jueves, 25 de mayo de 2017

LAS SULTANAS OLVIDADAS

Las sultanas olvidadas es el segundo libro que leo de Fatema Mernissi. El primero fue Sueños en el umbral, memorias de una niña del harén ya reseñado en Opticks.
En Las sultanas olvidadas Fatema Mernissi, tras realizar una exhaustiva y bien documentada investigación que comprobamos, por ejemplo, en los abundantes y detallados “pies de página”, nos habla de las mujeres que en los primeros quince siglos de islamismo, a partir del año I de la Hégira (622 d.C.) estuvieron al frente de países o territorios musulmanes, cometido que se justifica y puede comprobarse gracias a las dos prerrogativas propias de dichos dirigentes: acuñar moneda con su nombre y presidir la oración del viernes en la mezquita.
La autora marroquí, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003, explica, con la ironía que la caracteriza, que se le ocurrió esta investigación tras ser elegida Benazir Bhuto primera ministra de Pakistán, cuando otros políticos, lógicamente hombres, pusieron el grito en el cielo horrorizados porque, según ellos, nunca una mujer había gobernado un estado musulmán.
Fue entonces cuando decidió ocuparse de la fruslería que supone investigar una clase de mujeres que quizá jamás existieron, jugar a detectives, ya que como buena y obediente musulmana sabe que sólo puede ocuparse de lo que le concierne, es decir, de fruslerías.
Fatema Mernissi inicia sus tareas detectivescas, ante la total ausencia de referencias a esas mujeres en documentos más o menos actuales, que está claro han sido condenadas al olvido, en las bibliotecas mejor provistas de libros antiguos.
Poco a poco, adentrándose en el contenido de páginas amarillentas por el tiempo, va encontrando los nombres de mujeres que en la sociedad musulmana mandaron y mucho: las malikas  Arwa y Alam al Hurra, las sultanas Radiyya y Shajarat al durr, la jatun Turkan o, más modestamente, Taj al Alam (Corona del Universo) y Nur al Alam (Luz del Universo), entre otras, algunas de ellas esclavas, que solas, al lado de sus maridos, o como regentes mientras los hijos eran pequeños, dirigieron los destinos de sus pueblos en Asia, África o Europa (al-Ándalus) en el campo de batalla, la economía y la política, siendo respetadas y valoradas por su forma de ser y gobernar, aunque pocas muriesen de muerte natural, como le sucedería el  año 2007 a Benazir Bhuto, y algunas gobernasen sólo unos meses
Fatema Mernissi se pregunta en Las sultanas olvidadas por qué en esos lejanos tiempos las mujeres pudieron alcanzar tal alto rango político y ahora prácticamente se les excluye. En el libro busca razones, remontándose al nacimiento del Islam cuando Mahoma, creador de la primera mezquita, dirigía en ella la oración del viernes a la que asistían juntos hombres y mujeres.
Después, conforme el Islam va extendiéndose por amplios territorios del planeta durante los califatos omeya y abasida, nos habla de los pueblos que los habitan: mongoles, mamelucos, yemeníes…, su relación con la nueva doctrina y la importancia de las mujeres, que se mostraban a sus gobernados desprovistas de los actuales velos, en el control de algunos de esos territorios, bien por su belleza, su inteligencia, su valor o sus dotes diplomáticas.
Fatema Mernissi pone de manifiesto en su libro las diferencias de todo tipo que existen entre suníes, adheridos a las prácticas habituales del profeta, recogidas en la sunna y partidarios de que la autoridad religiosa la hereden los compañeros de Mahoma (sahaba) y los chiíes, cuyo nombre etimológico proviene de Chiat Ali, “el partido de Ali”, primo y yerno del profeta, al ser hijo de su tío Abu Talib y casarse con su hija Fatima, que pensaban que el califa que sucediera a Mahoma tenía que ser del Ahl al bayt, es decir, descendiente directo del profeta.
El enfrentamiento entre ambas corrientes viene de antiguo y siempre perjudicó al grupo que podemos considerar más débil, o sea, a las mujeres.
 

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