domingo, 6 de septiembre de 2015

LA FALSA PISTA. EL PREMIO

Tengo sobre la mesa un buen número de libros adquiridos en el mercadillo que organiza todos los años en agosto la biblioteca del pueblo en el que acostumbro a pasar dicho mes. Dos de estos libros, los primeros que he leído del lote, pertenecen al género de “novela negra” y fueron escritos con un año de diferencia, lo que me va a permitir hablar de ellos a la vez. Se trata de La falsa pista, publicado por Henning Mankel en 1995, y de El premio, que Manuel Vázquez Montalbán publicó en 1996.
De ambos autores he leído varias obras, así que puedo afirmar que La falsa pista está en la línea de las novelas que ya conozco del escritor sueco, protagonizadas por el detective de la policía Kurt Wallander.
Sin embargo, El premio, aunque también forme parte de las novelas de Vázquez Montalbán en las que otro detective, José Carvalho, que trabaja por libre, resuelva un complicado caso con asesinato incluido, posee peculiaridades especiales.
En La falsa pista Kurt Wallander, divorciado, aficionado al alcohol y a la comida basura, con cincuenta años cumplidos, un padre pintor que empieza a presentar síntomas de Alzheimer y una hija con la que se relaciona poco, se enfrenta al suicidio de una joven, que se quema a lo bonzo, y a una serie de asesinatos en apariencia rituales. El ritmo de la novela es ágil y el autor, experto en estas lides, consigue mantener el interés del lector en la investigación que lleva a cabo casi hasta la última página del libro.
En El premio lo que importa en sí no es la investigación de José Carvalho, que ha de custodiar, primero, al “rey de las finanzas” Lázaro Conesal y encontrar, después, a su asesino, sino la descripción del entorno del financiero. Algo que permite a Vázquez Montalván analizar con pocos miramientos la situación de España en los momentos en que el PSOE está a punto de perder el poder y la descomposición de la sociedad, representada aquí por personas pertenecientes al mundo de la cultura (escritores, críticos, editores, agentes literarios), de la política (aparecen Joaquín Leguina y Carmen Alborch) y de la economía (nobles, industriales, trepadores, arribistas) es un hecho.
Un envejecido y desengañado Carvalho, a punto de aceptar el caso de un desaparecido durante la dictadura argentina y viajar a Buenos Aires, quedándole sólo su afición a la buena cocina y a las bebidas alcohólicas de alto precio, es contratado por el hijo y heredero de Lázaro Conesal para que vele por la seguridad del mismo durante la entrega de un sustancioso premio literario creado por él.
La historia no es lineal, pasamos del hotel Venice, donde los selectos invitados, diseccionados por el autor sin compasión y con amarga ironía,  esperan conocer al ganador del premio, a Carvalho y su viaje a Madrid para vigilar a Conesal, a la muerte de éste, de nuevo a los invitados, y así de atrás adelante y de adelante atrás capítulo tras capítulo.
Quizá por ello la novela no es de fácil lectura y terminas un tanto despistado ante la cantidad de personas que podrían haber asesinado a Conesal.
Vázquez Montalbán, aprovechando las ocupaciones de los invitados al hotel, toca todos los temas, desde la arquitectura a la política, y no deja títere con cabeza.
Ese análisis crítico de la sociedad en la que se desarrolla la historia que aparece en el libro es común a los dos escritores. De hecho la concesión en el año 2006 del Premio Pepe Carvalho a Henning Mankel se basó en parte en que el escritor sueco aborda en sus obras críticamente los retos de la sociedad actual. En La falsa pista esa crítica existe y es dura y contundente, porque trata cuestiones relacionadas con la corrupción de menores y los lazos que tejen entre sí los poderosos corrompidos para salir indemnes de cualquier lance, pero, insisto, está dentro de una exhaustiva e inteligente operación policiaca. En El premio lo destacable es la visión caústica y despiadada que  Manuel Vázquez Montalbán nos transmite de unos individuos y una época histórica concreta.     

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