martes, 28 de marzo de 2017

EL AZAR Y VICEVERSA

El azar y viceversa es el primer libro que leo del escritor gaditano (nació en Rota) Felipe Benítez Reyes. Se trata de una novela y apunto lo de Rota porque la historia que relata el personaje principal, Antonio Escribano Rangel,  en primera persona, con un breve paso a la tercera, transcurre en gran parte en esa población desde los años 60 a la actualidad.
Rota, un pueblo de tradición marinera y agrícola, experimenta una modernización acelerada al instalar los estadounidenses la base militar. Desde Estados Unidos llegan automóviles, músicas y costumbres. Aparecen la droga, los clubes de alterne o el contrabando y proliferan grupúsculos de izquierdas poco partidarios del militarismo yanqui.
En ese ambiente, descrito por Benítez Reyes a través de las personas que pueblan la narración, se desenvuelve Antonio, al que iremos conociendo por otros nombres como El Rányer, Padilla, Jesús o Tony, un  pícaro que, a lo largo de las 508 páginas de la obra, nos cuenta, junto con su vida, la manera que tiene de interpretar el mundo, lo que añade a las continuas peripecias que le ocurren una profunda y filosófica reflexión.
El joven pierde a su padre a los 13 años y aunque era buen estudiante, su madre insiste en que ha de trabajar. Cada uno de los distintos jefes a los que sirve le aportan algo: la colección de insectos de García de Quirós, con la que hace una fogata por no saber qué otra utilidad darle; las nociones de latín de Mario Vidal, de fotografía de Gavilla o de cocina cuando entra de pinche en el club de la tropa de la base, por citar algunas de las muchas ocupaciones que encuentra o busca para sanear en lo posible su de ordinario maltrecha economía.
Junto a trabajos de lo más diverso están los amores: Silva, Macarena, Lali, Mabel, Neli… y las amistades de lo más diverso también: Joseli, Carmelo, Cupido López, Beltran, Kwan… con las que frecuenta los bares, en especial el Hades, fuma de todo y se introduce aún más en el mundo de la picaresca.
Pese a lo poco edificante de su existencia, Antonio es un personaje que cae bien al lector por su sentido del humor, su optimismo y su particular filosofía: Todos llevamos una triple vida, sustentada en tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos. La mezcla de los tres elementos suele resultar bastante mala, aunque conviene mostrarse optimista y hacerse cuanto antes a la idea de equilibrar de la mejor manera posible esa conjunción desconcertante.
Es imposible resumir toda la riqueza que encierra el libro de Benítez Reyes, que es un maestro en el tratamiento de los personajes secundarios, además de los ya citados: los padres de Antonio, el padrastro Fantomas y, conforme avanza el tiempo, el Fiti con el que se traslada a Cádiz y lo suplanta en la universidad para estudiar Filosofía a la que es tan aficionado; el Tunecino que le supone un nuevo traslado, esta vez a Sevilla, modifica su aspecto y lo convierte en un atildado hombre de negocios; María con la que se casa vestido de chaqué, y finalmente Inma, insisto, por citar sólo a los más sobresalientes entre la profusión abigarrada de seres más o menos excéntricos que pueblan la novela.
Resumiendo, El azar y viceversa de Felipe Benítez Reyes es una extraordinaria novela picaresca que, como el Lazarillo, posee un marcado carácter oral, conjuga la ironía, la ternura, el humor y la crítica social magistralmente, y el ritmo trepidante que el autor imprime al relato contribuye a que se lea con interés y agrado, pese a sus 508 páginas.

martes, 21 de marzo de 2017

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA

Ayer, en uno de los grupos de lectores a los que pertenezco, hablamos de poesía y aparecieron los nombres habituales: Neruda, Alberti, García Lorca, Miguel Hernández, los Machado… Muchos hombres y ninguna mujer.
Por eso, hoy, 21 de marzo y equinoccio de primavera, fecha en la que se celebra el Día Mundial de la Poesía, traigo a Opticks a dos poetas o poetisas, una más conocida, Gloria Fuertes, y otra no tanto, al menos para mí, Ángela Figuera Aymerich, cuyos poemas, destinados al público infantil, tuve ocasión de leer hace algún tiempo en una antología titulada El silbo del aire, pero que ahora he descubierto como poeta comprometida con el bienestar de las personas y su entorno gracias a una componente del grupo.

De Gloria Fuertes  este año se ha empezado a hablar bastante, es la conmemoración del centenario de su nacimiento (Madrid en 1917). Yo la conocí en Granada, cuando empezaba a valorarse mucho su poesía, en especial la dedicada a los niños. Me pareció una mujer sencilla y cercana, a la vez que profunda y consciente de la realidad de su tiempo. Algo que más tarde pude comprobar leyendo el libro Obras incompletas que ella misma prologó, exponiendo sus inquietudes y explicando las características de su poesía: Mi obra, en general, es muy autobiográfica, reconozco que soy muy “yoista”. Lo que a mí me sucedió, sucede o sucederá, es lo que ha sucedido al pueblo, es lo que ha ocurrido a todos, y el poeta sabe, más o menos, mejor o peor, contarlo, necesita decirlo, porque necesitáis que lo digamos.

NO DEJAN ESCRIBIR

Trabajo en un periódico
pude ser secretaria del jefe
y soy sólo mujer de la limpieza.
Sé escribir, pero en mi pueblo
no dejan escribir a las mujeres.

Al igual que Ángela Figuera, Gloria Fuertes fue poeta de postguerra: En los primeros años de nuestra postguerra, al palparnos vivos, a pesar y todavía, necesitábamos gritar –como todo superviviente- que estábamos aquí, que nos llamábamos así, que sentíamos de aquella manera.

CANTAMOS CONTIGO

Ven a jugar con nosotros,
nosotros somos unos buenos chicos.
Hemos cambiado el fusil por una escoba,
vamos a barrer la trinchera.
Hemos cambiado la bomba de mano
por una mano en la mano.

Sin embargo su gran éxito lo consiguió al hacer del público infantil sujeto y destinatario fundamental de sus poemas:

VERSOS DE LA MADRE

Cierra los ojitos,
mi niño de nieve.
Si tú no los cierras,
el sueño no viene.
Arriba, en las nubes,
las estrellas duermen,
y abajo, en el mar,
ya sueñan los peces.

O los muchos que protagonizan animales:

TODO EN SU SITIO

Los lobos, en el monte;
Los pollitos, en el corral,
Los peces, en el agua;
Los barcos, en el mar.

Ángela Figuera Aymerich nació en Bilbao en 1902 y murió en Madrid en 1984. De familia republicana, padeció en especial los rigores de la postguerra. Posteriormente fue profesora de Lengua y Literatura en diversos institutos. Su poesía, más ligada a los estándares clásicos que la de Gloria Fuertes, sin que podamos considerarla por completo como poesía social, expresa su compromiso con el ser humano y es un grito de denuncia contra las situaciones de injusticia, desigualdad o violencia:

NO QUIERO

No quiero
que los besos se apaguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero que el trigo se queme y el pan se escatime.
No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

Ángela Figuera también escribe para niños:

ANTOJOS

-Mamá, yo quiero la luna…
-Hijo mío, está muy alta…
-Mamá, yo quiero un caballo…
-Hijo, si no tienes cuadra.
-Mamá, quiero un pececito…
-¿Y quién lo saca del agua?...
-Mamá, yo quiero una piedra…
-Eso, sí…Ten dos, y calla.
Termino la conmemoración del Día Mundial de la Poesía con un nuevo poema de Ángela Figuera que dedico, como seguro hubiese querido ella, a todas las personas amen la poesía.

UNIDAD

Si todos nos sintiéramos hermanos.
(Pues la sangre de un hombre, ¿no es igual a otra sangre?)
Si nuestra alma se abriera (¿No es igual a otras almas?)
Si fuéramos humildes. (El peso de las cosas,
¿no iguala la estatura?)
Si el amor nos hiciera poner hombro con hombro,
fatiga con fatiga
y lágrima con lágrima.
Si nos hiciéramos unos.
Unos con otros.
Unos junto a otros.
Por encima del fuego y de la nieve;
aún más allá del oro y de la espada.
Si hiciéramos un bloque sin fisura
con los dos mil millones
de rojos corazones que nos laten.
Si hincáramos los pies en nuestra tierra
y abriéramos los ojos serenando la frente,
y empujáramos recio con el puño y la espada,
y empujáramos recio, solamente hacia arriba,
qué hermosa arquitectura se alzaría del lodo.

lunes, 13 de marzo de 2017

SUEÑOS EN EL UMBRAL

En los distintos medios de comunicación se hace referencia al conflicto entre ciertos países de la Unión Europea y Turquía, a consecuencia de los impedimentos que estos países ponen a las campañas políticas del presidente turco Erdogan, que pretende convocar un referéndum para controlar todo el poder por tiempo indefinido.
Estas noticias me han recordado el libro de Fatema Mernissi, socióloga y escritora marroquí, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003,  titulado Sueños en el umbral.
Fatema Mernissi nació en Fez en 1940, cuando Marruecos estaba ocupado por los franceses y en la sociedad del territorio pervivían las antiguas tradiciones. Así que la niñez y pubertad de Fatema transcurrió entre las paredes de un harén en el que vivían su abuelo paterno y sus mujeres, un tío de la niña y las suyas, sus propios padres y otros familiares, ya que todos ellos pertenecían a la clase acomodada de la ciudad y podían permitírselo.
Sueños en el umbral es el relato en primera persona de las vivencias de la futura socióloga en esa época, el choque entre unas costumbres que su madre y algunas mujeres del harén criticaban frente a las que, también en el harén, defendían la tradición oponiéndose a los cambios. Ahí aparece una referencia a Atatürk, el primer Presidente de la República de la Turquía democrática y laica, que otorgó a las mujeres idénticos derechos que a los hombres, algo que se envidiaba en el harén al conocerse las noticias.
Al igual que hiciera Shrezade en los cuentos de Las mil y una noches, en dieciocho capítulos Fatema va narrando lo que ocurre en su entorno, tanto en Fez, en un harén de ciudad, como en las visitas que realizaba a su abuelo paterno y a su abuela Yasmina en las propiedades que éste tenía en el campo. De las esposas del abuelo, Yasmina era la más libre y decía a su nieta que nunca debía aceptar la desigualdad porque no era lógica y así lo habían mantenido Alá y Su profeta.
Sueños en el umbral, pese a que sólo tiene 299 páginas, esconde una enorme riqueza de contenido que llega al lector por medio de una niña muy querida por todos, con una madre que se rebela y desea para ella una vida distinta, pero sin estridencias, sin rupturas, citando unos orígenes en los que las mujeres desempeñaron una importante función social y, como Shrezade, destacaron por su sagacidad e inteligencia.
La narración para mí ha sido una gozada, recoge la belleza de la decoración que existe en el harén, de los campos cuando van a la granja, de las telas que bordan las mujeres, de los baños, del cielo cambiante que se contempla desde la terraza, de las historias que cuenta la tía Habiba o las representaciones teatrales de la prima Chama. Junto a la belleza, hay también humor en las travesuras de los niños y su esfuerzo por entender el mundo de los adultos, las triquiñuelas de que se valen las mujeres para burlar a los hombres, los cuidados faciales, los coqueteos de los primos mayores…
Belleza, humor, ternura, ingenuidad, interesantes reflexiones femeninas e historia del mundo musulmán desde el punto de vista de una mujer abierta a los cambios, pero que conoce y respeta la riqueza histórica que sustenta la cultura en la que fue educada.
Un punto de vista que Fatema Mernissi defendió a lo largo de su vida en la gran cantidad de libros que escribió, sus clases en la universidad y sus demandadas conferencias. Lo que la convirtió en una intelectual enormemente valorada dentro del mundo islámico más democrático y abierto, aunque temo que Erdogan no comparta ese punto de vista.    

domingo, 5 de marzo de 2017

NADA SE OPONE A LA NOCHE

Quizá porque entre mis lecturas más recientes están el libro de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, y el de Angelika Schrobsdorff, Tú no eres como otras madres, el que acabo de leer, Nada se opone a la noche, de la escritora francesa Delphine de Vigan, no me ha impresionado tanto como a la mayoría de las personas que forman el grupo de lectores.
Reconozco que Nada se opone a la noche es una obra muy bien escrita y cumple a la perfección el objetivo que se había propuesto su autora: exorcizar pasados fantasmas, reconstruyendo la historia familiar e intentando hallar las claves del trastorno mental que sufría su madre (a la que se refiere con el nombre de pila, Lucile) y de su posterior suicidio.
Delphine de Vigan piensa que se lo debía a Lucile, que era preciso escribir esa historia, ajustar las piezas del puzle integrado por parientes y amigos en una especie de ofrenda de amor a la madre que acaba de morir.
Partiendo del diario personal de la mujer, antiguas fotografías, otros testimonios gráficos, sus propios recuerdos y lo que pueden aportarle los hermanos de la madre muerta, Delphine de Vigan habla de sus abuelos, Liane y Georges, padres de Lucile, de cómo se conocieron y de la numerosa familia que crearon: nueve hijos propios y uno adoptado; de la alegría y vitalidad ruidosa y desinhibida que reinaba en la casa y del drama que se produjo cuando uno de los hijos propios y el adoptado murieron.
Habla también de las características especiales de Lucile, su extraordinaria belleza que propició se convirtiese en modelo de ropa infantil, y al mismo tiempo de su fragilidad y de sus ausencias y silencios en medio del bullicio.
Poco a poco, en una investigación con altibajos, recorre la vida de su madre, su matrimonio a los dieciocho años, el nacimiento de ella y de su hermana, el divorcio de sus padres cuando tenía seis años y su hermana dos, la aparición de la enfermedad mental que obligó a ingresarla en diversos momentos, sus distintas parejas, su forma de vivir fuera de cualquier norma y al final, sus ganas de superar el pasado, de ganarse la vida trabajando como asistente social, de cuidar de sus nietas y sus plantas.
Expuesto así, exceptuando la muerte de los chicos y la enfermedad mental de Lucille, no parece una historia demasiado brutal. Sin embargo, si a lo anterior añadimos incestos, suicidios, drogas y otras cuestiones igual de traumáticas, entendemos por qué  Delphine de Vigan se ve impulsada a realizar un exorcismo vertiendo en el papel unos hechos que, de alguna manera, justifican el comportamiento de Lucille que es presentada aquí como una víctima y, a la vez, como un ser humano admirable.
Nada se opone a la noche ha obtenido en Francia numerosos premios, lo que ha consolidado la carrera literaria de  Delphine de Vigan, que ya  presentó al público cuestiones personales en un libro anterior, Días sin hambre, en el que se refería a su anorexia.