lunes, 25 de abril de 2016

NATALIA GINZBURG

De nuevo el centenario del nacimiento de un escritor, en este caso escritora, Natalia Ginzburg, me ha conducido a buscar algunos de sus libros, en este caso dos: Las pequeñas virtudes y Todos nuestros ayeres para, a la vez que descubro a una autora que hasta hoy desconocía, dedicarle un pequeño homenaje.
Natalia Ginzburg nació en Italia el 14 de julio de 1916. Algunos episodios de su vida, que en ocasiones resultó trágica, los relata en el libro Las pequeñas virtudes 
Las pequeñas virtudes contiene 11 relatos (ella los llama ensayos en la presentación) escritos entre 1944 y 1961. La escritora justifica, indicando cuándo y dónde fueron escritos y publicados los “ensayos”, las diferencias de estilo que encontramos al leerlos: nostálgico y poético en Invierno en Abruzos; realista en Los zapatos rotos; evocador y sentimental en Retrato de un amigo; crítico e irónico en Alabanza y menosprecio de Inglaterra y en La Maison Volpé; directo en Él y yo; filosófico en El hijo del hombre y en Silencio; sincero en Mi oficio; pedagógico en Las relaciones humanas y en Las pequeñas virtudes.
A pesar de su brevedad, sólo 186 páginas, Las pequeñas virtudes sorprende por la forma en que Natalia Ginzburg se aproxima a realidades de su vida que presenta con naturalidad, sin estridencias. Parece decirnos que aquello de lo que nos habla es así porque lo es y que a esa convicción ha llegado después de reflexionar mucho. De este modo analiza de manera profunda y lúcida las relaciones humanas desde la infancia hasta la vejez; describe mediante comparaciones a su pareja y a ella misma; dibuja con palabras exactas o poéticas situaciones, personas y paisajes, y recuerda con enorme ternura los gestos y las aptitudes del amigo que acaba de morir.
-Veamos cómo se refiere a las pequeñas virtudes en el relato del mismo nombre: En relación con la educación de los hijos, pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia, sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.
-A Inglaterra en Alabanza y menosprecio de Inglaterra: Inglaterra no es nunca vulgar. Es conformista, pero no vulgar. Siendo triste, no es nunca torpe. La vulgaridad nace de la torpeza y de la prepotencia. Nace también del capricho, de la fantasía. Los ingleses son un pueblo totalmente privado de cinismo.
-A su vocación en Mi oficio: Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias; cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía.
Estas últimas líneas me permiten presentar el segundo libro que he leído de Natalia Ginzburg, la novela Todos nuestros ayeres. Con la sobriedad que le caracteriza, sin algaradas culturales ni filosóficas, la escritora italiana cuenta la historia de dos familias de clase media acomodada antes, durante y después de la 2ª guerra mundial. Dicho así y teniendo en cuenta que el padre de Natalia Ginzburg era judío, que su marido, también judío, murió torturado en la cárcel y que ella, una mujer de izquierdas, siempre proclamó su antifascismo, podríamos esperar que en la novela destacase lo épico o lo dramático, sin embargo, los personajes, aunque realicen actos generosos y heroicos, como es el caso de Cenzo Rena, no suscitan una admiración especial, destacan más en ellos los defectos. Anna, el principal personaje femenino, recibe por parte de Cenzo Rena la calificación de “insecto”. Un insecto que va de un lado a otro sin entender demasiado lo que ocurre en una Italia triste y desasosegada por las circunstancias políticas y económicas que se viven.
Esa tristeza y ese desasosiego aumentan conforme avanza el libro y en la segunda parte Cenzo Rena y Anna se trasladan al pueblo del primero en la Italia profunda, a Borgo San Costanzo. Allí el hombre, cuando se pone triste, lleva a la chica a visitar los pueblos que hay alrededor del suyo y Natalia Ginzburg pone en su boca la descripción de los lugares visitados. Creo que es un buen final para que algún lector curioso se aproxime en Todos nuestros ayeres al modo de escribir y sentir de esta extraordinaria autora. Cenzo Rena le explicaba a Anna que aquellos no eran los pueblos más miserables, los verdaderamente miserables estaban más al Sur, pueblos de campesinos indigentes sin médico ni escuela ni farmacia. En Borgo San Costanzo había médico y escuela, pero el médico se desentendía de los enfermos y la maestra se desentendía de dar clase, con los años se iban volviendo cada vez más indiferentes y más cínicos y dejaban que el oficio se les pudriera entre las manos.     

domingo, 17 de abril de 2016

LA MUERTE DE ULISES

Buscando un nuevo libro al que atribuir cualidades especiales, regresé de la biblioteca con La muerte de Ulises, obra del escritor griego nacido en Turquía Petros Márkaris.
La muerte de Ulises es un libro de reciente aparición, uno más entre los 60.000 que se publican cada año. Quizá por esa razón, entre otras muchas, Petros Márkaris era para mí un desconocido. Ahora sé que nació en Turquía en 1937 de padre armenio y madre griega, que estudió en Estambul y varios países europeos, entre ellos Alemania: que adquirió la nacionalidad griega en 1974, que es traductor, dramaturgo, guionista y narrador y que se le conoce sobre todo por sus novelas policiacas protagonizadas por el comisario ateniense Kostas Jaritos.
La muerte de Ulises es un libro de relatos algunos de los cuales abordan los problemas que tienen, tuvieron y, me temo, tendrán los inmigrantes en aquellos países a los que llegaron en busca de mejores condiciones de vida.
La persecución de los griegos en Turquía tras la llegada al poder de Atatürk que pretende crear un estado fuerte en el que las minorías, como griegos o kurdos, son un estorbo; la represión de ésas y otras minorías cuando estalla el conflicto entre Turquía y Grecia por el dominio de Chipre; la situación de los turcos en Alemania presentada mediante un relato de tipo policiaco que protagoniza el joven comisario turco Murat o la vuelta a Estambul, lugar en el que había nacido, del griego Ulises con la intención de ser enterrado allí, son los temas de los que tratan algunos de los relatos, referidos a las migraciones, que contiene la nueva obra de Petros Márkaris.
También, y como su fama se asienta fundamentalmente en los casos que resuelve el comisario ateniense Kostas Jaritos, uno de los relatos, bastante irónico y crítico por cierto, centrado en la rivalidad que parece existir entre académicos y, en general, “personas que buscan un sillón”, está protagonizado por éste.
La historia del griego Ulises que regresa a morir a su Ítaca soñada y se enfrenta a los Lobos Grises, organización paramilitar nacionalista, da nombre al libro y puede que sea una referencia a la organización, de igual modo nacionalista pero griega, Aurora Dorada.
Los relatos que contiene La muerte de Ulises se leen con interés y facilidad, algo a lo que contribuye la brevedad del libro, sólo 184 páginas. Éstas podían ser dos utilidades que posee la obra para los posibles lectores. Para mí una tercera ha sido el hecho de conocer a Petros Márkaris, autor famoso y respetado en Grecia.
El problema a la hora de buscar utilidades a La muerte de Ulises de Petros Márkaris es que, dada la situación de los refugiados en Grecia y Turquía, la nacionalidad del autor y el título del libro, yo esperaba más de lo que ha podido aportarme su lectura.
Aunque, como siempre, ésta es únicamente mi opinión.

lunes, 11 de abril de 2016

LIBROS CON UTILIDADES MÚLTIPLES

Hace unos días escuché en la radio una entrevista que le hicieron al escritor Marcos Chicot en la que, entre otras cuestiones, habló sobre el camino recorrido por su novela El asesinato de Pitágoras desde su gestación hasta convertirse en un auténtico fenómeno editorial.
Marcos Chicot, psicólogo y economista, llevaba escribiendo ficción algún tiempo, había recibido diversos premios pero aún era poco conocido por los lectores. En el año 2009 nació su hija Lucía con síndrome de Down y su primer pensamiento tras la noticia fue que tenía que asegurar el futuro de la niña escribiendo un libro que lo permitiese.
Así que durante tres años, mientras se ocupaba de Lucía como padre y como especialista, investigó y escribió El asesinato de Pitágoras y al no contar con una editorial que se lo publicara, lo hizo él mismo a través de Internet, convirtiéndose en poco tiempo en el número 1 de las descargas. En el año 2013 la editorial Duomo publicó la novela en papel y el éxito obtenido también en este medio ha superado las expectativas del autor y asegurado a la vez el futuro de Lucía.
El asesinato de Pitágoras mezcla la ficción con la realidad en una trama policiaca que tiene como escenario la Magna Grecia, sobre todo las ciudades de Síbaris y Cretona. En esta última Pitágoras había fundado una escuela en la que enseñaba matemáticas, geometría y otra serie de conocimientos destinados a comprender el cosmos, palabra que inventó, junto con filosofía que literalmente significa “amor a la sabiduría”. Pues bien, en el círculo más próximo a Pitágoras empiezan a producirse una serie de misteriosos asesinatos para cuya investigación el maestro requiere a Akenón, un experto nacido en Egipto.
Con gran habilidad, Marcos Chicot enlaza las teorías pitagóricas, representadas algunas de ellas gráficamente, con lo que el investigador va averiguando, la relación amorosa que se establece entre éste y Ariadna, hija de Pitágoras, y ciertos hechos históricos como el enfrentamiento entre Síbaris y Cretona y la desaparición de la primera, de la que dice Indro Montanelli en su Historia de los griegos que alcanzó tal celebridad por sus lujos que de su nombre se ha inventado un adjetivo, sibarita, sinónimo de “refinado”.
La habilidad a la que me refiero  convierte al Asesinato de Pitágoras en un libro que leen con interés incluso aquellos a los que como a mí no atraen demasiado las matemáticas. La intriga se mantiene a lo largo de todo el relato. El ritmo de la narración es ágil y la aproximación que el escritor realiza a la obra de Pitágoras y a su vida personal, ésta bastante idealizada si consideramos lo que cuenta al respecto Indro Montanelli, convierte al maestro de Cretona en alguien cercano, nos recuerda la importancia que sus descubrimientos tienen en la actualidad y nos hace pasar unas horas de agradable lectura.
Las horas de agradable lectura suponen sólo la sexta utilidad que tiene la novela El Asesinato de Pitágoras. La primera sería haber asegurado el futuro de Lucía, hija del autor. La segunda, el placer que escribirla y lograr su propósito significó para él. La tercera, que una parte de la recaudación se dedica a mejorar la vida de las personas con el síndrome citado. La cuarta, lo satisfechos que están los cretenenses por la renovada categoría que adquirió su ciudad tras la publicación del libro. Una satisfacción que comparten con Marcos Chicot, acogido entre ellos como un cretenense especial muy querido, utilidad quinta aunque sólo beneficie al escritor.

 

 

domingo, 3 de abril de 2016

SIN DESTINO

El pasado 31 de marzo a los 86 años murió en Budapest, ciudad en la que había nacido, Imre Kertész, superviviente del Holocausto y Premio Nobel de Literatura 2002.
Imre Kertész pertenecía a una familia de clase media, sus padres estaban divorciados, ambos se habían vuelto a casar y él vivía con su padre y su madrastra en Budapest en 1944. Tenía 14 años y las inquietudes de un adolescente normal cuando los nazis invadieron Hungría y los judíos comenzaron a ser deportados a campos de exterminio. El primer deportado fue su padre, al que nunca más volvería a ver; después le tocó a él junto a un grupo de amigos. Estuvo en Auschwitz, en Buchenwald y en Tröglitz/Rehmsdorf. Transcurrido un año, cuando el hambre y las penalidades habían acabado prácticamente con su resistencia, terminó el horror de los campos y regresó a casa encontrándose con su madre.
Poco a poco, en el Budapest comunista en el que la libertad era también una quimera, Imre Kertész, intentó encontrar su sitio. Realizó distintos trabajos y empezó a escribir la obra que le haría famoso, aunque en Hungría pasase desapercibida tras su publicación; se trata de Sin destino, un libro en parte autobiográfico, protagonizado por György Küves, un chico de su misma edad al que hace vivir circunstancias de su propia vida en clave literaria.
Cuenta Imre Kertész que a los 25 años leyó El extranjero de Albert Camus; en húngaro, la palabra extranjero se traduce como indiferente, desapegado, liberado y la escritura de Sin destino a la que se dedicó entre 1960 y1975 supuso, en parte, una liberación.
Sin destino es así un libro escrito desde el desapego, el adolescente cuenta lo que vive día a día, sin recrearse en el horror sino en el paso del tiempo, la forma que tiene de llenar cada segundo vivido en los campos. Tampoco el autor cae en falsos patetismos, con lágrimas en los ojos siempre se ve peor, asegura; ni pone de manifiesto la maldad de los distintos personajes, incluso, se detiene más en las manifestaciones de bondad. La maldad absoluta era el proyecto en sí, lo que considera el trauma más grande del hombre europeo desde la cruz.
Quizá esa manera de describir unas determinadas circunstancias traumáticas, sin culpar a nadie, sin hacer reproches, hizo que su obra tuviese una acogida extraordinaria en Alemania, país que adoptó como suyo y al que donó el archivo que poseía sobre el Holocausto, que dice supuso el fracaso de nuestra civilización cristiana y humanista forjada a lo largo de los siglos.
Un fracaso de muchos, no sólo de Alemania, sino de la mayor parte de los que en Europa tomaban decisiones, que permanecieron de brazos cruzados, miraron hacia otro lado o fueron cómplices de la catástrofe. Algo que Imre Kertész vivió en Hungría y sobre lo que reflexionó en profundidad para escribir un testimonio lúcido y desapasionado que tuviera como base su experiencia.
Sin destino es también una obra sobre la libertad del ser humano para tomar sus propias decisiones. Imre Kertész en los campos eligió vivir; al ser liberado y ofrecérsele la oportunidad de abandonar Hungría, eligió quedarse, aun teniendo que soportar un nuevo totalitarismo; y al enfermar gravemente de Parkinson, eligió aguantar hasta el final, no deseaba añadir su nombre a la lista de todos los supervivientes de los campos que optaron por el suicidio: No quiero que puedan decir que yo mismo ejecuté la sentencia.
Imre Kertész, además de Sin destino, escribió otros muchos libros que yo no he leído. En el periódico compruebo que se acaba de editar la última entrega de sus diarios (2001-2009). Será interesante conocer qué opinaba en esos años de Europa.