martes, 1 de noviembre de 2016

EL MARINO QUE PERDIÓ LA GRACIA DEL MAR

En la literatura llamémosle “de culto”, tan grata para mi inolvidable amigo Manolo, se incluye con total merecimiento el libro del que he elegido hablar en unas fechas en las que la evidencia de la muerte se exorciza o soslaya tras festejos y ritos. Se trata de El marino que perdió la gracia del mar que publicó en 1963 Yukio Mishima.
El marino que perdió la gracia del mar refleja de manera magistral las principales características de la personalidad de Mishima: su fragilidad, su obsesión por la belleza, su excentricismo. No es un libro amable, de hecho, cuando terminas su lectura, te queda una sensación de incomodidad que ahora, en la distancia, en mi caso aún pervive. Luego vuelves al principio, relees las reflexiones del marino, su relación con ese mar del que perdió la gracia, con la mujer que contribuyó a ello; te horrorizas ante la crueldad premeditada de los adolescentes, en especial del que comanda al grupo, te asombra la frialdad en la ejecución de sus condenas y te admiras de la capacidad del escritor japonés para expresarlo todo de un modo que sorprende, aturde y maravilla.
Cuando lees la biografía de  Yukio Mishima, el control que sobre él ejercía su abuela, las enfermedades que le aquejaron, alguno de los juegos a los que le sometía su padre, comprendes en gran parte lo que fue su vida posterior, incluso, su suicidio para el que utilizó una espada con la que se abrió el vientre según la antigua costumbre samurái.
Infancia y situación de su país tras la 2ª guerra mundial y las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, tal vez explican en parte la historia que contiene esta pequeña pero intensa obra.
Los principales protagonistas son tres: Fusako, una ejecutiva de 33 años, bella, rica y viuda, Noboru su hijo de 13 de alta capacidad intelectual que espía a través de un hueco que ha encontrado en el armario de la habitación en la que duerme el dormitorio de ella y todo lo que en él sucede, y Ryuji, el marino excéntrico e insociable que espera en la inmensidad del mar una suerte de destino rutilante, privativo al que no tendrá nunca acceso el común de los mortales.
Las escenas que contempla el chico antes de que la madre conozca al marino y después cuando se hacen amantes, están  expresadas con imágenes y metáforas que introducen al lector en una atmósfera sensual y turbadora. Turbación con la que el adolescente descubre la sexualidad a través del cuerpo y los actos de una mujer que no desea compartir con aquel hombre que pretende convertirse en el padre que no echa de menos.
En el cuidado e interesante prólogo que precede al relato y que escribe Fernando Savater, éste nos dice  que Yukio Mishima no es demasiado apreciado en Japón, ya que se le considera un escritor occidentalizado que se aproxima poco a los intrincados recovecos del alma japonesa. Pienso que las cuestiones que trata Mishima en El marino que perdió la gracia del mar poseen un valor universal, el libro dio origen a una película con actores occidentales y la frialdad con la que actúa el grupo de Noboru resulta similar a la que encontramos en los chicos de El señor de las moscas de William Golding.
El resto, la forma de escribir y la insistencia en resaltar determinados aspectos de la narración creo se deben a la educación recibida en su infancia, a una intensa sensibilidad y al genio con el que las musas suelen premiar a determinados seres.  
 

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