martes, 24 de febrero de 2015

COMO LA SOMBRA QUE SE VA

Como la sombra que se va es el título del último libro escrito por Antonio Muñoz Molina que ha ocupado mi tiempo de lectora durante varios días.
Un libro que ahora, ante la hoja en blanco, me cuesta bastante comentar, porque no se trata de una novela, aunque el autor nos explique el proceso de creación  de la primera  novela que publicó, El invierno en Lisboa. Tampoco se puede definir como una biografía, aunque sean varios los personajes “biografiados”.
Incluso, si dejándonos llevar por ciertas modas, decidiéramos considerarlo  como “metaliteratura”, estaríamos faltando a la verdad, ya que Muñoz Molina no sólo se refiere al hecho de escribir y cita a escritores que influyeron en su manera de hacer y pensar, por ejemplo, Bioy Casares o Juan Carlos Onetti, sino que hace una profunda reflexión sobre su trayectoria como ser humano y nos cuenta gran parte de la vida de James Earl Ray, el hombre que asesinó a Martin Luther King, personaje que también analiza, junto con la situación de la población negra durante muchos años en Estados Unidos.
El libro empieza y termina en Lisboa, descrita de forma magistral, pero en él hay otras ciudades que son importantes, sobre todo Granada, en la que Muñoz Molina, a punto de cumplir 31 años, con un hijo y en espera de otro, trabajando de funcionario en el Ayuntamiento, inicia una novela que le impulsará a viajar a la capital portuguesa en un fin de semana de 1987 para encontrar ideas que den más consistencia a lo que escribe.
Junto a Granada y Lisboa, Muñoz Molina habla de Madrid y de Memphis, ciudad en la que Martin Luther King fue asesinado el 4 de abril de 1968.
Teniendo en cuenta lo anterior, podríamos dividir Como la sombra que se va en tres partes. En la primera, Antonio Muñoz Molina reflexiona sobre la creación literaria, de la que él mismo, hombre con todas sus dudas y contradicciones, es protagonista. Destaco aquí la enorme honestidad del escritor que, mirando al pasado, reconoce el daño que causó en aquellos que tenía más cerca, abstraído como se encontraba en una búsqueda interior de algo que, junto a, en un tiempo estímulos externos, quizá “literarios” pero poco recomendables, contribuyese a llenar  sus vacíos.
En la segunda parte, que se alterna con la primera, Muñoz Molina nos presenta a James Earl Ray en el momento en el que, con un pasaporte falso a nombre de Ramón George Sneyd, llega a Lisboa, porque piensa que desde la capital de Portugal le será fácil viajar a alguna de las antiguas colonias del país, Angola, Mozambique, escapando así de la policía. La vida de este hombre desde que nace en una desastrosa familia, hasta que entra en la cárcel dos meses después de la muerte de Luther King, está narrada con detalles minuciosos extraídos de las investigaciones policiales y periodísticas realizadas tras la muerte del pastor protestante y Premio Nobel.
En la trayectoria del escritor de Úbeda, al que más que juzgar le gusta presentar a los personajes y a sus circunstancias para que el lector extraiga sus propias conclusiones, James Earl Ray inspira, al menos en mi caso, compasión.
La tercera parte del libro se ocupa de otro ser humano, Martin Luther King, con circunstancias muy diferentes al anterior, pero que le llevaron por caminos que, en ocasiones, le dan pavor y se cuestiona. Había que hacerlo, resultaba preciso que alguien iniciase un movimiento de defensa de los derechos humanos tan pisoteados en su país. Pero, ¿por qué él?, ¿merecía la pena el esfuerzo?, ¿todo a su alrededor era tan auténtico como parecía?... Interrogantes, insisto, de un ser humano solo ante sí mismo. Los tres protagonistas de cómo la sombra que se va, aunque sea de manera distinta, están solos.
Vuelvo a decir que, a excepción de lo que concierne a la estancia de Luther King en Menphis, cuando hace balance de su vida poco antes de ser asesinado, el relato contenido en Como la sombra que se va no es lineal, el escritor habla desde el recuerdo y la investigación, aplicando lo descubierto a su vida de ahora.
Una vida en la que el amor ocupa un lugar muy importante. Un aspecto más destacable en Como la sombra que se va: la declaración de amor que supone lo escrito en muchas de sus páginas de Antonio Muñoz Molina hacia Elvira Lindo, su actual compañera.
En resumen, Como la sombra que se va es uno de esos libros, no de fácil lectura, con una enorme riqueza de contenido, una riqueza  difícil de abarcar en las pocas líneas de que dispongo.

domingo, 15 de febrero de 2015

MÚSICA DE CÁMARA

Hace algún tiempo me regalaron la novela que hoy traigo a Opticks. Se trata de Música de cámara, lo escribió Rosa Regàs y mereció en 2013, según criterio del jurado, el Premio Biblioteca Breve que le otorgó la editorial Seix Barral.
La acción del libro se desarrolla, sobre todo, en la Barcelona de posguerra. Su protagonista principal, Arcadia, hija de un maestro republicano que huye a Francia después de la guerra civil junto con su esposa e hija, regresa a España acompañada por su tía Inés que ha ido a buscarla al morir sus padres en un accidente ferroviario. La tía Inés trabaja en Correos, ya que consiguió ocultar sus ideales republicanos y, gracias a ello, no fue represaliada por el régimen franquista.
En esa ocultación vive también Tobías, otro maestro republicano, éste sí represaliado, que trabaja en la resistencia a la Dictadura y que ha suplantado la identidad de un compañero muerto en el campo de concentración francés en el que encerraron, en condiciones terribles, a muchos refugiados españoles.
Al llegar a España, Arcadia, que tiene 12 años y fue educada por su padre en el laicismo y los principios republicanos, es matriculada por la tía Inés en un colegio de monjas, donde debe fingir docilidad ante el adoctrinamiento al que la someten y el desprecio de sus compañeras que la consideran inferior.
Lo único que hace feliz a la jovencita son las clases de viola, que comenzó en Francia y ha seguido en España al margen de la escuela. Terminada la etapa escolar obligatoria, Arcadia continúa con las clases en el conservatorio del Liceo, proyectando formar con otros compañeros una pequeña orquesta de cámara.
Sus proyectos se ven interrumpidos cuando conoce a Javier, joven estudiante de Derecho que hace el Servicio Militar y pertenece a una rica familia catalana adicta a Franco y, por tanto, favorecida por el dictador. Arcadia y Javier se enamoran y, pese a la oposición inicial de la familia que no creen a la chica digna del muchacho, se casan y, tras un largo viaje de novios por diversas ciudades europeas, pasan a vivir en un enorme piso con varios sirvientes.
Los padres de Javier intentan controlar a los recién casados, así como un cura, antiguo profesor del chico que los invita a unas reuniones de matrimonios jóvenes, en las que se aplica en inculcarles la más rancia de las ideologías.
Y ahí hemos llegado, y ahí me quedo, en la ideología. En los inicios de este blog, dediqué dos semanas a analizar libros en los que el componente ideológico determinaba de tal modo la historia que, a no ser que el lector compartiese de manera rotunda y total la ideología del autor o autora, la calidad literaria de la obra en cuestión se veía afectada.
Esto sucede, a mi parecer, siempre a mi parecer, con Música de cámara de Rosa Regàs. Los protagonistas del relato son personajes panfleto al servicio de una ideología. De hecho, aunque la narradora principal sea Arcadia, algunos de ellos, Javier, padre de Javier, tía Inés, cura que lleva los grupos de matrimonios, intervienen en primera persona para dejar constancia, en positivo si pertenecen a la izquierda y en negativo los adeptos a Franco y a la iglesia, de su forma de pensar y sentir.
Recuerdo otro Premio Biblioteca Breve, cuyo argumento también se desarrolla en Barcelona, así como un Premio Nadal, ambos, al igual que Música de Cámara, relatos de posguerra, en los que los distintos personajes, de carne y hueso, no están al servicio de una determinada ideología. Me refiero a las novelas Últimas Tardes con Teresa de Juan Marsé y Nada de Carmen Laforet; Literatura con mayúscula.

 

 

 

lunes, 9 de febrero de 2015

Y DE REPENTE, TERESA

Cuenta Jesús Sánchez Adalid, al final de su libro Y de repente, Teresa, que dicha obra responde al encargo que le hizo en 2012 el padre Emilio Martínez, vicario general de la Orden Carmelita Descalza, con motivo de la conmemoración en este 2015 del V Centenario del Nacimiento de santa Teresa.
Teniendo en cuenta el encargo y conocida la trayectoria del escritor extremeño en el campo de la novela histórica, entendemos por qué Y de repente, Teresa no es una biografía; y aunque el tema central, elegido según él por su menor conocimiento, sean los problemas que Teresa de Ávila tuvo con el Tribunal de la Inquisición, de hecho los principales protagonistas pertenecen al Santo Oficio, no incide demasiado en los métodos y costumbres del Tribunal citado. Dicho en forma simplista, da mayor importancia a los inquisidores buenos que a los malos. Característica ésta muy significativa de las novelas de Sánchez Adalid, en las que siempre el bien supera al mal.
La Inquisición vigilaba a Teresa por diversas razones, Jesús Sánchez Adalid en Y de repente, Teresa pone de manifiesto cuatro: La primera tiene que ver con la época en la que se desarrolla el relato, siglo XVI, Carlos I retirado en Yuste, pero obsesionado aún por las conclusiones del Concilio de Trento y el avance del luteranismo en Europa, y su hijo Felipe II, rey ya, dispuesto a seguir adelante con los principios de la Contrarreforma. En ese ambiente de lucha contra la herejía y exaltación del catolicismo, proliferan los llamados “alumbrados”, personas que dicen tener experiencias místicas que se comprueban falsas en la mayoría de los casos. De ahí surge la segunda razón, Teresa de Jesús en el titulado Libro de la vida refiere experiencias sobrenaturales experimentadas por ella, misticismo que los censores hallan también en sus poemas y que juzgan exagerado e incomprensible.
La tercera razón la encontramos en los antepasados de Teresa, ya que su abuelo paterno, judío converso, fue condenado a llevar el sambenito siete viernes porque no se creía que su conversión fuese verdadera. Finalmente, las falsas acusaciones de ciertas damas de aquel tiempo que pretendían controlar a la fundadora del Carmelo renovado, constituirían la cuarta razón.
Todo esto lo vamos sabiendo, conforme avanza la narración, por las conversaciones de los personajes y lo expuesto por el autor mismo, que es quien cuenta la historia, después de haberse documentado ampliamente sobre todo lo que nos explica.
Siguiendo las técnicas de la novela histórica, Jesús Sánchez Adalid hace coincidir personajes y acontecimientos reales con otros inventados. Así Fray Tomás, el joven dominico y personaje principal, convertido en inquisidor por santa obediencia, y Don Luis María Monroy de Villalobos, caballero de Alcántara que aparece en varias de sus novelas, son inventados y conviven con los príncipes de Éboli, el teólogo y escritor Domingo Báñez o una de las acusadoras de Teresa, María del Corro, por citar algunos de los muchos nombres que hay en el libro.
Creo que una de las razones del nombre de la obra, Y de repente, Teresa, sea que Teresa de Jesús aparece al final, cuando, estando en el convento que ha fundado en Sevilla, es denunciada ante la Inquisición de la ciudad por María del Corro. De todas formas, en esas pocas páginas, Jesús Sánchez Adalid consigue transmitirnos qué clase de mujer era Teresa: espiritual, alegre, sencilla, valiente, culta.
Y de repente, Teresa se completa con una breve biografía de la santa, la bibliografía relacionada con lo expuesto y la explicación que Jesús Sánchez Adalid da de la génesis de esta novela y el objetivo que tuvo al escribirla.
Objetivo que, tras su lectura, considero ampliamente cumplido.
 

domingo, 1 de febrero de 2015

SI NO FUERA POR ESTOS RATICOS

En noviembre de 2014, en el programa “No es un día cualquiera” que dirige la periodista Pepa Fernández y que, con motivo de la campaña “Un juguete, una ilusión”, se realizó en Ibi, la citada periodista entrevistó a José Manuel Puebla, presentando a la vez el libro de este autor que hoy traigo a Opticks: Si no fuera por estos raticos.
José Manuel Puebla es un humorista gráfico, así que en Si no fuera por estos raticos recoge múltiples viñetas que, en el caso del libro citado y según su autor, han de contribuir a que nos riamos de la crisis.
Admirador de Antonio Mingote, al que sustituye en el diario ABC, y también de Antonio Fraguas (Forges) y Andrés Rabago (El Roto), José Manuel Puebla pretende que su humor sea una especie de bálsamo en la complicada situación actual, de la que denuncia todo aquello que considera negativo, pero lo hace sin perversidad, sin pretender herir a nadie.
José Manuel Puebla observa la realidad social, política y económica que vivimos: paro, corrupción, deficiencias en la sanidad, la educación, las instituciones, la familia, el deporte, etc. y después, con un dibujo genial y una frase, nos cuenta lo que ve, que es lo mismo que podemos ver otras personas aunque no sepamos expresarlo.
Así, refiriéndose a los políticos, un ciudadano dice: -Nos prometen la Luna, y cuando llegan al poder, nos exigen que seamos realistas. En otro caso son dos, ciudadano y ciudadana los que comentan. Él: -¡Bueno, ya está, se acabaron las elecciones, la campaña electoral… A ver si se ponen ya a trabajar por nosotros. Ella: -¡Qué va! Si ahora empieza la campaña de toma de temperatura, la campaña de hasta dónde estás dispuesto… Vamos, la campaña pactoral.
Al variado repertorio de viñetas referidas a los políticos, se unen las que aluden a la crisis económica. Por ejemplo, vemos a dos mendigos sentados en la calle, uno reflexiona:- No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita. El otro reacciona alarmado: -Sssssh ¡No des ideas, compadre!
O la conversación entre dos parados: -Y cuando tengamos curro, ¿qué preferirás: una reducción de sueldo o trabajar un par de horas semanales más? Respuesta: -No empecemos con el cuento de la lechera. Y en la cola del paro: -Podría asumir la jubilación a los 67 años, pero me gustaría trabajar antes.
Así, viñeta tras viñeta, en el libro de José Manuel Puebla vamos encontrando representadas las cuestiones que a diario nos complican la vida o nos preocupan, protagonizadas por personajes  con los que nos podemos identificar.
De este modo, Si no fuera por estos raticos se convierte en el testimonio de una época y de una sociedad. Es como un libro de historia, historia gráfica que el humor y la caricatura dulcifican para que no duela tanto el daño que nos hacen la corrupción, el paro, los desahucios, las chapuzas, la irresponsabilidad, la manipulación, el sectarismo, la violencia, las desigualdades, la falta de civismo, etc.
José Manuel Puebla fue profesor antes de dedicarse por completo al humorismo gráfico. Sus viñetas alusivas a la educación parten, pues, del propio conocimiento. La madre que riñe a su vástago malhumorado: -¿Se puede saber por qué no le haces caso al mindundi de tu maestro? O los dos niños vestidos de futbolistas contemplando una batalla campal entre sus padres: -Si yo en realidad vengo por mi padre. -Y yo, así me llega más relajado a casa. O la profesora que se lamenta: -Nuestro sistema educativo parte de premisas irreales propuestas por pedagogos que no han vuelto a pisar un aula desde que se licenciaron.
Termino la reseña de este libro que recomiendo, porque las palabras sin los dibujos que las acompañan significan muy poco para el lector y merece la pena tener en cuenta a este sagaz humorista murciano, cuyos méritos son ya reconocidos tanto en España como fuera de ella, con dos referencias al mal de los móviles y otros soportes electrónicos que, por desgracia, aqueja cada vez más a mucha gente. Dos personas comparten mesa en un restaurante y alaban a través del móvil las excelencias de la comida. La madre anima al hijo adolescente que, tumbado en el sofá, se expresa a través de las caritas o emoticonos de su móvil: -Vamos a pasarlo genial, tenemos un plan en familia estupendo. El padre añade, ante la proliferación de caritas, -Echo de menos cuando nos contestaba con monosílabos.