jueves, 12 de enero de 2017

SPQR UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA

Desde que la escritora inglesa Mary Beard obtuvo en el año 2016 el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, he deseado leer alguno de sus libros.
Hoy por fin, con la satisfacción de un deseo cumplido, puedo hablar sobre  SPQR UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA, obra de la citada autora que va ya por la sexta edición.
Mary Beard elige como punto de partida a la hora de escribir SPQR Senatus PopulusQue Romanus, “El senado y el pueblo de Roma”, el enfrentamiento entre Cicerón y Catilina a mediados del siglo I a.C., más de 600 años después de la fundación de la ciudad.
A partir de ahí, basándose en los escritos de Cicerón, de Livio, de otros autores romanos o no y en los restos arqueológicos que no cesan de enviarnos mensajes sobre cómo fueron en realidad, se remonta a los orígenes de Roma: Rómulo y Remo, Eneas, sabinos, latinos y etruscos, primeros reyes… Después, remitiéndose a ese pasado, analiza el senado, la república, el enfrentamiento con Cartago, la conquista de las Galias, el asesinato de César, el gobierno de Augusto, el imperio y los emperadores, el frente doméstico, las clases sociales, Roma fuera de Roma y, finalmente, el decreto de ciudadanía del emperador Caracalla.
Afirma Mary Beard que escribir SPQR le ha supuesto dedicarse durante cincuenta años a investigar y estudiar la antigua Roma. Lo curioso es que pese a esa investigación tan exhaustiva y laboriosa, no pontifica, no da nada por cerrado. Plantea que las cosas pudieron suceder como parece ser que sucedieron o que hubo variantes. Es muy difícil juzgar los hechos del pasado con la mentalidad actual. Por esa razón, insisto, en su análisis, Mary Beard se apoya en todo lo encontrado o escrito hasta ahora: Cicerón, Polibio, Salustio, Tácito, Suetonio, Juvenal, Ovidio, Plinio el Joven, Edward Gibbon y muchos más aparecen en las páginas de SPQR, permitiendo a la investigadora alcanzar la objetividad deseada.
Los que no somos especialistas en esta etapa histórica, tenemos sobre Roma y los romanos una impresión estereotipada y hasta peliculera. También la autora habla de películas. Así consideramos a los romanos bastante pendencieros, según Mary Beard no más que sus coetáneos; muy buenos constructores, ella afirma que aún mejores fueron los griegos; o dividimos a los emperadores en malos, por ejemplo Nerón y Calígula, y buenos, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, tampoco aquí acertamos del todo.
Destaca que muchos pueblos a lo largo de la historia han tenido mentalidad de conquistadores, pero no la capacidad de mantener lo conquistado como lo hizo Roma durante tantos siglos, en especial mientras permaneció el régimen autocrático establecido por Octavio César Augusto que creó un lenguaje político y unas instituciones que se remontaban al pasado más remoto. Patrón de gobierno que permaneció vigente casi doscientos años después de la muerte de Augusto, 14 d. C.
En el mantenimiento de los territorios conquistados señala la importancia de la llamada romanización, el proceso por el que los romanos tomaban de la cultura y costumbres del pueblo conquistado lo que les convenía y al contrario.
De todas formas en Roma siempre hubo clases, además de los miles de esclavos, estaban los que eran ciudadanos romanos, portadores de unos derechos especiales que los diferenciaban del resto, y los que no gozaban de esos privilegios.
Esa discriminación terminó, como he apuntado anteriormente, cuando el emperador Caracalla extendió los derechos de ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio desde Escocia hasta Siria, año 212 d. C.
La posibilidad de convertirse en ciudadano romano existía ya antes. Podían obtener la ciudadanía los esclavos que hacían méritos para ser liberados o los extranjeros, soldados o civiles, como pago a sus servicios o colaboración. Pero el decreto de Caracalla no pone condiciones. Cree Mary Beard que lo decide así con la intención de recaudar mayores impuestos, aunque los motivos no están muy claros.
La cuestión es que a partir de esa fecha el Imperio Romano cambia. Las diferencias sociales no se basan en los derechos de ciudadanía, sino en la cantidad de riquezas acumuladas. A esto se une la presión de los bárbaros sobre las fronteras y el inicio de las grandes invasiones.
Con estos cambios concluye Mary Beard su libro, en el que es importante señalar, además de lo expuesto, la claridad y rigurosidad en el análisis y el hecho de que, a pesar del número de páginas, 647, y la gran cantidad de datos que contiene, su lectura no cansa en absoluto.

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