domingo, 31 de julio de 2016

EL DIABLO SOBRE LAS COLINAS

El verano está presente en la mayor parte de los libros de Cesare Pavese, escritor y poeta italiano que hoy, a punto de comenzar las vacaciones de agosto, traigo a Opticks. El bello verano, La playa, Fiestas de agosto y el que acabo de leer esta semana, El diablo sobre las colinas, por citar algunos ejemplos, tienen la citada estación de marco preferente.
Cesare Pavese, que nació en el Piamonte en 1908 y se suicidó en 1950, fue siempre una persona atormentada que dudaba de su propia valía: “Me produzco la impresión de un mendigo…, voy describiendo mi miseria como los mendigos ponen a la vista la sordidez de sus llagas”. Una miseria no real, ya que Pavese pertenecía a una familia bien situada, tuvo una cara educación, estudió letras y el éxito profesional le llegó pronto.
La miseria de Pavese es por tanto simbólica, su aguda introversión, mente analítica y exagerado perfeccionismo, le provoca una insatisfacción que le conduce a padecer crisis de muchos tipos: profesionales, políticas, religiosas…
Esa angustia vital, esa necesidad de hallar un asidero la encontramos en El diablo sobre las colinas que pertenece a una de sus últimas etapas como escritor, aquella que el propio autor considera de “realidad simbólica”, es decir, de negación del realismo convencional por la vía del símbolo. En 1938 escribía Pavese a propósito de esto: “Nada de personajes que digan cosas inteligentes, las cosas inteligentes debes saberlas tú y desplegarlas en la construcción de la historia”.
El diablo sobre las colinas resume muy bien algunos de los mitos literarios que caracterizan a Cesare Pavese. Junto al verano, símbolo de plenitud vital, las colinas de su tierra, casi todo el relato se desarrolla en ellas, que simbolizan el personal anhelo nunca logrado de una vida natural e instintiva; la adolescencia como tiempo de desengaño; la desnudez como imagen de comunicación con la naturaleza.
Otra característica que podemos encontrar en esta obra es la figura del narrador que recae siempre en un personaje secundario que traza una línea argumental mínima; simplemente nos cuenta algo que sucedió y nosotros debemos extraer conclusiones e imaginar un posible final.
El diablo sobre las colinas consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera tres estudiantes pasan las noches de verano en Turín buscando sensaciones que les permitan alejar el aburrimiento, por ejemplo, subir a las colinas que rodean la ciudad. Una noche a las colinas sube también, aunque en un lujoso automóvil, Poli, mayor que ellos, de familia acaudalada, drogadicto y abúlico que conoce a Oreste, uno de los tres estudiantes, por tener una extensa finca cerca de las tierras familiares del joven, y consigue enredarlos llevándoselos con él y con su amante en un itinerario nocturno que el narrador muestra con desagrado.
En la segunda parte los tres estudiantes se reúnen en la casa de Oreste  para terminar de pasar el verano. Los padres de Oreste son campesinos acomodados y los jóvenes disfrutan de una naturaleza exuberante y de un pantano en el que pueden bañarse desnudos.
Su felicidad natural termina cuando les dicen que Poli ha venido a su finca, deciden ir a visitarlo, descubren que está casado con una joven de su misma clase social y se quedan, invitados por el matrimonio, a pasar varios días en la lujosa casa.
El contraste entre la familiaridad y la sencillez en las relaciones que conocieron en la casa de Orestes y la insatisfacción casi angustiosa que descubren aquí, manifestada en multitud de detalles, acciones y diálogos, provocan que el lector, al menos en mi caso, busque en todo ello las causas por las que Cesare Pavese se tomó a los 42 años una dosis letal de pastillas.
El diablo sobre las colinas es un gran libro, profundo, poético y simbólico que te hace levantar de vez en cuando la vista de sus páginas, subrayar ciertas frases y preguntarte por los diablos que condujeron al genial escritor piamontés a tomar una decisión tan drástica.   

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