domingo, 20 de diciembre de 2015

BUENOS DESEOS

DESDE OPTICKS, ¡FELICES FIESTAS Y VENTUROSO AÑO 2016 A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD QUE PROCURAN HACER DE ESTE PEQUEÑO MUNDO NUESTRO UN LUGAR MÁS HUMANO, ALEGRE, SOLIDARIO Y LIBRE!



NANA DE LA PATERA

A la nanita, nana,

duérmete, cielo,

la patera es chiquita,

grandes los sueños…

Que Jesús y María

también se fueron,

huyendo de un Herodes,

al extranjero.

 

Huyendo de un Herodes

el Dios eterno…,

nosotros por el hambre,

Él por el miedo,

nosotros en patera,

Él en jumento.

 

Tu papá va remando

y yo te velo,

los Herodes y el hambre

quedaron lejos,

que se duerme mi niño,

se está durmiendo.

Que lo arrullen la luna

y los luceros,

que se callen las olas,

que calle el viento.

 

-Cuando lleguemos, niño,

cuando lleguemos,

comerás pan de trigo

y hasta cordero,

que es Navidad, mi vida,

y el Dios del cielo

sólo quiere una cosa:

que nos amemos.

 

Alfonso Valverde

lunes, 14 de diciembre de 2015

LOS DESAYUNOS DEL CAFÉ BORENES

Vuelvo de la biblioteca con un libro que me ha recomendado Kiko, por lo que deduzco que se trata de un texto excelente. Su título, Los desayunos del Café Borenes; su autor, Luis Mateo Díez.
Conozco desde hace tiempo a Luis Mateo Díez y he leído algunas de las novelas que sitúa en el territorio imaginario de Celama creado por él. Pero este libro es del todo distinto. En Los desayunos del Café Borenes el autor leonés analiza el panorama literario actual y explica de forma pedagógica de dónde procede y en qué consiste su identidad de escritor dedicado, sobre todo, a la ficción.
Los desayunos del Café Borenes está formado por dos textos que se complementan. El protagonista del primero, que da título al libro, es Ángel Ganizo, un novelista que compaginó su labor creativa con el trabajo en una compañía de seguros y que ahora, viejo y jubilado, se dedica a dar conferencias mientras recuerda los tiempos en los que se reunía con un grupo de amigos en el Café Borenes y unos y otros teorizaban sobre Literatura. Teorías que él escuchaba unas veces asustado y otras complacido, según coincidieran o no con su personal práctica.
Las tertulias del Café Borenes sirven de pretexto a Luis Mateo Díez para hablarnos, valiéndose de las opiniones de los tertulianos, del estado actual de la Literatura y la lectura. Ni qué decir tiene que su visión es bastante pesimista. Nada escapa a su análisis: el poder, los medios de comunicación, el degradado mercado editorial, el abandono del lector exigente; los escritores demasiado prolíficos a los que sólo interesa vender novelas que entretengan y complazcan, nunca que perturben o apasionen -novelas que no son novelas escritas por novelistas que no son novelistas para lectores que no leen-.
El título del segundo texto que contiene el libro es Un callejón de gente desconocida. Luis Mateo Díez recuerda así a la escritora Irène Némirovsky que afirmaba que toda gran novela es como un callejón de gente desconocida.    
Unos desconocidos tras los que el escritor, en un primer tramo, ha de andar, presentirlos, buscarlos hasta hacerlos suyos; para, en un segundo tramo, caminar con ellos, y en un tercero y definitivo “andar en ellos”.
Esos personajes que habitan una determinada atmósfera que los envuelve de tal manera que resultan para el lector inolvidables. Todos los que llevamos años leyendo podríamos nombrar algunos.
Los personajes creados por Luis Mateo Díez pertenecen a la grey de los perdedores, tienen nombres extraños, quizá antiguos; muchos de ellos habitan en Celama, en unos escenarios que recrean una atmósfera peculiar en la que resulta complicada la lucha por la supervivencia.
Pero antes de hablar sobre los personajes, Luis Mateo Díez cuenta en el libro que en su tarea como novelista acostumbra a buscar en principio el título que dará a la novela y el tono de la misma. Después pone a trabajar a la imaginación, apoyándose siempre en la memoria, y elige las palabras adecuadas para que la historia que desea contar se haga realidad. La ficción es un espejo de la vida, un espejo que tiene a la imaginación y a la memoria como elementos desencadenantes y a la palabra como elemento constitutivo.
Un espejo de la vida y que en cierta manera la trasciende, ahí Luis Mateo Díez se refiere a la novela realista con nula pretensión de trascendencia y a la demasiado introspectiva.
Los desayunos del Café Borenes de Luis Mateo Díez es uno de esos libros cuyo contenido apetece comentar en grupo porque, pese a su brevedad, 174 páginas, aporta una enorme cantidad de información sobre la génesis de una obra literaria y sobre las características que esa obra debiera tener para que su lectura ayudara a forjar buenos lectores.
 

 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

LA VIDA DE PI

En el grupo de lectores del que formo parte se propuso que leyéramos La vida de Pi de Yan Martel, un escritor que, por cuestiones relacionadas con el trabajo de su padre, nació en Salamanca, y después de recorrer por las mismas cuestiones varios países, terminó en Canadá, donde ahora reside.
Digo esto, porque el libro que nos ocupa también es un tanto cosmopolita, aunque el personaje principal proceda de la India, Pi, y al término de su azarosa aventura, vaya a vivir a Canadá, al igual que Yan Martel.
Podemos dividir La vida de Pi en dos partes bien diferenciadas. Los meticulosos dirían que en cuatro, si tenemos en cuenta los prolegómenos de la historia, cuando su protagonista empieza a contársela al escritor que no acaba de hallar un buen relato; y el desenlace con el interrogatorio al que someten a Pi los funcionarios japoneses.
Pero atendiendo al número de páginas requeridas, yo me centraré sobre todo en dos. La primera comprende aquellas que narran lo acaecido en Pondicherry (India), lugar en el que Pi vivió con su hermano y sus padres propietarios de un zoo. A la segunda pertenecen las que nos explican lo sucedido durante los 227 en los que el adolescente Pi recorrió el océano Pacífico a bordo de un bote y en compañía de un tigre de Bengala.
Entre los lectores del grupo hubo división de opiniones y cada uno apoyó con argumentos la suya. Argumentos que incluyeron, incluso, datos científicos que corroborarían escenas del libro que muchos pensábamos podían provenir de la imaginación de Yan Martel.
Mi opinión, que es la que traigo a Opticks, es que la historia está bien construida, y aunque se apoye en hechos similares ya escritos, Yan Martel demuestra unas excelentes dotes de narrador y un exuberante caudal imaginativo. Sin embargo, me gustan mucho más la primera parte y el desenlace que la detalladísima explicación del recorrido por el océano.
La primera parte, en la que se describe la vida de la familia en Pondicherry, posee humor, ternura, profundidad y originalidad. Lo mismo sucede con el desenlace, sustituyendo lo tierno por lo sorprendente y hasta lo místico.
En la travesía por el Pacífico hay escenas muy bellas, otras de gran religiosidad y exaltación de la naturaleza. Pero luego están todas aquellas en las que se mata, se muerde, se desgarra, se tritura, se sufre, se agoniza…; y, como he dicho más arriba, con todo lujo de detalles sanguinolentos y truculentos.
La vida de Pi se publicó en el año 2002 y fue llevada al cine en el 2012. La película ganó cuatro Óscar. Según me han dicho la belleza de las imágenes y los fastuosos efectos especiales hacen olvidar los posibles detalles truculentos.
 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 1 de diciembre de 2015

PERDER LA PIEL

Hoy traigo a Opticks una historia real, Perder la piel, contada por su protagonista, Marta Allué, Es una historia de sufrimiento y lucha por la supervivencia sin nada de sentimentalismo ni deseos por parte de la autora, al menos eso me parece a mí, de suscitar sentimientos compasivos.
El título del libro, Perder la piel, no se eligió en sentido figurado. Marta Allué perdió realmente la piel, junto con los dedos de una mano, el meñique de la otra y la visión de un ojo, en el incendio que se declaró dentro de la autocaravana en la que viajaba con su marido y sus dos hijos el 9 de julio de 1991. El incendio afectó sobre todo a Marta; tanto, que un ochenta por cien de su cuerpo resultó dañado por las quemaduras.
Durante cinco años la vida de Marta Allué transcurrió entre hospitales: La Paz, el Joan XXII de Tarragona, el de Bellvitge y el universitario en la ciudad de Galveston (Texas). Los tres primeros meses de esos cinco años los pasó en la UCI. Los restantes, hasta completar doce y volver temporalmente a casa, llevando consigo sus múltiples y variadas limitaciones, estuvieron presididos por el dolor intenso que le suponían las curas, los baños, las operaciones y los distintos tratamientos a los que fue sometida para que su maltrecho cuerpo recuperase algo del aspecto y la movilidad que tenía antes del accidente.
Fue en 1996 cuando Marta Allué, como terapia para exorcizar al fantasma que le acompañaba desde aquel fatídico 9 de julio, decidió construir una historia con todo lo vivido.
El libro se convierte así en un tratado médico escrito desde el punto de vista del paciente. Su autora no escatima los detalles, incluso, los técnicos; pese a que, considerándose una persona exigente, confiesa que son pocos los médicos, enfermeras o auxiliares a los que les agrada explicar al enfermo qué es lo que están haciéndole y por qué.
A la par que exigente, Marta Allué también se considera una persona crítica y reivindicativa. Eso conduce a que exponga con total claridad sus opiniones respecto a todo aquello que, en relación con la sanidad, no le pareció correcto o adecuado, desde los alimentos hasta el trato. De igual modo, tampoco se retrae a la hora de elogiar a los muchos profesionales que actuaron de manera eficaz, respetuosa y humana; con especial cariño se refiere a los fisioterapeutas y a los terapeutas ocupacionales.
Junto a la exhaustiva enumeración de detalles médicos referidos a las personas que han sufrido lesiones por quemaduras o accidentes extremos, que juzgo muy interesantes para esos enfermos, sus familiares y el personal médico que los atiende, está la historia personal de Marta Allué: carácter, familia, trabajo, aficiones y manera de entender la vida.
Esta segunda parte, ligada por completo a la primera, la empezamos a descubrir cuando explica que desde la adolescencia tuvo la sensación de que una especie de estigma asociado al dolor y al sufrimiento le acechaba. Un dolor y un sufrimiento padecido por otros, ya que su padre quedó parapléjico tras un accidente y su madre soportó diez años un cáncer de útero del que al final murió.
El sufrimiento de sus padres provocó en Marta un sentimiento de culpabilidad al ser la espectadora y no la víctima. Pero tal vez el hecho de tener que ocuparse tantos años de ellos, hizo aumentar su fortaleza interior y hasta física. Lo que ayudó a que no se rindiera cuando el incendio la convirtió en víctima.
Junto a esa fortaleza, está su propio carácter que comprobamos mientras nos habla de sus aficiones, de su trabajo, de sus alumnos. Es una mujer que ama la vida y disfruta con todo lo que la vida ofrece: desde los bombones que traen las visitas, el concierto de Bruce Springsteen al que asiste en silla de ruedas, la paraolimpiada del 92, los distintos disfraces de que se vale para ocultar su aspecto y hasta los viajes turísticos que realiza junto con su marido al trasladarse a Texas.
La atención dispensada a sus padres, el carácter, los amigos y la familia: esposo, hijos, suegros, hermanos…, se organizan para apoyarla en todo. Su marido, psiquiatra de profesión, cambia de ciudad y lugar de trabajo para estar a su lado. Sus suegros y hermanos se ocupan de los niños y de cualquier detalle que contribuya a su bienestar. Sus hijos, de seis y tres años, aceptan poco a poco los cambios que va experimentando y la llaman cariñosamente tostadini. Sus compañeros y alumnos del instituto le escriben multitud de cartas que guarda agradecida. Sus amigos la visitan y animan.
Alrededor de Marta se despliega una red tan inmensa de afectos, que la impresión que queda en el lector al terminar de leer este valiente libro testimonio es que, a pesar de las muchas secuelas que conserva, del dolor que ha pasado y del que aún le quede por pasar, la historia que relata Marta Allué en Perder la piel está llena de amor, de generosidad y de alegría.