martes, 31 de mayo de 2016

LAS ROSAS DE STALIN

Escucho por la radio la última entrevista que le hicieron poco antes de morir al jesuita José Mº Llanos. En ella repasa su trayectoria como persona entregada a los más necesitados y se reafirma en sus ideales comunistas, asegurando que el comunismo, tal y como él lo concibe, no se ha aplicado institucionalmente jamás.
Quizá por eso sigue habiendo personas que se denominan a sí mismos comunistas y desean poner en práctica dichos ideales.
Mi nombre es Svetlana Allilúyeva. Nací el 28 de febrero de 1926. Mi padre murió en 1953. Se llamaba Yósif Stalin.
Svetlana Allilúyeva es la protagonista de Las rosas de Stalin, una novela escrita por la escritora, nacida en Praga y residente en España desde los años ochenta, Monika Zgustova.
La vida de Svetlana Allilúyeva estuvo presidida desde muy pronto por la tragedia. Su madre, segunda esposa de Stalin, harta de la complicada convivencia con éste, se suicidó cuando la niña tenía seis años. Ese hecho desquició aún más al hombre que, a la vez que protegía al máximo a la pequeña, hizo desaparecer por distintos medios a familiares cercanos acusándolos de inducir al suicidio a su esposa.
El régimen de terror instaurado por Stalin alcanzó a la Svetlana adolescente, la humillaba en público, controlaba todos sus movimientos y se deshacía de aquellas relaciones que no consideraba adecuadas.
El relato, por el que vamos descubriendo lo anterior, se inicia en el año 1963 en un sanatorio reservado a las élites en el que Svetlana  conoce a Brayesh Sing, un intelectual de izquierdas hindú del que se enamora, pero con el que el régimen comunista no le permite casarse. Muerto Brayesh Sing en Rusia, la joven consigue el permiso para llevar sus cenizas a la India. La estancia en el país, la convivencia en libertad con sus gentes y con la familia de Brayesh, hace que Svetlana decida quedarse en la India, al no conseguirlo, en la negativa interviene, incluso Indira Gandhi, pide asilo político en la embajada de Estados Unidos en Nueva Delhi.
De ahí en adelante el libro va relatando con maestría el largo viaje interior y exterior de la mujer. Interior, buscando ser ella misma, una persona normal y corriente no mediatizada por el apellido paterno que la persigue aunque haya renunciado a él. Exterior, recorriendo diversas naciones: India, Suiza, Estados Unidos, Inglaterra, la URSS y otra vez Estados Unidos, hasta su muerte en este último país en el año 2011, seguida casi siempre por la prensa que altera su ansiada libertad, y controlada por la KGB en Rusia y por la CIA en Estados Unidos, que la consideran, cada organización en su terreno, un elemento de propaganda.
Explica Monika Zgustova que para escribir Las rosas de Stalin ha debido realizar previamente un minucioso trabajo de investigación. Una investigación a la que la condujo la lectura del libro de memorias de Svetlana titulado Rusia, mi padre y yo  (Veinte cartas a un amigo). Tal vez esa sea la razón de que la obra resulta tan creíble, es la propia Svetlana Allilúyeva la que escribe a sus hijos y a su amiga Marina, es su voz la que parece estar contándonos su historia. La historia  de una mujer atormentada que se debate entre el amor que siente por el padre cariñoso de su infancia y el terror que comenzó a inspirarle a partir de la adolescencia; entre la angustia y el sentimiento de culpabilidad por haber abandonado a sus hijos en Rusia y la necesidad que tiene de ser libre.
Contradicciones, dudas, remordimientos, crisis de angustia, decisiones equivocadas, junto a una cuidada y, en ocasiones, poética descripción de los lugares en los que vive y de las personas con las que se relaciona, hace que la novela de Monika Zgustova, Las rosas de Stalin sea el retrato de un ser humano que atrae nuestra solidaridad y compasión desde el primer momento. Esa compasión cuya falta, junto con la ignorancia y la incultura, según afirma la propia Svetlana, está en el origen de todos los males.

 

 

 

martes, 24 de mayo de 2016

EL CASO SANTAMARIA

De Andrea Camilleri he leído tres libros de la serie que tiene como protagonista al comisario Montalbano. Fue una lectura entretenida y grata porque me gustan las novelas policiacas y Andrea Camilleri es un maestro en el género.
El libro que hoy traigo a Opticks titulado El caso Santamaria no pertenece a la serie citada y tampoco es una novela policiaca. El escritor italiano, consciente de lo que ocurre en la actualidad en bastantes países, entre ellos el nuestro, ha elegido para protagonizar su relato a un inspector bancario, Mauro Assante, encargado por sus jefes de realizar un informe sobre la Banca Santamaria.
Mauro es un hombre racional, metódico y responsable de su trabajo; felizmente casado desde hace siete años con Mutti, tienen un hijo, Stefano, del que el pediatra ha dicho le iría muy bien el aire de montaña. Así que Mutti decide marcharse con el pequeño al pueblo de los abuelos y pasar allí tres meses, Mauro se les unirá en vacaciones. Todo esto lo explica el autor en la página 10 del relato. En la primera, mientras Mauro trabaja en su casa con la habitual meticulosidad en el informe solicitado, recibe la visita de una treintañera alta, rubia, elegante y, sobre todo, muy, muy hermosa.
En principio parece entenderse que la rubia se equivocó de piso; pero poco a poco Andrea Camilleri teje ante nosotros una estudiada tela de araña que va cercando al inspector bancario y provoca en el lector, al menos en mi caso,  bastante desasosiego.
El caso Santamaria es una obra inquietante por la destreza del autor en el desarrollo de la trama, la caracterización de los personajes, en especial el protagonista, cuya forma de ser le convierte en un sujeto crédulo y manipulable; y sobre todo por el tema que trata: la corrupción del sistema financiero en la que participan tanto banqueros como políticos.
Cualquier persona que siga de una forma regular las noticias, a pesar de que Andrea Camilleri insiste en que la historia que cuenta en su libro es inventada, sentirá el mismo desasosiego que he sentido yo al comprobar, en esta interesante y breve novela (sólo ciento ochenta y cinco páginas), los recursos con los que cuentan los poderosos para ocultar todas sus corruptelas y hasta dónde son capaces de llegar cuando creen que serán descubiertos.
 

martes, 17 de mayo de 2016

LAS GÁRGOLAS DE LA LONJA DE VALENCIA

Estoy convencida de que todos los libros son útiles. Pero como ya he indicado en algún comentario anterior, los hay con múltiples utilidades. El que hoy traigo a Opticks es uno de ellos. Verán por qué.
En primer lugar, porque nos ofrece la posibilidad de alegrarnos de que este año 2016 la ciudad de Valencia haya sido elegida por la UNESCO como Ciudad de la Seda, al reconocerse su importancia en el comercio de dicho producto, como parte de la ruta de la seda, durante varios siglos.
En segundo lugar, porque también en el 2016 se celebra que hace veinte años la Lonja de la Seda valenciana, edificio protagonista del libro, fue considerada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
En tercer lugar, porque nos permite conocer en profundidad elementos de dicha lonja a los que quizá hasta ahora sólo habíamos prestado una atención superficial.
En cuarto lugar, porque su lectura entretiene, divierte, sorprende e ilustra al mismo tiempo.
En quinto lugar, porque al estar escrito en castellano y en inglés, los conocedores de uno u otro idioma, o de los dos, podrán leerlo sin dificultad.
Bien, una vez expuestas todas sus utilidades, resta decir el título del libro y el nombre del autor. El título es Las gárgolas de La Lonja de Valencia y su autor el poeta, periodista, crítico literario y académico valenciano Ricardo Bellveser.
La Lonja de la Seda de Valencia es un extraordinario ejemplo de arquitectura civil valenciana. Perteneciente al gótico tardío (s. XV y principios del XVI), su construcción fue financiada por acaudalados burgueses que dominaban el floreciente comercio de la seda. En su construcción intervino el maestro cantero Pere Compte y los distintos elementos que la constituyen, arquitectónicos y de ornamentación, admiran a las personas de todo el mundo que la visitan.
De esos elementos, Ricardo Bellveser en su libro nos habla de las gárgolas, que en la Lonja son verte aguas talladas en piedra conformando figuras de enorme capacidad expresiva casi siempre grotescas o monstruosas en posturas, también casi siempre, obscenas.
Buscando una explicación para esa clase de representaciones, podríamos decir que, al construirse la Lonja en un tiempo en el que la sociedad era mayoritariamente analfabeta, y que el clero, como sucede en iglesias y catedrales, se valía de la escultura para adoctrinarla y conducirla por la “senda de la virtud”, tal vez la función de las gárgolas, dejando a un lado aquí su carácter práctico, consistía en asustar a posibles enemigos o a la propia gente, advirtiéndola de las consecuencias del pecado, sobre todo del pecado de lujuria que se representa con profusión.
Ricardo Bellveser ha tenido lo anterior muy presente, así que en el libro, ilustrado con numerosas fotografías, nos traslada a la época en la que se construyó el edificio, inventando historias sobre lo que vemos en las gárgolas.
Muchas de las historias las cuenta un narrador que se llama a sí mismo “heraldo de la Lonja”, una figura que representa a un hombre coronado como un rey, con el escudo de la ciudad y Reyno de Valencia en la mano izquierda y la maza de mando en la derecha. Otras, el narrador es el protagonista del suceso.
Para que nuestro viaje en el tiempo resulte aún más real, el escritor valenciano utiliza un lenguaje en parte similar al utilizado entonces; la temática se asemeja a la desarrollada por los cuentos populares de aquel tiempo: engaños, brujerías, vicios, castigos, burlas; y los personajes que aparecen son los propios de la época: reyes, papas, obispos, duques, artesanos, comerciantes, campesinos, citados muchos de ellos con su nombre: el rey Alfonso de Aragón, el duque de Albaida, los Borja…
Resulta complicado resumir en estas pocas líneas lo que Las gárgolas de La Lonja de Valencia contiene. Sorprende la destreza con la que el autor logra reproducir los momentos históricos que le sirven de marco a cada una de sus historias; la imaginación que derrocha al narrarlas y la agilidad de esa narración, en la que se mezclan la realidad y la fantasía en una especie de juego irónico, vitalista y a ratos tétrico que, como dije al iniciar el comentario, entretiene, divierte, sorprende y, al mismo tiempo, ilustra a los lectores que, con el libro en la mano, contemplarán de manera distinta el que se considera el mejor edificio del Siglo de Oro valenciano.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 11 de mayo de 2016

EN TORNO A LA ENSEÑANZA

Acabo de leer dos libros que giran en torno a la enseñanza. El primero y más breve se titula El primer maestro, fue escrito en la década de los 70 por Chinguiz Aitmátov, un autor nacido en la república asiática de Kirguizia en 1928 y con una buena cantidad de obras importantes publicadas. El segundo, con el título El profesor, es una obra que publicó en el año 2005 Frank McCourt que nació en Irlanda en 1930.
Hasta leer El primer maestro, Chinguiz Aitmátov, era para mí un desconocido. En este libro he comprobado que se trata de un buen escritor, preciso, claro y con poética sensibilidad al describir los paisajes del lugar en el que se desarrolla la historia, una pequeña aldea de la estepa kazaja a la que en 1924 llega un muchacho, Duishén, oriundo de esa zona y, a pesar de la resistencia de los aldeanos que consideran que los estudios sólo les hacen falta a los que mandan, restaura a base de coraje y fuerza la vieja caballeriza que había en un cerro, convirtiéndola en una escuela. Poco a poco, pese a la oposición de los mayores, Duishén logra atraer el cariño y la simpatía de un grupo de niños y adolescentes que asisten encantados a sus clases, en especial Altinái, una huérfana de 14 años maltratada por los familiares con los que vive y a la que el maestro logrará rescatar de una situación trágica, a la que ha llegado por el atraso y la brutalidad de algunos habitantes de la estepa.
Es Altinái ya adulta la que explica en una carta lo que sucedió entonces: su adoración por el maestro, lo que le debe y cómo un joven casi analfabeto, sin programa ni método de enseñanza, logró, a base de entusiasmo y confianza en que la educación mejora el futuro de las personas, poner en marcha una escuela rural cuya presencia recuerdan dos esbeltos álamos que ella le ayudó a plantar como esperanza de una vida mejor.
De Frank McCourt conocía su libro Las cenizas de Ángela por el que recibió el Premio Pulitzer.
En El profesor, el autor irlandés relata sus experiencias profesionales con una cruda sinceridad, un sentido del humor y una fina ironía que suaviza situaciones escabrosas o complicadas.
Profesor contratado en institutos de secundaria que imparten formación profesional para dar clase de Lengua Inglesa a adolescentes, que prefieren que les cuente las penalidades que vivió en la infancia que estudiar los contenidos programados. Las anécdotas se suceden mientras va de un instituto a otro, no sabiendo muchas veces cómo enfrentarse a los problemas, sintiéndose miserable por la infancia y adolescencia vividas, soñando con alcanzar la excelencia y arrastrando los estigmas de una educación católica represiva.
Así, sin considerarse bueno en nada, va avanzando poco a poco, inventando y mejorando sus estrategias de profesor, escuchando a los alumnos, interesándose por sus problemas, no ciñéndose al programa oficial, hasta llegar a un instituto en el que se decía que los que lograban ser admitidos en él tenían abiertas las puertas de las mejores universidades. En ese nuevo ambiente, con un comprensivo y excelente director, desarrolla toda su creatividad, convirtiéndose al final en un profesor admirado y querido que hace pensar a los alumnos, pretendiendo siempre que sean críticos y conscientes de lo que les rodea y, aunque no cree que nadie alcance la libertad completa, lo que intenta hacer con todos ellos es conseguir, como él lo ha conseguido, que el miedo se refugie en un rincón.
En resumen, El primer maestro  de Chinguiz Aitmátov y El profesor de Frank McCourt son dos libros muy diferentes entre sí, pero que muestran la importancia que tiene un buen maestro o profesor en la construcción de una sociedad formada por seres humanos libres, críticos y solidarios.

martes, 3 de mayo de 2016

MANUEL CHAVES NOGALES

Aprovechando que hoy, 3 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, traigo a Opticks un conjunto de relatos escritos por un periodista que estaría entre los muchos olvidados, presos o asesinados en las guerras que asolaron y asolan el planeta, de no haber sido por la profesora sevillana Mª Isabel Cintas Guillén que centró en él su tesis doctoral. Se trata de Manuel Chaves Nogales, del que ya comenté hace tiempo Lo que ha quedado del imperio de los zares.
A raíz de la lectura del citado libro, compré  A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, última obra de Chaves Nogales que escribió en 1937 desde el exilio en Francia y cuya lectura e iniciado e interrumpido en varias ocasiones, porque todas las guerras son odiosas, pero las civiles aún más.
Esta semana, con unas elecciones a la vista y hastiada de rifirrafes políticos, terminé de leer A sangre y fuego. Empiezo su reseña reproduciendo unas líneas del lúcido e interesante prólogo en el que Ana R. Cañil nos habla del autor y la obra.
Corre la primavera de 1937 y hace muy pocas semanas que Manuel Chaves Nogales ha cruzado la frontera de los Pirineos. Pretende olvidar los peores efectos de la Guerra Civil Española, comenzada el 18 de julio de 1936, cuando un grupo de militares ha dado un golpe de estado contra el Gobierno legítimo de la Segunda República. Su república. Ha salido de Madrid cuando el gobierno –su gobierno- se ha trasladado a Valencia. Lo que ha visto en esos meses le ha bastado para intuir lo que va a venir.
Chaves Nogales fue un periodista de raza, un intelectual comprometido con su tiempo y apasionado por su profesión que nació en Sevilla en 1897 y murió a causa de una peritonitis en 1944 en Londres, a donde había llegado desde Francia huyendo de los nazis.
A sangre y fuego contiene nueve reportajes en los que Chaves Nogales cuenta lo que ha visto y vivido en los primeros meses de la contienda civil. En los reportajes se aleja de la demagogia y del fácil maniqueísmo con que suele tratarse esta terrible época de nuestra historia, preocupándose más por el perfil humano de quienes sufrieron la contienda que por su faceta política. Es el deseo de imparcialidad el que provoca el estremecimiento en el lector: ni buenos ni malos, ni verdugos ni mártires; tan sólo hay crueldad, absurdo, desorientación y obcecación de unos y otros.
La presentación de los relatos la realiza el propio Chaves Nogales.  Sólo esa presentación merece ya la lectura del libro. En ella encontramos a un hombre con auténtica vocación periodística que intenta buscar la verdad por encima de proclamas y consignas. Una verdad que incluye el odio insuperable a la estupidez y a la crueldad. Descubriendo horrorizado que idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.
Está claro que la manera de pensar y de expresarse de Chaves Nogales no podía ser aceptada en ninguno de los dos los bandos. El periodista es consciente de ello y afirma que, a pesar de su insignificancia, en uno y otro lado lo fusilarían.
En los tiempos actuales no llegaríamos a tal extremo, pero le lloverían los insultos y descalificaciones. La política de bandos en España, por desgracia, no ha desaparecido y, peor aún, hay muchos que la fomentan, sin querer entender, y vuelvo al prólogo de A sangre y fuego y en él a una cita de Andrés Trapiello, que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas, para acabar con la otra, la mayoritaria tercera España, en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella aquellas otras dos, la fascista por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro. Manuel Chaves Nogales es reivindicado por Trapiello como estandarte de esa tercera España.