martes, 31 de octubre de 2017

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

En mayo del año 2012 publiqué la reseña de uno de esos libros escogidos que suelo regalar a personas queridas como antídotos contra el fanatismo. Se trataba de Una historia de amor y oscuridad, autobiografía en forma de novela del escritor israelí Amos Oz.
Fue mi amigo Manolo el que me recomendó esta obra basándose en sus muchos valores literarios, aunque nunca llevase a las reuniones sobre literatura que teníamos ninguna nota sobre esos valores. Yo no estudio los libros, nos decía, me limito a disfrutar con ellos. También es cierto que su extraordinaria memoria suplía con holgura cualquier nota.
Sin embargo, otro de mis amigos lectores, Kiko, sí que era partidario de ese estudio; y bien lo demostró en el blog Bibliotropismos literarios analizando en profundidad obras, autores, movimientos…
¿Por qué traigo hoy a Opticks a mis dos inolvidables amigos? Porque éste es un tiempo en el que se recuerda en especial a los que ya no están o están de otra manera, y porque durante muchos años mi forma de aproximarme a un libro era la de Manolo; y ahora, por razones que no vienen a cuento, me estoy pasando al bando de Kiko.
Un bando que requiere trabajar lo leído y no sólo disfrutar con ello. Placentero trabajo que he intentado realizar con la autobiografía novelada que presenté el año 2012, Una historia de amor yoscuridad, elegida como última lectura por uno de los grupos de lectores en los que participo.
Amos Oz, nacido en Jerusalén en 1939, aunque sus padres procedían de distintos lugares de Ucrania, inicia su relato describiendo el lugar primero de su infancia: Nací y crecí en un piso muy pequeño, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dormían en un sofá cama que ocupaba su habitación casi de pared a pared cuando lo abrían por la noche.
La Jerusalén de 1939 estaba bajo dominio británico y en ella convivían, junto a los británicos, árabes, cristianos y judíos. Amos Oz nos habla, aportando multitud de ejemplos, de un ambiente culto y en cierta manera tolerante. Muchos de los judíos que llegaron a Palestina huyendo de los pogromos, que se habían iniciado en las zonas de Europa en las que residían, eran personas de elevado nivel cultural. Los que se quedaron en dichas zonas corrieron peor suerte; cita a David, hermano de su padre, profesor en la universidad de Vilna, europeísta convencido, multicultural, políglota, ilustrado, que despreciaba los prejuicios y los odios étnicos oscurantistas difundidos por demagogos llenos de creencias banales, que terminó asesinado en un campo de concentración junto a su esposa y a su hijo de un año.
Tanto el padre como la madre de Amos Oz pertenecían a familias acomodadas que dejaron todo atrás para salvar la vida, y en Palestina tuvieron que empezar de nuevo en circunstancias poco favorables. El cambio de estatus, el corte brusco de sus proyectos y sueños, convirtió a la madre de Amos en una persona melancólica y depresiva que terminó suicidándose a los 38 años. El padre fue siempre un hombre frustrado que no consiguió incorporarse a la docencia universitaria, pese a sus vastos conocimientos filológicos.
La mayor parte de este extenso libro, 775 páginas, la dedica el escritor judío a explicarnos en primera persona la historia familiar que investiga ampliamente. Lo hace con total honradez, sin ocultar fracasos y defectos; de modo reflexivo y no lineal, sino relacionando cada caso con los acontecimientos que describe e insistiendo en aquellos que le producen un impacto mayor.
A pesar de centrarse en esa historia en la que los momentos de oscuridad son numerosos, Amos Oz no desea que el lector se obsesione con ello y nos dice: Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca; conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.
Entre lo escrito y el lector, lectora en este caso, se encuentra el sufrimiento de dos pueblos: el del pueblo judío que viene desde antiguo y el de los musulmanes palestinos más reciente y no menos doloroso.
Amos Oz se refiere a esas dos situaciones dedicando, como resulta lógico, un espacio mayor a la que afecta a su entorno más próximo.
Al terminar la Primera Guerra Mundial y quedar Palestina bajo mandato británico, la Sociedad de Naciones propuso la creación de dos estados: uno judío y otro palestino, pero los mandatarios árabes se opusieron y la convivencia en los territorios controlados por los británicos, que Amos Oz dice favorecieron siempre a los árabes, fue de mal en peor.
La Segunda Guerra Mundial y el asesinato masivo de judíos por los nazis, impulsó a las Naciones Unidas a plantearse la necesidad de buscar un acomodo a los sobrevivientes del holocausto.
El 14 de mayo de 1948, tras la votación favorable efectuada tiempo atrás en la Asamblea General de Naciones Unidas, David Ben Gurión proclama la independencia del Estado de Israel y, tan sólo un día o dos después de esa proclamación, columnas de infantería, blindados, artillería, aviones de combate y bombarderos pertenecientes a cinco países árabes irrumpen en él para destruirlo.
Miles de muertos y miles de refugiados: judíos expulsados de las zonas árabes; árabes expulsados de las tierras que iban dominando los judíos. Una guerra tras otra: la del Sinaí en 1956, la de los Seis Días en 1967, la del Yom Kipur en 1973.
Ataques terroristas de uno y otro lado, asesinatos selectivos, fanáticos y más fanáticos, políticos irresponsables, corrupción y numerosos seres humanos en ambos bandos, Amos Oz entre ellos, que buscan y trabajan por la paz, PAZ AHORA.
Una paz duradera que no construya muros sino que tienda puentes, que cierre las heridas del trágico pasado y prepare un futuro basado en la colaboración y el respeto.

 

 

 

 

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