lunes, 25 de diciembre de 2017

LA LIBRERÍA. ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

En las últimas semanas he visto dos películas basadas en obras literarias. La primera fue La librería dirigida por Isabel Coixert y basada en la novela del mismo título que escribió en 1978 Penelope Fitzgerald, y la segunda Asesinato en el Orient Express dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh y basada a su vez en la novela que Agatha Christie publicó en 1934 y que se titula igual.
Hasta aquí todo normal en mis posibles apreciaciones, lo único que cambia es que La librería tuve ocasión de verla antes de leer el libro y con Asesinato en el Orient Express sucedió lo contrario.
Quizá por eso, mientras leía la novela de Penelope Fitgerald cuya protagonista, la viuda Florence Green, decide abrir una librería en Hardborough, pueblo costero de Suffolk (Gran Bretaña) en el que vive, imaginaba a la actriz que representa al personaje. No sólo a esa actriz, también el resto de las personas que intervienen en la narración: el señor Keble el banquero, el solitario señor Brundish, el oportunista Milo North, la orgullosa y manipuladora Violet Gamart, la pequeña y activa Christine y los demás vecinos de Suffolk me hacían recordar a los distintos interpretes, sus reacciones, gestos y modos de actuar.
Florence Green abre la única librería de un pueblo poco interesado por la cultura en un antiguo edificio llamado Old House para el que la acaudalada señora Gamart tiene otros planes. Dichos planes, que consisten en montar un hipotético centro de arte, unido a que a la dama le sea imposible digerir que alguien ajeno a ella ose poner en marcha en lo que considera sus dominios una iniciativa cultural, le hacen entorpecer de todas las formas posibles el proyecto de la viuda.
De ese argumento, que en la novela se desarrolla con lentitud y matices que no se descubren fácilmente, aunque, por supuesto, esté muy bien escrita, Isabel Coixert destaca las situaciones que creo son más fieles a lo que se propuso la autora cuando ideó el libro: subrayar la valentía y fidelidad a unos ideales de una mujer sola, frente a la mezquindad y mala intención de las fuerzas vivas del pueblo que manipulan a una sociedad cerrada y excluyente.
Para destacar esas situaciones, Isabel Coixert incorpora a la acción detalles, palabras y algunos hechos que iluminan la historia, la resaltan de manera especial, añaden dramatismo y convierten a La librería novela en una película inolvidable.
Respecto a Asesinato en el Orient Express ya he apuntado que previamente a ver la película había leído el libro, éste y bastantes novelas más de Agatha Christie protagonizadas por Hércules Poirot; lo que supone que me haya forjado una idea del aspecto y del comportamiento del personaje, y ni lo uno ni lo otro coincide con lo que me transmite Kenneth Branagh.
Luego la novela se inicia en Alepo y la película en Jerusalén junto al Muro de las Lamentaciones en una escena que considero bastante artificiosa.
Aún hay más cuestiones que me alejan del relato de la autora inglesa, por ejemplo, los suspiros de Poirot ante la fotografía de quien parece ser su amada muerta o desaparecida, las surrealistas escenas en la nieve o la carga dramática que arrastran los personajes y que predomina siempre, sin que aparezca por ningún lado ese toque irónico genial con el que Agatha Christie acostumbra a adornar sus obras.
Debo decir, porque resulta lógico, que tratándose de buenos actores los seleccionados para la película, la interpretación también es buena, e impresionan los paisajes que atraviesa el tren en su recorrido, aunque dudo que sean reales.
Pese a ello, en este caso, si he de elegir entre Asesinato en el Orient Express libro y Asesinato en el Orient Express película, mi opción es clara, prefiero el libro.     
 
 

 

 

domingo, 17 de diciembre de 2017

EL SIGLO DE LOS INDOMABLES

Aunque las estadísticas no sean siempre fiables, creo poder asegurar, apoyándome a pesar de todo en las listas de los libros más vendidos, que existe un grupo de personas fieles a una clase de novelas, muy extensas por cierto, que acostumbran a mezclar la historia con la ficción.
Los autores se valen para ello del protagonismo de una familia ficticia a la que relacionan con acontecimientos relevantes acaecidos a lo largo de una o varias épocas. Es el caso del norteamericano Noah Gordon, el inglés Ken Follett o los españoles Ildefonso Falcones y María Dueñas, por citar algunos de esos autores que además suelen ser superventas.
En esa línea está la novela El siglo de los indomables que en sus seiscientas siete páginas realiza un recorrido por los hechos más significativos del siglo XX; por ejemplo, las dos guerras mundiales, el marxismo y sus consecuencias, el nazismo y los campos de exterminio, la guerra civil española, la dictadura franquista y distintos avances científicos y técnicos en los ámbitos de la medicina y la aviación, entre los más sobresalientes.
El autor de El siglo de los indomables es el doctor en medicina Juan Carlos Padilla, y cito su profesión debido al especial interés que concitan las distintas descripciones médicas que aparecen en el libro, desde las características físicas del hijo del principal protagonista del relato hasta las intervenciones realizadas por los doctores que encontramos en él, algunos de tan infausta memoria como el nazi Josef Mengele.
El siglo de los indomables comienza en 1901. Ese año muere en el mar Vicent Elizaicin, un marinero de Villajoyosa. Su hijo, Florentino Elizaicín, se enrola en un carguero que transporta distintos materiales a la República Dominicana, prometiendo a su madre y a su hermana pequeña que regresará a España rico.
La inteligencia del joven Florentino y su carácter emprendedor le proporcionan  en poco tiempo prestigio y riqueza, gracias a los minerales que descubre en un terreno adquirido con bastantes dificultades a un terrateniente de la localidad con cuya hija, Beatriz, acabará casándose.
En paralelo a la felicidad de que disfruta el matrimonio, que pronto se ve completada con el nacimiento de una hija, Flora, se suceden distintas efemérides históricas en las que resulta fundamental el acero inoxidable que Florentino pone en el mercado, así la construcción del aeroplano con el que el aviador e ingeniero Louis Bleriot voló sobre el Canal de la Mancha en 1909.
En 1912, coincidiendo con la decepcionante llegada del británico Robert Falcon Scott al Polo Sur (el noruego Roald Amundsen había llegado un mes antes) nace Jacobo, el anhelado hijo de Beatriz y Florentino. Jacobo es albino y los médicos indican a sus padres que la exposición a la luz solar puede dejarlo ciego. Así que el niño no sale de la casa familiar en la que tiene toda clase de cuidados. Un tarde, cuando acaba de cumplir seis años, atraído por los alegres comentarios que Florita hace de un circo instalado en la localidad, logra salir sin que nadie le vea y el director del circo, al notar las peculiaridades físicas del pequeño, piensa que puede ser una buena atracción en la pista y lo secuestra.
De ahí en adelante la novela presenta de forma alternativa la vida de Jacobo y la de sus padres y hermana que no dejan nunca de buscarle. En paralelo a esta búsqueda, el autor continúa introduciendo los hechos históricos citados anteriormente y otros muchos hasta completar el siglo XX.
Como tengo por norma no alargar demasiado las reseñas de libros que realizo, dejo que los posibles lectores descubran todo lo que El siglo de los indomables puede ofrecerles, además de un repaso a la historia de un tiempo que no sería conveniente olvidar por lo que supuso de positivo y negativo para los habitantes del planeta, la obra nos presenta un conjunto de personajes memorables, entre los que destaca Florentino, inspirado por cierto en un tatarabuelo de Juan Carlos Padilla, que profundiza en todos ellos colocándolos en ambientes, paisajes y sucesos descritos de manera minuciosa y con una rauda secuencia de ritmos.
 







sábado, 9 de diciembre de 2017

ESPERANDO A MISTER BOJANGLES

Vuelvo de la biblioteca con un libro que acaba de editarse en España y cuya portada, un hombre y una mujer bailando agarrados de un modo entusiasta, me atrapa a primera vista. Se trata de Esperando a mister Bojangles y con él su autor, el francés Olivier Bourdeaut, ha conseguido importantes premios, además de lograr el primer puesto en las listas de los más vendidos y ser seleccionado para el premio Goncourt a la primera obra.
Según he leído en una reciente entrevista, Olivier Bourdeaut atravesaba una mala etapa y decidió pasar algunos días junto a sus padres en la costa valenciana donde residen, concretamente en Altea. Allí se le ocurrió la idea de este libro, y el éxito obtenido le ha llevado a elegir también esa zona como domicilio habitual. Quizá el ambiente mediterráneo contribuya a que sus próximas creaciones sean tan sorprendentes y singulares como la publicada.
La historia contenida en Esperando a mister Bojangles la relata el hijo de la pareja protagonista, un matrimonio enamorado que disfruta de manera especial bailando a los sones de Mr. Bojangles, antiguo disco de Nina Simone.
El baile a los sones del disco citado anima las ocasiones especiales. Pero hay otras músicas y otros bailes, ya que esa forma de actuar constituye un rasgo distintivo de ambos, junto a detalles tan singulares como organizar fiestas a las que invitan a gente diversa conocida o desconocida, tener de mascota a una grulla, Doña Superflua; que el hombre llame a la mujer cada día con un nombre distinto, contar con un amigo senador, el Crápula, cuya jocosa descripción ocupa una página entera o quitar a su hijo de la escuela porque allí les consideraban una familia de chiflados en la que el marido se define como un idiota feliz y de su mujer dice que tuteaba a las estrellas.
Para que la felicidad sea completa la pareja compra un castillo en España, bastante lejos, hacia el sur, y a él invitan a todos sus amigos que consideran el lugar un paraíso.
Y así página tras página, alternando sus recuerdos con lo escrito en los cuadernos privados de su padre, el joven regala al lector una historia hilarante, a veces surrealista, siempre poética; y conforme avanza el libro, melancólica y triste cuando la realidad se va imponiendo sobre la fantasía.
Esperando a mister Bojangles de Olivier Bourdeaut es un libro muy breve, tiene sólo ciento cuarenta y ocho páginas; la historia contenida en él, original en el fondo y la forma, pienso que puede agradar a los lectores, y lectoras, más exigentes y permanecer viva en su memoria; como han permanecido y espero permanezcan en la mía otras tantas fábulas inolvidables.

jueves, 30 de noviembre de 2017

UN VERANO CHINO

Hace algún tiempo tuve ocasión de leer una entrevista que hicieron al escritor Javier Reverte a propósito de la publicación de uno de sus últimos libros de viajes, se trataba de Un verano chino en el que, como su nombre indica, hablaba del recorrido que realizó por la China de nuestros días desde Pekín a Shangai, insistiendo en los lugares por los que pasa el río Yangtsé, o río Amarillo como yo siempre añadía en clase para facilitar que mis alumnos aprendieran el nombre, aclarando, por supuesto, que tal denominación se debía al color amarillento de sus aguas debido a las tierras que atravesaba. Aunque después de leer el libro de Javier Reverte, que acaba de prestarme uno de mis hijos gran admirador de ese autor, no aseguraría que fuese por las características de la tierra, sino más bien por la cantidad de porquería que los chinos tienen la costumbre de arrojar a él.
Vuelvo a la entrevista ya que en ella el escritor madrileño confesaba que de todos los países descritos en sus obras, China era el que menos le había gustado.
Para llegar a tan deprimente conclusión Javier Reverte cuenta con una buena aliada: Xiao Yishuang, la chica que contratan como guía él y Pere Boix, un amigo que le acompaña en el viaje.
Xiao Yishuang había aprendido español en la universidad y transitado por el Camino de Santiago; además adoraba el jamón, se sentía más española que china y utilizaba un argot para referirse a su país que sorprendía y hacía reír a los dos amigos, por ejemplo: Mi país es feo de cojones.
Una fealdad apoyada en el anárquico desarrollo de las ciudades tremendamente contaminadas y repletas de obras faraónicas a medio construir, que demostraban el carácter exhibicionista de los jerarcas y nuevos ricos chinos. Dicha anarquía se extendía a la caótica y peligrosa circulación y a la forma de comportarse de los chinos, escupiendo a diestro y siniestro y no respetando las mínimas normas de urbanidad.
Javier Reverte acostumbra en sus libros de viajes a citar a escritores viajeros como él, en este caso a Pierre Loti y su libro Los últimos días de Pekín que relata la ocupación de China por fuerzas extranjeras; Christopher Isherwood y W. H. Auden que escribieron crónicas sobre la guerra chino-japonesa, o la periodista americana Martha Gellhorn que viajó a China con su marido Ernest Hemingway y que tampoco da una visión muy positiva del territorio, claro que Hemingway decía respecto a ella: Martha adora a la humanidad, pero no soporta a la gente.
Junto a las citas de distintos autores, Javier Reverte recoge en sus relatos numerosos datos históricos del país que visita. Aquí aparece por ejemplo la guerra de los bóxers, la guerra chino-japonesa, el enfrentamiento entre Mao Tsé Tung y Chiang kai-Shek, la Larga Marcha o la implantación del comunismo, entre otros acontecimientos. También se asoma a la China moderna, que define, insisto, como caótica, contaminada y llena de obras a medio construir.
Es obligado señalar que Javier Reverte escribió Un verano chino entre los años 2012 y 2013, así que puede que las grandes obras que tanto le alteraron entonces estén ya terminadas y la situación haya mejorado en parte.
Dejando a un lado las, en general, poco gratificantes vivencias del escritor en ese enorme país, en Un verano chino también se describen algunos paisajes, pocos, no hollados por las manos del hombre que deslumbran por su espléndida y salvaje belleza.
Resumiendo, Un verano chino de Javier Reverte es un libro divertido, si obviamos la brutalidad de las guerras, que se lee con facilidad y agrado; y hasta permite hacer comparaciones entre los habitantes de aquel territorio y los que cada vez en mayor número encontramos en nuestros pueblos y ciudades conduciendo coches de alta gama, apoderándose de los más variados negocios y relacionándose muy poco con la población autóctona, Javier Reverte lo achacaría a su marcado nacionalismo.
 
 

jueves, 23 de noviembre de 2017

EL CAMINO DE LOS INGLESES

Pensé en esta novela en los campos de Flandes. Caminaba por un sendero estrecho, cerca de Mont Noir, un sendero que también se llama camino de los Ingleses y que conduce a un pequeño cementerio militar.
En la página 323 del libro que hoy traigo a Opticks titulado El camino de los ingleses,  aparecen los párrafos anteriores que nos hacen pensar que el narrador de la historia que se cuenta en él es el mismo autor, en este caso el escritor malagueño Antonio Soler.
Elegí El camino de los ingleses como posible lectura para uno de los grupos de lectores de los que formo parte porque me habían hablado muy bien de su autor, una persona seria y rigurosa con numerosos premios en su haber: el Herralde, el Nacional de la Crítica, el Andalucía y el Nadal que recibió precisamente por la obra elegida.
En El camino de los ingleses Antonio Soler, igual que hiciese Prous, va en busca del tiempo perdido y rememora los acontecimientos que vivió en un barrio popular de Málaga junto a un grupo de amigos entre la adolescencia y la edad adulta, a lo largo de un verano durante el cual agotan sus últimas reservas de inocencia y empiezan a entender que soñar es siempre fácil, pero vivir no lo es tanto.
Decía Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad que el espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor sino el que está entre lo escrito y tú mismo. Así que sintiéndome “buena lectora” no me pregunto cuánto hay de autobiográfico y cuánto no en el relato de Antonio Soler, porque de hacerlo, tendría que acudir a la expresión: ¡Madre mía qué tropa!, ya que en el grupo de amigos, y allegados, los raros ganan por goleada.
Analicemos. Está Miguel Dávila al que extirpan el riñón derecho y regresa del hospital con el propósito de hacerse poeta, gracias a un ejemplar de La divina comedia que le regala su compañero de habitación poco antes de morir. Junto a Dávila, personaje sobresaliente en la narración, encontramos a Amadeo Nunni, el Babirusa, convencido de que su padre, que desapareció cuando él era pequeño, ha de volver desde las nubes, ya que desapareció una noche de tormenta: Se fue como las ranas esas que se llevan las nubes y luego caen con la lluvia en otra parte. Tanto la vida de Dávila como la de Babirusa dan para dos extensos relatos completos. Pero además tenemos a Rafi Ayala, que despelleja gatos; a Paco Frontón, cuyo padre entra y sale de la cárcel sin perder por ello ni sus riquezas ni sus amantes, a Avelino Moratalla, a González Cortés, al enano Martínez, al Garganta, a Rubirosa y a algunos más cada uno con sus peculiares características.
Entre los personajes femeninos destacan Luli Gigante, que será “Beatriz” para Dávila; María José la Pija, la Gorda de la Cala con la que todos los amigos perdieron la virginidad; la Señorita del Casco Cartaginés, Fina Nunni, tía del Babirusa que aspiraba a parecerse a Lana Turner; la Cuerpo y Belita, hermana de Paco Frontón.
Planteado así, El camino de los ingleses podía decirse que alberga una buena dosis de humor, nada más lejos de la realidad. Las excentricidades de los personajes tienen siempre un poso de amargura. Son seres insatisfechos que aspiran a vivir situaciones que están fuera de sus posibilidades y por ello suelen reaccionar con angustia, violencia o ambas cosas.
Por lo demás, el libro presenta pasajes de muy alta calidad poética, junto a otros en los que se describen escenas de sexo con todo lujo de detalles. Esto último, a mi parecer, unido además a una buena cantidad de expresiones soeces, limita bastante mi admiración por una obra original y bien construida.
 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

DERECHO NATURAL

La cuestión es por qué alguien puede sentirse autorizado a burlar el poder legislativo y decidir qué es justo y qué no.
Esta cuestión, tan debatida en los últimos tiempos a consecuencia de la crisis catalana, se la plantea Ángel Ortega en relación con el divorcio de sus padres  y con la objeción de conciencia a la que se acoge para no realizar el servicio militar. Asuntos que le conducen a reflexionar sobre el derecho natural y el positivo.
Ángel Ortega es uno de los protagonistas y el que relata en primera persona la historia contenida en Derecho natural, libro de Ignacio Martínez de Pisón que hoy traigo a Opticks.
La historia que nos cuenta Ángel gira en torno a su padre, Ángel también, aunque adoptó el nombre de Ray Ronson en su etapa de actor y de Big Demis cuando se dedicó a imitar, con bastante éxito por cierto, al cantante Demis Roussos.
Las peripecias vividas por este personaje histriónico, narcisista y  egocéntrico, le sirven a Ignacio Martínez de Pisón para presentar algunos acontecimientos de la transición española, por ejemplo, la ley del divorcio, el golpe de Estado o la emancipación de la mujer y cómo fueron vividos por los miembros de una determinada familia, en concreto la familia de Ángel: padre, madre, hermanos y abuelos.
La acción se sitúa en la ciudad de Barcelona en la década de los setenta y en Madrid en los ochenta, lugar en el que Ángel hijo estudia Derecho y se reencuentra con Irene, su amor de adolescencia.
En Barcelona viven Ángel y su madre que trabaja para sacar adelante a los dos. El niño tiene 5 años y se sorprende cuando llega a la casa un señor que dice ser su padre y al que prácticamente no recuerda. Pronto su padre vence las reticencias con las que es recibido y se dedica a hacer grandes planes de futuro que le van a permitir ganar mucho dinero trabajando en el cine.
Entre ensoñaciones y realidades: actor, guionista, promotor, cantante…; embarazos y nacimientos, idas y venidas, desapariciones inexplicables, reconciliaciones y rechazos va transcurriendo la vida de los padres de Ángel que él, que se siente un poco responsable de todos y actúa como tal, se propone no imitar jamás, pese a quererlos a los dos y valorar las cosas buenas de cada uno.
Ignacio Martínez de Pisón es un escritor sobrio que retrata la realidad sin florituras y hace a los personajes cercanos y creíbles. Llevados por un determinado carácter o por las circunstancias de la vida, ninguno de ellos resulta antipático. El autor los presenta más bien como víctimas, destacando siempre algún aspecto positivo en los caracteres o las circunstancias.
De esta manera la novela, muy bien construida, se lee con agrado por lo que cuenta y por la claridad, concisión y buen hacer de Martínez de Pisón al escribirla.
 

 

 

 

martes, 7 de noviembre de 2017

LA VOZ DE LOS ÁRBOLES

El primer libro que leí de Tracy Chevalier, autora que hoy traigo a Opticks, fue La joven de la perla, una obra considerada fundamental en la trayectoria literaria de esta escritora. El segundo fue La dama y el unicornio, que me pareció escrito con la sola intención de aprovechar la fama obtenida a raíz del primero.
Ahora acabo de leer La voz de los árboles en el que el argumento no está centrado en ningún cuadro como en el caso de los anteriores, sino en cuestiones relacionadas con la botánica, sobre todo con el cultivo de diversos tipos de manzanas.
Sin embargo, La voz de los árboles, dejando a un lado el tema, sí que coincide con los libros citados en cuanto la escritora norteamericana se vale de personajes reales que vivieron determinadas situaciones en una época histórica concreta, a los que hace intervenir en hechos ficticios junto a otros individuos lógicamente ficticios también.
Aquí los principales personajes reales son John Chapman (1774-1845), héroe folclórico norteamericano que vendía manzanos a los colonos instalados en las tierras cercanas al río Ohio, por el que se trasladaba a bordo de canoas cargadas de plantones, razón que le hace ser conocido como Johnny Appleseed (semilla de manzana); y el inglés William Lobb (1809-1864), experto jardinero y recolector de especies vegetales que recorrió el continente americano en busca de plantas y semillas que enviaba a Gran Bretaña para adorno de parques y jardines. En su recorrido, William Loob llegó a California en plena fiebre del oro.
Valiéndose de estos personajes y de algunos más de igual modo reales, Tracy Chevalier construye la historia de una familia de colonos que se dedican al cultivo de manzanas, los Goodenough, constituida por James, Sadie y sus diez hijos de los que sólo sobreviven cinco, al haberse instalado en un lugar pantanoso de Ohio, el Pantano Negro, en el que las condiciones de vida eran muy duras. En relación con las manzanas, James prefiere las de mesa de sabor dulce y Sadie las que le permiten hacer sidra que aprovecha para emborracharse de vez en cuando.
La primera parte del libro, en la que aparece John Chapman, gira en torno a la complicada vida de esta pareja y sus hijos sobrevivientes. En la segunda, en la que participa William Loob, el protagonista fundamental es Robert, uno de los hijos que abandona la casa familiar tras vivir unas circunstancias dramáticas, va de un lugar a otro empleándose en lo que va saliendo, hasta que en California encuentra a William Loob que le ofrece trabajar a su lado recolectando plantas.
Teniendo en cuenta la extensa e interesante biografía de los dos personajes reales citados, pienso que Tracy Chevalier no ha tenido que esforzarse demasiado para construir su historia. Quizá por eso el relato resulta bastante desigual y creo que gana en interés conforme avanza hacia el final y la interacción entre personajes reales y ficticios aumenta.
De todas formas, La voz de los árboles es de fácil lectura y aunque no profundice demasiado, traza una panorámica general de un mundo ya desaparecido y nos permite conocer a personas de cuya apasionante existencia, en mi caso concreto, nunca hubiese tenido constancia de no ser por él.
 
 

martes, 31 de octubre de 2017

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

En mayo del año 2012 publiqué la reseña de uno de esos libros escogidos que suelo regalar a personas queridas como antídotos contra el fanatismo. Se trataba de Una historia de amor y oscuridad, autobiografía en forma de novela del escritor israelí Amos Oz.
Fue mi amigo Manolo el que me recomendó esta obra basándose en sus muchos valores literarios, aunque nunca llevase a las reuniones sobre literatura que teníamos ninguna nota sobre esos valores. Yo no estudio los libros, nos decía, me limito a disfrutar con ellos. También es cierto que su extraordinaria memoria suplía con holgura cualquier nota.
Sin embargo, otro de mis amigos lectores, Kiko, sí que era partidario de ese estudio; y bien lo demostró en el blog Bibliotropismos literarios analizando en profundidad obras, autores, movimientos…
¿Por qué traigo hoy a Opticks a mis dos inolvidables amigos? Porque éste es un tiempo en el que se recuerda en especial a los que ya no están o están de otra manera, y porque durante muchos años mi forma de aproximarme a un libro era la de Manolo; y ahora, por razones que no vienen a cuento, me estoy pasando al bando de Kiko.
Un bando que requiere trabajar lo leído y no sólo disfrutar con ello. Placentero trabajo que he intentado realizar con la autobiografía novelada que presenté el año 2012, Una historia de amor yoscuridad, elegida como última lectura por uno de los grupos de lectores en los que participo.
Amos Oz, nacido en Jerusalén en 1939, aunque sus padres procedían de distintos lugares de Ucrania, inicia su relato describiendo el lugar primero de su infancia: Nací y crecí en un piso muy pequeño, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dormían en un sofá cama que ocupaba su habitación casi de pared a pared cuando lo abrían por la noche.
La Jerusalén de 1939 estaba bajo dominio británico y en ella convivían, junto a los británicos, árabes, cristianos y judíos. Amos Oz nos habla, aportando multitud de ejemplos, de un ambiente culto y en cierta manera tolerante. Muchos de los judíos que llegaron a Palestina huyendo de los pogromos, que se habían iniciado en las zonas de Europa en las que residían, eran personas de elevado nivel cultural. Los que se quedaron en dichas zonas corrieron peor suerte; cita a David, hermano de su padre, profesor en la universidad de Vilna, europeísta convencido, multicultural, políglota, ilustrado, que despreciaba los prejuicios y los odios étnicos oscurantistas difundidos por demagogos llenos de creencias banales, que terminó asesinado en un campo de concentración junto a su esposa y a su hijo de un año.
Tanto el padre como la madre de Amos Oz pertenecían a familias acomodadas que dejaron todo atrás para salvar la vida, y en Palestina tuvieron que empezar de nuevo en circunstancias poco favorables. El cambio de estatus, el corte brusco de sus proyectos y sueños, convirtió a la madre de Amos en una persona melancólica y depresiva que terminó suicidándose a los 38 años. El padre fue siempre un hombre frustrado que no consiguió incorporarse a la docencia universitaria, pese a sus vastos conocimientos filológicos.
La mayor parte de este extenso libro, 775 páginas, la dedica el escritor judío a explicarnos en primera persona la historia familiar que investiga ampliamente. Lo hace con total honradez, sin ocultar fracasos y defectos; de modo reflexivo y no lineal, sino relacionando cada caso con los acontecimientos que describe e insistiendo en aquellos que le producen un impacto mayor.
A pesar de centrarse en esa historia en la que los momentos de oscuridad son numerosos, Amos Oz no desea que el lector se obsesione con ello y nos dice: Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca; conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.
Entre lo escrito y el lector, lectora en este caso, se encuentra el sufrimiento de dos pueblos: el del pueblo judío que viene desde antiguo y el de los musulmanes palestinos más reciente y no menos doloroso.
Amos Oz se refiere a esas dos situaciones dedicando, como resulta lógico, un espacio mayor a la que afecta a su entorno más próximo.
Al terminar la Primera Guerra Mundial y quedar Palestina bajo mandato británico, la Sociedad de Naciones propuso la creación de dos estados: uno judío y otro palestino, pero los mandatarios árabes se opusieron y la convivencia en los territorios controlados por los británicos, que Amos Oz dice favorecieron siempre a los árabes, fue de mal en peor.
La Segunda Guerra Mundial y el asesinato masivo de judíos por los nazis, impulsó a las Naciones Unidas a plantearse la necesidad de buscar un acomodo a los sobrevivientes del holocausto.
El 14 de mayo de 1948, tras la votación favorable efectuada tiempo atrás en la Asamblea General de Naciones Unidas, David Ben Gurión proclama la independencia del Estado de Israel y, tan sólo un día o dos después de esa proclamación, columnas de infantería, blindados, artillería, aviones de combate y bombarderos pertenecientes a cinco países árabes irrumpen en él para destruirlo.
Miles de muertos y miles de refugiados: judíos expulsados de las zonas árabes; árabes expulsados de las tierras que iban dominando los judíos. Una guerra tras otra: la del Sinaí en 1956, la de los Seis Días en 1967, la del Yom Kipur en 1973.
Ataques terroristas de uno y otro lado, asesinatos selectivos, fanáticos y más fanáticos, políticos irresponsables, corrupción y numerosos seres humanos en ambos bandos, Amos Oz entre ellos, que buscan y trabajan por la paz, PAZ AHORA.
Una paz duradera que no construya muros sino que tienda puentes, que cierre las heridas del trágico pasado y prepare un futuro basado en la colaboración y el respeto.

 

 

 

 

lunes, 23 de octubre de 2017

MEDIA VIDA

Vuelvo de la biblioteca con el libro que ha obtenido este año, 2017, el Premio Nadal, se titula Media vida y su autora es la escritora catalana Care Santos.
Según leo en la presentación de dicha escritora que aparece en la contraportada, Care Santos ha publicado ya diez novelas y ejerce la crítica literaria en varios medios; así que podríamos afirmar que se trata de una autora con amplia experiencias y los conocimientos necesarios para dotar a su novela de una alta entidad literaria.
Sin embargo, y siempre según mi opinión de lectora, Media vida se queda en eso, en media, todo es convencional y previsible. Se acumulan los “lugares comunes” al referirse a la vida de las mujeres durante el franquismo y a principios de la transición.
Media vida cuenta la historia de cinco de esas mujeres que se reúnen ya adultas, después de haber vivido cuando púberes una experiencia traumática en un terrorífico colegio de monjas. Poco a poco vamos conociendo cómo se ha ido desarrollando la existencia de cada una de ellas.
El problema que veo, insisto siempre desde mi humilde opinión de lectora, es que atreverse a novelar una etapa que han novelado, y muy bien por cierto, tantos escritores, recuerdo, por ejemplo, otro Premio Nadal, la imprescindible Nada de Carmen Laforet, lleva consigo una buena cantidad de riesgos. Hay que buscar la originalidad, el matiz distinto, la hondura dramática, la profundidad en el análisis de los personajes y las circunstancias.
Aquí los personajes y las circunstancias son estereotipos que no enumero por si alguien está interesado en el relato y le descubro lo que acaece en él.  
Un interés que pienso puede sentir sobre todo el sexo femenino. Media vida es una novela de mujeres para mujeres; los hombres ocupan un lugar secundario en la historia y quedan, en general, muy mal parados.

domingo, 15 de octubre de 2017

UANDO FUIMOS HUÉRFANOS

Mi conocimiento de Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, se reducía hasta ahora a saber que su obra, Los restos del día, había dado lugar a una extraordinaria película, Lo que queda del día, protagonizada de forma magistral por dos actores a los que admiro, Anthony Hopkins y Emma Thompson.
Así que cuando supe que le habían concedido el Nobel, busqué alguno de sus libros que me permitiese ampliar tan escaso conocimiento.
El libro que encontré, una obra hermosa y exquisita que cuesta resumir, se titula Cuando fuimos huérfanos y en él, el protagonista, Christopher Banks, relata en primera persona cómo ha ido transcurriendo su vida desde la infancia hasta la madurez.   
Christopher Banks, al que de niño llamaban familiarmente Puffin, nace en Shangai de padres británicos a comienzos del siglo XX. Nace en esa ciudad porque su padre trabaja para una compañía, también británica, que tiene relación con el mercado del opio. La madre, consciente de los efectos que el opio provoca en la salud de sus consumidores, hace campaña en contra del nefasto consumo; le ayuda en su tarea un buen amigo de la familia, tío Philip.
Cuando el niño tiene 9 años y disfruta de su infancia junto a su amigo Akira, el niño japonés de la casa de al lado, primero su padre y después su madre, desaparecen sin dejar rastro. Tras un tiempo de búsqueda infructuosa, Puffin, considerado huérfano, es enviado a Inglaterra y queda bajo la tutela de una tía.
Todo esto no lo sabemos desde un principio, Christopher inicia su relato en 1930 en Londres, cuando la práctica de la vocación que sintió de pequeño  al perder a sus padres le va convirtiendo progresivamente en un exitoso y aclamado investigador que resuelve importantes  y divulgados casos de asesinatos y otros delitos.
La resolución de esos casos sólo tiene importancia en la historia que nos cuenta el joven porque gracias a ella se introduce en la alta sociedad inglesa, describe lo que ve con inteligentes pinceladas y conoce a Sarah, una bella mujer que tendrá un importante papel en la novela.
Consolidado ya su estatus como investigador, Christopher Banks decide viajar hasta Shangai con la intención de encontrar a sus padres. La ciudad, caótica y multiétnica según la recordaba, está ahora sumida en plena guerra tras la invasión de China por el ejército de Japón.
Contado así parece un relato realista y ajustado a la época. Lo que ocurre es que la forma de narrar de Kazuo Ishiguro tiene poco que ver con el realismo en sentido estricto. Los hechos están ahí, enriquecidos además con multitud de explicaciones y detalles en los que puede apreciarse el genio del escritor de origen japonés y nacionalidad inglesa, pero el modo de ser del personaje central, su psicología y manera de afrontarlos resulta fundamental en la transmisión de los mismos; es decir, lo que llega hasta nosotros no es en muchas ocasiones el hecho tal y como sucedió, lo que llega es la visión actual del joven sobre lo sucedido anteriormente; incluso hay páginas en las que nos parece participar no de su vida sino de sus sueños. Recuerdos y sueños que acentúan la eterna sensación de orfandad que el ser humano experimenta a veces.
Enlazando este libro con lo que recuerdo de la película Lo que queda del día, allí el mayordomo y aquí el investigador, se sienten destinados a una misión especial que les impide atender a cuestiones que consideran accesorias, el amor entre ellas.
Pese a todo, el cumplimiento de esa misión, aun revistiendo a estos personajes de una patina de tristeza y melancolía ante la imposibilidad de vivir una vida distinta, no les hace antipáticos o acreedores de nuestra compasión, no he leído el libro en el que está basada la película, pero el protagonista de Cuando fuimos huérfanos afronta el día a día con una nobleza y una dignidad admirables en todo momento.
Nobleza y dignidad que, por lo que leo en una de las entrevistas que le han hecho con motivo de la concesión del Nobel, posee también en grado sumo Kazuo Ishiguro que afirma: "Me sentiría especialmente emocionado si pudiera de algún modo contribuir a crear una atmósfera más positiva en estos tiempos de incertidumbre. Espero que el hecho de recibir este honor sirva para alentar las fuerzas de paz y buena voluntad".
 
 
 

jueves, 5 de octubre de 2017

EVASIONES

Repaso mi ya larga vida como lectora y constato que en momentos de crisis en los que deseaba evadirme, dar la espalda a las preocupaciones u olvidar los dolores, la novela negra se convirtió a menudo en el refugio ideal. Claro que con la condición de que las historias relatadas en los libros elegidos tuviesen siempre un final feliz, es decir, que los malos fuesen descubiertos y castigados por sus maldades y los buenos premiados por su bondad.
Sí, ya sé que suena de lo más simplista, pero tal vez el éxito de esa clase de novelas, un éxito que no cesa de acrecentarse con nuevos títulos y nuevos autores, se deba en parte a que hay más personas que piensan como yo, y dejan a un lado por un rato las preocupaciones persiguiendo asesinos múltiples y variados, de la mano de hábiles y también múltiples y variados sabuesos.
La última novela negra que he leído se titula La chica del tren, su autora es británica y se llama Paula Hawkins. Tras esta, un best seller al alcance de todos en cualquier supermercado que incluya libros de los más vendidos, saqué de la biblioteca No me toques, una obra de Andrea Camilleri, al que considero un clásico en el género.
Luego descubrí que No me toques no era una novela negra al uso, aunque su estructura lo recordara mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que el autor italiano es sobre todo conocido por ser el creador del comisario Montalbano, del que hablé en Opticks hace algún tiempo.
La chica del tren se lee en una tarde. Su protagonista se llama Rachel, una joven con un divorcio no superado y otros problemas que ha buscado refugio en el alcohol y prácticamente se ha convertido en una alcohólica. Todos los días toma un tren hacia Londres que se detiene siempre en un determinado semáforo; parada que ella aprovecha para contemplar a la pareja que habita una casa cercana a las vías a la que considera la pareja perfecta. Poco a poco vamos descubriendo que Rachel y su ex marido vivieron en la casa cercana a la de esa pareja, que él aún vive allí con su nueva mujer y el bebé que acaban de tener y que la pareja perfecta no lo es tanto.
Por sus muchas obsesiones y su afán de mirar los ambientes ajenos, Rachel se ve involucrada en la desaparición de la vecina de su ex y la historia se va complicando con nuevos personajes y misterios muy bien diseñados. Supongo que la intención de la autora es que su obra fuese, como posteriormente lo fue, llevada al cine.
El eje central de No me toques también es una desaparición, la de Laura Garaudo, hermosa joven casada con Mattia Todini, un célebre escritor que, por edad, podría ser su padre, pero que, en apariencia, le proporciona todo aquello que ella necesita para ser feliz.
Laura, experta en historia del arte, basó su tesis doctoral en la investigación sobre los frescos de Fra Angelico en el convento de San Marcos en Florencia, insistiendo en el que representa a Jesús resucitado mientras se dirige a María Magdalena con la enigmática frase “Noli me tangere” (No me toques).
La originalidad del libro, muy bien escrito por cierto y que al igual que La chica del tren se lee en una tarde, es que cada capítulo aporta al lector la versión de alguien que conoció a la desaparecida y esas versiones son pocas veces coincidentes.
Junto a esta estructura, propia eso sí de la novela negra, está el sorprendente desenlace que no tiene nada que ver con el género y que el autor explica en una nota al final del libro.
Resumiendo, La chica del tren y No me toques son dos relatos de fácil y entretenida lectura, buenos para esos días en los que nos sentimos desolados.   
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL CUENTO DE LA CRIADA

Fue en el año 2008, al concederle el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, cuando leí un libro de Margaret Atwood, estaba editado por Alianza y su título era Resurgir.
Entonces escribí que Resurgir narra el viaje que la protagonista realiza, en compañía de una pareja de amigos y de su amante, a la casa en la que transcurrió su infancia en los bosques de Canadá. Ese viaje implicará a la vez un recorrido introspectivo hacia el descubrimiento de sí misma, las relaciones entre sus padres, la religión, la ecología, el amor, la maternidad, la muerte…; lo que la conduce a la conclusión de que uno no puede fundirse con la tierra y la naturaleza en general, prescindiendo del resto de los seres humanos; que se necesitan, con sus defectos y sus virtudes, las personas.
Margaret Atwood, poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense, es una humanista y como tal se muestra en sus libros, el citado Resurgir (1972), profundo y bello, y el que hoy traigo a Opticks, El cuento de la criada (1985), en el que se basa una reciente serie para la televisión que ha conseguido ya cinco galardones en los premios Emmy 2017.
Como soy de naturaleza pesimista, pienso que el atractivo de la serie tendrá poco que ver con el mensaje que subyace tras la historia que cuenta la escritora, hasta puede que pase inadvertido en el transcurso de unas escenas de enorme sensualidad, sexualidad explícita y contenida, violencia y la sumisión más abyecta. 
El cuento de la criada es un relato de ciencia ficción distópico, al estilo de Un mundo feliz o 1984, pero en este caso es una mujer, Defred, la que nos va contando su vida, tanto presente como pasada, en la república teocrática de Gilead, creada en los Estados Unidos después de ser atacados por el terrorismo islámico y padecer diversas catástrofes nucleares.
Margaret Atwood escribió El cuento de la criada mientras vivía en Berlín oeste antes de la caída del muro. Quizá por eso no le resultaría demasiado difícil mostrar una sociedad cerrada, en la que la delación y el miedo estaban muy presentes, junto a la imagen amenazante de un muro defendido por soldados con perros y metralletas.
En la república de Gilead también existe un muro, en él cuelgan los cadáveres de los disidentes que han sido ajusticiados. Siempre les tapan la cabeza con un capuchón, son las no personas.
Además del muro y de los Ojos (guardianes que vigilan), las mujeres de Gilead están divididas en castas que se diferencian por su función y la forma como van vestidas. Las Marthas, que cocinan y se ocupan de los trabajos de la casa, van de verde. Las hijas, vestidas de blanco, son las que menos abundan, ya que la guerra y las catástrofes ambientales han diezmado la población y alterado los nacimientos. Esa es la razón de que las criadas, principales protagonistas del cuento y con vestidos rojos, sean elegidas según lo que rinden o rindieron sus ovarios.
Así que, tras un adoctrinamiento previo por parte de las llamadas “tías” (de marrón) que incluye eslóganes religiosos y castigos propios de la peor de las sectas, son enviadas al domicilio de los altos cargos de la república con la misión de engendrar hijos, previa violación por parte del alto cargo en la que participa su esposa (de azul) en una ceremonia ritual bastante lúgubre. A los dos años cambian de casa y si tras su paso por las tres viviendas no han tenido ningún hijo, se las ejecuta o se las envía a las colonias, lugares fuera de la república llenos de residuos radiactivos en los que se consumen quienes no son de utilidad para el régimen.
Aunque su existencia se reduzca principalmente a ser fecundadas y parir, las criadas abandonan la casa cuando van a comprar, en silencio y de dos en dos, como acompañantes en los partos y como espectadoras en los ajusticiamientos de aquellos o aquellas que no cumplen las normas.
Defred (de Fred, nombre del amo que intenta fecundarla) fue tiempo atrás una mujer libre, enamorada de su marido, con una preciosa hija, un gratificante trabajo y una independencia económica. Luego, poco a poco, con la excusa del peligro exterior, los que mandan se lo van arrebatando todo, hasta que la dejan reducida a una vasija que hay que llenar.
Si tenemos en cuenta la fuerza de lo expuesto, es lógico que en El cuento de la criada encuentren los guionistas buenos materiales para una serie de éxito. Lo que ocurre es que el libro de Margaret Atwood, además de estar muy bien escrito, no es una sucesión de imágenes morbosas, violentas o sexualmente explícitas, sino una profunda reflexión sobre el poder, la condición femenina y los métodos de los que se han valido y se valen los totalitarismos de cualquier signo para someter a las personas.
Algunos se están refiriendo ya a Donald Trump, supongo que será por aquello de la América profunda, el presbiterianismo y el muro que pretende construir. A mí se me ocurren otras referencias, por ejemplo, los talibanes en Afganistán o el grupo yihadista Boko Haram en Nigeria, partidarios de imponer la sharía a sangre y fuego con efectos nefastos sobre la libertad y dignidad de las mujeres.
Al menos en Arabia Saudí, país en el que rige la sharía, hay que manifestar que algo más leve, les van a permitir conducir el año próximo. Dado que según ciertos ulemas el cerebro femenino es la mitad del masculino o algo menos, han de dejarles tiempo suficiente para que aprendan el complicado código.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA CENA

Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.
Esta frase, con la que empieza Ana Karenina, es citada por Paul, narrador de La cena mientras describe la situación familiar que atraviesa. La cena se publicó en el año 2010, es obra del escritor holandés Herman Koch, y a poco de publicarse, alcanzó la calificación de best seller.
La cena tiene 284 páginas agrupadas en seis partes cuyos nombres guardan relación con la actividad que se realiza: aperitivo, entrantes, segundo, postres, digestivo y propina.
El narrador, como he dicho antes, es Paul, uno de los cuatro comensales que cuenta en primera persona lo concerniente a él, los otros tres y el resto de sus respectivas familias.
El libro está escrito con la intención de atraer la curiosidad del lector desde la primera página, dejando entrever en pocas líneas hechos inquietantes y desarrollándolos poco a poco.
Así Paul nos habla de su esposa, Claire, de los veinte años que llevan casados y de la felicidad que les aporta su hijo quinceañero, Michel. Total, una familia dichosa; sólo que antes de salir de casa ha descubierto en el móvil del chico unas imágenes que le han perturbado.
Intercalándolos en esta presentación de un matrimonio feliz que se preocupa por el hijo, Paul aporta detalles sobre la pareja con la que van a cenar, Serge y Babette, haciendo resaltar sus defectos.
Pronto sabemos que Serge es un famoso político que aspira a primer ministro de Holanda, La cena tiene lugar en Ámsterdam, su mujer es una atractiva ama de casa y son padres de tres hijos, uno de ellos quinceañero como Michel y otro, Beau, adoptado de un país africano.
Resulta complicado seguir hablando sobre el argumento del relato sin desvelar todo lo que los lectores debieran descubrir por sí mismos. Conforme se avanza en la lectura, la percepción del contenido de la historia y la opinión sobre sus protagonistas se irá modificando de forma radical.
El año 2005 en Barcelona tres adolescentes de clase acomodada prendieron fuego a una indigente en el interior de un cajero. Según he leído, ese suceso ayudó a Herman Koch en la construcción de su novela. Por lo tanto La cena esconde una enorme violencia que va aflorando página tras página, mientras se dibuja una sociedad opulenta, superficial y carente de valores, una sociedad enferma.
Junto a la violencia, el consumismo que el autor muestra con sarcasmo y amarga ironía desde el momento en el que Paul y Claire se preparan para asistir a cenar en un lujoso y exclusivo restaurante. El aspecto de comensales y camareros, la quilométrica lista de espera para el común de los mortales, el comportamiento de los empleados según la categoría social, el enrevesado nombre de los distintos manjares que se sirven, lo exiguo de las raciones y lo grande de los platos, etc. No hay que viajar a Holanda, en España encontramos en abundancia lugares así.
En resumen, La cena de Herman Koch es un libro muy actual, bien escrito y que se lee con facilidad e interés. Luego, a mi parecer, presenta altibajos en el argumento y acumula demasiada información en pocas páginas.
Pese a ello es de justicia constatar que, por razones de lo más variado, se trata de uno de esos libros que cualquier grupo de lectores disfrutaría analizando.

lunes, 4 de septiembre de 2017

UN LARGO SÁBADO. EN MEMORIA DE KIKO

Me hubiera gustado comentar con Kiko el libro que hoy voy a presentar en esta página. Aunque sería más exacto decir que me hubiera gustado escuchar el minucioso y profundo análisis que él habría hecho de dicho libro.
Ésa fue siempre su forma de aproximarse a la literatura, tanto en las distintas reuniones en las que participamos juntos, como en el blog que inició en septiembre del año 2011 bajo el nombre de Bibliotropismos.
Uno de los aportes positivos que ha traído Internet es que cualquiera de nosotros puede acceder a las palabras sabias del amigo que nos ha dejado, y continuar aprendiendo con lo escrito en su blog. Crítica de relatos, movimientos, autores: Javier Marías, Vila-Matas, Dickens, Carlos Marzal...; prosa, poesía, teatro, reflexiones diversas; dudas, preguntas, sueños, propósitos no siempre realizados.
Entradas y más entradas en las que fácilmente advertimos su manera de ser y el amor que sentía por los libros; él tan ligado a ellos como archivero, bibliotecario, profesor y lector reflexivo y exigente.
Por esa razón creo que hubiese disfrutado leyendo Un largo sábado, libro en el que Laure Adler, investigadora y periodista francesa, entrevista a George Steiner, catedrático de literatura comparada, Premio Príncipe de Asturias 2001 de Comunicación y Humanidades y autor de obras fundamentales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica como Lecciones de los maestros, Errata, La idea de Europa, Los Logócratas o Fragmentos.
Muchas son las cuestiones que George Steiner aborda en Un largo sábado a preguntas de la periodista. No rehúye ninguna cuestión por controvertida que pueda ser considerada: los movimientos totalitarios, el judaísmo, el Islam, las deficiencias en la enseñanza, las humanidades y la ciencia, el aprendizaje de las lenguas, la importancia de la memoria, de la poesía; el nacionalismo, el psicoanálisis, el marxismo, las nuevas tecnologías, la eutanasia, su especial relación con la música…
George Steiner se aproxima a estos temas y a otros muchos con total libertad y el rigor intelectual que caracteriza toda su extensa obra.
Ese rigor intelectual lo encontramos también en el blog de Kiko y en los análisis que realizaba de los libros que decidíamos comentar en grupo. Al contrario de Steiner, nunca lo consideré un polemista, defendía su criterio basándose en los conocimientos que había adquirido sobre el tema a debate, pero lo hacía sin levantar la voz, sonriendo y con ese aire reposado y tímido del que se sabe seguro de lo que defiende, pero desea que nadie se sienta ofendido con esa defensa.
Steiner afirma que siempre habrá lectores y que la lectura requiere silencio, un espacio privado y tener libros; esto último porque es esencial leer lápiz en mano. No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores.
Kiko, además de subrayar y apuntar en sus propias lecturas, explica que, en su trabajo como archivero, disfrutaba investigando en los libros antiguos y leyendo las notas de sus márgenes; ampliaba así sus conocimientos y ponía lo que iba descubriendo al servicio de los interesados.
Labor que continuó realizando en la biblioteca. En este caso se trataba de seleccionar y recomendar después determinadas obras a las personas que se lo pedían, aunque confesase que recomendar libros era la actividad más difícil con la que se encontraba, porque el hábito de la lectura es subjetivo y esencialmente intransferible.
De todas formas, aun considerándolo difícil, desempeñaba de la mejor manera y con una sonrisa su tarea, doy fe de ello.
Kiko fue fue sin duda ninguna un excepcional “invitado a la vida”. Vuelvo a citar a Steiner que, para explicar que nadie puede elegir su lugar de nacimiento, las circunstancias, la época histórica a la que pertenece, un hándicap o una buena salud, se apoya en la frase de Heidegger que dice precisamente eso: “Somos los invitados de la vida”. Añade George Steiner que un buen invitado, un invitado digno, deja el lugar en que ha sido hospedado algo más limpio, algo más bonito, algo más interesante que como lo encontró. Kiko lo hizo.
Ahora sin él, y con palabras del escritor judío, empieza un largo sábado.
Un sábado en el que hay una mecánica a la vez de desesperación y de esperanza. La desesperación y la esperanza son dos caras de la misma moneda de la condición humana.
En estas circunstancias de pérdida reciente cuesta mucho imaginar el domingo, salvo, sigue diciendo Steiner, en el ámbito de la vida privada. Los que tienen la alegría del amor han conocido esos domingos, ciertos momentos de epifanía, de transfiguración total.
 Ojalá que el recuerdo de los domingos que vivieron juntos le sirva a la familia más cercana de Kiko para suavizar el dolor de su ausencia.