey mundial del cobre o Ragnar Daneneskjold que considera a Robin Hood un enemigo de la humanidad.
Una de las claves del conflicto, que se extiende progresivamente, está en la práctica del principio marxista que subyace tras los planteamientos del primer grupo, que mantiene que hay que aportar a la sociedad “cada uno según sus condiciones para cada uno de acuerdo con sus necesidades”.
Este principio les lleva a implantar de forma obligatoria el colectivismo, la nacionalización de empresas y hasta La Edad del Amor, desde un Estado omnipresente que lo regula todo y pone cientos de trabas a la iniciativa personal, porque es más fácil gobernar a los mediocres.
Por el contrario, los pertenecientes al segundo grupo defienden la libertad del espíritu humano para crear y trabajar en ello, teniendo como principal objetivo la consecución de la felicidad y la prosperidad individual mediante el ejercicio de ese trabajo.
Ante la presión de los defensores del colectivismo que, entre otras maldades, utilizan la prensa como ariete, los partidarios de la libertad optan por desaparecer.
Entonces la distopía poco a poco da paso a la utopía. Pero eso es algo que ya habrán descubierto los que hayan leído este libro, dada su antigüedad.
A los que pretendan leerlo ahora, no puedo descubrirles nada más sin estropear la intriga del relato.
Decirles sólo que La rebelión de Atlas, se esté o no de acuerdo con los postulados que defiende su autora, y a pesar de lo que se extiende a veces en esa defensa, supone una muy interesante, entretenida  y aleccionadora lectura.
 
 
 
 
 
 
 

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