domingo, 15 de octubre de 2017

UANDO FUIMOS HUÉRFANOS

Mi conocimiento de Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, se reducía hasta ahora a saber que su obra, Los restos del día, había dado lugar a una extraordinaria película, Lo que queda del día, protagonizada de forma magistral por dos actores a los que admiro, Anthony Hopkins y Emma Thompson.
Así que cuando supe que le habían concedido el Nobel, busqué alguno de sus libros que me permitiese ampliar tan escaso conocimiento.
El libro que encontré, una obra hermosa y exquisita que cuesta resumir, se titula Cuando fuimos huérfanos y en él, el protagonista, Christopher Banks, relata en primera persona cómo ha ido transcurriendo su vida desde la infancia hasta la madurez.   
Christopher Banks, al que de niño llamaban familiarmente Puffin, nace en Shangai de padres británicos a comienzos del siglo XX. Nace en esa ciudad porque su padre trabaja para una compañía, también británica, que tiene relación con el mercado del opio. La madre, consciente de los efectos que el opio provoca en la salud de sus consumidores, hace campaña en contra del nefasto consumo; le ayuda en su tarea un buen amigo de la familia, tío Philip.
Cuando el niño tiene 9 años y disfruta de su infancia junto a su amigo Akira, el niño japonés de la casa de al lado, primero su padre y después su madre, desaparecen sin dejar rastro. Tras un tiempo de búsqueda infructuosa, Puffin, considerado huérfano, es enviado a Inglaterra y queda bajo la tutela de una tía.
Todo esto no lo sabemos desde un principio, Christopher inicia su relato en 1930 en Londres, cuando la práctica de la vocación que sintió de pequeño  al perder a sus padres le va convirtiendo progresivamente en un exitoso y aclamado investigador que resuelve importantes  y divulgados casos de asesinatos y otros delitos.
La resolución de esos casos sólo tiene importancia en la historia que nos cuenta el joven porque gracias a ella se introduce en la alta sociedad inglesa, describe lo que ve con inteligentes pinceladas y conoce a Sarah, una bella mujer que tendrá un importante papel en la novela.
Consolidado ya su estatus como investigador, Christopher Banks decide viajar hasta Shangai con la intención de encontrar a sus padres. La ciudad, caótica y multiétnica según la recordaba, está ahora sumida en plena guerra tras la invasión de China por el ejército de Japón.
Contado así parece un relato realista y ajustado a la época. Lo que ocurre es que la forma de narrar de Kazuo Ishiguro tiene poco que ver con el realismo en sentido estricto. Los hechos están ahí, enriquecidos además con multitud de explicaciones y detalles en los que puede apreciarse el genio del escritor de origen japonés y nacionalidad inglesa, pero el modo de ser del personaje central, su psicología y manera de afrontarlos resulta fundamental en la transmisión de los mismos; es decir, lo que llega hasta nosotros no es en muchas ocasiones el hecho tal y como sucedió, lo que llega es la visión actual del joven sobre lo sucedido anteriormente; incluso hay páginas en las que nos parece participar no de su vida sino de sus sueños. Recuerdos y sueños que acentúan la eterna sensación de orfandad que el ser humano experimenta a veces.
Enlazando este libro con lo que recuerdo de la película Lo que queda del día, allí el mayordomo y aquí el investigador, se sienten destinados a una misión especial que les impide atender a cuestiones que consideran accesorias, el amor entre ellas.
Pese a todo, el cumplimiento de esa misión, aun revistiendo a estos personajes de una patina de tristeza y melancolía ante la imposibilidad de vivir una vida distinta, no les hace antipáticos o acreedores de nuestra compasión, no he leído el libro en el que está basada la película, pero el protagonista de Cuando fuimos huérfanos afronta el día a día con una nobleza y una dignidad admirables en todo momento.
Nobleza y dignidad que, por lo que leo en una de las entrevistas que le han hecho con motivo de la concesión del Nobel, posee también en grado sumo Kazuo Ishiguro que afirma: "Me sentiría especialmente emocionado si pudiera de algún modo contribuir a crear una atmósfera más positiva en estos tiempos de incertidumbre. Espero que el hecho de recibir este honor sirva para alentar las fuerzas de paz y buena voluntad".
 
 
 

jueves, 5 de octubre de 2017

EVASIONES

Repaso mi ya larga vida como lectora y constato que en momentos de crisis en los que deseaba evadirme, dar la espalda a las preocupaciones u olvidar los dolores, la novela negra se convirtió a menudo en el refugio ideal. Claro que con la condición de que las historias relatadas en los libros elegidos tuviesen siempre un final feliz, es decir, que los malos fuesen descubiertos y castigados por sus maldades y los buenos premiados por su bondad.
Sí, ya sé que suena de lo más simplista, pero tal vez el éxito de esa clase de novelas, un éxito que no cesa de acrecentarse con nuevos títulos y nuevos autores, se deba en parte a que hay más personas que piensan como yo, y dejan a un lado por un rato las preocupaciones persiguiendo asesinos múltiples y variados, de la mano de hábiles y también múltiples y variados sabuesos.
La última novela negra que he leído se titula La chica del tren, su autora es británica y se llama Paula Hawkins. Tras esta, un best seller al alcance de todos en cualquier supermercado que incluya libros de los más vendidos, saqué de la biblioteca No me toques, una obra de Andrea Camilleri, al que considero un clásico en el género.
Luego descubrí que No me toques no era una novela negra al uso, aunque su estructura lo recordara mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que el autor italiano es sobre todo conocido por ser el creador del comisario Montalbano, del que hablé en Opticks hace algún tiempo.
La chica del tren se lee en una tarde. Su protagonista se llama Rachel, una joven con un divorcio no superado y otros problemas que ha buscado refugio en el alcohol y prácticamente se ha convertido en una alcohólica. Todos los días toma un tren hacia Londres que se detiene siempre en un determinado semáforo; parada que ella aprovecha para contemplar a la pareja que habita una casa cercana a las vías a la que considera la pareja perfecta. Poco a poco vamos descubriendo que Rachel y su ex marido vivieron en la casa cercana a la de esa pareja, que él aún vive allí con su nueva mujer y el bebé que acaban de tener y que la pareja perfecta no lo es tanto.
Por sus muchas obsesiones y su afán de mirar los ambientes ajenos, Rachel se ve involucrada en la desaparición de la vecina de su ex y la historia se va complicando con nuevos personajes y misterios muy bien diseñados. Supongo que la intención de la autora es que su obra fuese, como posteriormente lo fue, llevada al cine.
El eje central de No me toques también es una desaparición, la de Laura Garaudo, hermosa joven casada con Mattia Todini, un célebre escritor que, por edad, podría ser su padre, pero que, en apariencia, le proporciona todo aquello que ella necesita para ser feliz.
Laura, experta en historia del arte, basó su tesis doctoral en la investigación sobre los frescos de Fra Angelico en el convento de San Marcos en Florencia, insistiendo en el que representa a Jesús resucitado mientras se dirige a María Magdalena con la enigmática frase “Noli me tangere” (No me toques).
La originalidad del libro, muy bien escrito por cierto y que al igual que La chica del tren se lee en una tarde, es que cada capítulo aporta al lector la versión de alguien que conoció a la desaparecida y esas versiones son pocas veces coincidentes.
Junto a esta estructura, propia eso sí de la novela negra, está el sorprendente desenlace que no tiene nada que ver con el género y que el autor explica en una nota al final del libro.
Resumiendo, La chica del tren y No me toques son dos relatos de fácil y entretenida lectura, buenos para esos días en los que nos sentimos desolados.