lunes, 6 de abril de 2015

LA EXTRAÑA

Hace ya muchos años, por mi amigo Manolo (para variar), conocí algunas novelas del escritor húngaro Sándor Márai. Esta semana, en la biblioteca, me han prestado una que aún no había leído titulada La extraña, que muestra de modo magistral las cualidades literarias del escritor citado.
Sándor Márai, autor que gozó de gran prestigio en su país y gran parte de Europa hasta la llegada de los nazis y, peor todavía, de los soviéticos que consideraron que sus libros reflejaban una sociedad decadente y burguesa que era necesario erradicar, profundiza en el carácter de la persona mediante un riguroso análisis psicológico, y reivindica la libertad de acción y de conciencia. Es, por lo tanto, lógico los regímenes totalitarios le consideraran un enemigo.
Ese deseo de libertad, de buscar la “verdad”, provoca que los personajes creados por él se enfrenten a conflictos de difícil solución, tomando decisiones que el autor presenta a los lectores sin emitir un juicio; serán ellos los que deban juzgar las motivaciones de las mismas y si fueron acertadas o no.
En general, en las novelas de Sándor Márai predomina la reflexión sobre la acción, lo que nos lleva a comprobar hasta qué punto era un observador y dibujante riguroso de personajes y situaciones.
En relación con La extraña, creo que, en cierta manera, el hecho de saber que Sándor Márai  se suicidó ha podido influirme en el momento de su lectura. Desde las primeras páginas, la desesperada búsqueda de algo, algo similar a la “Idea” platónica, algo que no acaba de concretarse, mantenida por su protagonista, Viktor Henrik Askenasi, cuarenta y ocho años, profesor de Griego y Lenguas de Asia Menor en la Escuela de Estudios Orientales de París, a lo largo de un viaje y posterior estancia en el hotel Argentina en Dubrovnik, ha provocado que visualizase al mismo Sándor planteándose interrogantes similares. “Tal vez me he equivocado. Tal vez existe esta paz… la renuncia, el silencio, la reconciliación”. “Sólo la razón es capaz de doler”.
En tercera persona, entrecomillando lo que se dice a sí mismo el protagonista, tras describirnos detalladamente el hotel y a los viajeros que en él se alojan, Sándor Márai se centra en Askenasi, al que sus amigos han empujado a realizar el viaje en solitario para que descanse y se aleje de una situación conflictiva: la que surgió cuando él, respetado investigador y docente, abandona a su mujer, Anna, y a su hija y se va a vivir con una bailarina, Eliz, a la que conoce mientras ayuda a llevar un pesado bolso hasta su piso; circunstancia que vamos descubriendo, junto con otras relativas a la forma de vivir de Askenasi por las reflexiones de éste. “Se acordó de lo mucho que había amado a Anna, todo lo que habían hecho juntos en los primeros años de su matrimonio, mientras aún eran unos extraños, mientras aún había cierto misterio entre ellos”. “Eliz le brindaba todo lo que podía darle el cuerpo. Hasta que un día Askenasi se dio cuenta de que, aunque ella le ofrecía mucho, no era suficiente”.
La soledad, el vacío; la necesidad de encontrar un sentido a la existencia, una “solución”, una chispa que llene de plenitud el interior, chispa que falta pero que no se sabe en qué consiste, porque como dice en el impresionante monólogo que dirige a Dios casi al final del libro: “Las palabras fallan, son burdas e imperfectas, en nada recuerdan a las originales…”; todo eso conduce a Askenasi a realizar una acción irracional: entrar en la habitación de una extraña con consecuencias imprevisibles.
 

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