miércoles, 20 de julio de 2016

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER

Es muy difícil resumir en un folio lo que a Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, le ha supuesto años de trabajo y miles de horas grabando entrevistas.
Así que me voy a permitir utilizar para hablar de La guerra no tiene rostro de mujer, obra de la escritora bielorrusa citada, algunas de las palabras con las que, en las primeras páginas, se refiere a él la misma  autora, y otras extraídas de una de las entrevistas que le hicieron cuando ganó el Nobel.
Dice Svetlana Alexiévich al preguntarle sobre la guerra en la entrevista del periódico: Hay una cultura al dios Marte. Condecoramos a la gente que va a la guerra. Y sin embargo creo que cualquier guerra es un asesinato. Es una barbaridad. Tenemos que matar ideas, no personas.
Y en las primeras páginas del libro explica: Escribo sobre la guerra. Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores.
Escribe sobre la guerra porque, a pesar de rechazar el tema, es consciente por su formación y años de periodista de que aunque los libros que hablan de guerras son incontables, siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres.
Por eso investiga, reflexiona y descubre que: La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan sólo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no sólo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.
Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres.
Fiel a la tarea que se ha propuesto, Svetlana Alexiévich recorre los territorios de la antigua URSS, entrevista a miles de mujeres que participaron en la 2ª Guerra Mundial (casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo), y nos transmite palabra por palabra lo que ellas le cuentan. Enfermeras, francotiradoras, telegrafistas, guerrilleras, zapadoras, partisanas, pilotos, cirujanas… comparten con nosotros  sus recuerdos, terroríficos en la mayoría de los casos.
Descubrimos que casi todas entran en el ejército muy jóvenes, éramos unas niñas y no había ni uniformes ni botas que nos vinieran bien. Recordemos que la URSS estaba presidida por Stalin y que la propaganda belicista y patriotera, propia de todas las dictaduras ahora y siempre, se había adueñado de las mentes juveniles. Era preciso echar a los nazis, defender la sagrada tierra rusa. En una de las entrevistas, el relato de la entrevistada ilustra muy bien esto. La militar, capturada por el ejército alemán es torturada, pero no se doblega ante la sorpresa de quien dirige a los torturadores qué le pregunta en razón de qué soporta el castigo  y ella replica con lo que había estudiado de marxismo-lenilismo en el colegio y en la universidad.  
Hambre, frío, dolor, muertos y más muertos, más de veinte millones, ¿En Rusia cree que alguien se ha atrevido a contar a todos los que murieron? ¿Y los supervivientes? Cientos de mutilados. Mujeres, hombres y niños traumatizados o con secuelas irreversibles a causa de la guerra.
Gentes obligadas a celebrar la Gran Victoria cuando todos los suyos han muerto o desaparecido. Cuando al volver del frente muchas mujeres son despreciadas por participar en lo que consideran una tarea de hombres. Cuando las que se sienten incapaces de celebrar la victoria, terminan desterradas a campos de trabajo o callan años y años hasta que Svetlana Alexiévich les ofrece la posibilidad de contarlo.
Estas mujeres, la mayoría por primera vez en sus vidas, hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte. Pero también de la ternura, de la compasión, de la belleza en las ocasiones y los lugares más inesperados; de los  reencuentros y de la amistad; del amor, que es la única manera de salvarnos, de la omnipresente esperanza.
La guerra no tiene rostro de mujer agotó a la escritora, pero no su capacidad de denuncia de cualquier tiranía, de todo belicismo: A los jóvenes que ven a la URSS con buenos ojos les pido que lean uno solo de mis libros. Con uno sería suficiente.

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