domingo, 27 de septiembre de 2015

UNA SUERTE PEQUEÑA

Cumpliendo el propósito que me hice la pasada semana, a pesar de que soy una lectora voraz de periódicos y estoy al día en las últimas noticias, me evado de la caótica realidad nacional sumergiéndome en las páginas de una novela recién publicada; su titulo es Una suerte pequeña y está escrita por la autora argentina Claudia Piñeiro.
Como mis conocimientos sobre dicha autora eran nulos, acudo a Wikipedia y descubro que, al igual que Raquel López Cascales, otra escritora de la que ya he hablado en este blog, Claudia Piñeiro fue primero contadora de historias; cuentista, se llama a sí misma Raquel.   
El hecho de haber sido contadora, de alguna forma, imprime carácter. Es lógico pues que Claudia Piñeiro diga, refiriéndose a Una suerte pequeña: Me gusta ese tipo de relato, en el que uno cuenta una historia y el otro espera que sigas.
La historia que contiene este libro está contada por su protagonista, Mari Lohan, una mujer que vive en Bostón, es viuda (aunque nunca llegase a casarse) de Robert Lohan, y regresa al país en el que nació y vivió de joven, Argentina, para determinar si su antiguo colegio, el Saint Peter, cumple los requisitos necesarios que le harán merecer la licencia Garlic. Licencia que se otorga a aquellos centros que utilizan una determinada metodología en el aprendizaje del inglés.
Poco a poco vamos descubriendo que Mary Lohan oculta su identidad con un nombre distinto (se llama en realidad María Elena Pujol), unas lentillas marrones, el pelo muy corto y teñido de pelirrojo y bastantes kilos menos. También descubrimos que vuelve a su tierra después de veinte años y que le obsesiona encontrarse con alguien a quien se refiere como él.
Intercalándose con lo que relata Mary Lohan, encontramos una serie de textos referidos a un tren que se aproxima, una barrera bajada y varios coches situados ante ella.
Como no quiero estropear la espera del posible lector, a la que se refiere Claudia Piñeiro, dejo aquí la narración del argumento de Una historia pequeña y me limito a expresar mi opinión sobre ella.
La semana pasada leí un nuevo libro de Alice Munro, el tercero que leo. Claudia Piñeiro reproduce al empezar el suyo unas líneas de la autora canadiense extraídas del relato “Las niñas se quedan”.
Quizá la influencia de estas lecturas, la forma de escribir especial que tiene Alice Munro, con esas frases tan cortas e intensas, ha hecho que las primeras páginas de Una suerte pequeña me hayan parecido algo embrolladas y con detalles destinados a alargar el texto.
Luego, a partir de la entrevista que Mary Lohan mantiene con Federico Lauría, la narración gana en interés y agilidad, en resumen, mejora de manera notable.
En Wikipedia también aparece que Claudia Piñeiro es guionista de cine. Está claro que el argumento de Una suerte pequeña podría dar lugar a una interesante película.
 

martes, 22 de septiembre de 2015

WILT. EN LA CASA DEL PADRE.

Aunque aún quedan bastantes libros de mi apetecible lote veraniego, por el momento voy a dejar de referirme a ellos. Es preciso ocuparse también de la gran cantidad que acaba de salir al mercado.
Mientras los busco, y para llenar el hueco de esta semana, traigo a Opticks otras dos obras del citado lote. Se trata de En la casa del padre, escrita por José Manuel Caballero Bonald y Premio Internacional Plaza & Janés 1988; y de Wilt, publicada en 1976 por Tom Sharpe.
De Caballero Bonald he leído poesía, es un extraordinario y reconocido poeta. De sus libros en prosa, empecé a leer hace algún tiempo Ágata ojo de gato y lo dejé porque me obligaba demasiado a consultar el diccionario. En la novela de la que hablo hoy, el vocabulario utilizado por el escritor jerezano también incluye palabras cuyo significado desconozco, pero sin llegar al derroche que contenía la que abandoné a poco de empezar.
De todas formas pienso que la obra En la casa del padre no ha envejecido bien. Dejando a un lado el estilo propio de este escritor, caracterizado por un estudiado barroquismo y un perfecto conocimiento de la lengua, que le lleva a construir unos párrafos dignos de estudio en clase de sintaxis y otros con alto contenido poético, el tema en sí: El proceso formativo de una familia que asciende desde un oscuro origen a la cúspide del poder social y económico, a través de su implicación en la industria vinícola, que incluye conexiones inglesas (recordemos que Caballero Bonald es de Jerez); proceso que conocemos gracias a un narrador y al nieto del fundador de la saga Romero-Bárcena que van alternándose en el relato, atrapa al lector pocas veces.
La historia de los Romero-Bárcena, que abarca una larga época, desde la 1ª Guerra Mundial hasta finales del franquismo, con la fundación, auge y declive del negocio del vino en Jerez, se centra en detalles familiares, en anécdotas, que no acaban de interesar y que hasta llegan a aburrir por la complicada forma de contarlas y la dificultad de encontrar un hilo conductor que relacione unas con otras. Quizá esas mismas historias hubiesen resultado interesantes como relatos independientes.
En resumen, prefiero al Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012, como poeta que como prosista A pesar de ello reconozco que su forma de escribir prosa demuestra que posee un extraordinario conocimiento de la lengua española y de todas sus reglas gramaticales y sintácticas.
De Tom Sharpe, que nació en Londres en 1928, dos años antes que Caballero Bonald, había leído ¡Ánimo  Wilt!, una obra posterior a la que comento hoy,  protagonizada por el mismo personaje.
Wilt es la primera novela de un conjunto de cinco que tienen a Henry Wilt y sus muchas y variadas tribulaciones como eje central. Recuerdo que ¡Ánimo Wilt! me gustó y divirtió bastante, pero sin llegar al entusiasmo que he sentido al leer ésta. El tratamiento que da el autor a las cuestiones que le preocupaban en 1976 podría aplicarse perfectamente a esas mismas cuestiones en el año actual. Además hacerlo a carcajada limpia. Falta tenemos de reírnos juntos.  
Hay quien dice que el humor de Tom Sharpe es corrosivo, a mí me parece que es un humor inteligente y certero: pone de manifiesto los defectos de las personas y entidades que aparecen en sus libros, pero como lo hace exagerando mucho y eso se nota, lo corrosivo se diluye y queda sólo la crítica y, vuelvo a insistir, la carcajada.
Reproduzco tal cual lo que dice el editor de Wilt en la presentación de la novela: Una enorme falsa en la que Tom Sharpe no deja títere con cabeza. Una carcajada estruendosa arrasa a los Machistas, las Feministas, los Progresistas, los Reaccionarios, los Pobres, los Ricos, la Policía, el Mundo de la Escuela, la Misión del Enseñante, los Jóvenes, los Adultos, los Curas… y, de paso, Tom Sharpe desacraliza el Sexo, el Psicoanálisis, la Justicia, el Arte, la Ciencia, etc.
Lo dicho, Wilt es un libro muy, pero que muy aconsejable. Se lo recomiendo a todo el mundo

miércoles, 16 de septiembre de 2015

EL PAN DE LOS AÑOS MOZOS. AURA

Dos libros más del lote veraniego. Dos joyas de la Literatura cuya brevedad corre pareja a su extraordinaria calidad. Se trata de El pan de los años mozos, obra de Heinrich Böll publicada en 1955; y de Aura, escrita por Carlos Fuentes que la publicó en 1962.
Del escritor alemán Heinrich Böll ya he hablado al comentar otra de sus obras, Opiniones de un payaso. Señalo de nuevo algunas de las características que destaqué entonces.
Es Heinrich Böll  una persona amante de la libertad, que critica el poder venga de donde venga; lúcido, profundo, reflexivo. En el análisis que realiza de los personajes y sus motivaciones huye de cualquier clase de sentimentalismo. Presenta a las personas tal y como son, insistiendo en la parte oscura y hasta negativa de cada uno.
El pan de los años mozos tiene 103 páginas. Nos cuenta la historia de un joven, Walter Fendrich, que recibe el encargo de recoger en la estación a una chica de su mismo pueblo que viene a la ciudad a trabajar de maestra.
La acción de la novela transcurre en un solo día en el que Walter, que tras muchos trabajos y penalidades ha conseguido estabilidad económica y sentimental como técnico de lavadoras en una empresa y novio de la hija del dueño, mientras piensa en ir o no a recoger a la chica, Hedwir Muller, de la que casi no se acuerda, rememora todo lo que ha vivido hasta esa fecha en plena posguerra alemana.
Entre los recuerdos del joven sobresale el hambre que ha pasado. Hambre que lo llevó a robar y mendigar por un poco de pan, y que, según mi opinión, más que el amor, resulta fundamental en el relato. La obsesión por el pan era tal que, cuando por fin el trabajo le proporcionó algún dinero, se dedicó a recorrer panaderías adquiriéndolo para regalarlo después.
El encuentro en la estación con Hedwir provoca en Walter una impresión tan intensa, que se enamora de ella de una manera total y absoluta, sin encontrar explicación lógica a ese deslumbramiento en apariencia compartido.   
Descubrir el final de la historia es tarea del posible lector. Sólo queda añadir que El pan de los años mozos permite a las personas que no hayan leído nada de este autor aproximarse a su forma de hacer literatura con más comodidad y facilidad que si eligen adentrarse en Opiniones de un payaso, obra más complicada y extensa.
La vida del escritor mejicano Carlos Fuentes fue bastante menos trágica que la de Heinrich Böll. Así que su literatura se inclina sobre todo por el estudio del pasado histórico de Méjico, la relación de estos territorios con España y un gusto por el misterio y por el mito.
En Aura, también de pocas páginas, sólo 62, el principal protagonista es Felipe Montero, joven historiador que trabaja como bibliotecario ganando lo mínimo y que, al leer en el periódico un anuncio en el que se solicita a un profesional con sus cualidades: ordenado, escrupuloso, conocedor de la lengua francesa, para un empleo muy bien pagado, decide presentarse y solicitar la plaza.
La calle que aparece en la dirección del periódico, (importan mucho las descripciones en Aura), está formada por viejos palacios coloniales. El que él ha de visitar, con balcones de celosía y gárgolas de arenisca, tiene las ventanas ensombrecidas por largas cortinas verdosas. La puerta cede al leve toque de los dedos. Felipe se adentra en la oscuridad del vestíbulo y una voz le va guiando por pasillos y escaleras al encuentro de Consuelo, la dueña de la casa. Consuelo, menuda y consumida, viuda de un general, desde la cama en la que está acostada, rodeada de santos y de velas, le explica en qué consistirá su trabajo: deberá completar las memorias de dicho general, recibiendo por ello una elevada suma, pero con la condición de permanecer en la casa hasta tenerlo terminado.
Al joven lo que le permite ver la penumbra en la que se mantiene la vivienda y el aspecto de ésta y de su dueña no le predisponen a aceptar la tarea. Entonces aparece Aura, sobrina de Consuelo, y sus impresionantes ojos verdes le impulsan a quedarse.
Explicado así, Aura tal vez no despierte el interés que haría necesaria su lectura. Sin embargo, a través de sus páginas nos adentramos en un mundo extraño y tenebroso lleno de misterios que escapan al entendimiento humano. Ha sido analizada por estudiosos de todas las lenguas buscando descubrir el simbolismo que representan objetos, animales y personas. Incluso hubo quien pensó prohibirla por obscena.
Lo dicho, una pequeña joya, precursora del realismo mágico, en la que no se desaprovecha ni una línea, y que, estoy segura, no dejará a nadie indiferente.   
 

 

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2015

LA FALSA PISTA. EL PREMIO

Tengo sobre la mesa un buen número de libros adquiridos en el mercadillo que organiza todos los años en agosto la biblioteca del pueblo en el que acostumbro a pasar dicho mes. Dos de estos libros, los primeros que he leído del lote, pertenecen al género de “novela negra” y fueron escritos con un año de diferencia, lo que me va a permitir hablar de ellos a la vez. Se trata de La falsa pista, publicado por Henning Mankel en 1995, y de El premio, que Manuel Vázquez Montalbán publicó en 1996.
De ambos autores he leído varias obras, así que puedo afirmar que La falsa pista está en la línea de las novelas que ya conozco del escritor sueco, protagonizadas por el detective de la policía Kurt Wallander.
Sin embargo, El premio, aunque también forme parte de las novelas de Vázquez Montalbán en las que otro detective, José Carvalho, que trabaja por libre, resuelva un complicado caso con asesinato incluido, posee peculiaridades especiales.
En La falsa pista Kurt Wallander, divorciado, aficionado al alcohol y a la comida basura, con cincuenta años cumplidos, un padre pintor que empieza a presentar síntomas de Alzheimer y una hija con la que se relaciona poco, se enfrenta al suicidio de una joven, que se quema a lo bonzo, y a una serie de asesinatos en apariencia rituales. El ritmo de la novela es ágil y el autor, experto en estas lides, consigue mantener el interés del lector en la investigación que lleva a cabo casi hasta la última página del libro.
En El premio lo que importa en sí no es la investigación de José Carvalho, que ha de custodiar, primero, al “rey de las finanzas” Lázaro Conesal y encontrar, después, a su asesino, sino la descripción del entorno del financiero. Algo que permite a Vázquez Montalván analizar con pocos miramientos la situación de España en los momentos en que el PSOE está a punto de perder el poder y la descomposición de la sociedad, representada aquí por personas pertenecientes al mundo de la cultura (escritores, críticos, editores, agentes literarios), de la política (aparecen Joaquín Leguina y Carmen Alborch) y de la economía (nobles, industriales, trepadores, arribistas) es un hecho.
Un envejecido y desengañado Carvalho, a punto de aceptar el caso de un desaparecido durante la dictadura argentina y viajar a Buenos Aires, quedándole sólo su afición a la buena cocina y a las bebidas alcohólicas de alto precio, es contratado por el hijo y heredero de Lázaro Conesal para que vele por la seguridad del mismo durante la entrega de un sustancioso premio literario creado por él.
La historia no es lineal, pasamos del hotel Venice, donde los selectos invitados, diseccionados por el autor sin compasión y con amarga ironía,  esperan conocer al ganador del premio, a Carvalho y su viaje a Madrid para vigilar a Conesal, a la muerte de éste, de nuevo a los invitados, y así de atrás adelante y de adelante atrás capítulo tras capítulo.
Quizá por ello la novela no es de fácil lectura y terminas un tanto despistado ante la cantidad de personas que podrían haber asesinado a Conesal.
Vázquez Montalbán, aprovechando las ocupaciones de los invitados al hotel, toca todos los temas, desde la arquitectura a la política, y no deja títere con cabeza.
Ese análisis crítico de la sociedad en la que se desarrolla la historia que aparece en el libro es común a los dos escritores. De hecho la concesión en el año 2006 del Premio Pepe Carvalho a Henning Mankel se basó en parte en que el escritor sueco aborda en sus obras críticamente los retos de la sociedad actual. En La falsa pista esa crítica existe y es dura y contundente, porque trata cuestiones relacionadas con la corrupción de menores y los lazos que tejen entre sí los poderosos corrompidos para salir indemnes de cualquier lance, pero, insisto, está dentro de una exhaustiva e inteligente operación policiaca. En El premio lo destacable es la visión caústica y despiadada que  Manuel Vázquez Montalbán nos transmite de unos individuos y una época histórica concreta.