martes, 20 de febrero de 2018

EL ABISMO VERDE

Tras leer con la lentitud que merecía El espíritu áspero de Hidalgo Bayal, pedí en la biblioteca un libro de Manuel Moyano, autor del que había oído hablar con admiración en tertulias literarias radiofónicas.
La obra conseguida fue El abismo verde, cuyas 166 páginas, al contrario de lo que sucede con El espíritu áspero, requieren poco tiempo y poco esfuerzo, aunque después te dejen un rescoldo incómodo al que cuesta trabajo definir.
El protagonista de El abismo verde es un joven sacerdote con espíritu aventurero, fomentado mediante las lecturas de Julio Verne, H. Rider Haggard, Jack London o Joseph Conrad, entre otros autores que han escrito libros en los que juega un papel importante dicho espíritu.
El sacerdote cuenta la historia contenida en El abismo verde, una vez superados los trágicos sucesos a los que ha de enfrentarse, tras ser destinado a Agaré, aldea mísera situada en el área amazónica a dos días de cabalgadura de cualquier lugar habitado.
Agaré está poblada únicamente por hombres, a excepción de la esposa indígena del europeo encargado de controlar la explotación ahora  maderera y antes minera, en la que trabaja un grupo de mestizos embrutecidos por el alcohol y otras cuestiones que iremos descubriendo conforme avancemos en el relato.
La narración, contada en primera persona, se inicia de la siguiente forma: Dios somete a pruebas implacables a sus emisarios; por eso acabé apartándome de Él. Durante cierto tiempo, mientras aún ejercía el sacerdocio, fui conocido como «el Padrecito»: así solían llamarme los habitantes de aquel inmundo pueblo amazónico de Agaré, antes de que su propia insensatez los borrara de la faz de la tierra.
Podemos comprobar que la prosa de Manuel Moyano es directa y clara, por lo tanto, fácil de leer. Facilidad que no está alterada por  los inquietantes sucesos que atañen a los trabajadores del poblacho y que el sacerdote se propone aclarar, a pesar del riesgo que eso conlleva.
El ambiente creado por Manuel Moyano en El abismo verde resulta opresivo e inquietante. A las dudas teológicas que cada vez con más intensidad afectan al sacerdote, se une el entorno que rodea la iglesia; empezando por la mísera casa del sacerdote muerto al que sustituye, y continuando con las características físicas y psicológicas de las personas que habitan Agaré, la impenetrabilidad de la selva y los misterios que encierra en su interior.
En las tertulias radiofónicas a las que aludí antes, se dijo que Manuel Moyano era muy hábil en el relato corto, que consiste básicamente en saber decir mucho utilizando pocas palabras. La historia que nos cuenta en El abismo verde es una buena muestra de esa habilidad.  
 

 


 

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