jueves, 19 de enero de 2017

CUANDO ÉRAMOS ÁNGELES

Vuelvo de la biblioteca con una de las muchas novelas que se editan en España anualmente. Me sorprende que sean tantos los libros editados cuando, según las últimas estadísticas, en nuestro país se lee bastante poco, si exceptuamos los mensajes en facebook, WhatsApp y el resto de canales más o menos tecnológicos, ahí sí que estamos a la cabeza.
En fin. El libro de la biblioteca se titula Cuando éramos ángeles y es la segunda novela de Beatriz Rodríguez, autora para mí desconocida hasta estos momentos.
Aunque no me considero ni mucho menos una experta en crítica literaria, sólo soy una lectora, me creo capaz de distinguir un buen libro de otro al que le faltan algunas cualidades para serlo, Cuando éramos ángeles pertenecería al segundo grupo.
No quiero decir con ello que Beatriz Rodríguez no pueda convertirse con el tiempo en una excelente narradora, en la novela hay párrafos brillantes, pero quizá porque pretende abarcar demasiado, el libro se queda en la superficie de todo. Intentaré explicar por qué.
Verán, en las primeras páginas del libro Beatriz Rodríguez nos habla de un árbol centenario, el Pino de Rocafría, que aparece partido por la mitad, no se sabe sí a consecuencia de un rayo ni tampoco qué relación tiene esto con el resto del relato, excepto que la noticia la leen unos veraneantes en el periódico La Velaña Información que dirige Clara Ibáñez en Fuentegrande, pueblo en el que se desarrolla la historia en la que Clara tiene un papel destacado. 
A continuación la autora nos presenta a Fran Borrego, un hombre que, según los policías locales Celestino y Ángel, da la impresión de haber sido asesinado y cuyo cadáver encuentran a diez kilómetros de la población.
El tercer escenario que conocemos es el hostal de Fuentegrande en el que su dueña, Chabela, está preparando sangre encebollada.
Luego, en la página 27 retrocedemos en el tiempo acompañando a Eugenia, una niña de 13 años rubia y con los ojos verdes que pasa las vacaciones en la localidad con su padre viudo y su hermano. Junto a Eugenia vamos conociendo a otros chicos y chicas de su edad o algo mayores con los que termina formando una pandilla interesada por las modas y la música de los 90 a la que también se cita de pasada.   
Para ampliar aún más el panorama nos enteramos de que Fernando, un hombre feromona como lo define Chabela en cuyo hostal se aloja, al igual que Clara, es el comercial de una empresa norteamericana que pretende comprar la mayor parte de las huertas del Fuentegrande para gestionar las aguas que se acumulan en el subsuelo.
Todo lo anterior, junto a lo que piensa Clara de los hombres, su situación emocional actual, las conversaciones con Chabela, las recetas de cocina de la misma y una buena cantidad de esbozos más que se quedan en eso en 30 páginas.
En el resto de la novela Clara intenta averiguar quién ha asesinado a Fran Borrego, pero pese a esa investigación y las recetas de Chabela no podemos decir que se trata de una novela negra; existen también capítulos dedicados a las actividades de la pandilla, amoríos incluidos, pero tampoco podemos decir que sea una novela de aprendizaje; Clara y Fernando mantienen una relación sexual intensa, pero no se trata de una novela de amor, y el descubrimiento del asesino al final de libro no sorprende ni emociona en absoluto.
En resumen, Cuando éramos ángeles es un relato plano que podría haber dado más de sí si la autora no hubiese pretendido unir en una sola historia tal variedad de cuestiones diversas. Modernidad líquida, diría Bauman.

 

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