domingo, 30 de julio de 2017

LA VIDA ENTERA

He leído varios libros del escritor israelí pacifista y no nacionalista Amos Oz, pero hasta esta semana no había leído nada de su amigo David Grossman con el que comparte profesión e ideas.
Fue a raíz de la obtención por David Grossman del premio Man Booker Internacional, para el que también estaba nominado Amos Oz, cuando tuve la curiosidad por conocer la forma de escribir del premiado y elegí una de sus obras más aclamadas por la crítica, se titula La vida entera y tiene ochocientas siete páginas de las que ninguna te deja indiferente.
La vida entera se inicia con tres adolescentes, Ora, Abram e Ila, ingresados en un hospital de enfermos contagiosos y atendidos por una joven enfermera árabe. En ese hospital, en el que la oscuridad resulta obligatoria, se oye a la enfermera llorar en la distancia. Tal vez llanto y oscuridad simbolicen las guerras que han enfrentado a Israel con sus vecinos árabes. En su retiro obligado, los adolescentes, en especial Ora y Abram, comparten vivencias y temores.
Pasan los años y La vida entera se convierte en la extraordinaria descripción de los sentimientos de una mujer, Ora, narrados por un hombre, David Grossman.
Ora es adulta y acompaña a su hijo Ofer a incorporarse a una unidad militar encargada de la defensa en los territorios ocupados. Viajan en el taxi de Sami, un árabe amigo de la familia que desconocía el destino del muchacho hasta que le vio bajar la escalera con el uniforme y el arma y comprendió que Ora le estaba pidiendo que aumentara  su modesta contribución a favor de la lucha de Israel.
Ofer ha terminado ya el servicio militar obligatorio y ha prometido a su madre que le acompañará en un recorrido a pie por Galilea. Sin embargo, cuando ya lo han preparado todo, decide alistarse de nuevo.
De regreso a su casa, Ora opta por hacer la excursión programada, se obliga a abandonar la vivienda; piensa que si vienen a decirle que su hijo ha muerto en combate y no la encuentran, la tragedia no se producirá.
Empieza así un recorrido por la región al que consigue arrastrar a Abram. Poco a poco nos enteramos de que el matrimonio de Ila con Ora se ha roto; que Ila se ha marchado a Sudamérica con su hijo mayor, Adam, y que Ofer, educado también por él como un hijo, no es suyo sino de Abram. Igualmente sabemos que Abram fue hecho prisionero y torturado salvajemente por los egipcios y que, tras ser rescatado, Ora e Ila se turnaron para cuidarle porque la especial relación que establecieron de adolescentes sigue intacta.
Abram y Ora caminan juntos por Galilea. La mujer habla y habla del pasado, de Ila, de Adam y de Ofer desde que ella se quedó embarazada hasta el momento actual en el que no quiere aceptar que puede haberles perdido. Es una larga reflexión consigo misma y con el hombre que siempre la quiso, que nunca se recuperó interiormente de las torturas y al que no ha visto en mucho tiempo. Ora cree que si no deja de nombrar a Ofer, éste no morirá.
La vida entera de los protagonistas principales de la narración desfila ante los ojos del lector dejando un poso de desesperanza. El conflicto con los palestinos, aunque sólo se nombre de pasada, está presente en detalles que impactan, que te hacen comprender que el dolor es común en las gentes de buena voluntad de ambas partes y que unos y otros son a la vez víctimas y verdugos.
La vida entera de David Grossman es una obra maestra por lo simbólico del contenido, la tensión emocional que hay en sus páginas, la belleza de las descripciones, la sutil forma de expresar el horror y la angustia, la ausencia de final (nadie sabe cómo va a acabar esto), el estudio psicológico de cada uno de los personajes principales o no; el amor sin medida de una mujer, de una madre que duda y se pregunta.
Cuando David Grossman había casi acabado La vida entera, su hijo Uri murió en la guerra contra el grupo libanés chií Hizbula: Empecé a escribir esta novela en mayo de 2003, seis meses antes de que mi hijo Uri se enrolara en el ejército. Él lo sabía todo del libro… Por aquel entonces yo tenía la sensación de que, escribiendo, de alguna manera, salvaba a mi hijo de la muerte.
No pudo ser. Uri había cumplido 20 años. Una razón más para que La vida entera  sobrecoja.

 

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