martes, 29 de agosto de 2017

Una palabra tuya

Debo confesar que los únicos libros que había leído hasta ahora de Elvira Lindo eran los protagonizados por Manolito Gafotas. Así que resultaba lógico que asociara a la autora gaditana con obras ligeras de tipo humorístico.
Abandoné dicha asociación, preparada ya por lo escrito en la contraportada del libro que hoy traigo a Opticks y por la introducción del relato contenido en él, que consiste en un fragmento del Libro de Job, al terminar de leer la primera página de dicho relato que rezumaba insatisfacción y amargura.  
El libro, que obtuvo el Premio Biblioteca Breve en el año 2005, se titula Una palabra tuya y tiene como protagonista principal a Rosario, una mujer de treinta y tres años que nos cuenta en primera persona cómo ha sido su vida desde que fue consciente de la misma hasta el momento actual, en el que mira hacia atrás y hace balance.
La narración está muy bien desarrollada y es fácil de leer pese a lo descarnado de su contenido.
Elvira Lindo repasa a través de Rosario situaciones vitales conocidas en las que intervienen seres corrientes con sus defectos y con sus virtudes, pero reconocibles todos ellos; lo hace con profundidad, de manera realista, sin ahorrarnos detalles poco gratos y, en ocasiones, con un deje de humor sarcástico y macabro, no exento de ternura, que, más que sonreír, hace reflexionar.
Partiendo del conocimiento y la aceptación de uno mismo (a la joven no le gustan ni su cara ni su nombre), continuando con el ánimo que afronta la enfermedad de Alzheimer de su madre y su posterior muerte; los traumas del colegio, los cambios de trabajo hasta acabar de barrendera, la relación que mantiene con Morsa (sexual más que nada), con su hermana Palmira, con su madre, con el padre que las abandona y, sobre todo, con Milagros, antigua compañera de colegio que nunca maduró mentalmente y desempeña en la historia un papel fundamental, Rosario nos lleva de la mano sin darnos un respiro hasta un final que sorprende y conmueve.
En resumen, Una palabra tuya de Elvira Lindo, aunque escrita en el año 2005, es una obra de gran actualidad por los temas que trata y el modo de tratarlos; mereció, sin duda ninguna, el Premio Biblioteca Breve y me ha servido para descubrir facetas desconocidas de una escritora a la que ya admiraba.  

 

 

martes, 22 de agosto de 2017

VIDA Y DESTINO

Decía Antonio Muñoz Molina que había tenido durante algún tiempo resistiéndose a abrirlo el libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de Vida y destino del escritor ruso Vasili Grossman que murió en Moscú en 1964 sin conseguir que su obra fuera publicada. Peor aún, tras darla a leer a los censores soviéticos durante el mandato de Nikita Jruschov, a pesar de que  ya se había producido en el país una cierta apertura, el retrato que hacía de la sociedad de la URSS bajo Stalin le valió la condena al ostracismo.
Ese retrato es lo que provocó que Muñoz Molina, un hombre declarado de izquierdas, tuviese reparo en enfrentarse a un libro que, desde el interior del sistema y con una honradez desgarradora, pone de manifiesto los errores y las contradicciones del régimen comunista.
La aspiración del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.
Vida y destino empieza en un tren que se dirige a un campo de concentración nazi. En ese campo, un grupo de prisioneros, rusos en su mayoría, presentan al lector distintas realidades que se sustentan en opiniones casi siempre opuestas.
Este enfrentamiento pienso que debió irritar particularmente a los censores de Vasili Grossman cuando el escritor enfrenta en su relato a uno de los prisioneros, comunista convencido, con el oficial de la Gestapo que dirige el campo que equipara en su disertación a los dos regímenes políticos: ¡El nacionalismo es el alma de nuestra época! ¡El socialismo en un solo país es la expresión suprema del nacionalismo! Fue en la Noche de los cuchillos largos donde Stalin encontró la idea para las grandes purgas del partido en 1937.
Las purgas de Stalin, los millones de personas enviadas a Siberia o a otros lugares inhóspitos a trabajar en condiciones infrahumanas; los condenados a morir de hambre: hombres, mujeres y niños, en la colectivización obligatoria de la agricultura (1929-1931), cuyo objetivo consistía en suprimir la propiedad privada  e introducir el pleno control del partido comunista sobre la economía y la vida social del campo, lo que Stalin consideraba el bien común; el miedo, la delación, las persecuciones, las torturas, todo está expuesto y analizado a la vez con la profundidad y la lucidez de alguien que lo ha vivido y ha reflexionado mucho sobre ello.
Una gran parte del libro se desarrolla durante la batalla de Stalingrado. De nuevo aquí se alternan las voces de los combatientes de uno y otro bando: soldados, altos mandos, comisarios políticos… Acompañándolos el escritor, observador y protagonista al mismo tiempo, entra en las trincheras, recorre el frente, participa de las penalidades que sufren los soldados y la gente común atrapada en la contienda; no obvia ni la mezquindad ni el heroísmo, resalta la bondad, aunque nos parezca tan absurda e inexplicable como la que subyace tras el gesto de la anciana que da agua al alemán moribundo: En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida. Cuanto más estúpida, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella!
En las ciudades, lejos de la batalla pero teniéndola muy presente, continúa la vida bajo la estricta organización que ha diseñado Stalin. Entre los científicos no represaliados se encuentra  Viktor Pávlovich Shtrum, físico, miembro de la Academia de las Ciencias, al que Vasili Grossman dedica también bastantes páginas: su familia, su trabajo, la convivencia con los demás científicos; su caída en desgracia, basándose como siempre en acusaciones falsas y carentes de todo sentido lógico; la liberación personal que esta caída le provoca, su ascenso posterior por la importancia que tenía para el Estado las investigaciones en torno a la física nuclear que realizaba. Un Estado que en su cólera sería capaz de despojarle no sólo de la libertad, de la paz, sino también de la inteligencia, del talento, de la fe en sí mismo.
Leo que Shtrum es considerado el alter ego de Vasili Grossman. Mi opinión es que en todos los personajes que aparecen en Vida y destino hay algo de él. No sólo porque los haya creado, sino porque ha compartido o contemplado los acontecimientos que ellos vivieron en los lugares en los que se desarrollan los hechos narrados en el libro (su amplia biografía lo confirma). Incluso participó en la liberación del campo de exterminio de Treblinka y su testimonio fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.
He aconsejado la lectura de Vida y destino a todas las personas que conozco. Es la mejor vacuna contra muchas de las variadas plagas que asolan en los momentos actuales el mundo.
Vacuna contra las plagas y homenaje a un escritor excepcional que en la carta que  escribe a Nikita Jruschov, tras la negativa a publicar la obra, afirma en su defensa: No he llegado a la conclusión de que mi libro contenga falsedades. Escribí lo que consideraba y sigo considerando que es la verdad. Escribí sólo el resultado de mis reflexiones, de mis sentimientos de mis sufrimientos. Escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos…
Nada de eso importaba, la idea de libertad de creación para los censores soviéticos la encontramos en la respuesta que dan a la carta y no es la libertad burguesa que consiste en el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad.  

lunes, 14 de agosto de 2017

EL BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS

Repaso en mi memoria las muchas reseñas que he realizado en Opticks de libros que me han parecido bastante flojos y advierto que buena parte de ellos los elegí porque había leído uno anterior del autor o autora al que otorgué la calificación de excelente o por lo menos entretenido.
Es lo que acaba de ocurrirme con El baile de las luciérnagas de la escritora estadounidense Kristin Hannah autora del best seller El ruiseñor.
Recuerdo que El ruiseñor, a pesar de su elevado número de páginas y de lo embrollado en ocasiones del argumento, me pareció bien escrito y con un argumento que interesaba e instruía a la vez, aunque se tratase de una historia más con la 2ª Guerra Mundial como telón de fondo, pero destacaba el papel que jugaron las mujeres en la misma poniendo a dos de ellas, muy diferentes entre sí, como protagonistas.
En El baile de las luciérnagas también las protagonistas son dos mujeres, Tully Hart y Kate Mularkey, y también son muy diferentes entre sí. Tully, de madre hippie y padre desconocido, vive con sus abuelos y las circunstancias de la vida la han convertido en una adolescente independiente que llama la atención por su forma de ser y de vestir. Kate, en cambio, con gafas de culo de vaso y aparato en los dientes, pertenece a una familia tradicional, tiene un padre que trabaja muchas horas, una madre ama de casa y un hermano pequeño.
El encuentro en el mismo colegio de las dos chicas y una serie de vicisitudes que afectan a Tully hace que se conviertan en amigas, y todo lo que acontece en el trascurso de esa amistad: entrada en el mundo adulto, estudios, trabajo, amores, hijos, enfermedades, etc. constituye el engranaje de la obra.
Kristin Hannah dedica El baile de las luciérnagas a “nosotras, las chicas”. Creo que con esa dedicatoria el libro queda definido.
 

 

 

 

 

miércoles, 9 de agosto de 2017

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

El pasado febrero se cumplieron cien años del nacimiento de Carson McCullers (Columbus, Georgia 1917) y el próximo septiembre hará cincuenta años que murió (Nueva York 1967).
Estas dos fechas me han llevado a elegir para mi próximo comentario en Opticks una novela de la escritora estadounidense, se titula El corazón es un cazador solitario y el ejemplar que acabo de leer lo ha prologado  Elvira Lindo.
Aunque no se nombra, la novela, que se publicó en 1940, está ambientada en el estado de Georgia, así que muchas de las cuestiones que aparecen en ella parten de vivencias de la propia autora, por ejemplo, el racismo o el paso de una sociedad agrícola a una industrial, con la miseria de los obreros como telón de fondo y la soledad de aquellos que no encuentran su sitio ni nadie con quien compartir sus inquietudes.
En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos. Así inicia Carson MacCullers El corazón es un cazador solitario situando como personaje central de la obra a un sordomudo, John Singer.
John Singer es una figura extraña, trabaja como ayudante de joyero y vive con un griego, Antonapoulous, también sordomudo al que idealiza, a pesar de sus muchos defectos, y por el que siente un amor especial.
La vida cambia para Singer cuando su amigo, aquejado de frecuentes ataques de locura, es ingresado en un sanatorio psiquiátrico, entonces abandona la casa que compartían, alquila una habitación en la pensión que regenta el señor Kelly y se convierte en un parroquiano asiduo del café Nueva York propiedad de Biff Brannon.
Digo que John es una figura extraña porque aglutina a su alrededor al resto de personajes principales: el citado Biff, la hija adolescente del señor Kelly, Mick, una jovencita que ama la música de tal manera que es capaz de albergar los sonidos en su cabeza y componer melodías que sueña con interpretar en un piano que se compraría si alguna vez tuviese dinero.
Junto a los anteriores está Jake Blount, otro asiduo al café Nueva York, colérico y borracho, pretende agitar a los trabajadores de las hilanderas explicándoles ideas marxistas y se indigna ante el nulo interés que muestran.
Con parecido afán se mueve el doctor Copeland, un hombre negro enfermo de tuberculosis que ayuda a los suyos todo lo que puede e intenta que superen con formación y estudios el lugar miserable en la escala social que les han asignado los blancos. Tampoco él obtiene los resultados que le gustaría en lo que considera su misión. 
Estas cuatro personas valoran tanto al sordomudo que su sola presencia, su mirada inteligente y las pocas palabras que a veces les escribe en una hoja les basta para sentirse comprendidos.
Todos los personajes señalados y otros muchos que aparecen en menos ocasiones pero cuyo retrato lo realiza la autora con profundidad y agudeza convirtiéndolos en inolvidables, se relacionan en el mismo entorno: un barrio marginal que nació alrededor de las nuevas industrias.
Considerada una obra maestra, El corazón es un cazador solitario, ha sido estudiada en profundidad por la crítica, así que los comentarios al respecto que podemos hallar en Internet son numerosos.
Como simple lectora yo quiero destacar el retrato que la autora realiza de cada uno de los personajes, desde su aspecto físico a sus más escondidos deseos: la habitación interior de Mick, la sortija de Biff, la furiosa frustración del doctor…
Junto a los deseos, las dudas, la vulnerabilidad, las múltiples carencias, y todo ello sin ninguna acritud, destacando siempre que en el entorno más hostil es posible encontrar bondad y ternura.