martes, 20 de marzo de 2018

ORDESA

Cuando visito librerías, consulto las novedades de la biblioteca pública o leo las recomendaciones que aparecen en alguna de las revistas o periódicos que cuentan con secciones dedicadas a la literatura, aún me sorprendo de lo mucho que se edita en España.
Lo curioso es que, en la mayor parte de las ocasiones, al investigar en Internet sobre el libro de un autor desconocido para mí, compruebo que abundan las páginas en las que dicho libro se comenta; lo que quiere decir que se ha leído.
Así que no acabo de entender por qué en las estadísticas siempre aparecen cifras que demuestran lo poco que leemos en España. Si leemos poco, por qué se publica tanto y por qué existen tantos espacios en los que se comentan libros. Seguro que existe una explicación lógica; mientras llega, seguiré sorprendiéndome.
Acaba de ocurrírseme que las estadísticas se construyen preguntando a diversas personas si leen o no, pero en el resultado no significa nada el número de libros leídos por las que se confiesan lectoras. Ahí puede residir una respuesta a mis interrogantes.
Las disquisiciones anteriores tienen que ver con un escritor, Manuel Vilas, y una obra que acaba de publicar titulada Ordesa cuya lectura ha conseguido  emocionarme. Debo añadir que hasta ahora ni conocía a Manuel Vilas ni, por supuesto, ninguna de sus obras. Ha sido en Internet donde he descubierto cuestiones relacionadas con su trayectoria como poeta y prosista, los numerosos premios que ha recibido, incluso el de las Letras Aragonesas (nació en Barbastro), y lo mucho que se le valora.
Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo. Yo nunca lo soportaré.
Son las líneas con las que empieza Ordesa. De ahí en adelante, Manuel Vilas se rebela contra esa ingravidez relatando su historia personal en una, yo diría catarsis, en la que hay amor, arrepentimiento, poesía y una serena aceptación del presente, porque los que murieron, padre y madre, continúan viviendo en nosotros: Si de algo me he dado cuenta en la vida es de que todos los hombres y las mujeres somos una sola existencia.
Pero antes de llegar a la certeza anterior, Manuel Vilas debió recuperar en su mente lo que sintió al viajar con sus padres a Ordesa en 1969 y cambiar el color amarillo, asociado a la inconsistencia, el rencor y el dolor, por el blanco del perdón y la conformidad consigo mismo.
En el libro, que él define como autobiográfico, parte de una serie de vivencias traumáticas, con divorcio y abandono del hogar familiar de por medio, para interrogarse sobre su pasado, relacionándolo siempre con las figuras de sus padres muertos y la vida que compartieron, el padre como viajante de comercio y la madre como ama de casa, en la España de los años 60 y 70 que describe mediante distintas situaciones y ejemplos.
Esos recuerdos, con los que podrá identificarse fácilmente quien haya experimentado, ante la muerte de sus progenitores, una sensación de soledad y desamparo similar:
Qué solo me he quedado, papá.
Qué voy a hacer ahora, papá.
Ya no verte nunca es ya no ver.
Insisto, esos recuerdos conducen a Manuel Vilas hasta la época actual y a las complicaciones que le plantea la convivencia esporádica con sus dos hijos, a los que, al igual que a sus padres: Bach, Wagner, identifica con nombres de músicos: Vivaldi, Brahms.
Ordesa es tan sincero que, en ocasiones, duele lo que expresa. Aunque suene a sabido, pasamos por la vida sin darnos cuenta de lo que tenemos, sin aprovechar las ocasiones en las que podríamos disfrutarlo. Después, cuando ya nada tiene remedio y aquellos a quienes amamos se han convertido en cenizas, nos lamentamos del tiempo perdido, de ciertos desencuentros, de la poca paciencia que tuvimos con manías de viejos que ahora reconocemos en nosotros.
En Ordesa Manuel Vilas
De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi
nombre,
nuestro nombre.

 

 

 

 

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