lunes, 25 de mayo de 2015

EL VIAJERO DEL SIGLO

Día posterior a las elecciones y libro en Opticks para reflexionar sobre el presente con las luces que el pasado aporta. Se trata de El viajero del siglo, lo escribió Andrés Neuman, salió al mercado el año 2009 y fue Premio Alfaguara y Premio de la Crítica.
Para mí es un libro que enriquece al lector por el contenido y la forma. En él confluyen multitud de movimientos y estilos: romanticismo, barroco, clasicismo, vanguardias, novela policiaca y hasta ciencia ficción.
Gracias a las tertulias de un salón ilustrado, viajaremos por la Europa del siglo XIX: historia, política, religión, música, teatro, poesía…; lo que tal vez debiera conducirnos a conversar sin demasiado dogmatismo sobre la Europa del siglo XXI: nacionalismos, multiculturalismo, liberales y conservadores, izquierdas y derechas, unidad o división.
Y junto a todo ello, podremos disfrutar de la habilidad narrativa con la  que Andrés Neuman ha tejido el relato. Valiéndose de múltiples recursos, que van desde el uso de la prosa poética en ciertas descripciones, a la creación de distintos ambientes según destaque en ellos el amor, la denuncia social, la compasión, el miedo, el humor, la rabia, la añoranza o la simple ternura; a la traducción y el recitado de poemas y la representación leída de obras de teatro.
Lo anterior y mucho más, que intentaré resumir en pocas líneas, está integrado de forma magistral en una historia que interesa y apasiona desde la primera a la última página: la historia de Hans, un enigmático viajero que llega a la igualmente enigmática ciudad alemana de Wandernburgo.
Wandernburgo es una ciudad imaginaria, el autor la sitúa entre Sajonia y Prusia, y está rodeada por murallas que le confieren un aspecto fantasmal y amenazante. Hans, que viaja solo en el carruaje de postas y trae en el equipaje un gran arcón, de bastante importancia en el relato, se aloja en una posada de similar aspecto al de la ciudad en la que no planea quedarse.
Sin embargo, van pasando los días y Wandernburgo parece retener al viajero, mediante cambios casi imperceptibles en el paisaje y un cúmulo de acontecimientos enlazados que impiden su partida.
Al permanecer en la ciudad, Hans va intimando con la familia del posadero, el señor Zeit, formada por su mujer y sus hijos Lisa y Thomas; con el viejo organillero que toca el organillo en la Plaza del Mercado y posee una sabiduría innata en comunión con la naturaleza y con su perro Franz; a los amigos del organillero: Lambertg, obrero en una fábrica textil, que servirá al autor para presentar los conflictos sociales y laborales que surgen en Europa tras la Revolución Industrial; y Reichardt, jornalero eventual en unos campos en los que las máquinas empiezan ya a sustituir a los humanos.
La condición de forastero de Hans lleva a las autoridades de la ciudad a invitarle a una recepción a la que asiste la alta sociedad wandernburguesa. En la recepción, el joven conoce al señor Gottileb que lo invita a su vez a tomar el té en la vivienda que comparte con su hija Sophie y varios criados.
Sophie es una joven ilustrada que gusta organizar en su casa reuniones en las que se debate sobre una gran cantidad de temas. Pronto Hans se incorpora a esas reuniones, demuestra sus conocimientos en todos los campos, se enamora de Sophie, ella le corresponde, aunque está prometida con un acaudalado heredero, y ambos viven en secreto, con la complicidad de la criada de Sophie, Elsa, un apasionado romance.
Mientras, en Wandernburgo se vienen produciendo una serie de ataques nocturnos a mujeres que la policía investiga con poco éxito hasta casi el final de la novela.
El viajero del siglo tiene 531 páginas y una densidad tal, que es muy complicado resumir todo lo que puede aportar al lector. Muchos de los personajes que aparecen son arquetípicos. Por ejemplo, Sophie representa la naciente emancipación femenina. El párroco Pigherzog el clericalismo más añejo. El profesor  Mietter, gran erudito que acude a las tertulias, el conservadurismo absolutista. El español Álvaro, tertuliano también, el liberalismo nostálgico. El viejo organillero, la sabiduría popular. Hans la libertad de pensamiento y acción, la nobleza de espíritu, la curiosidad, las ganas de saber sin restricciones.
El desenlace de todo lo contado hasta ahora, deberá descubrirlo el posible lector. Mi consejo es que acojan a El viajero del siglo de Andrés Neuman como uno de esos libros especiales que enseñan, emocionan, divierten e impulsan a pensar y dialogar sobre el futuro y el presente, a la luz de lo que conocemos del pasado.

lunes, 18 de mayo de 2015

EN LA TIERRA DE LOS PASOS PERDIDOS

Cuando mi amiga Mila me prestó el libro que hoy traigo a Opticks: En la tierra de los pasos perdidos de la escritora Stefanie Gercke, lo hizo diciendo que le encontraba bastantes similitudes con El tiempo entre costuras de María Dueñas. Al terminar de leerlo, comprendí que tenía razón. Veamos por qué:
En primer lugar, se trata de una novela de muchas páginas, quinientas setenta y cuatro. En segundo lugar, la protagonista es una habilidosa y cotizada costurera. En tercer lugar, existe como marco una época histórica convulsa, aquí la Sudáfrica del apartheid. En cuarto lugar, contiene los ingredientes que caracterizan a esta clase de relatos: amor, violencia e intriga. En quinto lugar, es un libro pensado para gustar sobre todo a mujeres.
Visto lo cual, absténganse puristas y exquisitos, críticos ellos con los culebrones; En la tierra de los pasos perdidos es eso, un culebrón, pero con la singularidad de que logra entretener y atrapar la atención de las lectoras, pasadas las primeras páginas que encuentro algo titubeantes.
Dicho lo cual y dejando a un lado la seguridad del entretenimiento, pienso que el principal valor de En la tierra de los pasos perdidos reside en la descripción que Stefanie Gercke realiza de los paisajes sudafricanos, ella vivió en Sudáfrica bastantes años, así como de los conflictos existentes entre la población blanca y la de color (negros e hindúes); conflictos que obligaron a la autora a abandonar el territorio, al que regresó tras ser elegido presidente del país Nelson Mandela.
En la tierra de los pasos perdidos nos cuenta una parte de la vida de Henrietta, hermosa joven alemana, nacida en África pero residente en Hamburgo, a la que sus padres, considerándola demasiado rebelde, la envían a la ciudad de Durban en Sudáfrica a casa de unos parientes. Pronto Henrietta comprobará las diferencias sociales que existen en dicha ciudad y se verá envuelta en convencionalismos y rencillas que alterarán el recuerdo difuso que guarda de su breve experiencia africana.
Insisto en que los convencionalismos, las rencillas, las injusticias que se cometen con la población de color, los abusos de la policía y el servicio secreto (BOSS) creado por los blancos, así como las primeras actividades revolucionarias del CNA y Mandela, están bien descritas y aportan la credibilidad necesaria para que la novela interese.
El amor entre Henrietta y el atractivo Ian Cargill, factor imprescindible en cualquier culebrón que se precie, pero algo exagerado y un tanto empalagoso, es lo que quizá, siempre a mi parecer, conecta la novela más con el público femenino que con el masculino. Aunque no desearía que nadie se sintiese ofendido/a con esta personal apreciación.
 

 

 

domingo, 10 de mayo de 2015

LA ACABADORA

Michela Murgia es una escritora italiana nacida en Cerdeña enamorada de su tierra y aficionada a la cocina.
Cuando Michela Murgia era adolescente, su opción por estudiar una carrera y la negativa de su padre a costearle los estudios, ya que deseaba se incorporase al negocio familiar (un pequeño restaurante), hizo que decidiese convertirse en “fill´e  anima”; lo que significaba pasar a vivir con otra familia, partidaria ésta sí de que estudiase, sin renunciar a los vínculos que la ligaban a la propia.
Todo lo anterior, con los elementos adecuados a la época en la que se desarrolla la historia, mediados del siglo XX, los encontramos en la novela de Michela Murgia, que le ha valido numerosos e importantes premios, y que titula La acabadora.
Parece ser que las acabadoras eran mujeres encargadas de ayudar a morir a las personas para las que no había remedio alguno y estaban a las puertas de la muerte. Esa costumbre de la Cerdeña rural ha desaparecido, pero aún se recuerda colocando un pequeño yugo de madera bajo la almohada del moribundo.
En la novela de Michela Murgia, escrita en tercera persona, la protagonista es una acabadora, Bonaria Urrai, que acepta como fill´e anima a Maria Listru, niña de seis años y cuarta hija inesperada de una viuda con escasos recursos.
El prometido de Bonaria Urrai desapareció en la última guerra y ella nunca se casó; ahora trabaja de modista y ocupa una buena posición económica, así que atiende a la pequeña con esmero y le proporciona toda clase de cuidados.
Los años pasan hasta que Maria, aplicada y culta adolescente, descubre por una serie de circunstancias dramáticas que es mejor no revelar aquí, el oficio secreto de la que considera su segunda madre, aunque nunca se haya dirigido a la mujer con ese nombre; ese descubrimiento provocará un cambio radical en la vida de la muchacha.
Según he señalado al principio, en La acabadora se refleja el amor de Michela Murgia por su Cerdeña natal. Describe a las personas, los paisajes, los usos y las tradiciones con un lenguaje preciso y poético, que te impulsa a releer párrafos enteros para disfrutar de la exquisita técnica que práctica. Se detiene en detalles que esconden significados profundos llenos de humanidad y ternura. Detalles que podemos ver, por ejemplo, en las conversaciones que mantienen Bonaria y Maria.
Como aficionada a la cocina, utilizando la lengua sarda, enumera los ingredientes y explica la preparación de las comidas, en especial los dulces, más significativos de la zona propios de cada fiesta o ceremonia. Algo que también hace al hablar de costumbres y supersticiones antiguas.
Su forma de narrar y profundizar en el carácter de los personajes logra que todos resulten creíbles: los niños, las vecinas chismosas, los señores de la ciudad, los familiares de Maria…
En resumen, La acabadora de Michela Murgia es un libro muy recomendable, de los que suelen conservarse siempre en la memoria, por la historia que cuenta, eutanasia incluida, y la excepcional manera de contarla.
 

 

 

 

 

 

domingo, 3 de mayo de 2015

EL JARDÍN DE LA MEMORIA

Fue un otoño extraordinario. El otoño en el que tú me enseñaste a vivir y yo te enseñé a morir”. Así comienza la presentación que Lea Vélez realiza de su libro El jardín de la memoria, y que podemos leer en la contraportada del mismo. En el otoño extraordinario al que se refiere murió de cáncer, tras luchar varios años con la enfermedad, George Collinson, su marido.
Ese comienzo adelanta en cierto modo el contenido del relato. Lea Vélez mira la muerte cara a cara, sin obviar ninguno de los detalles que suelen acompañarla, tanto médicos como burocráticos, pero lo hace con la naturalidad, la sencillez y hasta el humor de las personas elegidas por la fortuna que han tenido la dicha de vivir un amor capaz de colmar de belleza y sentido la despedida del ser amado; hasta el punto de concretarla en un último proyecto compartido: el libro cuyas páginas llenan entre los dos y que Lea Vélez publicará, a los tres años de haber muerto George, titulándolo El jardín de la memoria. “Cuando el futuro tiene un límite fijado, todas las pequeñeces y mezquindades desaparecen y surge la belleza del amor absoluto, porque cada momento podría ser el último”.
Así que El jardín de la memoria, aunque hable de la muerte, no entristece, sino que trasmite paz; rechaza muchos estereotipos en una sociedad que no prepara para la única cosa de la que todos estamos seguros, y modifica la percepción que algunos tienen de que la muerte con todo acaba.
“Tres años después de aquel otoño me siento plena sabiendo que ganamos y que había que contarlo”. Con esa idea, Lea Vélez publica El jardín de la memoria, y lo adecuado del nombre lo entendemos conforme vamos avanzando en la lectura de las distintas historias, relacionadas todas con la memoria, que se alternan y entrelazan a lo largo de las páginas del libro.
La primera es la muerte de George, mejor dicho, la preparación para esa muerte que el oncólogo anuncia a Lea, y que hace que ella, además de implicarlo en el proyecto del libro que tiene en mente, recoja toda clase de detalles con la intención de que sus dos hijas pequeñas, a las que no aleja de la casa, sino que continúan la rutina normal, llenando de risas, besos y juegos infantiles los últimos días del enfermo, conserven la memoria del padre y le conozcan, no sólo por su vida, sino también por la manera de morir. “Vivimos en la queja permanente y la persona a la que tanto quería se murió sin quejarse”.
La segunda tiene como protagonista a Francesc Boix, un fotógrafo republicano español que, estando prisionero en el campo de concentración de Mauthausen, consiguió hacer y preservar una serie de fotografía que reflejaban el horror padecido. Fotografías que sirvieron, por su empeño personal, para testificar en los juicios de Núremberg. La vida de este fotógrafo, un luchador optimista y solidario que aseguró la memoria del horror en unas fotos, siempre interesó a George.
La tercera, Lea la encuentra por casualidad en unas cajas con cartas familiares que guarda su marido. Las cartas corresponden a la correspondencia mantenida en 1957 por el hermano de George, Stephen, con su familia y amigos de la escuela, tras ingresar en un hospital aquejado de leucemia. Según cuenta George, la muerte de Stephen, un niño muy inteligente y el preferido de su padre, hizo que éste optase por no hablar de lo sucedido enrareciendo la vida familiar.
La lectura de las cartas y lo que Lea averigua de aquel tiempo, aclara malentendidos y logra que George se reconcilie con la memoria de su pasado.
El jardín de la memoria es uno de esos libros sobre los que apetece hablar en profundidad con otras personas. No parece que la forma de reaccionar de George y Lea ante la llegada de la muerte sea muy común, parece más bien propia de seres especiales. Seres que como Lea, tras esparcir las cenizas de su marido en el jardín que rodea la abadía de Malmesbury, sean capaces de sentir lo que expresa este párrafo:
“Entro de nuevo en este otro jardín, El jardín de la memoria, ojeo sus páginas, riego con cuidado el primer beso que nos dimos y ese último que a veces es como el primero de un nuevo cariño real, invisible. Ahora estás hecho de un aire que empuja con constancia mi columpio. Subo y bajo, y veo más allá de los campos y de los tejados, entendiendo cómo hay que vivir”.