martes, 22 de agosto de 2017

VIDA Y DESTINO

Decía Antonio Muñoz Molina que había tenido durante algún tiempo resistiéndose a abrirlo el libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de Vida y destino del escritor ruso Vasili Grossman que murió en Moscú en 1964 sin conseguir que su obra fuera publicada. Peor aún, tras darla a leer a los censores soviéticos durante el mandato de Nikita Jruschov, a pesar de que  ya se había producido en el país una cierta apertura, el retrato que hacía de la sociedad de la URSS bajo Stalin le valió la condena al ostracismo.
Ese retrato es lo que provocó que Muñoz Molina, un hombre declarado de izquierdas, tuviese reparo en enfrentarse a un libro que, desde el interior del sistema y con una honradez desgarradora, pone de manifiesto los errores y las contradicciones del régimen comunista.
La aspiración del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.
Vida y destino empieza en un tren que se dirige a un campo de concentración nazi. En ese campo, un grupo de prisioneros, rusos en su mayoría, presentan al lector distintas realidades que se sustentan en opiniones casi siempre opuestas.
Este enfrentamiento pienso que debió irritar particularmente a los censores de Vasili Grossman cuando el escritor enfrenta en su relato a uno de los prisioneros, comunista convencido, con el oficial de la Gestapo que dirige el campo que equipara en su disertación a los dos regímenes políticos: ¡El nacionalismo es el alma de nuestra época! ¡El socialismo en un solo país es la expresión suprema del nacionalismo! Fue en la Noche de los cuchillos largos donde Stalin encontró la idea para las grandes purgas del partido en 1937.
Las purgas de Stalin, los millones de personas enviadas a Siberia o a otros lugares inhóspitos a trabajar en condiciones infrahumanas; los condenados a morir de hambre: hombres, mujeres y niños, en la colectivización obligatoria de la agricultura (1929-1931), cuyo objetivo consistía en suprimir la propiedad privada  e introducir el pleno control del partido comunista sobre la economía y la vida social del campo, lo que Stalin consideraba el bien común; el miedo, la delación, las persecuciones, las torturas, todo está expuesto y analizado a la vez con la profundidad y la lucidez de alguien que lo ha vivido y ha reflexionado mucho sobre ello.
Una gran parte del libro se desarrolla durante la batalla de Stalingrado. De nuevo aquí se alternan las voces de los combatientes de uno y otro bando: soldados, altos mandos, comisarios políticos… Acompañándolos el escritor, observador y protagonista al mismo tiempo, entra en las trincheras, recorre el frente, participa de las penalidades que sufren los soldados y la gente común atrapada en la contienda; no obvia ni la mezquindad ni el heroísmo, resalta la bondad, aunque nos parezca tan absurda e inexplicable como la que subyace tras el gesto de la anciana que da agua al alemán moribundo: En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida. Cuanto más estúpida, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella!
En las ciudades, lejos de la batalla pero teniéndola muy presente, continúa la vida bajo la estricta organización que ha diseñado Stalin. Entre los científicos no represaliados se encuentra  Viktor Pávlovich Shtrum, físico, miembro de la Academia de las Ciencias, al que Vasili Grossman dedica también bastantes páginas: su familia, su trabajo, la convivencia con los demás científicos; su caída en desgracia, basándose como siempre en acusaciones falsas y carentes de todo sentido lógico; la liberación personal que esta caída le provoca, su ascenso posterior por la importancia que tenía para el Estado las investigaciones en torno a la física nuclear que realizaba. Un Estado que en su cólera sería capaz de despojarle no sólo de la libertad, de la paz, sino también de la inteligencia, del talento, de la fe en sí mismo.
Leo que Shtrum es considerado el alter ego de Vasili Grossman. Mi opinión es que en todos los personajes que aparecen en Vida y destino hay algo de él. No sólo porque los haya creado, sino porque ha compartido o contemplado los acontecimientos que ellos vivieron en los lugares en los que se desarrollan los hechos narrados en el libro (su amplia biografía lo confirma). Incluso participó en la liberación del campo de exterminio de Treblinka y su testimonio fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.
He aconsejado la lectura de Vida y destino a todas las personas que conozco. Es la mejor vacuna contra muchas de las variadas plagas que asolan en los momentos actuales el mundo.
Vacuna contra las plagas y homenaje a un escritor excepcional que en la carta que  escribe a Nikita Jruschov, tras la negativa a publicar la obra, afirma en su defensa: No he llegado a la conclusión de que mi libro contenga falsedades. Escribí lo que consideraba y sigo considerando que es la verdad. Escribí sólo el resultado de mis reflexiones, de mis sentimientos de mis sufrimientos. Escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos…
Nada de eso importaba, la idea de libertad de creación para los censores soviéticos la encontramos en la respuesta que dan a la carta y no es la libertad burguesa que consiste en el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad.  

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