domingo, 3 de mayo de 2015

EL JARDÍN DE LA MEMORIA

Fue un otoño extraordinario. El otoño en el que tú me enseñaste a vivir y yo te enseñé a morir”. Así comienza la presentación que Lea Vélez realiza de su libro El jardín de la memoria, y que podemos leer en la contraportada del mismo. En el otoño extraordinario al que se refiere murió de cáncer, tras luchar varios años con la enfermedad, George Collinson, su marido.
Ese comienzo adelanta en cierto modo el contenido del relato. Lea Vélez mira la muerte cara a cara, sin obviar ninguno de los detalles que suelen acompañarla, tanto médicos como burocráticos, pero lo hace con la naturalidad, la sencillez y hasta el humor de las personas elegidas por la fortuna que han tenido la dicha de vivir un amor capaz de colmar de belleza y sentido la despedida del ser amado; hasta el punto de concretarla en un último proyecto compartido: el libro cuyas páginas llenan entre los dos y que Lea Vélez publicará, a los tres años de haber muerto George, titulándolo El jardín de la memoria. “Cuando el futuro tiene un límite fijado, todas las pequeñeces y mezquindades desaparecen y surge la belleza del amor absoluto, porque cada momento podría ser el último”.
Así que El jardín de la memoria, aunque hable de la muerte, no entristece, sino que trasmite paz; rechaza muchos estereotipos en una sociedad que no prepara para la única cosa de la que todos estamos seguros, y modifica la percepción que algunos tienen de que la muerte con todo acaba.
“Tres años después de aquel otoño me siento plena sabiendo que ganamos y que había que contarlo”. Con esa idea, Lea Vélez publica El jardín de la memoria, y lo adecuado del nombre lo entendemos conforme vamos avanzando en la lectura de las distintas historias, relacionadas todas con la memoria, que se alternan y entrelazan a lo largo de las páginas del libro.
La primera es la muerte de George, mejor dicho, la preparación para esa muerte que el oncólogo anuncia a Lea, y que hace que ella, además de implicarlo en el proyecto del libro que tiene en mente, recoja toda clase de detalles con la intención de que sus dos hijas pequeñas, a las que no aleja de la casa, sino que continúan la rutina normal, llenando de risas, besos y juegos infantiles los últimos días del enfermo, conserven la memoria del padre y le conozcan, no sólo por su vida, sino también por la manera de morir. “Vivimos en la queja permanente y la persona a la que tanto quería se murió sin quejarse”.
La segunda tiene como protagonista a Francesc Boix, un fotógrafo republicano español que, estando prisionero en el campo de concentración de Mauthausen, consiguió hacer y preservar una serie de fotografía que reflejaban el horror padecido. Fotografías que sirvieron, por su empeño personal, para testificar en los juicios de Núremberg. La vida de este fotógrafo, un luchador optimista y solidario que aseguró la memoria del horror en unas fotos, siempre interesó a George.
La tercera, Lea la encuentra por casualidad en unas cajas con cartas familiares que guarda su marido. Las cartas corresponden a la correspondencia mantenida en 1957 por el hermano de George, Stephen, con su familia y amigos de la escuela, tras ingresar en un hospital aquejado de leucemia. Según cuenta George, la muerte de Stephen, un niño muy inteligente y el preferido de su padre, hizo que éste optase por no hablar de lo sucedido enrareciendo la vida familiar.
La lectura de las cartas y lo que Lea averigua de aquel tiempo, aclara malentendidos y logra que George se reconcilie con la memoria de su pasado.
El jardín de la memoria es uno de esos libros sobre los que apetece hablar en profundidad con otras personas. No parece que la forma de reaccionar de George y Lea ante la llegada de la muerte sea muy común, parece más bien propia de seres especiales. Seres que como Lea, tras esparcir las cenizas de su marido en el jardín que rodea la abadía de Malmesbury, sean capaces de sentir lo que expresa este párrafo:
“Entro de nuevo en este otro jardín, El jardín de la memoria, ojeo sus páginas, riego con cuidado el primer beso que nos dimos y ese último que a veces es como el primero de un nuevo cariño real, invisible. Ahora estás hecho de un aire que empuja con constancia mi columpio. Subo y bajo, y veo más allá de los campos y de los tejados, entendiendo cómo hay que vivir”.
 
 
 

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