martes, 27 de febrero de 2018

UNA LIBRERÍA EN BERLÍN

Tras leer Una librería en Berlín, se me ocurren diversas razones para considerarlo un libro diferente, a saber: porque es el único que conocemos de su autora, Françoise Frenkel; por la forma en que ésta relata la historia contenida en él; por el dosier que Fréderic Maria ha recopilado para acompañar dicha historia, en el que investiga la vida de Françoise Frenkel y aporta documentos sobre ella, la librería que abrió en Berlín (La Maison du libre) y la publicación de su única obra; por el prefacio escrito por Patrick Modiano explicando datos importantes del libro y de la escritora; por el relato en sí que la autora inicia de este modo: No sé muy bien a qué edad se remonta mi vocación de librera. Ya desde muy niña me podía pasar las horas muertas hojeando un libro con imágenes o un gran volumen ilustrado.
Mis regalos preferidos eran los libros, que se acumulaban en las estanterías de mi habitación de niña.
Una niña que nació en Polonia en el seno de una familia judía.
Luego pasó mucho tiempo…
La vida me había llevado a París para largos años de estudios y trabajo.
En París, la joven François compagina sus estudios en la Sorbona con su trabajo en la Biblioteca Nacional y en la biblioteca de Sainte-Geneviève. De vuelta a Polonia, prosigue su contacto con las librerías, aprende a conocer a los “clientes” del libro, y cuando llega el momento de escoger una profesión, no lo duda, escoge la profesión de librera.
Elegida la profesión, precisa de un lugar para ejercerla; lo encuentra en Alemania, en concreto en Berlín. Después de comprobar durante un viaje que la ciudad carece de librerías especializadas en literatura francesa, decide abrir una, que pronto se convierte en un centro cultural de primer orden. Era el año 1921 y la sociedad europea, como relata Stefan Zweig en El mundo de ayer, procuraba olvidar los horrores de la 1ª Guerra Mundial evadiéndose con variadas actividades culturales y recreativas, ajena a los movimientos políticos que preparaban ya nuevos horrores.  
En 1935 empiezan las complicaciones graves que la escritora va relatando con minuciosa incredulidad.
La primera acción, característica de cualquier movimiento totalitario, consiste en acabar con todo aquello considerado peligroso por los que pretenden imponer una determinada ideología.
En el caso de nuestra librera, se le dificulta el intercambio comercial con Francia necesario para mantener los fondos editoriales, se le requisan libros y periódicos, es interrogada por la Gestapo y señalado su establecimiento por las juventudes nazis.
Fiel a las consignas recibidas y a la estudiada propaganda, la presión va aumentando.  Se declara el boicot contra todos los comercios regentados por judíos y se queman y destruyen tiendas, viviendas y sinagogas.
Finalmente, Françoise Frenkel ha de cerrar la librería y marcharse a París, la pobre librera había sido desposeída de su reino.
En París todos los extranjeros se convierten en sospechosos, mucho más si se trata de judíos. Se necesitan permisos de residencia y trámites burocráticos exasperantes. En 1940, ante la inminente entrada de los alemanes en la ciudad, la joven acepta la invitación de un viejo profesor de sus tiempos estudiantiles y se traslada a Aviñon.
Es admirable que aun sabiéndose en peligro, Françoise Frenkel,  allá  donde va, no pierde el contacto con sus amados libros, visita las bibliotecas y disfruta paseando por los lugares más recónditos y misteriosos de la antigua ciudad de los papas; hasta que pasear en libertad supone un riesgo. Se imponen nuevos traslados en busca de una improbable seguridad.
El régimen de Vichy colabora con los ocupantes en la represión contra los judíos, que son encarcelados y deportados a campos de exterminio alemanes. La única posibilidad de salvarse es pasar a Suiza; lo intentan muchos judíos desesperados, Françoise Frenkel también.
La mayor parte del libro la dedica la autora a relatar esta huida constante, de ciudad en ciudad, de refugio en refugio, conviviendo con buena gente y con delatores y aprovechados; siendo testigo de auténticas tragedias familiares pero también de actos heroicos. Lo explica todo sin ninguna clase de estridencia o exageración; observa la realidad y cuenta lo que ve y vive de manera objetiva, levanta acta.
Quizá esa pretendida objetividad, ese deseo de narrar lo que acontece sin implicaciones sentimentales que puedan desvirtuarlo, es decir, sin que las tribulaciones del autor alteren la percepción que los lectores tengan de su obra, es lo que hace que Françoise Frenkel no se refiera nunca a su marido, apresado en París y muerto en el campo de concentración de Auschwitz, según se ha sabido por investigaciones posteriores.
Decía Amos Oz que aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito, se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.    
Si dificultar la primera búsqueda era la pretensión de Françoise Frenkel al escribir Una librería en Berlín, no hay duda de que consiguió su propósito. Si no lo era, nunca lo sabremos, murió en Niza en 1975.

martes, 20 de febrero de 2018

EL ABISMO VERDE

Tras leer con la lentitud que merecía El espíritu áspero de Hidalgo Bayal, pedí en la biblioteca un libro de Manuel Moyano, autor del que había oído hablar con admiración en tertulias literarias radiofónicas.
La obra conseguida fue El abismo verde, cuyas 166 páginas, al contrario de lo que sucede con El espíritu áspero, requieren poco tiempo y poco esfuerzo, aunque después te dejen un rescoldo incómodo al que cuesta trabajo definir.
El protagonista de El abismo verde es un joven sacerdote con espíritu aventurero, fomentado mediante las lecturas de Julio Verne, H. Rider Haggard, Jack London o Joseph Conrad, entre otros autores que han escrito libros en los que juega un papel importante dicho espíritu.
El sacerdote cuenta la historia contenida en El abismo verde, una vez superados los trágicos sucesos a los que ha de enfrentarse, tras ser destinado a Agaré, aldea mísera situada en el área amazónica a dos días de cabalgadura de cualquier lugar habitado.
Agaré está poblada únicamente por hombres, a excepción de la esposa indígena del europeo encargado de controlar la explotación ahora  maderera y antes minera, en la que trabaja un grupo de mestizos embrutecidos por el alcohol y otras cuestiones que iremos descubriendo conforme avancemos en el relato.
La narración, contada en primera persona, se inicia de la siguiente forma: Dios somete a pruebas implacables a sus emisarios; por eso acabé apartándome de Él. Durante cierto tiempo, mientras aún ejercía el sacerdocio, fui conocido como «el Padrecito»: así solían llamarme los habitantes de aquel inmundo pueblo amazónico de Agaré, antes de que su propia insensatez los borrara de la faz de la tierra.
Podemos comprobar que la prosa de Manuel Moyano es directa y clara, por lo tanto, fácil de leer. Facilidad que no está alterada por  los inquietantes sucesos que atañen a los trabajadores del poblacho y que el sacerdote se propone aclarar, a pesar del riesgo que eso conlleva.
El ambiente creado por Manuel Moyano en El abismo verde resulta opresivo e inquietante. A las dudas teológicas que cada vez con más intensidad afectan al sacerdote, se une el entorno que rodea la iglesia; empezando por la mísera casa del sacerdote muerto al que sustituye, y continuando con las características físicas y psicológicas de las personas que habitan Agaré, la impenetrabilidad de la selva y los misterios que encierra en su interior.
En las tertulias radiofónicas a las que aludí antes, se dijo que Manuel Moyano era muy hábil en el relato corto, que consiste básicamente en saber decir mucho utilizando pocas palabras. La historia que nos cuenta en El abismo verde es una buena muestra de esa habilidad.  
 

 


 

miércoles, 14 de febrero de 2018

EL ESPÍRITU ÁSPERO

Tres son los libros que he leído hasta ahora de Gonzalo Hidalgo Bayal. El primero, recomendación de mi amigo Manolo allá por el 2008, se titulaba Campo de amapolas blancas, tenía 110 páginas. El segundo, La sed de sal, lo comenté en Opticks el 11 de junio de 2014, ahí las páginas eran 328. El tercero, de 556 páginas, y que hoy traigo a Opticks, se titula El espíritu áspero.
La alusión a las páginas viene determinada porque considero que Hidalgo Bayal es un extraordinario escritor, al que cualquiera que disfrute con la buena literatura debiera leer. Sin embargo, creo que todo aquel que no esté demasiado acostumbrado a la lectura y pretenda conocer a este autor, si empieza por el libro que he citado el último, sentirá tal complejo de inculto, que no pasará del capítulo uno.
Confieso que yo, que me considero una lectora media, decidí dejar de buscar en el diccionario las palabras que no entendía, cuando ya había completado una hoja por ambas caras.
Una vez que tome esa decisión y deduje el significado del término desconocido por el sentido de la frase en la que se insertaba, pude disfrutar de una novela con un apabullante derroche de recursos estilísticos y una más que apabullante demostración de la cultura literaria, lingüística, idiomática y métrica que Hidalgo Bayal posee.
La acción de El espíritu áspero, que, insisto, exige una lectura sosegada y atenta, se desarrolla en el mismo territorio mítico que La sed de sal. Se trata de lugares al norte de la provincia de Cáceres inventados por el autor extremeño. Allí sitúa la tierra de Murgaños, con ciudades como Murania y pueblos como Casas del Juglar. Todo ese territorio está perfectamente descrito: montañas, ríos, valles, calles y plazas, por las que deambula un conjunto de personajes inolvidables, cuyas personalidades y acciones suelen esconder una crítica social feroz.
Son dos los protagonistas principales de la historia: Don Gumersindo,  Sindo o Sin y Pedro Cabañuelas. Don Gumersindo es un profesor de latín que, al principio del libro, conocemos en el acto de su jubilación. Gran conocedor de las lenguas clásicas, ha escrito sus memorias titulándolas Beatus Ivre. Beatus por el Beatus ille (Dichoso aquel) del poeta latino Horacio e ibre por Le bateau ivre (El barco ebrio) de Rimbaud. Éste será uno de los muchos juegos de palabras que aparecen en el texto y que nos demuestran los conocimientos, imaginación y habilidades técnicas de Hidalgo Bayal.
Pedro Cabañuelas es un joven analfabeto, quizá un delincuente (el Canícula) al que Sindo, en sus tiempos de joven estudiante, enseñó a leer valiéndose del catón y comenzando con un texto que hablaba de la estancia de los cartagineses en la península y sus enfrentamientos con los romanos. De tal forma impactó esta historia a Pedro Cabañuelas, que a los terrenos que iba comprando conforme aumentaba su prosperidad les ponía nombres relacionados con los cartagineses: Trebia, Trasimeno, Cannas…; y sus hijos fueron bautizados como Amílcar, Asdrúbal y Aníbal.
El narrador, joven profesor compañero de Don Gumersindo en el instituto, que ha encontrado por casualidad las memorias de éste, articula el relato en dos tiempos: el pasado de Sin, que conoce por las memorias encontradas  y lo que el viejo profesor le cuenta; y el presente centrado en los alumnos del instituto, entre los que destacan Minerva Cabañuelas, nieta de Pedro, y sus amigos, en especial Valentín Valiente apodado Mente Cato.
En ocasiones, me refiero aquí a lo difícil que resulta resumir determinados libros en el poco espacio de que dispongo, El espíritu áspero es uno de ellos. La narración abarca más de medio siglo de la historia de España. Hay referencias a la dictadura de Primo de Rivera, a la Guerra Civil y la posguerra; memorable resulta la estancia de Sindo en el internado de los padres hervacianos o el juicio al que lo someten ya adulto acusándolo de estar contra el régimen.
Termino la reseña con unos párrafos del discurso que había escrito don Gumersindo para leer en su jubilación, lo que luego no hizo, pero que el narrador trascribe. Después de dividir a los profesores en ínsitos, internos, inversos e inopes, afirma: Yo he aspirado siempre a ser interno, como los acusativos que derivan del verbo, aunque con el paso del tiempo he ido propendiendo cada vez más a la inopia.  Admito que enseñar puede ser agradable cuando el alumno quiere aprender, pero las nuevas pedagogías, inversas, insumisas e insolventes, entienden que aprender es agradable cuando se quiere enseñar. Me jubilo en buen momento, antes de la catástrofe. Firmado: “Sin”.

jueves, 8 de febrero de 2018

EL MISMO MAR

Hace algún tiempo, al manifestar yo, con la vehemencia que me caracteriza, lo mucho que admiraba a Amos Oz, un amigo lector me habló del libro con el que inauguro en Opticks este frío y desapacible mes de febrero que acaba de empezar; se trata de El mismo mar y su publicación data de 1999.
El mismo mar es una obra distinta a las que hasta ahora he leído de Amos Oz. En principio, porque alterna la prosa con el verso; después, porque los personajes, algunos de ellos muertos, se relacionan y actúan creando un ambiente entre onírico y real muy apropiado para la poesía, que ocupa la mayor parte de la narración.
Por el contrario, las inquietudes propias de este escritor, que ya he observado en todas las obras que conozco de él, como son la preocupación que le supone el enfrentamiento entre árabes y judíos (es un declarado pacifista), o la influencia de los sucesos vividos a lo largo de su vida, a destacar el suicidio de su madre cuando era niño y la muerte de su hijo, sí que aparecen en El mismo mar, las va aportando el narrador, que no es otro que el autor israelí.

No muy lejos del mar, en la calle Amirim
vive solo el señor Albert Danon. Le gustan las
aceitunas
y el queso curado. Es un hombre apacible, asesor
fiscal,
hace poco que Nadia, su mujer,
murió una mañana de cáncer de ovarios. Dejó algunos vestidos, un tocador, unas servilletas
bordadas
con delicados hilos. Su único hijo, Enrico David,
se ha ido a escalar las montañas del Tíbet.

El mismo mar comienza así, presentando, en un barrio de la ciudad de Tel Aviv, a los principales personajes, a los que se incorporarán progresivamente Dita, novia de Enrico o Rico que es como se le llama más tarde en el libro; Bettine, viuda amiga de Albert y de edad similar; María, prostituta portuguesa con la que se relaciona Rico en su viaje por Nepal; el narrador, al que ya he aludido; dos conocidos de Dita, y algunos más cuya importancia descubrirá el lector conforme avance en la lectura.
Todas estas personas aparecen y desaparecen, interrelacionándose en un elaborado relato coral, apoyado en ocasiones en textos bíblicos, y llevando consigo una profunda reflexión sobre el amor, la soledad y el deseo.
Su mano suave en el heno de mi pecho. Sobre su
mano
mi mano arrugada. Ella con mi soledad. Yo con su soledad.
En el porche. De pie. El mar quita el mar
da. Una fina silueta y una pequeña sombra. Una
sombra
arrepentida. Se gira. Huye. El mar da el mar
quita.

El mismo mar no resulta fácil de leer, encierra demasiados mensajes y su estructura no se adapta a lo que puede considerarse habitual.
A mí me parece una obra muy sincera y doliente, que se comprende mejor si se ha leído Una historia de amor y oscuridad.
No quiere esto decir que el no haber leído el libro citado pueda influir en el placer que los buenos lectores, que reconocen la obra bien hecha, han de sentir leyendo El mismo mar.
También tú. Y todos. Todo Bat Yam se llenará
de gente nueva y también ellos
cuando les toque estar solos por las noches se
quedarán
asombrados al intentar comprender lo que la luna
le hace
al mar y cuál es el propósito del silencio.
Respuesta
tampoco tendrán ellos. Todo esto se mueve
más o menos en el vacío. El propósito del silencio
es silencio.