lunes, 24 de julio de 2017

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR

Aunque coincido con Haruki Murakami en que las enfermedades limitan bastante en el momento de escribir cualquier cosa, aprovecho el tiempo extra que el malestar me otorga para comentar el libro que acabo de leer del escritor japonés que se titula De qué hablo cuando hablo de escribir.
De Murakami he leído varias novelas y dos ensayos, el citado y De qué hablo cuando hablo de correr. Ambos ensayos parecen estar escritos desde la sinceridad más absoluta. En el primero, del que ya hice una reseña en Opticks, nos explica, junto con otros muchos detalles de su vida, la importancia que tiene para él el hecho de correr a diario.
En el segundo, repite algunos de esos detalles, insistiendo en este caso como es lógico en todos aquellos que se relacionan con la escritura: acontecimientos que le llevaron a ser escritor, horario y sistema que utiliza, originalidad, cómo afrontar la escritura de una novela larga, primeros pasos en el mundo editorial, primeros libros, destinatarios de los mismos, relaciones con los críticos, etc.
Todo ello nos muestra en principio a un gran lector y después a una persona solitaria, perfeccionista y meticulosa, que reflexiona y analiza mucho, pero que también deja espacio al azar y a la improvisación, extrayendo de su cerebro fragmentos de informaciones archivadas en compartimientos distintos a lo largo de un tiempo; informaciones que va combinando cuando decide iniciar una obra. A esas acciones automáticas, incluso, les ha dado un nombre: otoma-kobito.
En repetidas ocasiones he leído que Haruki Murakami no es demasiado apreciado por la crítica de su país, se le acusa de “occidentalizado”. En el libro se refiere a las acusaciones sin ninguna acritud. Reconoce que muchas de sus obras han sido mal acogidas por la crítica, el éxito de ventas es otra cosa. Mantiene que en Japón quien hace algo distinto a los demás genera de inmediato una reacción de rechazo porque allí impera una cultura según la cual, para lo bueno y para lo malo, la armonía constituye uno de los valores supremos.
Esa forma de ser y de pensar condiciona también el sistema educativo japonés en el que se formó, cuya intención Haruki Murakami cree que era convertirnos a todos en ovejas para que la totalidad del grupo resultara fácil de pastorear. Opinando esto es lógico que Murakami no guarde un buen recuerdo de su etapa escolar y universitaria, que aún evoca con un escalofrío, a pesar de que sus padres eran profesores y que la superó sin problemas.
Pese a las críticas que vierte en su libro, Haruki Murakami no se muestra como alguien resentido y dogmático, sus opiniones nacen de una larga y solitaria reflexión basada en la experiencia, pero entiende que  pueda verse la realidad de manera distinta y considerarse que está equivocado.
En la contraportada del libro se afirma que De qué hablo cuando hablo de escribir es un texto cercano, lleno de frescura, delicioso y personalísimo y que gracias a él descubriremos cómo es Haruki Murakami. Estoy de acuerdo y me permito añadir que a la vez podremos comprobar, no sin cierta sorpresa, lo diferente que parece autor de este ensayo del ser humano que imaginamos mientras vamos leyendo sus novelas.
 

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