martes, 17 de mayo de 2016

LAS GÁRGOLAS DE LA LONJA DE VALENCIA

Estoy convencida de que todos los libros son útiles. Pero como ya he indicado en algún comentario anterior, los hay con múltiples utilidades. El que hoy traigo a Opticks es uno de ellos. Verán por qué.
En primer lugar, porque nos ofrece la posibilidad de alegrarnos de que este año 2016 la ciudad de Valencia haya sido elegida por la UNESCO como Ciudad de la Seda, al reconocerse su importancia en el comercio de dicho producto, como parte de la ruta de la seda, durante varios siglos.
En segundo lugar, porque también en el 2016 se celebra que hace veinte años la Lonja de la Seda valenciana, edificio protagonista del libro, fue considerada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
En tercer lugar, porque nos permite conocer en profundidad elementos de dicha lonja a los que quizá hasta ahora sólo habíamos prestado una atención superficial.
En cuarto lugar, porque su lectura entretiene, divierte, sorprende e ilustra al mismo tiempo.
En quinto lugar, porque al estar escrito en castellano y en inglés, los conocedores de uno u otro idioma, o de los dos, podrán leerlo sin dificultad.
Bien, una vez expuestas todas sus utilidades, resta decir el título del libro y el nombre del autor. El título es Las gárgolas de La Lonja de Valencia y su autor el poeta, periodista, crítico literario y académico valenciano Ricardo Bellveser.
La Lonja de la Seda de Valencia es un extraordinario ejemplo de arquitectura civil valenciana. Perteneciente al gótico tardío (s. XV y principios del XVI), su construcción fue financiada por acaudalados burgueses que dominaban el floreciente comercio de la seda. En su construcción intervino el maestro cantero Pere Compte y los distintos elementos que la constituyen, arquitectónicos y de ornamentación, admiran a las personas de todo el mundo que la visitan.
De esos elementos, Ricardo Bellveser en su libro nos habla de las gárgolas, que en la Lonja son verte aguas talladas en piedra conformando figuras de enorme capacidad expresiva casi siempre grotescas o monstruosas en posturas, también casi siempre, obscenas.
Buscando una explicación para esa clase de representaciones, podríamos decir que, al construirse la Lonja en un tiempo en el que la sociedad era mayoritariamente analfabeta, y que el clero, como sucede en iglesias y catedrales, se valía de la escultura para adoctrinarla y conducirla por la “senda de la virtud”, tal vez la función de las gárgolas, dejando a un lado aquí su carácter práctico, consistía en asustar a posibles enemigos o a la propia gente, advirtiéndola de las consecuencias del pecado, sobre todo del pecado de lujuria que se representa con profusión.
Ricardo Bellveser ha tenido lo anterior muy presente, así que en el libro, ilustrado con numerosas fotografías, nos traslada a la época en la que se construyó el edificio, inventando historias sobre lo que vemos en las gárgolas.
Muchas de las historias las cuenta un narrador que se llama a sí mismo “heraldo de la Lonja”, una figura que representa a un hombre coronado como un rey, con el escudo de la ciudad y Reyno de Valencia en la mano izquierda y la maza de mando en la derecha. Otras, el narrador es el protagonista del suceso.
Para que nuestro viaje en el tiempo resulte aún más real, el escritor valenciano utiliza un lenguaje en parte similar al utilizado entonces; la temática se asemeja a la desarrollada por los cuentos populares de aquel tiempo: engaños, brujerías, vicios, castigos, burlas; y los personajes que aparecen son los propios de la época: reyes, papas, obispos, duques, artesanos, comerciantes, campesinos, citados muchos de ellos con su nombre: el rey Alfonso de Aragón, el duque de Albaida, los Borja…
Resulta complicado resumir en estas pocas líneas lo que Las gárgolas de La Lonja de Valencia contiene. Sorprende la destreza con la que el autor logra reproducir los momentos históricos que le sirven de marco a cada una de sus historias; la imaginación que derrocha al narrarlas y la agilidad de esa narración, en la que se mezclan la realidad y la fantasía en una especie de juego irónico, vitalista y a ratos tétrico que, como dije al iniciar el comentario, entretiene, divierte, sorprende y, al mismo tiempo, ilustra a los lectores que, con el libro en la mano, contemplarán de manera distinta el que se considera el mejor edificio del Siglo de Oro valenciano.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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