domingo, 31 de enero de 2016

UN MILLÓN DE GOTAS

Mientras leo pausadamente El mundo de ayer de Stefan Zweig, he buscado otra obra que me permitiera realizar el comentario de esta semana.
Mi elección recayó en Un millón de gotas, libro escrito por Víctor del Árbol, del que aún no había leído nada, y que ha recibido el Premio Nadal 2016 por la novela titulada La víspera de casi todo.
Un millón de gotas tiene seiscientas sesenta y ocho páginas que se reparten entre la novela negra y la histórica (Víctor del Árbol fue mozo de escuadra en Cataluña, lugar donde reside, y estudió la carrera de historia). El personaje principal, alrededor del que gira todo el relato, es Elías Gil, un joven ingeniero asturiano que en 1933 viaja con otros jóvenes europeos expertos en diversas disciplinas técnicas a la Rusia de Stalin, deseosos todos ellos de colaborar en la creación del paraíso de los proletarios. Pronto el paraíso que pensaban hallar se convierte en un infierno en el que no falta ningún horror imaginable; horror que culmina con la deportación a la isla de Názimo en Siberia. Aquí el historiador se explaya relatando un hecho poco conocido que terminó con la muerte de miles de personas que, en teoría, debían transformar en tierras habitables unos parajes inhóspitos en los que se les abandonó a su suerte. Uno de los deportados que sobrevivió fue Elías Gil.
Pero las desgracias de Elías Gil no terminan ahí, de vuelta a nuestro país, tras la guerra civil y su paso a Francia, lo encierran en el campo de refugiados de Angelés (más historia). Al regresar por fin a España, ha de vivir bajo el régimen franquista que para él, un hombre de izquierdas convencido, no resulta tampoco agradable, aunque cuenta con la ayuda de un policía amigo que consigue evitarle bastantes complicaciones con el régimen.   
Todo lo anterior y mucho más que omito en aras de la brevedad precisa, lo cuenta Víctor del Árbol de forma paralela a lo que sería un relato típico del género negro. Una segunda narración que, insisto, va alternándose con la primera, y en la que aparecen, además de otras muchas personas, ya en la Barcelona de 2003, los hijos de Elías Gil: Laura y Gonzalo.
Laura, policía en el mismo grupo que Alcázar, hijo a su vez del amigo de Elías, atraviesa una profunda depresión a consecuencia de la muerte de su hijo de ocho años a manos de un mafioso ruso implicado en una trama de corrupción de menores y pornografía infantil que la joven investiga. Al aparecer el mafioso torturado y asesinado, el inspector Alcázar le comunica a Laura que se sospecha de ella porque la foto del niño estaba junto al cadáver; entonces Laura se suicida.  
Gonzalo, abogado también de izquierdas como su padre, casado con una mujer de la alta burguesía, vive presionado por su suegro para que entre en el importante bufete que él preside. A pesar de tener dos hijos y haberse casado enamorado, ahora lleva una vida anodina e insatisfactoria y no ha visto a Laura en los últimos tres años. Ese alejamiento no es óbice para que, al recibir de la policía el aviso del suicidio, algo se remueva en su interior, el pasado regrese de pronto y le impulse a iniciar una investigación que cambiará por completo su vida y la de todos los que le rodean.
Lo que acabo de escribir sólo es un resumen de Un millón de gotas. El puzle tiene muchas más piezas que Víctor del Árbol hace encajar al final hábilmente. Es interesante cómo profundiza en el carácter de cada uno de los personajes sin ninguna clase de piedad, poniendo en boca de ellos comentarios y reflexiones que indican que la historia ha sido muy pensada; en lo que se repara pronto por la enorme cantidad de documentación que el libro debió requerirle.  
 ¿Qué es lo que no me convence demasiado? Precisamente la amplitud de cuestiones  horrendas que se tratan. La truculencia en tantas situaciones distintas creo que restan profundidad a lo que Víctor del Árbol cuenta.

jueves, 21 de enero de 2016

14. RELÁMPAGOS. UN AÑO.

Kiko se extraña de que no haya leído aún nada de Jean Echenoz y me entrega tres libros del escritor francés, indicándome, incluso, el orden en el que debo leerlos: primero, 14, segundo, Relámpagos, y tercero, Un año.
Lo curioso es que, mirando la fecha de edición, he comprobado que las orientaciones de Kiko me han conducido a que lea los libros en orden inverso a cuando cada uno de ellos fue publicado; Relámpagos en el año 2012, 14 en el 2013 y Un año en 1997. Supongo que existirá una razón. Se lo preguntaré al devolvérselos.
La primera guerra mundial o guerra del 14, queda reducida en el libro de Echenoz sólo al número 14. Idéntica simplificación utiliza para tratar un aspecto de la carnicería que el conflicto bélico supuso. Se centra en cinco jóvenes: Anthime, Charles, Padioleau, Bossis y Arcenel y una chica, Blanche, como personajes principales, que viven en un lugar de Francia en el momento de empezar la contienda. Los jóvenes se alistan e inician el viaje hacia el frente. La muchacha, que mantiene relaciones con Charles y está embarazado, espera su regreso.
En noventa y ocho páginas Jean Echenoz consigue, con una prosa en apariencia muy sencilla, que vivamos junto a los soldados cuatro años de trincheras, destrucción, hambre, embrutecimiento y muerte por los más variados motivos: Ser fusilado por los propios, mejor que asfixiado, carbonizado, despedazado por los gases, los lanzallamas o los proyectiles del enemigo, podía ser una opción. Pero también podía fusilarse uno mismo…; escribe Jean Echenoz, reflejando la desesperación de los soldados ante una guerra interminable que, según opinaba Charles, sería cosa de quince días.
De forma paralela a lo que ocurre en los distintos frentes, el escritor relata lo que sucede en la retaguardia, en los lugares en los que las personas continúan con su vida y hasta aprovechan el brutal conflicto para hacer negocios.
Relámpagos se basa en la vida de un ingeniero y científico croata inventor, entre otros muchos avances científicos, de la corriente alterna, la bombilla sin filamento y la radio; se trata de Nikola Tesla (1856-1943), aunque Jean Echenoz no pretende que su libro sea una biografía en el sentido exacto del término.
Aquí las páginas son 149 y conducen al lector a descubrir una vida apasionante que se lee con interés desde el principio, cuando en el momento del nacimiento del protagonista estalla una violentísima tormenta y un relámpago gigantesco, denso y ramificado, torva columna de aire inflamado en forma de árbol, de raíces de ese árbol o de garras de rapaz, ilumina su aparición hasta que el trueno ahoga su primer llanto mientras el rayo incendia el bosque colindante; al término del libro.
El niño, Gregor, cuyo nacimiento anunció un relámpago, tendrá siempre el dominio de la electricidad como proyecto de vida. La vida de un genio y como tal, de un hombre excéntrico, libre y solitario, preocupado muy poco de cuestiones prácticas, lo que provoca que muchos lo engañen y se aprovechen de sus descubrimientos.
Historia apasionante por la personalidad del científico y por la forma que tiene el autor de mostrarnos y describirnos a las personas que lo rodean y a una sociedad que primero lo admira, se aprovecha de él y se divierte con sus excentricidades y después lo rechaza.
En bastantes aspectos no es que hayamos evolucionado mucho, ahora también existen ídolos caídos, se utilizan trabajos ajenos para el propio prestigio, y basta ojear un periódico o escuchar las noticias para comprobar que nos seguimos matando con una crueldad similar a la que Jean Echenoz muestra en 14.
Un año, escrito en 1997 y reeditado en el 2011, supongo que a consecuencia del éxito obtenido por los libros posteriores de Echenoz, es un relato sobre el vagabundeo y la caída social de una joven y bella mujer, Victoire, que una mañana al despertarse descubre a su amigo Felix muerto en su misma cama. Al no recordar si ella tuvo algo que ver con esa muerte, saca su dinero del banco y va de unos lugares a otros, de aventura en aventura acabando en la pobreza extrema.
La prosa de Jean Echenoz en Un año no es tan sintética y directa. Abundan las descripciones de personas, paisajes y lugares, algunas de ellas de gran belleza. Sin embargo, estas descripciones, extensas a veces, no sobran en la historia, sino que contribuyen a crear una atmósfera entre misteriosa y de novela negra que impresiona y atrapa, llevándote en volandas hacia un final desconcertante.
En resumen, tres magníficas obras en las que encontraremos de todo: ironía, crítica, humor, ternura, angustia, desazón, desconcierto y todo el resto de sentimientos que conforman la vida de los seres humanos y que pocos autores alcanzan a plasmar en sus escritos con la maestría de Jean Echenoz 

martes, 12 de enero de 2016

LOS RESTOS DEL DÍA

El libro que hoy traigo a Opticks, escrito por el autor británico nacido en Japón, Kazuo Ishiguro, se titula Los restos del día. Conforme iba avanzando en su lectura, caí en la cuenta de que había visto una película basada en él. Busqué información y descubrí que la película se estrenó en 1993 y la protagonizaron Emma Thompson y Anthony Hopkins. Lo curioso es que la personalidad del mayordomo, personaje principal de dicho libro, me recordó de nuevo a Emma Thompson y su papel de Elinor en otra película, Sentido y sensibilidad, estrenada en 1995 con guión extraído de una novela de Jane Austen. Ambos protagonistas contienen sus emociones guiados por un rígido sentido del deber, de la educación o de las costumbres, aunque Elinor me simpatiza bastante más que Stevens.
Los restos del día, está escrito en primera persona por Stevens, mayordomo desde hace treinta años en la mansión de Darlington Hall, primero al servicio de lord Darlington, y durante los tres últimos sirviendo a mister John Farraday, un acaudalado hombre de negocios norteamericano que compró la mansión al morir su anterior propietario.
Es precisamente mister Farraday el que, ante un inminente viaje que ha de realizar a Estados Unidos, sugiere al mayordomo que se tome unos días de vacaciones y los dedique a conocer el país; él le presta el lujoso Ford propiedad que tienen en casa, así como el dinero necesario para la gasolina.
Steven considera que podría aprovechar esos días visitando a miss Kenton, antigua ama de llaves de la mansión, empleo que abandonó al casarse y convertirse en la señora Benn. Miss Kenton ha escrito al mayordomo una carta contándole que se ha separado de su marido y recordando los buenos momentos pasados en Darlington Hall. Steven piensa que a ella puede apetecerle recuperar el puesto de ama de llaves, con lo que se solucionaría el problema del servicio reducido ahora a cuatro personas, insuficientes para una propiedad tan extensa.
Durante el viaje, Steven tiene la oportunidad de disfrutar de hermosos paisajes ingleses mientras reflexiona sobre las cualidades de un buen mayordomo, algo que ha dado lugar con frecuencia a largas discusiones entre los distintos mayordomos que se reunían en Darlington Hall cuando acompañaban a sus respectivos señores a la mansión, ya que ésta fue lugar de encuentro de importantes personalidades que, entre otras cuestiones, intentaron mediar para que se suavizaran las cargas impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles.
El mayordomo está convencido de que la cualidad más importante que debe tener en el desempeño de su puesto es la dignidad, que participa de la misma dignidad de su señor. Así que si éste es una persona digna que trabaja por el bien común, como considera ha hecho lord Darlington, también lo será él que ha contribuido a ello haciendo que todos los servicios ofrecidos en la mansión fuesen perfectos.
Por supuesto el mayordomo intenta justificar siempre sus acciones, a veces tan crueles como no permanecer al lado de su padre moribundo o echar del trabajo a dos criadas por ser judías, siguiendo las órdenes de su señor.
Hay muchos más detalles que convierten a Los restos del día, un libro, sencillo en apariencia, escrito por Kazuo Ishiguro con una sobriedad y elegancia insuperables, en una auténtica carga de profundidad para determinadas actitudes y comportamientos, haciendo emerger ante los admirados ojos del lector una realidad amarga y terrible al mismo tiempo.
Yo podría decir hoy, de manera especial, por qué esa realidad me parece desesperanzadora y amarga, pero prefiero que el posible lector encuentre sus propias razones.

viernes, 1 de enero de 2016

EL DESFILE DE LA VICTORIA. IRENE. LO QUE ESCUCHA LA LLUVIA.

Desatendí el placentero trabajo que realizó en Opticks porque he estado varios días enferma. Mientras buscaba en la almohada un lugar confortable para apoyar mi dolorida cabeza, pensaba en todos esos genios de la literatura, la música, la pintura y el resto de las artes que, en condiciones extremas de enfermedad, persecución o miseria, fueron capaces de producir obras extraordinarias.
Quizá hoy debiera haber empezado el año hablando de uno de esos genios, lo dejaré para más adelante e iniciaré el 2016 con los tres últimos libros que he leído.
El primero, del todo prescindible, se titula El desfile de la victoria, su autor es Antonio Gómez Rufo que publicó esta obra en el año 1999, imagino que buscando el éxito de las novelas que hablaban de la dictadura franquista, fuera ya de la censura a la que se sometían las publicadas bajo dicho régimen.
La novela, situada en la década de los años 50 en Madrid, gira alrededor del pretendido asesinato de Franco durante el desfile llamado “de la Victoria” por un anarquista que llega de Francia con ese propósito. Lo más destacable es la descripción del ambiente madrileño de posguerra. Lo menos, los personajes, entre el sainete y el folletín. Insisto, una curiosidad prescindible.
El segundo es de Pierre Lemaitre, un autor del que he hablado aquí al comentar su novela Nos vemos allá arriba que fue Premio Goncourt. La obra de hoy pertenece al género negro, se titula Irene y leo que es el primer número de una tetralogía protagonizada por Camille Verhoeven, comandante de la brigada criminal parisina que aunque mide sólo 1´45 de estatura, es valorado por todos por su sagacidad e inteligencia. Camille está casado con la bella Irene y ambos esperan ilusionados su primer hijo.
El eje argumental del relato son una serie de crímenes espeluznantes de mujeres que se van produciendo y que Camille descubre que responden a un patrón: han sido descritos en una novela negra generalmente clásica. Este descubrimiento impulsa al comandante a investigar asesinatos sin resolver, rodeado por su eficaz equipo de colaboradores, presionado por la prensa sensacionalista y las autoridades, y sintiéndose culpable de no dedicar a Irene todo el tiempo que ella precisa.
Sin duda ninguna Irene es una novela extraordinaria. Los personajes están analizados con profundidad y brillantez. La trama resulta original y el ritmo se mantiene desde el principio al final de la narración.
Un “pero” del todo personal (quizá porque mi enfermedad empezaba a manifestarse), sería la abundancia de violencia explícita en las detalladas descripciones de los asesinatos. Una violencia tal que sobrecoge a los mismos policías, que no acaban de entender cómo alguien puede ser capaz de planificar y ejecutar algo tan tremebundo y sanguinario.
Irene obtuvo el Premio Cognac a la mejor novela el año 2006. Estoy segura de que entusiasmará a los apasionados por el género     
Si tuviera que definirme con una sola palabra escogería improbable. Me gusta, no hace demasiado ruido, se paladea bien y deja en la boca un sabor especial que conviene a mi condición. Copio este párrafo del tercer libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de Lo que escucha la lluvia, su autor, hasta ahora desconocido para mí, es el burgalés Francisco Solano.
Podríamos explicar Lo que escucha la lluvia como un ejercicio de introspección de 115 páginas sobre la soledad y la identidad. Creo que el autor se autoanaliza de manera honesta, desde el niño que fue y que recuerda echando al agua un barquito que su padre construyó con un corcho, en el momento en que su madre grita para que vuelva a casa en la que el padre acaba de morir.
Después la adolescencia, la juventud y la madurez, observadas con pretendida objetividad en la distancia, teniendo siempre la soledad como asidero. La búsqueda de algo que no se encuentra, aun regresando una vez y otra a esa escena de infancia en la que quizá, o no, el grito de la madre hizo brotar el germen que impulsa al protagonista de Lo que escucha la lluvia a definirse como improbable en la primera página del libro.
Además de un ejercicio de introspección con el que el lector puede identificarse en muchos momentos, Lo que escucha la lluvia es una muestra de la mejor literatura. Nada sobra ni falta. Los párrafos del libro tienen en ocasiones tal profundidad y tal belleza, que te obligas a volver a leerlos para que su sonido y lo que dicen te penetre, llevándote a pensar y hasta a sentir que la mejor definición de ti mismo también podría ser la de improbable.