jueves, 28 de septiembre de 2017

EL CUENTO DE LA CRIADA

Fue en el año 2008, al concederle el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, cuando leí un libro de Margaret Atwood, estaba editado por Alianza y su título era Resurgir.
Entonces escribí que Resurgir narra el viaje que la protagonista realiza, en compañía de una pareja de amigos y de su amante, a la casa en la que transcurrió su infancia en los bosques de Canadá. Ese viaje implicará a la vez un recorrido introspectivo hacia el descubrimiento de sí misma, las relaciones entre sus padres, la religión, la ecología, el amor, la maternidad, la muerte…; lo que la conduce a la conclusión de que uno no puede fundirse con la tierra y la naturaleza en general, prescindiendo del resto de los seres humanos; que se necesitan, con sus defectos y sus virtudes, las personas.
Margaret Atwood, poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense, es una humanista y como tal se muestra en sus libros, el citado Resurgir (1972), profundo y bello, y el que hoy traigo a Opticks, El cuento de la criada (1985), en el que se basa una reciente serie para la televisión que ha conseguido ya cinco galardones en los premios Emmy 2017.
Como soy de naturaleza pesimista, pienso que el atractivo de la serie tendrá poco que ver con el mensaje que subyace tras la historia que cuenta la escritora, hasta puede que pase inadvertido en el transcurso de unas escenas de enorme sensualidad, sexualidad explícita y contenida, violencia y la sumisión más abyecta. 
El cuento de la criada es un relato de ciencia ficción distópico, al estilo de Un mundo feliz o 1984, pero en este caso es una mujer, Defred, la que nos va contando su vida, tanto presente como pasada, en la república teocrática de Gilead, creada en los Estados Unidos después de ser atacados por el terrorismo islámico y padecer diversas catástrofes nucleares.
Margaret Atwood escribió El cuento de la criada mientras vivía en Berlín oeste antes de la caída del muro. Quizá por eso no le resultaría demasiado difícil mostrar una sociedad cerrada, en la que la delación y el miedo estaban muy presentes, junto a la imagen amenazante de un muro defendido por soldados con perros y metralletas.
En la república de Gilead también existe un muro, en él cuelgan los cadáveres de los disidentes que han sido ajusticiados. Siempre les tapan la cabeza con un capuchón, son las no personas.
Además del muro y de los Ojos (guardianes que vigilan), las mujeres de Gilead están divididas en castas que se diferencian por su función y la forma como van vestidas. Las Marthas, que cocinan y se ocupan de los trabajos de la casa, van de verde. Las hijas, vestidas de blanco, son las que menos abundan, ya que la guerra y las catástrofes ambientales han diezmado la población y alterado los nacimientos. Esa es la razón de que las criadas, principales protagonistas del cuento y con vestidos rojos, sean elegidas según lo que rinden o rindieron sus ovarios.
Así que, tras un adoctrinamiento previo por parte de las llamadas “tías” (de marrón) que incluye eslóganes religiosos y castigos propios de la peor de las sectas, son enviadas al domicilio de los altos cargos de la república con la misión de engendrar hijos, previa violación por parte del alto cargo en la que participa su esposa (de azul) en una ceremonia ritual bastante lúgubre. A los dos años cambian de casa y si tras su paso por las tres viviendas no han tenido ningún hijo, se las ejecuta o se las envía a las colonias, lugares fuera de la república llenos de residuos radiactivos en los que se consumen quienes no son de utilidad para el régimen.
Aunque su existencia se reduzca principalmente a ser fecundadas y parir, las criadas abandonan la casa cuando van a comprar, en silencio y de dos en dos, como acompañantes en los partos y como espectadoras en los ajusticiamientos de aquellos o aquellas que no cumplen las normas.
Defred (de Fred, nombre del amo que intenta fecundarla) fue tiempo atrás una mujer libre, enamorada de su marido, con una preciosa hija, un gratificante trabajo y una independencia económica. Luego, poco a poco, con la excusa del peligro exterior, los que mandan se lo van arrebatando todo, hasta que la dejan reducida a una vasija que hay que llenar.
Si tenemos en cuenta la fuerza de lo expuesto, es lógico que en El cuento de la criada encuentren los guionistas buenos materiales para una serie de éxito. Lo que ocurre es que el libro de Margaret Atwood, además de estar muy bien escrito, no es una sucesión de imágenes morbosas, violentas o sexualmente explícitas, sino una profunda reflexión sobre el poder, la condición femenina y los métodos de los que se han valido y se valen los totalitarismos de cualquier signo para someter a las personas.
Algunos se están refiriendo ya a Donald Trump, supongo que será por aquello de la América profunda, el presbiterianismo y el muro que pretende construir. A mí se me ocurren otras referencias, por ejemplo, los talibanes en Afganistán o el grupo yihadista Boko Haram en Nigeria, partidarios de imponer la sharía a sangre y fuego con efectos nefastos sobre la libertad y dignidad de las mujeres.
Al menos en Arabia Saudí, país en el que rige la sharía, hay que manifestar que algo más leve, les van a permitir conducir el año próximo. Dado que según ciertos ulemas el cerebro femenino es la mitad del masculino o algo menos, han de dejarles tiempo suficiente para que aprendan el complicado código.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA CENA

Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.
Esta frase, con la que empieza Ana Karenina, es citada por Paul, narrador de La cena mientras describe la situación familiar que atraviesa. La cena se publicó en el año 2010, es obra del escritor holandés Herman Koch, y a poco de publicarse, alcanzó la calificación de best seller.
La cena tiene 284 páginas agrupadas en seis partes cuyos nombres guardan relación con la actividad que se realiza: aperitivo, entrantes, segundo, postres, digestivo y propina.
El narrador, como he dicho antes, es Paul, uno de los cuatro comensales que cuenta en primera persona lo concerniente a él, los otros tres y el resto de sus respectivas familias.
El libro está escrito con la intención de atraer la curiosidad del lector desde la primera página, dejando entrever en pocas líneas hechos inquietantes y desarrollándolos poco a poco.
Así Paul nos habla de su esposa, Claire, de los veinte años que llevan casados y de la felicidad que les aporta su hijo quinceañero, Michel. Total, una familia dichosa; sólo que antes de salir de casa ha descubierto en el móvil del chico unas imágenes que le han perturbado.
Intercalándolos en esta presentación de un matrimonio feliz que se preocupa por el hijo, Paul aporta detalles sobre la pareja con la que van a cenar, Serge y Babette, haciendo resaltar sus defectos.
Pronto sabemos que Serge es un famoso político que aspira a primer ministro de Holanda, La cena tiene lugar en Ámsterdam, su mujer es una atractiva ama de casa y son padres de tres hijos, uno de ellos quinceañero como Michel y otro, Beau, adoptado de un país africano.
Resulta complicado seguir hablando sobre el argumento del relato sin desvelar todo lo que los lectores debieran descubrir por sí mismos. Conforme se avanza en la lectura, la percepción del contenido de la historia y la opinión sobre sus protagonistas se irá modificando de forma radical.
El año 2005 en Barcelona tres adolescentes de clase acomodada prendieron fuego a una indigente en el interior de un cajero. Según he leído, ese suceso ayudó a Herman Koch en la construcción de su novela. Por lo tanto La cena esconde una enorme violencia que va aflorando página tras página, mientras se dibuja una sociedad opulenta, superficial y carente de valores, una sociedad enferma.
Junto a la violencia, el consumismo que el autor muestra con sarcasmo y amarga ironía desde el momento en el que Paul y Claire se preparan para asistir a cenar en un lujoso y exclusivo restaurante. El aspecto de comensales y camareros, la quilométrica lista de espera para el común de los mortales, el comportamiento de los empleados según la categoría social, el enrevesado nombre de los distintos manjares que se sirven, lo exiguo de las raciones y lo grande de los platos, etc. No hay que viajar a Holanda, en España encontramos en abundancia lugares así.
En resumen, La cena de Herman Koch es un libro muy actual, bien escrito y que se lee con facilidad e interés. Luego, a mi parecer, presenta altibajos en el argumento y acumula demasiada información en pocas páginas.
Pese a ello es de justicia constatar que, por razones de lo más variado, se trata de uno de esos libros que cualquier grupo de lectores disfrutaría analizando.

lunes, 4 de septiembre de 2017

UN LARGO SÁBADO. EN MEMORIA DE KIKO

Me hubiera gustado comentar con Kiko el libro que hoy voy a presentar en esta página. Aunque sería más exacto decir que me hubiera gustado escuchar el minucioso y profundo análisis que él habría hecho de dicho libro.
Ésa fue siempre su forma de aproximarse a la literatura, tanto en las distintas reuniones en las que participamos juntos, como en el blog que inició en septiembre del año 2011 bajo el nombre de Bibliotropismos.
Uno de los aportes positivos que ha traído Internet es que cualquiera de nosotros puede acceder a las palabras sabias del amigo que nos ha dejado, y continuar aprendiendo con lo escrito en su blog. Crítica de relatos, movimientos, autores: Javier Marías, Vila-Matas, Dickens, Carlos Marzal...; prosa, poesía, teatro, reflexiones diversas; dudas, preguntas, sueños, propósitos no siempre realizados.
Entradas y más entradas en las que fácilmente advertimos su manera de ser y el amor que sentía por los libros; él tan ligado a ellos como archivero, bibliotecario, profesor y lector reflexivo y exigente.
Por esa razón creo que hubiese disfrutado leyendo Un largo sábado, libro en el que Laure Adler, investigadora y periodista francesa, entrevista a George Steiner, catedrático de literatura comparada, Premio Príncipe de Asturias 2001 de Comunicación y Humanidades y autor de obras fundamentales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica como Lecciones de los maestros, Errata, La idea de Europa, Los Logócratas o Fragmentos.
Muchas son las cuestiones que George Steiner aborda en Un largo sábado a preguntas de la periodista. No rehúye ninguna cuestión por controvertida que pueda ser considerada: los movimientos totalitarios, el judaísmo, el Islam, las deficiencias en la enseñanza, las humanidades y la ciencia, el aprendizaje de las lenguas, la importancia de la memoria, de la poesía; el nacionalismo, el psicoanálisis, el marxismo, las nuevas tecnologías, la eutanasia, su especial relación con la música…
George Steiner se aproxima a estos temas y a otros muchos con total libertad y el rigor intelectual que caracteriza toda su extensa obra.
Ese rigor intelectual lo encontramos también en el blog de Kiko y en los análisis que realizaba de los libros que decidíamos comentar en grupo. Al contrario de Steiner, nunca lo consideré un polemista, defendía su criterio basándose en los conocimientos que había adquirido sobre el tema a debate, pero lo hacía sin levantar la voz, sonriendo y con ese aire reposado y tímido del que se sabe seguro de lo que defiende, pero desea que nadie se sienta ofendido con esa defensa.
Steiner afirma que siempre habrá lectores y que la lectura requiere silencio, un espacio privado y tener libros; esto último porque es esencial leer lápiz en mano. No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores.
Kiko, además de subrayar y apuntar en sus propias lecturas, explica que, en su trabajo como archivero, disfrutaba investigando en los libros antiguos y leyendo las notas de sus márgenes; ampliaba así sus conocimientos y ponía lo que iba descubriendo al servicio de los interesados.
Labor que continuó realizando en la biblioteca. En este caso se trataba de seleccionar y recomendar después determinadas obras a las personas que se lo pedían, aunque confesase que recomendar libros era la actividad más difícil con la que se encontraba, porque el hábito de la lectura es subjetivo y esencialmente intransferible.
De todas formas, aun considerándolo difícil, desempeñaba de la mejor manera y con una sonrisa su tarea, doy fe de ello.
Kiko fue fue sin duda ninguna un excepcional “invitado a la vida”. Vuelvo a citar a Steiner que, para explicar que nadie puede elegir su lugar de nacimiento, las circunstancias, la época histórica a la que pertenece, un hándicap o una buena salud, se apoya en la frase de Heidegger que dice precisamente eso: “Somos los invitados de la vida”. Añade George Steiner que un buen invitado, un invitado digno, deja el lugar en que ha sido hospedado algo más limpio, algo más bonito, algo más interesante que como lo encontró. Kiko lo hizo.
Ahora sin él, y con palabras del escritor judío, empieza un largo sábado.
Un sábado en el que hay una mecánica a la vez de desesperación y de esperanza. La desesperación y la esperanza son dos caras de la misma moneda de la condición humana.
En estas circunstancias de pérdida reciente cuesta mucho imaginar el domingo, salvo, sigue diciendo Steiner, en el ámbito de la vida privada. Los que tienen la alegría del amor han conocido esos domingos, ciertos momentos de epifanía, de transfiguración total.
 Ojalá que el recuerdo de los domingos que vivieron juntos le sirva a la familia más cercana de Kiko para suavizar el dolor de su ausencia.