martes, 29 de marzo de 2016

LOS EUROPEOS

En el año 2016, además del centenario del nacimiento de Blas de Otero, del que hablé la semana pasada, celebramos el centenario de Henry James, aunque en el caso de este prolífico escritor, que destacó en la novela, el teatro y la crítica literaria, no se trata del centenario del nacimiento sino de la muerte, ya que Henry James nació en Nueva York en 1843, adquirió en 1915 la nacionalidad inglesa y murió en Londres en 1916.
De Henry James sólo leí hace ya mucho tiempo Otra vuelta de tuerca, que se publicó en 1898 y que es un breve relato de fantasmas de lo más inquietante. Como en los momentos actuales las inquietudes que nos aquejan son muchas y variadas, he elegido para recordarlo una obra que no fomente también nuestro desasosiego, pero que permita apreciar el genio del autor.
Se trata de Los europeos, novela de su primera época publicada en 1878 cuando gustaba de contraponer el carácter europeo al norteamericano, destacando a través de los personajes protagonistas que la azarosa y larga historia de Europa había contribuido a que sus habitantes más acomodados mostrasen una sofisticación y un refinamiento, a la vez que una especial sutileza y sagacidad para aprovechar las oportunidades, diferente de la que podía apreciarse en los habitantes de esa misma clase social en Estados Unidos, más ingenuos sencillos, y puritanos.
Ese contraste se refleja a la perfección en Los europeos cuando los hermanos Felix Young y Eugenia Münster llegan a Boston con la intención de visitar a unos parientes y lograr, en el caso de Eugenia, una estabilidad emocional y económica, ya que se había casado en Alemania en matrimonio morganático con un príncipe y el hermano mayor de éste pretendía anular dicha unión por razones políticas.
Sólo el inicio de la novela, al describir Henry James la habitación del hotel en el que se alojan Felix y Eugenia, lo que se ve a través de las ventanas y a los dos personajes, basta para hacernos disfrutar de la mejor literatura: Visto desde las ventanas de un hotel de austera apariencia, un cementerio pequeño en el corazón de una ciudad agitada e indiferente no es nunca motivo de regocijo; y el espectáculo no mejora cuando las musgosas lápidas y el fúnebre arbolado han recibido el ineficaz refresco de una mísera nevada que no llega a cuajar. Si además, mientras la helada llovizna espesa el aire, el calendario señala que la bendita estación primaveral comenzó hace ya seis semanas, hay que admitir que la escena reúne todos los elementos para causar la depresión más profunda.
Poco a poco el escritor nos introduce en una trama en la que los acontecimientos que se van sucediendo y las explicaciones que al respecto nos da el narrador, posibilitan que conozcamos en profundidad a cada uno de los protagonistas: además de los dos hermanos, Gertrude, Charlotte y Clifford, hijos de su tío, Mr. Wentworh, un grupo reducido de amigos y sirvientes de la familia.
La adaptación de Eugenia y Felix al nuevo entorno, fácil en el hombre, franco y espontáneo de carácter que se enamora de su prima Gertrude, e imposible en la mujer, más snob y manipuladora, así como las distintas reacciones de los bostonianos ante ellos, suponen un auténtico tratado de psicología.
La detallada descripción de paisajes, ambientes y personas que realiza Henry James en Los europeos y que, junto a la profundización psicológica, constituye una de sus características como autor, ha hecho que muchas de sus novelas hayan sido llevadas al cine alcanzando un éxito notable.
 

lunes, 21 de marzo de 2016

BLAS DE OTERO

El día 15 de marzo de 1916, hace ahora cien años, nació en Bilbao Blas de Otero, un extraordinario poeta al que siempre admiré y admiraré por su valía intelectual y su atormentado idealismo.
A Blas de Otero, poeta pienso que bastante ignorado, como otros muchos cuyos versos nos animaron en un tiempo heroico a cambiar el mundo, deberían leerlo entre reunión y reunión y entre pelea y pelea, ciertos políticos que a ratos me aburren y a ratos me indignan, dependiendo de lo que se les ocurra escribir o decir en el momento.
Este poeta fue a lo largo de su vida un buscador idealista que pasó del espiritualismo:

Escucha cómo estoy, Dios de las ruinas.
Hecho un cristo, gritando en el vacío,
arrancando, con rabia, las espinas.

 a la poesía social:

Definitivamente, cantaré para el hombre.
Algún día –después-, alguna noche,
me oirán. Hoy van –vamos- sin rumbo,
sordos de sed, famélicos de oscuro.

 Del yo que se pregunta, al nosotros que espera y ansía una respuesta:

 Aquí tenéis, en canto y alma al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Pero sobre todo Blas de Otero fue un poeta comprometido con su tiempo:

Si me muero que sepan que he vivido
luchando por la vida y por la paz.
Apenas he podido con la pluma,
apláudanme el cantar.

Un poeta que amó profundamente a España. A una España de la que se alejó en ocasiones porque no le gustaban muchas cosas de ella:

Madre y madrastra mía,
España miserable
y  hermosa. Si repaso
con los ojos tu ayer, salta la sangre
fratricida, el desdén
idiota ante la ciencia
y el progreso.

Pero a la que siempre vuelve para seguir cantando a sus ciudades, todas; a sus gestas, a su literatura, pidiendo de continuo la paz y la palabra:

Pido la paz y la palabra.
Escribo
en defensa del reino del hombre y su justicia.


 
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Y es que Blas de Otero nunca, a pesar de sus muchas crisis existenciales, dejó de pensar que los españoles podíamos entendernos y trabajar juntos por una España más próspera, más solidaria, más consciente, más justa, más unida:

Si me muero, será porque he nacido
para pasar el tiempo a los de atrás.
Confío que entre todos dejaremos
al hombre en su lugar.

Si me muero, ya sé que no veré
naranjas de la china, ni el trigal.
He levantado el rastro, esto me basta.
Otros ahecharán.

En resumen, Blas de Otero, que hoy traigo a Opticks como recuerdo y como homenaje en el centenario de su nacimiento, nunca perdió la fe en que una España mejor construida entre todos fuera posible:

Podrá faltarme el aire,
el agua,
el pan,
sé que me faltarán.
 
El aire, que no es de nadie.
El agua, que es del sediento.
El pan… sé que me faltarán.

La fe, jamás.


 

lunes, 14 de marzo de 2016

LA TIERRA QUE PISAMOS

Hace algún tiempo, en concreto dos años, leí una novela de Jesús Carrasco titulada Intemperie. Me pareció tan extraordinaria, que esperaba con ilusión la siguiente obra del escritor extremeño que acaba de ser publicada; se trata de La tierra que pisamos y los protagonistas son un hombre y una mujer en apariencia del todo diferentes, pero cuyos destinos se cruzan mostrándonos que hay un nexo de unión entre sus vidas que alterará el presente y el futuro de ambos.
Leemos en la contraportada de La tierra que pisamos  que la historia que nos cuenta Jesús Carrasco se desarrolla a comienzos del siglo XX. Sin embargo, los acontecimientos fundamentales narrados en el libro podrían estar sucediendo ahora o haber sucedido en cualquier otra época en la que se hable de un ejército invasor, de la destrucción que deja a su paso y de la utilización de los prisioneros para facilitar la vida de los vencedores y de los que después se asentarán en los territorios invadidos.
Así que, aunque encontremos referencias a la guerra civil española, al nazismo y a la colonización en África, lo narrado, insisto, puede aplicarse al gulag comunista, a los campos de trabajo chinos, a las guerras que originaron la desmembración de Yugoslavia; y en la actualidad, al Estado Islámico, la represión de los kurdos por parte de Erdogan y a los refugiados que huyen del horror y la miseria, por citar algunas situaciones en las que se hace realidad aquello de que “el hombre es un lobo para el hombre”.
La tierra que pisamos muestra a un matrimonio ya mayor que vive en una finca rodeada de huertas y jardines alejada del pueblo. El marido, Iosif, es un militar de alto rango jubilado que ha llegado a un estado lamentable de decrepitud física y mental. La mujer, Eva, narradora del relato, cuida a su esposo  sin demasiado esmero y reflexiona sobre lo que ha vivido y vive rodeada de un paisaje que ama. Paisaje que sí pertenece a un lugar concreto, la Extremadura natal del autor, y la forma poética e intensa con la que lo describe la mujer, demuestra el amor que Jesús Carrasco siente por su tierra. En primavera el azahar de los naranjos florecidos lo ocupa todo, especialmente cuando cae la tarde. Días antes de que eso suceda, el árbol siempre envía un mensajero. Jornadas todavía frescas en las que, repentinamente, un hilo fugaz avisa que, en algún lugar de los contornos, la vida ha sido convocada a su renacimiento.
Una mañana, Eva descubre que hay un hombre en la valla que rodea la propiedad, se asusta, coge la escopeta y le grita para que se aleje, él no parece escucharla y entra en el recinto, quedándose en la huerta sin que Eva haga nada por alejarlo en días posteriores, incluso, le proporciona comida.
El desconocido demuestra sentir una atracción especial por la tierra: se arrodilla en ella, la acaricia, la huele, abraza las plantas. La curiosidad de Eva vence al temor y poco a poco va descubriendo, por lo que el hombre le cuenta con dificultad y sus propias averiguaciones, que se llama Leva, nació en ese lugar y su historia es espeluznante.
Eva añade a la historia de Leva sus propios recuerdos: el patriotismo que la condujo allí, la muerte de Thomas, su único hijo, en una guerra absurda; el rígido sentido del deber del marido que obligó al muchacho a alistarse, la relación con los lugareños, los desengaños y las decepciones.
La tierra que pisamos tiene 268 páginas, por lo que no es un libro muy extenso. Lo curioso es que la intensidad de la narración, lo bien construida que está, el cuidado que pone Jesús Carrasco en la elección y utilización del lenguaje, la mezcla que realiza de épica y lírica en una historia que es pura ucronía, te deja cuando cierras el libro, cuya lectura te llevó poco tiempo, dada su brevedad, la sensación de haberte adentrado en territorios extensos y complejos que el autor ha sabido desplegar ante ti con  estudiada habilidad.
Sin embargo, yo sigo prefiriendo el intimismo trágico y lleno de ternura de Intemperie a la monumentalidad un tanto vacua de este proyecto.
   

 

 

 

lunes, 7 de marzo de 2016

BROOKLYN

Utopía es el nombre que se ha dado esta vez a la revista Opticks. Sin embargo, en sus páginas podemos encontrar a un número elevado de creadores que han hecho realidad proyectos quizá considerados por ellos mismos en un principio utópicos, o sea, irrealizables.
El personaje principal del libro que acabo de leer no parece anhelar utopías, más aún, deja que otros planifiquen hallarlas en su nombre. El personaje se llama Eilis y protagoniza Brooklyn, obra del escritor irlandés Colm Tóibín que ha servido de base a la película del mismo título estrenada hace pocas semanas.
Colm Tóibín sitúa a Eilis en un pequeño pueblo del sudeste de Irlanda, allí vive con su madre, viuda reciente, y su hermana mayor Rose que trabaja en una oficina y contribuye con parte de su sueldo a la economía familiar; economía que se sostiene de forma precaria al contar sólo con la pequeña pensión de la madre. El resto de los hermanos, tres varones, buscó trabajo en Birmingham, ante la imposibilidad de encontrarlo en la misma población.
La novela comienza cuando Eilis, que ha terminado los estudios de contabilidad, acepta el empleo que le ofrece  la dueña, no demasiado amable, de una tienda de comestibles; empleo mal pagado y de escaso futuro con el que Rose, a quien la jovencita admira en todos los aspectos, no está muy de acuerdo.
Un día Rose llega a casa y explica que ha invitado a comer a un sacerdote, ya que le ha comentado, mientras ambos jugaban al golf, que conoció a sus padres de joven. El padre Flood, así se llama el sacerdote, reside en Nueva York, concretamente en el barrio de Brooklyn, y ha venido al pueblo a pasar sus primeras vacaciones después de la guerra (la novela se desarrolla en la década de los 50). Durante la comida, el sacerdote habla de las muchas posibilidades de encontrar un empleo que Eilis tendría en su barrio neoyorquino y se ofrece a la vez para ayudarle a encontrarlo.
De este modo, sin pretenderlo, Eilis, que entiende que su madre y su hermana consideran la oferta del sacerdote como lo mejor que le puede pasar, se ve viajando en la tercera clase de un barco que la traslada a Estados Unidos; y en Brooklyn, contando siempre con la ayuda del sacerdote, inicia una vida repleta de experiencias diferentes.
Aquí me veo obligada a interrumpir la historia para no molestar a quienes deseen leer el libro y ver la película, algo que yo aún no he podido hacer.
La novela, narrada en tercera persona por Colm Tóibín, es fácil de leer; pero esa aparente facilidad resulta engañosa si analizamos los distintos aspectos de la historia, en especial las relaciones entre las personas y los problemas a los que se enfrentan aquellos que dejan su país y van en busca de un mejor futuro.  En el relato destacan los personajes femeninos, sobre todo Eilis, y la visión de los masculinos que obtenemos a través de ella.
En resumen, Brooklyn, y recojo lo que dice sobre el libro el diario El País, además de hacer pensar y estar bien escrito, consigue desde la primera línea que te sumerjas en una conciencia.