martes, 27 de octubre de 2015

EL REINO

He empezado a leer el último libro de Emmanuel Carrère titulado El Reino con una cierta prevención. Creo conocer el tema que trata y me preocupaba un poco el modo que tendría el escritor francés de aproximarse a él.
Conforme avanzaba en la lectura, la prevención inicial desaparecía y la sorpresa, la sonrisa, el asentimiento, el disfrute y la identificación en muchos casos iban en aumento; voy a intentar explicar el porqué.
Emmanuel Carrère nos cuenta en las cien primeras páginas de El Reino la historia de su conversión al catolicismo. Había cumplido 32 años, atravesaba una época de sequía intelectual, la relación con Anne, su pareja, iba de mal en peor; ambos tenían el alcohol como refugio.
Entonces, por influencia de Jacqueline, madrina suya y ferviente católica, empieza a leer el Nuevo Testamento. Conoce a Hervé, ahijado también de Jacqueline, hablan, se hacen amigos. Las lecturas y las conversaciones con Hervé, una persona espiritual, le preparan para lo que considera su conversión, que ocurre en una iglesia al escuchar el pasaje del Evangelio de San Juan en el que Jesús dice: Cuando eras joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevara a donde tú no quieras.     
Durante tres años asiste a misa y comulga todos los días. Se casa, bautiza a sus dos hijos y alterna las visitas al psicoanalista con la lectura del Nuevo Testamento y la escritura de lo que considera su transformación interior.
El deslumbramiento termina. Vuelve al agnosticismo, no sin antes dirigir a Jesús esta especie de plegaria: Te abandono, Señor. Tú no me abandones.
Todo lo anterior lo cuenta Emmanuel Carrère a posteriori, cuando han pasado veinte años y se le ha ocurrido que sería interesante escribir un libro sobre aquella experiencia. Así que esa narración  incluye referencias a escritores cristianos y no cristianos: Ernest Renan, Leon Bloy, Philip K. Dick, Simone Weil, Ediht Stein, Teresa de Jesús, Thérèse de Lisieux, Pascal, Frédéric Boyer, Nietzsche, Passolini…;  a libros, a películas y a momentos que, vistos desde la lejanía, hacen que continúe interesándose por una religión que desde un reducidísimo grupo inicial, al que él llama secta, se ha extendido por todo el mundo.
La segunda parte del libro la inicia Emmanuel Carrére,  ya como novelista e investigador, analizando la figura de Pablo de Tarso, del que dice que era un hombre audaz, convencido de lo que predicaba y radical en sus afirmaciones. Cartas, viajes, problemas, encuentros y desencuentros, doctrina, deseos, enfermedades, aspecto físico…, historia real o novelada, pero que el modo de escribir de Carrère, mezclando escritores de uno y otro signo, teorías políticas, historiadores y filósofos romanos, emperadores, dioses griegos y egipcios y él como coordinador de todo, opinando, reflexionando, muchas veces con un toque de humor, convierte en una lectura ilustrativa y apasionante.
Idéntica técnica utiliza al referirse a Lucas, médico macedonio discípulo de Pablo, autor de un Evangelio  y de los Hechos de los Apóstoles. De nuevo judíos, romanos y griegos aparecen retratados en un fresco genial digno de una película. Nerón, Séneca, Calígula, Vespasiano, Tito Domiciano, la caída de Jerusalén, el asedio a la fortaleza de Masada, la destrucción del templo, la diáspora, el nacimiento de la Iglesia.
Emmanuel Carrère no oculta su admiración ante los relatos de Lucas sobre Jesús, las parábolas, el modo de expresarse: La oveja perdida, Zaqueo, las monedas, el administrador infiel, los discípulos de Emaus; hasta se identifica con la manera de ser del médico macedonio, pese a que en el Evangelio se critique a los “tibios”.
Sin extenderse tanto como al hablar de Pablo y de Lucas, el escritor francés investiga personalidad y obras de otros discípulos: Pedro, Santiago, así como del resto de los evangelistas: Mateo, Marcos y Juan. Del último estudia el Evangelio y el Apocalipsis, sobre el que escribe en la casa de Patmos que se ha comprado con su segunda mujer, Hélène.
El Reino tiene 516 páginas que he leído en dos tardes porque se trata de un libro apasionante desde el principio al fin.
Deslumbra la manera que tiene Emmanuel Carrère de actualizar acontecimientos acaecidos en los primeros siglos de nuestra era. Lo hace en ocasiones mediante cierta provocación, como cuando mezcla a Pablo y a Lucas con el comunismo, o cuando describe lo que experimenta al ver pornografía. Éstos y otros muchos recursos que utiliza logran que en ningún momento el lector, creyente, agnóstico o ateo, pierda interés por la historia narrada.
Una historia que, el autor nos asegura al final del libro, ha escrito de buena fe, consciente de que siendo como es un hombre inteligente, rico, de posición, no lo tiene precisamente fácil para entrar en el Reino del que Jesús habla en el Evangelio.

 

 

 

 

 

martes, 20 de octubre de 2015

EL DESFILE DEL AMOR

Voy a la biblioteca a buscar un libro de Sergio Pitol titulado El arte de la fuga; no lo tienen y regreso a casa con El desfile del amor, una obra del mismo autor por la que consiguió el Premio Herralde de Novela en el año 1984.
El desfile del amor, título que proviene de la película de Ernst Lubitsch The love parade, tiene como principal protagonista a Miguel del Solar, un historiador y escritor mejicano viudo y con dos hijos que ejerce como profesor en Inglaterra.
De vuelta a su país de origen para entregar en la editorial que publica sus libros el último que acaba de escribir, El año 14, con el que no está demasiado contento, Miguel del Solar recibe de una antigua condiscípula un conjunto de fichas bibliográficas sobre las actividades de alemanes exiliados en Méjico en 1942.
Las fichas junto con la visita que realiza al edificio Minerva de la colonia Roma, en el que precisamente en 1942 vivió un tiempo de niño en casa de sus tíos, le predisponen a llevar adelante el proyecto que ya tenía en mente, y que consiste en investigar determinados sucesos acaecidos ese año, para lo que parte de una serie de asesinatos de personas residentes en el edificio citado.
Con el objetivo de averiguar lo sucedido, causas y consecuencias, Miguel del Solar se entrevista con algunos de los que vivían en el Minerva que tuvieron relación con los hechos que le interesan: su tía Eduviges, en cuya casa residió entonces; Delfina Briones, que daba una fiesta la noche del primer asesinato: el del joven austriaco Erich Ma. Pistauer Walzer; el librero Balmorán, el pintor Julio Escobedo y su mujer; Emma, hija de la escritora y conferenciante Ida Werfel y otros de menor importancia en el relato.
A través de esas entrevistas, Sergio Pitol analiza las circunstancias políticas, sociales, económicas, etc. de Méjico en el año 1942  y lo que supuso, en ciertos aspectos, la llegada de inmigrantes alemanes que huían de la guerra.
En el fresco realizado, muy didáctico y de lo más variopinto, intervienen personajes que están entre lo repulsivo y lo grotesco  y que, en general, suscitan pocas simpatías; todos persiguen sus propios intereses y ocultan sus verdaderas intenciones en monólogos interminables.
El desfile del amor, leo en la contraportada, fue muy alabado por la crítica, hasta el punto de obtener el Premio Herralde de Novela. Está claro que Sergio Pitol escribe muy bien y lo hace sin prisas, documentándose a fondo y enlazando palabras y frases con primor y rigor, como un auténtico artesano de la Lengua. 
Sin embargo a mí esta novela-ensayo no me ha gustado porque pienso que no es ni lo uno ni lo otro. La trama resulta enrevesada, las conversaciones entre los personajes aclaran poco y aburren en muchos momentos.
Lo más interesante lo he encontrado al final, cuando el autor explica en pocas páginas cómo se fue gestando la obra y qué circunstancias se produjeron para que la escribiera.
En esas pocas hojas está el Sergio Pitol que descubrí leyendo El mago de Viena, una especie de libro de memorias en el que el autor mejicano nos cuenta su vida relacionándola con la literatura y, sobre todo, con la lectura, su gran pasión.
Al Sergio Pitol del Mago de Viena buscaba yo cuando pedí en la biblioteca El arte de la fuga.

 

martes, 13 de octubre de 2015

ESE PRÍNCIPE QUE FUI

El primer libro que leí de Jordi Soler fue Diles que son cadáveres. El segundo se titula Ese príncipe que fui, y creo que comentarlo hoy, Día de la Hispanidad, aunque la reseña aparezca en Opticks mañana, resulta muy oportuno porque Jordi Soler es mejicano y el personaje central de este libro, Kiko Grau, desciende nada menos que del gran Moctezuma.
Tanto en Diles que son cadáveres como en Ese príncipe que fui, el autor alterna la realidad con la ficción en unas historias  en las que se mezclan la ironía, la crítica y el esperpento.
No obstante, las figuras centrales, en la obra que nos ocupa Federico de Grau Moctezuma y su hombre para todo Crispín, están tratadas con una especie de benevolencia que atrae la simpatía del lector, aun reconociendo que timan a la gente. Pero como los timados son seres ambiciosos y fatuos, piensas que les está bien empleado y terminas admirando la dignidad, no exenta de grandeza, con la que se comportan en el ocaso de sus vidas los poco escrupulosos timadores.
La historia que Jordi Soler nos cuenta en Ese príncipe que fui empieza en 1519, fecha en la que llega a Veracruz el capitán español don Juan de Grau, barón de Toloríu. Tras describir brevemente las intenciones del capitán en su viaje al nuevo continente y su entrada en Tenochtitlan, el autor se centra en lo que es origen de su relato: el encuentro de Juan de Grau con la princesa Xipaguazin, hija de Moctezuma; el regreso a Toloriu del capitán en compañía de la joven (no se sabe bien si de buen grado o a la fuerza), custodiada por un numeroso séquito de mejicanos, y la complicada estancia de la princesa entre las nieblas y las nieves del Pirineo catalán.
La leyenda de que Xipaguazin vino de Méjico con un fabuloso tesoro que enterró en Toloriu, conduce al escritor o a su alter ego a buscar tal tesoro. Al no encontrarlo, decide investigar todo lo relacionado con la princesa y sus descendientes, descubriendo que el último de éstos, Federico de Grau Moctezuma, Kiko Grau, vive en Méjico cerca de Veracruz.
A partir de aquí Jordi Soler se ocupa de la vida de Kiko Grau, que vamos conociendo en Veracruz y España por lo que le cuentan el mismo Kiko y su criado Crispín, y por sus propias averiguaciones.
Así sabemos que el padre de Kiko Grau era un empresario conservero importante. Que vivía en un palacete en el barrio de Pedralbes junto con su mujer, la señora Martínez. Que Kiko fue un niño mimado y espléndidamente atendido. Que estudió en Oxford. Que al morir su padre arruinado, regresó a España. Que cuando intentaba ahogar su frustración en whisky, cosa que acostumbrará a hacer muy a menudo, la lavandera de la casa y su hijo se presentan ante él confesándole que, al igual que ellos, desciende de los aztecas, pero en su caso de una princesa; por lo que le pertenece el título de Alteza Imperial
De esta forma, Federico Grau Martínez se convierte en Grau Moctezuma y aprovecha su nuevo estatus para, con la ayuda de Franco que veía en un descendiente de mejicanos ilustres la posibilidad de recomponer las maltrechas relaciones con Méjico, introducirse en la alta sociedad barcelonesa a la que tima de una forma bastante rocambolesca que dejo que descubra el lector. 
Mientras leía Ese príncipe que fui, pensaba en otro novelista que se aproxima a las cuestiones históricas y sociales de modo similar, se trata de Eduardo Mendoza. También él se vale de la ironía y el esperpento para bajarnos de los pedestales y poner al descubierto nuestras vergüenzas; pero tanto el escritor español como el mejicano lo hacen de manera tan inteligente y en apariencia desenfadada, que sólo reflexionando después sobre lo que has leído, alcanzas a entender la profunda crítica que contiene.
 
 

 

 

 

 

 

domingo, 4 de octubre de 2015

CHARLOTTE

En la presentación de su último libro titulado La Zona de Interés, que tiene como tema central el Holocausto, Martin Amis se apoya en Primo Levi cuando éste dice que no debemos tratar de entender el Holocausto; apostillando el escritor inglés: Es un alivio no tener que hacerlo, porque va más allá de lo inhumano, es antihumano.
Sin embargo, yo, cada vez que leo un libro relacionado con ese terrible periodo de la historia del mundo, continúo preguntándome cómo pudo ocurrir algo así en la muy avanzada y civilizada Alemania. Cómo unos individuos, invocando la pretendida superioridad de la raza, en este caso aria, pudieron planificar la llamada solución final que condujo al asesinato de más de seis millones de personas: hombres, mujeres, ancianos y niños.
Pues bien, mientras leía el libro que hoy traigo a Optiks, que se titula Charlotte y está escrito por David Foenkinos, me he vuelto a hacer idéntica pregunta.
Por eso, al leer en el periódico las palabras que Martin Amis reproduce de Primo Levi, he pensado que quizá debo dejar de buscar una explicación al comportamiento antihumano de tantos, porque como ser humano que soy, jamás tendré la posibilidad de entenderlo.
Así que intentaré ceñirme a lo que David Foenkinos nos cuenta de Charlotte Salomón, una pintora alemana que, por el hecho de ser judía, es conducida a las cámaras de gas en Auschwitz el 10 de octubre de 1943; tenía veintiséis años y estaba embarazada de cinco meses.
Explica David Foenkinos que descubrió a Charlotte en una exposición de su pintura realizada hace ocho años. Ocho años en los que buscó información sobre ella, visitó los lugares donde vivió, preguntó a aquellos que podían saber algo de su historia y empezó a escribir muchas veces la obra que ahora publica, a la que califica de biografía emocional por el impacto que el conocimiento de la vida de esta joven mujer causó en él.
Ese impacto emocional determina la forma en que está escrito el libro y que sorprende al lector en un principio: frases cortas a semejanza de un largo poema de versos libres.  
Luego, cuando el relato va avanzando, entiendes que no hay mejor manera de expresar la emoción, el amor, el miedo, el horror que unas pocas palabras y un punto. Puede ser porque aquello que lees es tan terrible o tan hermoso que precisas de una pausa para asimilarlo. Porque el escritor pretende golpearnos con sus frases para que no olvidemos a Charlotte. O porque él mismo, impresionado por lo descubierto, es incapaz de construir una narración a base de palabras no esenciales, es decir, de relleno.
Charlotte, que ha logrado ya el Premio Renaudor y el Goncourt des Lycéens, es una obra que indigna, conmueve y pone de manifiesto una vez más el poder que la creación artística, la inspiración, el genio ejerce sobre el ser de una persona, hasta el punto, como en el caso de Charlotte Salomon, de alejarla de la depresión y del suicidio que acabó con varios miembros de su familia; así como convertir el producto de ese genio, una especie de autobiografía en la que intervienen la literatura, la pintura y la música, a la que ella llamó ”Leben? Oder Theater?” (¿Vida? O ¿Teatro?) en un canto de amor y de esperanza.