domingo, 15 de octubre de 2017

UANDO FUIMOS HUÉRFANOS

Mi conocimiento de Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, se reducía hasta ahora a saber que su obra, Los restos del día, había dado lugar a una extraordinaria película, Lo que queda del día, protagonizada de forma magistral por dos actores a los que admiro, Anthony Hopkins y Emma Thompson.
Así que cuando supe que le habían concedido el Nobel, busqué alguno de sus libros que me permitiese ampliar tan escaso conocimiento.
El libro que encontré, una obra hermosa y exquisita que cuesta resumir, se titula Cuando fuimos huérfanos y en él, el protagonista, Christopher Banks, relata en primera persona cómo ha ido transcurriendo su vida desde la infancia hasta la madurez.   
Christopher Banks, al que de niño llamaban familiarmente Puffin, nace en Shangai de padres británicos a comienzos del siglo XX. Nace en esa ciudad porque su padre trabaja para una compañía, también británica, que tiene relación con el mercado del opio. La madre, consciente de los efectos que el opio provoca en la salud de sus consumidores, hace campaña en contra del nefasto consumo; le ayuda en su tarea un buen amigo de la familia, tío Philip.
Cuando el niño tiene 9 años y disfruta de su infancia junto a su amigo Akira, el niño japonés de la casa de al lado, primero su padre y después su madre, desaparecen sin dejar rastro. Tras un tiempo de búsqueda infructuosa, Puffin, considerado huérfano, es enviado a Inglaterra y queda bajo la tutela de una tía.
Todo esto no lo sabemos desde un principio, Christopher inicia su relato en 1930 en Londres, cuando la práctica de la vocación que sintió de pequeño  al perder a sus padres le va convirtiendo progresivamente en un exitoso y aclamado investigador que resuelve importantes  y divulgados casos de asesinatos y otros delitos.
La resolución de esos casos sólo tiene importancia en la historia que nos cuenta el joven porque gracias a ella se introduce en la alta sociedad inglesa, describe lo que ve con inteligentes pinceladas y conoce a Sarah, una bella mujer que tendrá un importante papel en la novela.
Consolidado ya su estatus como investigador, Christopher Banks decide viajar hasta Shangai con la intención de encontrar a sus padres. La ciudad, caótica y multiétnica según la recordaba, está ahora sumida en plena guerra tras la invasión de China por el ejército de Japón.
Contado así parece un relato realista y ajustado a la época. Lo que ocurre es que la forma de narrar de Kazuo Ishiguro tiene poco que ver con el realismo en sentido estricto. Los hechos están ahí, enriquecidos además con multitud de explicaciones y detalles en los que puede apreciarse el genio del escritor de origen japonés y nacionalidad inglesa, pero el modo de ser del personaje central, su psicología y manera de afrontarlos resulta fundamental en la transmisión de los mismos; es decir, lo que llega hasta nosotros no es en muchas ocasiones el hecho tal y como sucedió, lo que llega es la visión actual del joven sobre lo sucedido anteriormente; incluso hay páginas en las que nos parece participar no de su vida sino de sus sueños. Recuerdos y sueños que acentúan la eterna sensación de orfandad que el ser humano experimenta a veces.
Enlazando este libro con lo que recuerdo de la película Lo que queda del día, allí el mayordomo y aquí el investigador, se sienten destinados a una misión especial que les impide atender a cuestiones que consideran accesorias, el amor entre ellas.
Pese a todo, el cumplimiento de esa misión, aun revistiendo a estos personajes de una patina de tristeza y melancolía ante la imposibilidad de vivir una vida distinta, no les hace antipáticos o acreedores de nuestra compasión, no he leído el libro en el que está basada la película, pero el protagonista de Cuando fuimos huérfanos afronta el día a día con una nobleza y una dignidad admirables en todo momento.
Nobleza y dignidad que, por lo que leo en una de las entrevistas que le han hecho con motivo de la concesión del Nobel, posee también en grado sumo Kazuo Ishiguro que afirma: "Me sentiría especialmente emocionado si pudiera de algún modo contribuir a crear una atmósfera más positiva en estos tiempos de incertidumbre. Espero que el hecho de recibir este honor sirva para alentar las fuerzas de paz y buena voluntad".
 
 
 

jueves, 5 de octubre de 2017

EVASIONES

Repaso mi ya larga vida como lectora y constato que en momentos de crisis en los que deseaba evadirme, dar la espalda a las preocupaciones u olvidar los dolores, la novela negra se convirtió a menudo en el refugio ideal. Claro que con la condición de que las historias relatadas en los libros elegidos tuviesen siempre un final feliz, es decir, que los malos fuesen descubiertos y castigados por sus maldades y los buenos premiados por su bondad.
Sí, ya sé que suena de lo más simplista, pero tal vez el éxito de esa clase de novelas, un éxito que no cesa de acrecentarse con nuevos títulos y nuevos autores, se deba en parte a que hay más personas que piensan como yo, y dejan a un lado por un rato las preocupaciones persiguiendo asesinos múltiples y variados, de la mano de hábiles y también múltiples y variados sabuesos.
La última novela negra que he leído se titula La chica del tren, su autora es británica y se llama Paula Hawkins. Tras esta, un best seller al alcance de todos en cualquier supermercado que incluya libros de los más vendidos, saqué de la biblioteca No me toques, una obra de Andrea Camilleri, al que considero un clásico en el género.
Luego descubrí que No me toques no era una novela negra al uso, aunque su estructura lo recordara mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que el autor italiano es sobre todo conocido por ser el creador del comisario Montalbano, del que hablé en Opticks hace algún tiempo.
La chica del tren se lee en una tarde. Su protagonista se llama Rachel, una joven con un divorcio no superado y otros problemas que ha buscado refugio en el alcohol y prácticamente se ha convertido en una alcohólica. Todos los días toma un tren hacia Londres que se detiene siempre en un determinado semáforo; parada que ella aprovecha para contemplar a la pareja que habita una casa cercana a las vías a la que considera la pareja perfecta. Poco a poco vamos descubriendo que Rachel y su ex marido vivieron en la casa cercana a la de esa pareja, que él aún vive allí con su nueva mujer y el bebé que acaban de tener y que la pareja perfecta no lo es tanto.
Por sus muchas obsesiones y su afán de mirar los ambientes ajenos, Rachel se ve involucrada en la desaparición de la vecina de su ex y la historia se va complicando con nuevos personajes y misterios muy bien diseñados. Supongo que la intención de la autora es que su obra fuese, como posteriormente lo fue, llevada al cine.
El eje central de No me toques también es una desaparición, la de Laura Garaudo, hermosa joven casada con Mattia Todini, un célebre escritor que, por edad, podría ser su padre, pero que, en apariencia, le proporciona todo aquello que ella necesita para ser feliz.
Laura, experta en historia del arte, basó su tesis doctoral en la investigación sobre los frescos de Fra Angelico en el convento de San Marcos en Florencia, insistiendo en el que representa a Jesús resucitado mientras se dirige a María Magdalena con la enigmática frase “Noli me tangere” (No me toques).
La originalidad del libro, muy bien escrito por cierto y que al igual que La chica del tren se lee en una tarde, es que cada capítulo aporta al lector la versión de alguien que conoció a la desaparecida y esas versiones son pocas veces coincidentes.
Junto a esta estructura, propia eso sí de la novela negra, está el sorprendente desenlace que no tiene nada que ver con el género y que el autor explica en una nota al final del libro.
Resumiendo, La chica del tren y No me toques son dos relatos de fácil y entretenida lectura, buenos para esos días en los que nos sentimos desolados.   
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL CUENTO DE LA CRIADA

Fue en el año 2008, al concederle el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, cuando leí un libro de Margaret Atwood, estaba editado por Alianza y su título era Resurgir.
Entonces escribí que Resurgir narra el viaje que la protagonista realiza, en compañía de una pareja de amigos y de su amante, a la casa en la que transcurrió su infancia en los bosques de Canadá. Ese viaje implicará a la vez un recorrido introspectivo hacia el descubrimiento de sí misma, las relaciones entre sus padres, la religión, la ecología, el amor, la maternidad, la muerte…; lo que la conduce a la conclusión de que uno no puede fundirse con la tierra y la naturaleza en general, prescindiendo del resto de los seres humanos; que se necesitan, con sus defectos y sus virtudes, las personas.
Margaret Atwood, poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense, es una humanista y como tal se muestra en sus libros, el citado Resurgir (1972), profundo y bello, y el que hoy traigo a Opticks, El cuento de la criada (1985), en el que se basa una reciente serie para la televisión que ha conseguido ya cinco galardones en los premios Emmy 2017.
Como soy de naturaleza pesimista, pienso que el atractivo de la serie tendrá poco que ver con el mensaje que subyace tras la historia que cuenta la escritora, hasta puede que pase inadvertido en el transcurso de unas escenas de enorme sensualidad, sexualidad explícita y contenida, violencia y la sumisión más abyecta. 
El cuento de la criada es un relato de ciencia ficción distópico, al estilo de Un mundo feliz o 1984, pero en este caso es una mujer, Defred, la que nos va contando su vida, tanto presente como pasada, en la república teocrática de Gilead, creada en los Estados Unidos después de ser atacados por el terrorismo islámico y padecer diversas catástrofes nucleares.
Margaret Atwood escribió El cuento de la criada mientras vivía en Berlín oeste antes de la caída del muro. Quizá por eso no le resultaría demasiado difícil mostrar una sociedad cerrada, en la que la delación y el miedo estaban muy presentes, junto a la imagen amenazante de un muro defendido por soldados con perros y metralletas.
En la república de Gilead también existe un muro, en él cuelgan los cadáveres de los disidentes que han sido ajusticiados. Siempre les tapan la cabeza con un capuchón, son las no personas.
Además del muro y de los Ojos (guardianes que vigilan), las mujeres de Gilead están divididas en castas que se diferencian por su función y la forma como van vestidas. Las Marthas, que cocinan y se ocupan de los trabajos de la casa, van de verde. Las hijas, vestidas de blanco, son las que menos abundan, ya que la guerra y las catástrofes ambientales han diezmado la población y alterado los nacimientos. Esa es la razón de que las criadas, principales protagonistas del cuento y con vestidos rojos, sean elegidas según lo que rinden o rindieron sus ovarios.
Así que, tras un adoctrinamiento previo por parte de las llamadas “tías” (de marrón) que incluye eslóganes religiosos y castigos propios de la peor de las sectas, son enviadas al domicilio de los altos cargos de la república con la misión de engendrar hijos, previa violación por parte del alto cargo en la que participa su esposa (de azul) en una ceremonia ritual bastante lúgubre. A los dos años cambian de casa y si tras su paso por las tres viviendas no han tenido ningún hijo, se las ejecuta o se las envía a las colonias, lugares fuera de la república llenos de residuos radiactivos en los que se consumen quienes no son de utilidad para el régimen.
Aunque su existencia se reduzca principalmente a ser fecundadas y parir, las criadas abandonan la casa cuando van a comprar, en silencio y de dos en dos, como acompañantes en los partos y como espectadoras en los ajusticiamientos de aquellos o aquellas que no cumplen las normas.
Defred (de Fred, nombre del amo que intenta fecundarla) fue tiempo atrás una mujer libre, enamorada de su marido, con una preciosa hija, un gratificante trabajo y una independencia económica. Luego, poco a poco, con la excusa del peligro exterior, los que mandan se lo van arrebatando todo, hasta que la dejan reducida a una vasija que hay que llenar.
Si tenemos en cuenta la fuerza de lo expuesto, es lógico que en El cuento de la criada encuentren los guionistas buenos materiales para una serie de éxito. Lo que ocurre es que el libro de Margaret Atwood, además de estar muy bien escrito, no es una sucesión de imágenes morbosas, violentas o sexualmente explícitas, sino una profunda reflexión sobre el poder, la condición femenina y los métodos de los que se han valido y se valen los totalitarismos de cualquier signo para someter a las personas.
Algunos se están refiriendo ya a Donald Trump, supongo que será por aquello de la América profunda, el presbiterianismo y el muro que pretende construir. A mí se me ocurren otras referencias, por ejemplo, los talibanes en Afganistán o el grupo yihadista Boko Haram en Nigeria, partidarios de imponer la sharía a sangre y fuego con efectos nefastos sobre la libertad y dignidad de las mujeres.
Al menos en Arabia Saudí, país en el que rige la sharía, hay que manifestar que algo más leve, les van a permitir conducir el año próximo. Dado que según ciertos ulemas el cerebro femenino es la mitad del masculino o algo menos, han de dejarles tiempo suficiente para que aprendan el complicado código.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA CENA

Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.
Esta frase, con la que empieza Ana Karenina, es citada por Paul, narrador de La cena mientras describe la situación familiar que atraviesa. La cena se publicó en el año 2010, es obra del escritor holandés Herman Koch, y a poco de publicarse, alcanzó la calificación de best seller.
La cena tiene 284 páginas agrupadas en seis partes cuyos nombres guardan relación con la actividad que se realiza: aperitivo, entrantes, segundo, postres, digestivo y propina.
El narrador, como he dicho antes, es Paul, uno de los cuatro comensales que cuenta en primera persona lo concerniente a él, los otros tres y el resto de sus respectivas familias.
El libro está escrito con la intención de atraer la curiosidad del lector desde la primera página, dejando entrever en pocas líneas hechos inquietantes y desarrollándolos poco a poco.
Así Paul nos habla de su esposa, Claire, de los veinte años que llevan casados y de la felicidad que les aporta su hijo quinceañero, Michel. Total, una familia dichosa; sólo que antes de salir de casa ha descubierto en el móvil del chico unas imágenes que le han perturbado.
Intercalándolos en esta presentación de un matrimonio feliz que se preocupa por el hijo, Paul aporta detalles sobre la pareja con la que van a cenar, Serge y Babette, haciendo resaltar sus defectos.
Pronto sabemos que Serge es un famoso político que aspira a primer ministro de Holanda, La cena tiene lugar en Ámsterdam, su mujer es una atractiva ama de casa y son padres de tres hijos, uno de ellos quinceañero como Michel y otro, Beau, adoptado de un país africano.
Resulta complicado seguir hablando sobre el argumento del relato sin desvelar todo lo que los lectores debieran descubrir por sí mismos. Conforme se avanza en la lectura, la percepción del contenido de la historia y la opinión sobre sus protagonistas se irá modificando de forma radical.
El año 2005 en Barcelona tres adolescentes de clase acomodada prendieron fuego a una indigente en el interior de un cajero. Según he leído, ese suceso ayudó a Herman Koch en la construcción de su novela. Por lo tanto La cena esconde una enorme violencia que va aflorando página tras página, mientras se dibuja una sociedad opulenta, superficial y carente de valores, una sociedad enferma.
Junto a la violencia, el consumismo que el autor muestra con sarcasmo y amarga ironía desde el momento en el que Paul y Claire se preparan para asistir a cenar en un lujoso y exclusivo restaurante. El aspecto de comensales y camareros, la quilométrica lista de espera para el común de los mortales, el comportamiento de los empleados según la categoría social, el enrevesado nombre de los distintos manjares que se sirven, lo exiguo de las raciones y lo grande de los platos, etc. No hay que viajar a Holanda, en España encontramos en abundancia lugares así.
En resumen, La cena de Herman Koch es un libro muy actual, bien escrito y que se lee con facilidad e interés. Luego, a mi parecer, presenta altibajos en el argumento y acumula demasiada información en pocas páginas.
Pese a ello es de justicia constatar que, por razones de lo más variado, se trata de uno de esos libros que cualquier grupo de lectores disfrutaría analizando.

lunes, 4 de septiembre de 2017

UN LARGO SÁBADO. EN MEMORIA DE KIKO

Me hubiera gustado comentar con Kiko el libro que hoy voy a presentar en esta página. Aunque sería más exacto decir que me hubiera gustado escuchar el minucioso y profundo análisis que él habría hecho de dicho libro.
Ésa fue siempre su forma de aproximarse a la literatura, tanto en las distintas reuniones en las que participamos juntos, como en el blog que inició en septiembre del año 2011 bajo el nombre de Bibliotropismos.
Uno de los aportes positivos que ha traído Internet es que cualquiera de nosotros puede acceder a las palabras sabias del amigo que nos ha dejado, y continuar aprendiendo con lo escrito en su blog. Crítica de relatos, movimientos, autores: Javier Marías, Vila-Matas, Dickens, Carlos Marzal...; prosa, poesía, teatro, reflexiones diversas; dudas, preguntas, sueños, propósitos no siempre realizados.
Entradas y más entradas en las que fácilmente advertimos su manera de ser y el amor que sentía por los libros; él tan ligado a ellos como archivero, bibliotecario, profesor y lector reflexivo y exigente.
Por esa razón creo que hubiese disfrutado leyendo Un largo sábado, libro en el que Laure Adler, investigadora y periodista francesa, entrevista a George Steiner, catedrático de literatura comparada, Premio Príncipe de Asturias 2001 de Comunicación y Humanidades y autor de obras fundamentales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica como Lecciones de los maestros, Errata, La idea de Europa, Los Logócratas o Fragmentos.
Muchas son las cuestiones que George Steiner aborda en Un largo sábado a preguntas de la periodista. No rehúye ninguna cuestión por controvertida que pueda ser considerada: los movimientos totalitarios, el judaísmo, el Islam, las deficiencias en la enseñanza, las humanidades y la ciencia, el aprendizaje de las lenguas, la importancia de la memoria, de la poesía; el nacionalismo, el psicoanálisis, el marxismo, las nuevas tecnologías, la eutanasia, su especial relación con la música…
George Steiner se aproxima a estos temas y a otros muchos con total libertad y el rigor intelectual que caracteriza toda su extensa obra.
Ese rigor intelectual lo encontramos también en el blog de Kiko y en los análisis que realizaba de los libros que decidíamos comentar en grupo. Al contrario de Steiner, nunca lo consideré un polemista, defendía su criterio basándose en los conocimientos que había adquirido sobre el tema a debate, pero lo hacía sin levantar la voz, sonriendo y con ese aire reposado y tímido del que se sabe seguro de lo que defiende, pero desea que nadie se sienta ofendido con esa defensa.
Steiner afirma que siempre habrá lectores y que la lectura requiere silencio, un espacio privado y tener libros; esto último porque es esencial leer lápiz en mano. No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores.
Kiko, además de subrayar y apuntar en sus propias lecturas, explica que, en su trabajo como archivero, disfrutaba investigando en los libros antiguos y leyendo las notas de sus márgenes; ampliaba así sus conocimientos y ponía lo que iba descubriendo al servicio de los interesados.
Labor que continuó realizando en la biblioteca. En este caso se trataba de seleccionar y recomendar después determinadas obras a las personas que se lo pedían, aunque confesase que recomendar libros era la actividad más difícil con la que se encontraba, porque el hábito de la lectura es subjetivo y esencialmente intransferible.
De todas formas, aun considerándolo difícil, desempeñaba de la mejor manera y con una sonrisa su tarea, doy fe de ello.
Kiko fue fue sin duda ninguna un excepcional “invitado a la vida”. Vuelvo a citar a Steiner que, para explicar que nadie puede elegir su lugar de nacimiento, las circunstancias, la época histórica a la que pertenece, un hándicap o una buena salud, se apoya en la frase de Heidegger que dice precisamente eso: “Somos los invitados de la vida”. Añade George Steiner que un buen invitado, un invitado digno, deja el lugar en que ha sido hospedado algo más limpio, algo más bonito, algo más interesante que como lo encontró. Kiko lo hizo.
Ahora sin él, y con palabras del escritor judío, empieza un largo sábado.
Un sábado en el que hay una mecánica a la vez de desesperación y de esperanza. La desesperación y la esperanza son dos caras de la misma moneda de la condición humana.
En estas circunstancias de pérdida reciente cuesta mucho imaginar el domingo, salvo, sigue diciendo Steiner, en el ámbito de la vida privada. Los que tienen la alegría del amor han conocido esos domingos, ciertos momentos de epifanía, de transfiguración total.
 Ojalá que el recuerdo de los domingos que vivieron juntos le sirva a la familia más cercana de Kiko para suavizar el dolor de su ausencia.
 

 

 

martes, 29 de agosto de 2017

Una palabra tuya

Debo confesar que los únicos libros que había leído hasta ahora de Elvira Lindo eran los protagonizados por Manolito Gafotas. Así que resultaba lógico que asociara a la autora gaditana con obras ligeras de tipo humorístico.
Abandoné dicha asociación, preparada ya por lo escrito en la contraportada del libro que hoy traigo a Opticks y por la introducción del relato contenido en él, que consiste en un fragmento del Libro de Job, al terminar de leer la primera página de dicho relato que rezumaba insatisfacción y amargura.  
El libro, que obtuvo el Premio Biblioteca Breve en el año 2005, se titula Una palabra tuya y tiene como protagonista principal a Rosario, una mujer de treinta y tres años que nos cuenta en primera persona cómo ha sido su vida desde que fue consciente de la misma hasta el momento actual, en el que mira hacia atrás y hace balance.
La narración está muy bien desarrollada y es fácil de leer pese a lo descarnado de su contenido.
Elvira Lindo repasa a través de Rosario situaciones vitales conocidas en las que intervienen seres corrientes con sus defectos y con sus virtudes, pero reconocibles todos ellos; lo hace con profundidad, de manera realista, sin ahorrarnos detalles poco gratos y, en ocasiones, con un deje de humor sarcástico y macabro, no exento de ternura, que, más que sonreír, hace reflexionar.
Partiendo del conocimiento y la aceptación de uno mismo (a la joven no le gustan ni su cara ni su nombre), continuando con el ánimo que afronta la enfermedad de Alzheimer de su madre y su posterior muerte; los traumas del colegio, los cambios de trabajo hasta acabar de barrendera, la relación que mantiene con Morsa (sexual más que nada), con su hermana Palmira, con su madre, con el padre que las abandona y, sobre todo, con Milagros, antigua compañera de colegio que nunca maduró mentalmente y desempeña en la historia un papel fundamental, Rosario nos lleva de la mano sin darnos un respiro hasta un final que sorprende y conmueve.
En resumen, Una palabra tuya de Elvira Lindo, aunque escrita en el año 2005, es una obra de gran actualidad por los temas que trata y el modo de tratarlos; mereció, sin duda ninguna, el Premio Biblioteca Breve y me ha servido para descubrir facetas desconocidas de una escritora a la que ya admiraba.  

 

 

martes, 22 de agosto de 2017

VIDA Y DESTINO

Decía Antonio Muñoz Molina que había tenido durante algún tiempo resistiéndose a abrirlo el libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de Vida y destino del escritor ruso Vasili Grossman que murió en Moscú en 1964 sin conseguir que su obra fuera publicada. Peor aún, tras darla a leer a los censores soviéticos durante el mandato de Nikita Jruschov, a pesar de que  ya se había producido en el país una cierta apertura, el retrato que hacía de la sociedad de la URSS bajo Stalin le valió la condena al ostracismo.
Ese retrato es lo que provocó que Muñoz Molina, un hombre declarado de izquierdas, tuviese reparo en enfrentarse a un libro que, desde el interior del sistema y con una honradez desgarradora, pone de manifiesto los errores y las contradicciones del régimen comunista.
La aspiración del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.
Vida y destino empieza en un tren que se dirige a un campo de concentración nazi. En ese campo, un grupo de prisioneros, rusos en su mayoría, presentan al lector distintas realidades que se sustentan en opiniones casi siempre opuestas.
Este enfrentamiento pienso que debió irritar particularmente a los censores de Vasili Grossman cuando el escritor enfrenta en su relato a uno de los prisioneros, comunista convencido, con el oficial de la Gestapo que dirige el campo que equipara en su disertación a los dos regímenes políticos: ¡El nacionalismo es el alma de nuestra época! ¡El socialismo en un solo país es la expresión suprema del nacionalismo! Fue en la Noche de los cuchillos largos donde Stalin encontró la idea para las grandes purgas del partido en 1937.
Las purgas de Stalin, los millones de personas enviadas a Siberia o a otros lugares inhóspitos a trabajar en condiciones infrahumanas; los condenados a morir de hambre: hombres, mujeres y niños, en la colectivización obligatoria de la agricultura (1929-1931), cuyo objetivo consistía en suprimir la propiedad privada  e introducir el pleno control del partido comunista sobre la economía y la vida social del campo, lo que Stalin consideraba el bien común; el miedo, la delación, las persecuciones, las torturas, todo está expuesto y analizado a la vez con la profundidad y la lucidez de alguien que lo ha vivido y ha reflexionado mucho sobre ello.
Una gran parte del libro se desarrolla durante la batalla de Stalingrado. De nuevo aquí se alternan las voces de los combatientes de uno y otro bando: soldados, altos mandos, comisarios políticos… Acompañándolos el escritor, observador y protagonista al mismo tiempo, entra en las trincheras, recorre el frente, participa de las penalidades que sufren los soldados y la gente común atrapada en la contienda; no obvia ni la mezquindad ni el heroísmo, resalta la bondad, aunque nos parezca tan absurda e inexplicable como la que subyace tras el gesto de la anciana que da agua al alemán moribundo: En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida. Cuanto más estúpida, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella!
En las ciudades, lejos de la batalla pero teniéndola muy presente, continúa la vida bajo la estricta organización que ha diseñado Stalin. Entre los científicos no represaliados se encuentra  Viktor Pávlovich Shtrum, físico, miembro de la Academia de las Ciencias, al que Vasili Grossman dedica también bastantes páginas: su familia, su trabajo, la convivencia con los demás científicos; su caída en desgracia, basándose como siempre en acusaciones falsas y carentes de todo sentido lógico; la liberación personal que esta caída le provoca, su ascenso posterior por la importancia que tenía para el Estado las investigaciones en torno a la física nuclear que realizaba. Un Estado que en su cólera sería capaz de despojarle no sólo de la libertad, de la paz, sino también de la inteligencia, del talento, de la fe en sí mismo.
Leo que Shtrum es considerado el alter ego de Vasili Grossman. Mi opinión es que en todos los personajes que aparecen en Vida y destino hay algo de él. No sólo porque los haya creado, sino porque ha compartido o contemplado los acontecimientos que ellos vivieron en los lugares en los que se desarrollan los hechos narrados en el libro (su amplia biografía lo confirma). Incluso participó en la liberación del campo de exterminio de Treblinka y su testimonio fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.
He aconsejado la lectura de Vida y destino a todas las personas que conozco. Es la mejor vacuna contra muchas de las variadas plagas que asolan en los momentos actuales el mundo.
Vacuna contra las plagas y homenaje a un escritor excepcional que en la carta que  escribe a Nikita Jruschov, tras la negativa a publicar la obra, afirma en su defensa: No he llegado a la conclusión de que mi libro contenga falsedades. Escribí lo que consideraba y sigo considerando que es la verdad. Escribí sólo el resultado de mis reflexiones, de mis sentimientos de mis sufrimientos. Escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos…
Nada de eso importaba, la idea de libertad de creación para los censores soviéticos la encontramos en la respuesta que dan a la carta y no es la libertad burguesa que consiste en el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad.  

lunes, 14 de agosto de 2017

EL BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS

Repaso en mi memoria las muchas reseñas que he realizado en Opticks de libros que me han parecido bastante flojos y advierto que buena parte de ellos los elegí porque había leído uno anterior del autor o autora al que otorgué la calificación de excelente o por lo menos entretenido.
Es lo que acaba de ocurrirme con El baile de las luciérnagas de la escritora estadounidense Kristin Hannah autora del best seller El ruiseñor.
Recuerdo que El ruiseñor, a pesar de su elevado número de páginas y de lo embrollado en ocasiones del argumento, me pareció bien escrito y con un argumento que interesaba e instruía a la vez, aunque se tratase de una historia más con la 2ª Guerra Mundial como telón de fondo, pero destacaba el papel que jugaron las mujeres en la misma poniendo a dos de ellas, muy diferentes entre sí, como protagonistas.
En El baile de las luciérnagas también las protagonistas son dos mujeres, Tully Hart y Kate Mularkey, y también son muy diferentes entre sí. Tully, de madre hippie y padre desconocido, vive con sus abuelos y las circunstancias de la vida la han convertido en una adolescente independiente que llama la atención por su forma de ser y de vestir. Kate, en cambio, con gafas de culo de vaso y aparato en los dientes, pertenece a una familia tradicional, tiene un padre que trabaja muchas horas, una madre ama de casa y un hermano pequeño.
El encuentro en el mismo colegio de las dos chicas y una serie de vicisitudes que afectan a Tully hace que se conviertan en amigas, y todo lo que acontece en el trascurso de esa amistad: entrada en el mundo adulto, estudios, trabajo, amores, hijos, enfermedades, etc. constituye el engranaje de la obra.
Kristin Hannah dedica El baile de las luciérnagas a “nosotras, las chicas”. Creo que con esa dedicatoria el libro queda definido.
 

 

 

 

 

miércoles, 9 de agosto de 2017

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

El pasado febrero se cumplieron cien años del nacimiento de Carson McCullers (Columbus, Georgia 1917) y el próximo septiembre hará cincuenta años que murió (Nueva York 1967).
Estas dos fechas me han llevado a elegir para mi próximo comentario en Opticks una novela de la escritora estadounidense, se titula El corazón es un cazador solitario y el ejemplar que acabo de leer lo ha prologado  Elvira Lindo.
Aunque no se nombra, la novela, que se publicó en 1940, está ambientada en el estado de Georgia, así que muchas de las cuestiones que aparecen en ella parten de vivencias de la propia autora, por ejemplo, el racismo o el paso de una sociedad agrícola a una industrial, con la miseria de los obreros como telón de fondo y la soledad de aquellos que no encuentran su sitio ni nadie con quien compartir sus inquietudes.
En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos. Así inicia Carson MacCullers El corazón es un cazador solitario situando como personaje central de la obra a un sordomudo, John Singer.
John Singer es una figura extraña, trabaja como ayudante de joyero y vive con un griego, Antonapoulous, también sordomudo al que idealiza, a pesar de sus muchos defectos, y por el que siente un amor especial.
La vida cambia para Singer cuando su amigo, aquejado de frecuentes ataques de locura, es ingresado en un sanatorio psiquiátrico, entonces abandona la casa que compartían, alquila una habitación en la pensión que regenta el señor Kelly y se convierte en un parroquiano asiduo del café Nueva York propiedad de Biff Brannon.
Digo que John es una figura extraña porque aglutina a su alrededor al resto de personajes principales: el citado Biff, la hija adolescente del señor Kelly, Mick, una jovencita que ama la música de tal manera que es capaz de albergar los sonidos en su cabeza y componer melodías que sueña con interpretar en un piano que se compraría si alguna vez tuviese dinero.
Junto a los anteriores está Jake Blount, otro asiduo al café Nueva York, colérico y borracho, pretende agitar a los trabajadores de las hilanderas explicándoles ideas marxistas y se indigna ante el nulo interés que muestran.
Con parecido afán se mueve el doctor Copeland, un hombre negro enfermo de tuberculosis que ayuda a los suyos todo lo que puede e intenta que superen con formación y estudios el lugar miserable en la escala social que les han asignado los blancos. Tampoco él obtiene los resultados que le gustaría en lo que considera su misión. 
Estas cuatro personas valoran tanto al sordomudo que su sola presencia, su mirada inteligente y las pocas palabras que a veces les escribe en una hoja les basta para sentirse comprendidos.
Todos los personajes señalados y otros muchos que aparecen en menos ocasiones pero cuyo retrato lo realiza la autora con profundidad y agudeza convirtiéndolos en inolvidables, se relacionan en el mismo entorno: un barrio marginal que nació alrededor de las nuevas industrias.
Considerada una obra maestra, El corazón es un cazador solitario, ha sido estudiada en profundidad por la crítica, así que los comentarios al respecto que podemos hallar en Internet son numerosos.
Como simple lectora yo quiero destacar el retrato que la autora realiza de cada uno de los personajes, desde su aspecto físico a sus más escondidos deseos: la habitación interior de Mick, la sortija de Biff, la furiosa frustración del doctor…
Junto a los deseos, las dudas, la vulnerabilidad, las múltiples carencias, y todo ello sin ninguna acritud, destacando siempre que en el entorno más hostil es posible encontrar bondad y ternura.
 

 

 

 

 

domingo, 30 de julio de 2017

LA VIDA ENTERA

He leído varios libros del escritor israelí pacifista y no nacionalista Amos Oz, pero hasta esta semana no había leído nada de su amigo David Grossman con el que comparte profesión e ideas.
Fue a raíz de la obtención por David Grossman del premio Man Booker Internacional, para el que también estaba nominado Amos Oz, cuando tuve la curiosidad por conocer la forma de escribir del premiado y elegí una de sus obras más aclamadas por la crítica, se titula La vida entera y tiene ochocientas siete páginas de las que ninguna te deja indiferente.
La vida entera se inicia con tres adolescentes, Ora, Abram e Ila, ingresados en un hospital de enfermos contagiosos y atendidos por una joven enfermera árabe. En ese hospital, en el que la oscuridad resulta obligatoria, se oye a la enfermera llorar en la distancia. Tal vez llanto y oscuridad simbolicen las guerras que han enfrentado a Israel con sus vecinos árabes. En su retiro obligado, los adolescentes, en especial Ora y Abram, comparten vivencias y temores.
Pasan los años y La vida entera se convierte en la extraordinaria descripción de los sentimientos de una mujer, Ora, narrados por un hombre, David Grossman.
Ora es adulta y acompaña a su hijo Ofer a incorporarse a una unidad militar encargada de la defensa en los territorios ocupados. Viajan en el taxi de Sami, un árabe amigo de la familia que desconocía el destino del muchacho hasta que le vio bajar la escalera con el uniforme y el arma y comprendió que Ora le estaba pidiendo que aumentara  su modesta contribución a favor de la lucha de Israel.
Ofer ha terminado ya el servicio militar obligatorio y ha prometido a su madre que le acompañará en un recorrido a pie por Galilea. Sin embargo, cuando ya lo han preparado todo, decide alistarse de nuevo.
De regreso a su casa, Ora opta por hacer la excursión programada, se obliga a abandonar la vivienda; piensa que si vienen a decirle que su hijo ha muerto en combate y no la encuentran, la tragedia no se producirá.
Empieza así un recorrido por la región al que consigue arrastrar a Abram. Poco a poco nos enteramos de que el matrimonio de Ila con Ora se ha roto; que Ila se ha marchado a Sudamérica con su hijo mayor, Adam, y que Ofer, educado también por él como un hijo, no es suyo sino de Abram. Igualmente sabemos que Abram fue hecho prisionero y torturado salvajemente por los egipcios y que, tras ser rescatado, Ora e Ila se turnaron para cuidarle porque la especial relación que establecieron de adolescentes sigue intacta.
Abram y Ora caminan juntos por Galilea. La mujer habla y habla del pasado, de Ila, de Adam y de Ofer desde que ella se quedó embarazada hasta el momento actual en el que no quiere aceptar que puede haberles perdido. Es una larga reflexión consigo misma y con el hombre que siempre la quiso, que nunca se recuperó interiormente de las torturas y al que no ha visto en mucho tiempo. Ora cree que si no deja de nombrar a Ofer, éste no morirá.
La vida entera de los protagonistas principales de la narración desfila ante los ojos del lector dejando un poso de desesperanza. El conflicto con los palestinos, aunque sólo se nombre de pasada, está presente en detalles que impactan, que te hacen comprender que el dolor es común en las gentes de buena voluntad de ambas partes y que unos y otros son a la vez víctimas y verdugos.
La vida entera de David Grossman es una obra maestra por lo simbólico del contenido, la tensión emocional que hay en sus páginas, la belleza de las descripciones, la sutil forma de expresar el horror y la angustia, la ausencia de final (nadie sabe cómo va a acabar esto), el estudio psicológico de cada uno de los personajes principales o no; el amor sin medida de una mujer, de una madre que duda y se pregunta.
Cuando David Grossman había casi acabado La vida entera, su hijo Uri murió en la guerra contra el grupo libanés chií Hizbula: Empecé a escribir esta novela en mayo de 2003, seis meses antes de que mi hijo Uri se enrolara en el ejército. Él lo sabía todo del libro… Por aquel entonces yo tenía la sensación de que, escribiendo, de alguna manera, salvaba a mi hijo de la muerte.
No pudo ser. Uri había cumplido 20 años. Una razón más para que La vida entera  sobrecoja.

 

lunes, 24 de julio de 2017

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR

Aunque coincido con Haruki Murakami en que las enfermedades limitan bastante en el momento de escribir cualquier cosa, aprovecho el tiempo extra que el malestar me otorga para comentar el libro que acabo de leer del escritor japonés que se titula De qué hablo cuando hablo de escribir.
De Murakami he leído varias novelas y dos ensayos, el citado y De qué hablo cuando hablo de correr. Ambos ensayos parecen estar escritos desde la sinceridad más absoluta. En el primero, del que ya hice una reseña en Opticks, nos explica, junto con otros muchos detalles de su vida, la importancia que tiene para él el hecho de correr a diario.
En el segundo, repite algunos de esos detalles, insistiendo en este caso como es lógico en todos aquellos que se relacionan con la escritura: acontecimientos que le llevaron a ser escritor, horario y sistema que utiliza, originalidad, cómo afrontar la escritura de una novela larga, primeros pasos en el mundo editorial, primeros libros, destinatarios de los mismos, relaciones con los críticos, etc.
Todo ello nos muestra en principio a un gran lector y después a una persona solitaria, perfeccionista y meticulosa, que reflexiona y analiza mucho, pero que también deja espacio al azar y a la improvisación, extrayendo de su cerebro fragmentos de informaciones archivadas en compartimientos distintos a lo largo de un tiempo; informaciones que va combinando cuando decide iniciar una obra. A esas acciones automáticas, incluso, les ha dado un nombre: otoma-kobito.
En repetidas ocasiones he leído que Haruki Murakami no es demasiado apreciado por la crítica de su país, se le acusa de “occidentalizado”. En el libro se refiere a las acusaciones sin ninguna acritud. Reconoce que muchas de sus obras han sido mal acogidas por la crítica, el éxito de ventas es otra cosa. Mantiene que en Japón quien hace algo distinto a los demás genera de inmediato una reacción de rechazo porque allí impera una cultura según la cual, para lo bueno y para lo malo, la armonía constituye uno de los valores supremos.
Esa forma de ser y de pensar condiciona también el sistema educativo japonés en el que se formó, cuya intención Haruki Murakami cree que era convertirnos a todos en ovejas para que la totalidad del grupo resultara fácil de pastorear. Opinando esto es lógico que Murakami no guarde un buen recuerdo de su etapa escolar y universitaria, que aún evoca con un escalofrío, a pesar de que sus padres eran profesores y que la superó sin problemas.
Pese a las críticas que vierte en su libro, Haruki Murakami no se muestra como alguien resentido y dogmático, sus opiniones nacen de una larga y solitaria reflexión basada en la experiencia, pero entiende que  pueda verse la realidad de manera distinta y considerarse que está equivocado.
En la contraportada del libro se afirma que De qué hablo cuando hablo de escribir es un texto cercano, lleno de frescura, delicioso y personalísimo y que gracias a él descubriremos cómo es Haruki Murakami. Estoy de acuerdo y me permito añadir que a la vez podremos comprobar, no sin cierta sorpresa, lo diferente que parece autor de este ensayo del ser humano que imaginamos mientras vamos leyendo sus novelas.
 

miércoles, 12 de julio de 2017

LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ

Tras la muy favorable impresión que me causó la lectura de A cielo abierto de Antonio Iturbe, busqué algún otro libro de este autor para comprobar si esa favorable impresión continuaba.
El elegido fue La bibliotecaria de Auschwitz y el autor humanista amante de los libros que escribiera A cielo abierto se hizo otra vez presente en medio del horror de uno de los mayores campos de exterminio que idearon los nazis.
Antonio Iturbe explica que fue en La biblioteca de noche, documentada obra de Alberto Manguel, donde encontró la referencia a un barracón en Auschwitz que albergaba la biblioteca más diminuta de la historia.
A partir de ahí inició una investigación que le condujo a la  República Checa, a Polonia y a Israel, país en el que pudo entrevistarse con la que sería después protagonista de su libro, Dita Kraus.
La abundante información obtenida dio lugar a que Antonio Iturbe optase por escribir una novela y no el reportaje que había pensado primero.
Surgió así La bibliotecaria de Auschwitz, relato en el que el escritor mezcla la ficción con la realidad con tal perfección que hasta los personajes ficticios  que integran la historia parecen reales.
Dita Kraus, en el libro Dita Adlerova, es una niña de 13 años ingresada junto con sus padres en Auschwitz. La familia llegó al campo procedente del gueto de Terezín, ciudad amurallada a pocos kilómetros de Praga en la que los nazis encerraron, tras expulsarlos de la capital, a varios miles de judíos checos, entre ellos al joven deportista Fredy Hirsch.
En Auschwitz Fredy Hirsch consigue que los nazis le cedan el barracón 31 para organizar actividades lúdicas con los niños, que no incluyen libros, prohibidos en el campo, sólo canciones, juegos, manualidades y pasatiempos de esa clase. Todo bastante complicado de realizar porque no cuentan prácticamente con materiales de ningún tipo y el hambre, la suciedad y la muerte son sus habituales compañeros.
Pese a la prohibición de los libros, Hirsch consigue hacerse con ocho de lo más variado, de entre los muchos que se arrebataban a los judíos que eran gaseados nada más llegar, y Dita se convierte en la encargada de custodiarlos y esconderlos en los continuos registros y demás ocasiones de peligro.
La descripción de la vida en el campo es en bastantes páginas espeluznante. Antonio Iturbe no se recrea en el horror pero tampoco pasa de puntillas sobre él: los hornos crematorios, las torturas, la mezquindad y la envidia entre los mismos presos, los experimentos de Mengele…
Lo que ocurre es que al lado de ese horror inexplicable, el escritor aragonés muestra otras situaciones en las que priman la solidaridad, la valentía, la amistad, la esperanza y el amor por los demás y por los libros. Unos libros que Dita lee a escondidas cuando se los devuelven, comparando sus vivencias con las de los protagonistas de las distintas narraciones: La montaña mágica de Thomas Mann, La ciudadela de J. A. Cronin, Las aventuras del bravo soldado Svjk de Jaroslav Hasek, etc.
En resumen, La bibliotecaria de Auschwitz de Antonio Iturbe es una obra imprescindible para aquellas personas amantes de los libros que desean saber y que se hacen preguntas porque para ellas nunca será ajeno nada de lo humano.

martes, 4 de julio de 2017

PERDÓN

Empiezo las reseñas del mes de julio con una novela de Ida Hegazi Hoyer, escritora noruega hasta hoy desconocida para mí. Se titula Perdón y su argumento está entre lo sorprendente y lo inquietante.
Leo en la contraportada del libro que Ida Hegazi Hoyer, considerada como una de las mejores escritoras de Noruega, obtuvo por Perdón el Premio de Literatura de la Unión Europea.
Con estos brillantes antecedentes no sorprende que Ida Hegazi Hoyer comience su relato por el final de la historia que nos cuenta en él. Así logra poner en guardia al lector que asistirá de sorpresa en sorpresa al desarrollo de la relación amorosa que se establece entre dos personas: una impulsiva y confiada veinteañera y un joven algo mayor que reúne todas las cualidades que ella desea en el hombre ideal.
Con un estilo ágil, merced a la utilización de frases cortas y directas, la autora despliega ante nosotros la vida de los jóvenes: estudios, trabajo, amistades, proyectos…, que enseguida deciden vivir juntos y hacen planes de boda, todo ello en el contexto de un idilio perfecto en apariencia.
Luego, de forma progresiva, ese idilio se va complicando. Hay secretos que salen a la luz, situaciones que dan lugar a equívocos y provocan que para la mujer nada termine por ser lo que parece. Sin embargo, el amor que siente por el hombre se impone, intenta comprender, curar viejas heridas que vienen del pasado, perdonar.
Poco más se puede decir de Perdón sin estropear a los lectores el placer que puede producirles su lectura.
Sólo añadir que está escrito en primera persona por la protagonista; que  los distintos ambientes en los que se desarrolla el relato se describen aportando detalles que contribuyen a crear una atmósfera en ocasiones desasosegante y que la explicación psicológica de los hechos narrados y sus consecuencias se ajusta a lo real, lo que añade a esta novela de Ida Hegazi Hoyer un especial interés.
Por todo lo anterior y por lo que cada uno pueda descubrir en el libro, considero que Perdón es una obra muy recomendable que se lee en poco tiempo, sólo tiene 242 páginas, atrapa de principio a fin y nos permite conocer autores valorados en otras latitudes y las tendencias literarias más apreciadas en ellas.

 

 

 

domingo, 25 de junio de 2017

A CIELO ABIERTO

Tras la veraniega e intrascendente recomendación de la pasada semana, recupero la cordura literaria trayendo a Opticks un libro que también se lee con facilidad, pero que el “poso” que deja en el lector tiene la suficiente entidad para que la historia que se nos cuenta en él resulte inolvidable.
Se trata de A cielo abierto, ha obtenido el Premio Biblioteca Breve 2017 y lo ha escrito Antonio Iturbe.
Aunque conozco a bastantes autores que han obtenido el prestigioso Premio Biblioteca Breve, incluso algunos de ellos como Juan Bonilla y Clara Usón fueron entrevistados en Opticks, Antonio Iturbe era para mí hasta ahora un desconocido. Así que ha supuesto una grata sorpresa encontrar a un autor humanista que destaca en su libro las cualidades de personas con altos ideales, quizá utópicas, ¡bendita utopía!, pero que logran elevarte sobre el nivel de ramplonería y egoísmo que prevalece en estos tiempos.
A cielo abierto es una obra de 624 páginas que se lee en un soplo porque está escrita de tal forma que mantiene el interés del lector de principio a fin. Trata sobre todo de tres hombres: Jean Mermoz, Henri Guillaumet y Antoine de Saint-Exupéry que contribuyeron de manera notable al desarrollo de la aviación en la Francia de los años 20 y cuyas vidas  presenta Antonio Iturbe en capítulos alternativos.
Los tres fueron los mejores pilotos en Latécoère, después Compañía General Aeropostale, más tarde Air France, y abrieron las primeras rutas para llevar el correo de Europa hacia África y posteriormente a Sudamérica.
Al coincidir en la misma Compañía y compartir pericia, genialidad y entusiasmo, se hicieron amigos, mantuvieron el contacto y se apoyaron en todo momento, a pesar de que sus caracteres eran muy diferentes. En esta cuestión A cielo abierto es una novela psicológica, ya que profundiza en la personalidad de cada personaje y los hace cercanos sin ocultar sus luces y sus sombras.
A cielo abierto es también una novela de aventuras. Era lógico dadas las características de los protagonistas principales y el trabajo que han de realizar. Los Andes se convierten en una trampa mortal para Mermoz y para Guillaumet en dos ocasiones distintas. Una trampa que ambos consiguen esquivar, soportando las muchas penalidades que esa inmensa cordillera les provoca a base de tesón, creatividad y fe en el proyecto del que forman parte.
Algo parecido sucede con el desierto del Sahara en el caso de Sain-Exupéry. El esfuerzo continuado para cumplir con los objetivos que ellos mismos se fijan, unidos a los que les plantea su jefe, Didier Daurat, otro personaje memorable, se convierte en el argumento principal de la novela que Saint-Exupéry escribió en 1933 y que tituló Tierra de hombres.
Novela psicológica, novela de aventuras y novela de amor. De nuevo aquí la personalidad de los tres pilotos determina sus relaciones amorosas. Saint-Exupéry es un romántico sentimental que necesita sentirse querido y busca en la mujer el ideal que ha forjado. Mermoz es insaciable, desmesurado en todo, desde los afectos hasta la vivencia de su vocación de volar en libertad más lejos, cada vez más lejos. Guillaumet parece ser el más sensato de los tres, lo que le lleva a ser también el más estable en el momento que conoce a la persona adecuada para compartir su azarosa existencia.
Mermoz, Guillaumet y Saint-Exupéry, tres héroes que al igual que otros muchos que han pasado a la historia porque lograron hacer realidad un sueño, murieron jóvenes realizando el trabajo que amaban. Mermoz a los 35 años, al desaparecer su avión en 1936 mientras llevaba el correo de Europa hacia Sudamérica. Guillaumet a los 39, cuando en 1940 el avión que pilotaba fue atacado por un caza italiano y derribado sobre el Mediterráneo. Saint-Exupéry a los 44, derribado en vuelo por un caza alemán en la isla de Riou en 1944.
Antonio Iturbe ha plasmado de forma admirable en A cielo abierto la vida de estos tres pioneros. Lo ha hecho relatando a la vez la historia de la aviación comercial en los albores del siglo XX. Pero no se ha fijado sólo en la gran epopeya que supuso, sino que ha ido mostrando por medio de pequeños sucesos y anécdotas la faceta humanista de los personajes; lo que a mí parecer da una idea clara de los valores e intereses del autor.