jueves, 23 de noviembre de 2017

EL CAMINO DE LOS INGLESES

Pensé en esta novela en los campos de Flandes. Caminaba por un sendero estrecho, cerca de Mont Noir, un sendero que también se llama camino de los Ingleses y que conduce a un pequeño cementerio militar.
En la página 323 del libro que hoy traigo a Opticks titulado El camino de los ingleses,  aparecen los párrafos anteriores que nos hacen pensar que el narrador de la historia que se cuenta en él es el mismo autor, en este caso el escritor malagueño Antonio Soler.
Elegí El camino de los ingleses como posible lectura para uno de los grupos de lectores de los que formo parte porque me habían hablado muy bien de su autor, una persona seria y rigurosa con numerosos premios en su haber: el Herralde, el Nacional de la Crítica, el Andalucía y el Nadal que recibió precisamente por la obra elegida.
En El camino de los ingleses Antonio Soler, igual que hiciese Prous, va en busca del tiempo perdido y rememora los acontecimientos que vivió en un barrio popular de Málaga junto a un grupo de amigos entre la adolescencia y la edad adulta, a lo largo de un verano durante el cual agotan sus últimas reservas de inocencia y empiezan a entender que soñar es siempre fácil, pero vivir no lo es tanto.
Decía Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad que el espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor sino el que está entre lo escrito y tú mismo. Así que sintiéndome “buena lectora” no me pregunto cuánto hay de autobiográfico y cuánto no en el relato de Antonio Soler, porque de hacerlo, tendría que acudir a la expresión: ¡Madre mía qué tropa!, ya que en el grupo de amigos, y allegados, los raros ganan por goleada.
Analicemos. Está Miguel Dávila al que extirpan el riñón derecho y regresa del hospital con el propósito de hacerse poeta, gracias a un ejemplar de La divina comedia que le regala su compañero de habitación poco antes de morir. Junto a Dávila, personaje sobresaliente en la narración, encontramos a Amadeo Nunni, el Babirusa, convencido de que su padre, que desapareció cuando él era pequeño, ha de volver desde las nubes, ya que desapareció una noche de tormenta: Se fue como las ranas esas que se llevan las nubes y luego caen con la lluvia en otra parte. Tanto la vida de Dávila como la de Babirusa dan para dos extensos relatos completos. Pero además tenemos a Rafi Ayala, que despelleja gatos; a Paco Frontón, cuyo padre entra y sale de la cárcel sin perder por ello ni sus riquezas ni sus amantes, a Avelino Moratalla, a González Cortés, al enano Martínez, al Garganta, a Rubirosa y a algunos más cada uno con sus peculiares características.
Entre los personajes femeninos destacan Luli Gigante, que será “Beatriz” para Dávila; María José la Pija, la Gorda de la Cala con la que todos los amigos perdieron la virginidad; la Señorita del Casco Cartaginés, Fina Nunni, tía del Babirusa que aspiraba a parecerse a Lana Turner; la Cuerpo y Belita, hermana de Paco Frontón.
Planteado así, El camino de los ingleses podía decirse que alberga una buena dosis de humor, nada más lejos de la realidad. Las excentricidades de los personajes tienen siempre un poso de amargura. Son seres insatisfechos que aspiran a vivir situaciones que están fuera de sus posibilidades y por ello suelen reaccionar con angustia, violencia o ambas cosas.
Por lo demás, el libro presenta pasajes de muy alta calidad poética, junto a otros en los que se describen escenas de sexo con todo lujo de detalles. Esto último, a mi parecer, unido además a una buena cantidad de expresiones soeces, limita bastante mi admiración por una obra original y bien construida.
 

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