domingo, 20 de diciembre de 2015

BUENOS DESEOS

DESDE OPTICKS, ¡FELICES FIESTAS Y VENTUROSO AÑO 2016 A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD QUE PROCURAN HACER DE ESTE PEQUEÑO MUNDO NUESTRO UN LUGAR MÁS HUMANO, ALEGRE, SOLIDARIO Y LIBRE!



NANA DE LA PATERA

A la nanita, nana,

duérmete, cielo,

la patera es chiquita,

grandes los sueños…

Que Jesús y María

también se fueron,

huyendo de un Herodes,

al extranjero.

 

Huyendo de un Herodes

el Dios eterno…,

nosotros por el hambre,

Él por el miedo,

nosotros en patera,

Él en jumento.

 

Tu papá va remando

y yo te velo,

los Herodes y el hambre

quedaron lejos,

que se duerme mi niño,

se está durmiendo.

Que lo arrullen la luna

y los luceros,

que se callen las olas,

que calle el viento.

 

-Cuando lleguemos, niño,

cuando lleguemos,

comerás pan de trigo

y hasta cordero,

que es Navidad, mi vida,

y el Dios del cielo

sólo quiere una cosa:

que nos amemos.

 

Alfonso Valverde

lunes, 14 de diciembre de 2015

LOS DESAYUNOS DEL CAFÉ BORENES

Vuelvo de la biblioteca con un libro que me ha recomendado Kiko, por lo que deduzco que se trata de un texto excelente. Su título, Los desayunos del Café Borenes; su autor, Luis Mateo Díez.
Conozco desde hace tiempo a Luis Mateo Díez y he leído algunas de las novelas que sitúa en el territorio imaginario de Celama creado por él. Pero este libro es del todo distinto. En Los desayunos del Café Borenes el autor leonés analiza el panorama literario actual y explica de forma pedagógica de dónde procede y en qué consiste su identidad de escritor dedicado, sobre todo, a la ficción.
Los desayunos del Café Borenes está formado por dos textos que se complementan. El protagonista del primero, que da título al libro, es Ángel Ganizo, un novelista que compaginó su labor creativa con el trabajo en una compañía de seguros y que ahora, viejo y jubilado, se dedica a dar conferencias mientras recuerda los tiempos en los que se reunía con un grupo de amigos en el Café Borenes y unos y otros teorizaban sobre Literatura. Teorías que él escuchaba unas veces asustado y otras complacido, según coincidieran o no con su personal práctica.
Las tertulias del Café Borenes sirven de pretexto a Luis Mateo Díez para hablarnos, valiéndose de las opiniones de los tertulianos, del estado actual de la Literatura y la lectura. Ni qué decir tiene que su visión es bastante pesimista. Nada escapa a su análisis: el poder, los medios de comunicación, el degradado mercado editorial, el abandono del lector exigente; los escritores demasiado prolíficos a los que sólo interesa vender novelas que entretengan y complazcan, nunca que perturben o apasionen -novelas que no son novelas escritas por novelistas que no son novelistas para lectores que no leen-.
El título del segundo texto que contiene el libro es Un callejón de gente desconocida. Luis Mateo Díez recuerda así a la escritora Irène Némirovsky que afirmaba que toda gran novela es como un callejón de gente desconocida.    
Unos desconocidos tras los que el escritor, en un primer tramo, ha de andar, presentirlos, buscarlos hasta hacerlos suyos; para, en un segundo tramo, caminar con ellos, y en un tercero y definitivo “andar en ellos”.
Esos personajes que habitan una determinada atmósfera que los envuelve de tal manera que resultan para el lector inolvidables. Todos los que llevamos años leyendo podríamos nombrar algunos.
Los personajes creados por Luis Mateo Díez pertenecen a la grey de los perdedores, tienen nombres extraños, quizá antiguos; muchos de ellos habitan en Celama, en unos escenarios que recrean una atmósfera peculiar en la que resulta complicada la lucha por la supervivencia.
Pero antes de hablar sobre los personajes, Luis Mateo Díez cuenta en el libro que en su tarea como novelista acostumbra a buscar en principio el título que dará a la novela y el tono de la misma. Después pone a trabajar a la imaginación, apoyándose siempre en la memoria, y elige las palabras adecuadas para que la historia que desea contar se haga realidad. La ficción es un espejo de la vida, un espejo que tiene a la imaginación y a la memoria como elementos desencadenantes y a la palabra como elemento constitutivo.
Un espejo de la vida y que en cierta manera la trasciende, ahí Luis Mateo Díez se refiere a la novela realista con nula pretensión de trascendencia y a la demasiado introspectiva.
Los desayunos del Café Borenes de Luis Mateo Díez es uno de esos libros cuyo contenido apetece comentar en grupo porque, pese a su brevedad, 174 páginas, aporta una enorme cantidad de información sobre la génesis de una obra literaria y sobre las características que esa obra debiera tener para que su lectura ayudara a forjar buenos lectores.
 

 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

LA VIDA DE PI

En el grupo de lectores del que formo parte se propuso que leyéramos La vida de Pi de Yan Martel, un escritor que, por cuestiones relacionadas con el trabajo de su padre, nació en Salamanca, y después de recorrer por las mismas cuestiones varios países, terminó en Canadá, donde ahora reside.
Digo esto, porque el libro que nos ocupa también es un tanto cosmopolita, aunque el personaje principal proceda de la India, Pi, y al término de su azarosa aventura, vaya a vivir a Canadá, al igual que Yan Martel.
Podemos dividir La vida de Pi en dos partes bien diferenciadas. Los meticulosos dirían que en cuatro, si tenemos en cuenta los prolegómenos de la historia, cuando su protagonista empieza a contársela al escritor que no acaba de hallar un buen relato; y el desenlace con el interrogatorio al que someten a Pi los funcionarios japoneses.
Pero atendiendo al número de páginas requeridas, yo me centraré sobre todo en dos. La primera comprende aquellas que narran lo acaecido en Pondicherry (India), lugar en el que Pi vivió con su hermano y sus padres propietarios de un zoo. A la segunda pertenecen las que nos explican lo sucedido durante los 227 en los que el adolescente Pi recorrió el océano Pacífico a bordo de un bote y en compañía de un tigre de Bengala.
Entre los lectores del grupo hubo división de opiniones y cada uno apoyó con argumentos la suya. Argumentos que incluyeron, incluso, datos científicos que corroborarían escenas del libro que muchos pensábamos podían provenir de la imaginación de Yan Martel.
Mi opinión, que es la que traigo a Opticks, es que la historia está bien construida, y aunque se apoye en hechos similares ya escritos, Yan Martel demuestra unas excelentes dotes de narrador y un exuberante caudal imaginativo. Sin embargo, me gustan mucho más la primera parte y el desenlace que la detalladísima explicación del recorrido por el océano.
La primera parte, en la que se describe la vida de la familia en Pondicherry, posee humor, ternura, profundidad y originalidad. Lo mismo sucede con el desenlace, sustituyendo lo tierno por lo sorprendente y hasta lo místico.
En la travesía por el Pacífico hay escenas muy bellas, otras de gran religiosidad y exaltación de la naturaleza. Pero luego están todas aquellas en las que se mata, se muerde, se desgarra, se tritura, se sufre, se agoniza…; y, como he dicho más arriba, con todo lujo de detalles sanguinolentos y truculentos.
La vida de Pi se publicó en el año 2002 y fue llevada al cine en el 2012. La película ganó cuatro Óscar. Según me han dicho la belleza de las imágenes y los fastuosos efectos especiales hacen olvidar los posibles detalles truculentos.
 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 1 de diciembre de 2015

PERDER LA PIEL

Hoy traigo a Opticks una historia real, Perder la piel, contada por su protagonista, Marta Allué, Es una historia de sufrimiento y lucha por la supervivencia sin nada de sentimentalismo ni deseos por parte de la autora, al menos eso me parece a mí, de suscitar sentimientos compasivos.
El título del libro, Perder la piel, no se eligió en sentido figurado. Marta Allué perdió realmente la piel, junto con los dedos de una mano, el meñique de la otra y la visión de un ojo, en el incendio que se declaró dentro de la autocaravana en la que viajaba con su marido y sus dos hijos el 9 de julio de 1991. El incendio afectó sobre todo a Marta; tanto, que un ochenta por cien de su cuerpo resultó dañado por las quemaduras.
Durante cinco años la vida de Marta Allué transcurrió entre hospitales: La Paz, el Joan XXII de Tarragona, el de Bellvitge y el universitario en la ciudad de Galveston (Texas). Los tres primeros meses de esos cinco años los pasó en la UCI. Los restantes, hasta completar doce y volver temporalmente a casa, llevando consigo sus múltiples y variadas limitaciones, estuvieron presididos por el dolor intenso que le suponían las curas, los baños, las operaciones y los distintos tratamientos a los que fue sometida para que su maltrecho cuerpo recuperase algo del aspecto y la movilidad que tenía antes del accidente.
Fue en 1996 cuando Marta Allué, como terapia para exorcizar al fantasma que le acompañaba desde aquel fatídico 9 de julio, decidió construir una historia con todo lo vivido.
El libro se convierte así en un tratado médico escrito desde el punto de vista del paciente. Su autora no escatima los detalles, incluso, los técnicos; pese a que, considerándose una persona exigente, confiesa que son pocos los médicos, enfermeras o auxiliares a los que les agrada explicar al enfermo qué es lo que están haciéndole y por qué.
A la par que exigente, Marta Allué también se considera una persona crítica y reivindicativa. Eso conduce a que exponga con total claridad sus opiniones respecto a todo aquello que, en relación con la sanidad, no le pareció correcto o adecuado, desde los alimentos hasta el trato. De igual modo, tampoco se retrae a la hora de elogiar a los muchos profesionales que actuaron de manera eficaz, respetuosa y humana; con especial cariño se refiere a los fisioterapeutas y a los terapeutas ocupacionales.
Junto a la exhaustiva enumeración de detalles médicos referidos a las personas que han sufrido lesiones por quemaduras o accidentes extremos, que juzgo muy interesantes para esos enfermos, sus familiares y el personal médico que los atiende, está la historia personal de Marta Allué: carácter, familia, trabajo, aficiones y manera de entender la vida.
Esta segunda parte, ligada por completo a la primera, la empezamos a descubrir cuando explica que desde la adolescencia tuvo la sensación de que una especie de estigma asociado al dolor y al sufrimiento le acechaba. Un dolor y un sufrimiento padecido por otros, ya que su padre quedó parapléjico tras un accidente y su madre soportó diez años un cáncer de útero del que al final murió.
El sufrimiento de sus padres provocó en Marta un sentimiento de culpabilidad al ser la espectadora y no la víctima. Pero tal vez el hecho de tener que ocuparse tantos años de ellos, hizo aumentar su fortaleza interior y hasta física. Lo que ayudó a que no se rindiera cuando el incendio la convirtió en víctima.
Junto a esa fortaleza, está su propio carácter que comprobamos mientras nos habla de sus aficiones, de su trabajo, de sus alumnos. Es una mujer que ama la vida y disfruta con todo lo que la vida ofrece: desde los bombones que traen las visitas, el concierto de Bruce Springsteen al que asiste en silla de ruedas, la paraolimpiada del 92, los distintos disfraces de que se vale para ocultar su aspecto y hasta los viajes turísticos que realiza junto con su marido al trasladarse a Texas.
La atención dispensada a sus padres, el carácter, los amigos y la familia: esposo, hijos, suegros, hermanos…, se organizan para apoyarla en todo. Su marido, psiquiatra de profesión, cambia de ciudad y lugar de trabajo para estar a su lado. Sus suegros y hermanos se ocupan de los niños y de cualquier detalle que contribuya a su bienestar. Sus hijos, de seis y tres años, aceptan poco a poco los cambios que va experimentando y la llaman cariñosamente tostadini. Sus compañeros y alumnos del instituto le escriben multitud de cartas que guarda agradecida. Sus amigos la visitan y animan.
Alrededor de Marta se despliega una red tan inmensa de afectos, que la impresión que queda en el lector al terminar de leer este valiente libro testimonio es que, a pesar de las muchas secuelas que conserva, del dolor que ha pasado y del que aún le quede por pasar, la historia que relata Marta Allué en Perder la piel está llena de amor, de generosidad y de alegría.
 

martes, 24 de noviembre de 2015

EL NADADOR EN EL MAR SECRETO

Si según el diccionario ineludible es aquello que no se puede eludir, o sea, que no se puede impedir o evitar su efecto, el libro que hoy traigo a Opticks, El nadador en el mar secreto del escritor estadounidense William Kotzwinkle, debe ser considerado como ineludible.
Seguro que los responsables de la editorial Navona comparten esta opinión, ya que han iniciado con dicho libro una colección nueva a la que llaman Los ineludibles.
En la definición del diccionario se habla de un efecto que no se puede impedir. La lectura de esta breve joya literaria, sólo noventa páginas, es difícil que deje indiferente a cualquier ser humano que se precie de serlo. Más aún sabiendo que el suceso que relata William Kotzwinkle  en ella ocurrió al escritor en realidad.
Los protagonistas principales de El nadador en el mar secreto son Laski y Diane, una pareja que espera su primer hijo. El eje central del relato, contado por el padre y en tercera persona, es el complicado nacimiento de ese niño.
La pareja vive en una casa solitaria rodeada de bosques. La acción transcurre durante el invierno. El néctar blanco de la luna ilumina la noche y los senderos cubiertos de nieve. Laski y Diane, en previsión de que pudiese suceder algo así, lo han preparado con antelación todo para llegar sanos y salvos al hospital.
El resto de la historia, incluso los detalles del comienzo, dejo que lo descubran los lectores. No sobra ni una línea. Tampoco falta. Todas poseen una intensidad y una belleza tal, que estremecen y abruman. Hasta logran que te sientas un intruso, alguien ajeno que altera con su presencia escrutadora esa especial atmósfera que envuelve a los futuros padres.
La soledad, la fragilidad humana, el amor, la vida y la muerte, eternos temas tratados tantas veces y por tantos autores, nos los presenta William Kotzwinkle en El nadador en el mar profundo utilizando las palabras justas, los sentimientos justos, con una conmovedora y contenida sobriedad.
Termino la reseña de hoy con lo que Lea Vélez, autora de El jardín de la memoria, ensalzado hace algún tiempo en Opticks, ha dicho sobre El nadador en el mar profundo: Quizá el mejor libro que he leído. Es metáfora del universo y de mí misma. Un libro perfecto. Una guía interior. Un resumen. Un milagro. Pura brujería.   

martes, 17 de noviembre de 2015

LA HIJA DEL ESTE

Empezaba a escribir la reseña de un libro de Clara Usón que se titula La hija del Este y mi marido, que estaba viendo el fútbol, me avisó de que algo grave sucedía en París.
Hasta hoy no he vuelto a retomar el relato de la autora catalana que alude en su obra a los riesgos que conlleva el nacionalismo exacerbado –El nacionalismo es en esencia una paranoia individual y colectiva- con el apoyo de la religión  que justifica y la pobreza que envilece.
El punto de partida de La hija del Este, nos cuenta Clara Usón, está en el suicidio el año 1994 de Anna, hija del general serbio Ratko Mladic, uno de los criminales más sanguinarios de la guerra de los Balcanes. Anna tenía 23 años, estudiaba medicina en Belgrado y era el orgullo de su padre por su extraordinaria aplicación y sus ideales políticos. Añade la escritora que esos ideales, que compartía una buena parte de la sociedad serbia, fueron fomentados merced a la educación controlada por el gobierno, los medios de comunicación propiedad de éste y la religión ortodoxa que resurgió con gran ímpetu tras la muerte del mariscal Tito que había impuesto el comunismo como religión secular –Las masas tendrán que llenar ese vacío con una nueva fe que les indique lo que está bien y lo que está mal, ya que son incapaces de pensar por sí mismas-.
La hija del Este tiene 488 páginas agrupadas en dieciséis capítulos y un epílogo. En los capítulos se alterna la historia de Anna con la de Serbia, bajo el título esta última de “Galería de héroes”. Héroes antiguos convertidos en mitos a admirar y emular, como el Príncipe Lazar que en el siglo XIV luchó contra los turcos. Ya en el siglo XX, otros “héroes” que pretendían recuperar la gran Serbia de antaño empleando para ello cualquier método, incluso el genocidio: Slobodan Milosevic, presidente de Serbia; Radovan Karadzic, presidente de la república Srpska y Ratko Mladic, general y Jefe del Estado Mayor en la guerra contra los bosnios.
El estudio de estos personajes y sus circunstancias le supuso a Clara Usón tres años de trabajo, en los que viajó a los distintos escenarios de los hechos que narra, entrevistó a serbios, bosnios y croatas y hasta hizo que le tradujeran libros del serbio para documentarse mejor. Consigue así una extraordinaria crónica que incluye el perfil psicológico de los protagonistas, su situación familiar (Clara Usón da en sus libros gran importancia a la familia –De la familia sale todo incluida la culpa propia o ajena-, y sus distintas actuaciones en la guerra.
La ficción llega a través de Danilo Papo, creo que alter ego de la autora en el relato. Danilo Papo, hijo de serbia y judío, es un año mayor que Anna y se siente atraído por ella; estudia literatura inglesa, aunque aspira a ser director de cine, y no manifiesta ningún interés por participar en una guerra patriótica inducida por políticos ambiciosos y sectarios, considera que el patriotismo es el último refugio de los canallas, y afirma que cuando ve un héroe echa a correr.
Danilo Papo cuenta todo lo relacionado con Anna enlazando la ficción con los hechos reales: el descubrimiento por parte de la joven de lo que unos compañeros de facultad opinaban de su adorado padre cuando sorprendió una conversación entre ellos; la incredulidad inicial que se fue convirtiendo en sospecha, aumentada al aparecer en el periódico un artículo denunciando las atrocidades que Ratko Mladic había cometido; el encuentro que mantuvieron ambos a petición de Anna que buscaba certezas;  y el suicidio de la chica con la pistola favorita de ese padre cariñoso y admirado, que la enseñó a limpiarla mientras decía que con un tiro de esa pistola iba a festejar la llegada del primer hijo de Anna, un nieto prolongador de su estirpe.
Explica también Danilo sucesos terribles producidos en el sitio de Sarajevo y dentro de la ciudad en la que entró para rescatar a su padre.
En el capítulo 16, Clara Usón recupera la fidelidad histórica al relatar lo sucedido tras la muerte de Anna, la reacción de Ratko Mladic y el asesinato de ocho mil bosnios en Srebenica, ante la pasividad de los cascos azules holandeses.
En el epílogo es de nuevo Danilo Papo el que regresa a Sarajevo y hace balance de lo sucedido utilizando a Shakespeare como apoyo.
La hija del Este de la escritora catalana Clara Usón obtuvo en 2012 el Premio de la Crítica. En todo tiempo recomendaría su lectura. En los momentos actuales, mucho más.

martes, 10 de noviembre de 2015

DEL COLOR DE LA LECHE

Como no tengo psicoterapeuta que investigue el porqué, me pregunto a mí misma el motivo del malestar que siento al leer ciertos libros. Hasta el punto de costarme trabajo realizar, como siempre intento, una crítica lo más objetiva posible de su contenido.
Me acaba de ocurrir con el que hoy traigo a Opticks, que ha recibido la consideración de Libro del año por el Gremio de Libreros de Madrid. Se titula Del color de la leche y su autora es la escritora inglesa Nell Leyshon.
Del color de la leche tiene sólo 174 páginas, así que su lectura requiere poco tiempo. El texto carece de mayúsculas y presenta errores en la puntuación, aunque la traductora ha colocado todas las tildes necesarias que, pensándolo bien, tampoco deberían estar. Algo que entendemos perfectamente cuando llegamos al final de la  historia que nos cuenta Nell Leyshon por boca de la protagonista de la misma, la joven de 15 años Mary, mary, escribe ella.
Mary vive con su familia -padre, madre, abuelo y tres hermanas- en una granja de la Inglaterra rural de 1831, tiene el pelo del color de la leche y nació con un defecto físico en una pierna, lo que no impide que deba realizar las mismas tareas que sus hermanas bajo el control de un padre exigente y brutal que, ante la ausencia de hijos varones, demanda a las muchachas incesantes esfuerzos físicos.
La joven Mary, aunque analfabeta, es inteligente, observadora y sagaz, también sensible e intuitiva; quiere mucho al abuelo, impedido a consecuencia de un accidente, que necesita cuidados que no siempre recibe de los otros y que ella procura no le falten: higiene, conversación, alimentos.
Pese a la dureza del medio en el que vive, Mary no se lamenta como sus hermanas; acepta las circunstancia y se conforma con lo que tiene: la charla del abuelo, el calor de la vaca cuando la ordeña o se tumba a su lado, el cambio de las estaciones con los trabajos que la granja precisa en cada una de ellas, el familiar hueco de su cama al acostarse cada noche, el sol, los pájaros, las nubes.
Mary relata en el libro lo que acontece en su vida a lo largo del año 1831, agrupa sus vivencias según las estaciones y lo hace de manera sencilla y directa; diciendo lo que le siente y le apetece decir, y lo que, sin apetecerle, considera que debe decirnos –No me gusta contarte todo esto. Hay cosas que no quiero decir. Pero me he dicho que lo diría todo y por eso tengo que decirlo-.
Lo que tal vez no desearía relatar Mary es su marcha a la casa del pastor que está al frente de la iglesia local. Lo hace forzada por su padre, que cree que las ganancias serán superiores si trabaja de criada que si continúa en la granja limitada por su defecto físico.
En la casa del pastor Mary aprenderá a leer y a escribir, esto le permitirá narrar a posteriori su historia.
Del color de la leche es un libro distinto, bien escrito y difícil de olvidar por el argumento, los personajes que aparecen y los ambientes descritos. Creo, sin duda ninguna, que la consideración de Libro del año por el gremio de Libreros de Madrid ha sido merecida.
 

martes, 3 de noviembre de 2015

EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS

Empecé a leer El bar de las grandes esperanzas sabiendo de su autor, J.R. Moehringer, sólo que era norteamericano y había conseguido el Premio Pulitzer por Open, la biografía de Andre Agassi.
Ahora creo que le conozco algo mejor porque en El bar de las grandes esperanzas,  narración autobiográfica, el escritor hace un relato de su vida: Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres. Los necesitaba para que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos, y como una especie de contrapeso masculino de mi madre, mi abuela, mi tía y las cinco primas con las que vivía.
Esto nos cuenta J.R. Moehringer al empezar el libro, cuando nos habla del lugar en el que encontró a los hombres que buscaba en Manhasset, población en la que residía a veintisiete kilómetros de Manhattan. Ese lugar fue un pub, el Dickens, rebautizado más tarde como Publicans, a pocos pies de la ruinosa casa de su abuelo, frecuente refugio de él, de su madre y de otros parientes acuciados por similares problemas económicos.
J.R. Moehringer entró en contacto con los hombres del Dickens a los 7 años, en el verano de 1972, al ver jugar un partido de sóftbol a  nueve de estos hombres. Su forma de comportarse, su masculinidad, sus risas, la fortaleza que demostraban (su madre la atribuyó a la cerveza que habían bebido), le impulsó a desear conocerlos.
El deseo de entrar en contacto con hombres viene determinado por la ausencia del padre, a quien J.R. Moehringer llama “la Voz”; era locutor radiofónico y él de niño buscaba ansiosamente su voz a través de las ondas.
Con una prosa limpia y fácil de leer que emociona, seduce y atrapa desde la primera página hasta la última, J.R. Moehringer construye lo que algunos llaman ya “la gran novela americana”, porque El bar de las grandes esperanzas recoge acontecimientos acaecidos en Norteamérica, desde la guerra de Vietnam al atentado contra las Torres Gemelas, habla de libros y autores –El gran Gatsby, Scott Fitzgerald- describe instituciones de ese país como la universidad de Yale o el The New York Times, y los personajes que aparecen reflejan un modo de ser y de sentir típicamente norteamericano.
Todo ello centrado en las personas que frecuentan el bar: Steve, dueño del mismo e idealizado hasta el extremo; tío Charlie, que sirve copas, establece relaciones entre afines y se enriquece o empobrece merced a las apuestas; Tommy, jefe de seguridad en un campo de béisbol; Cager, veterano de la guerra de Vietnam; Poli Bod, que patrulla en los puertos y esconde un error de novato que no olvida, etc.
Estos personajes y muchos más aparecen de forma reiterada en el texto, primero vistos con ojos de niño, después de adolescente, adulto que estudia en Yale, chico de las fotocopias en el Times, periodista y escritor al final de la historia del Publicans tantas veces pensada, iniciada, compartida con los asiduos al bar, deshecha y vuelta a rehacer.
Una historia que corre pareja con la propia historia familiar del autor, abuelos, primos, padre y, sobre todo, madre. Una madre a la J.R. Moehringer dedica el libro al comprender por fin que todas las virtudes que él asociaba a la masculinidad –dureza, persistencia, determinación, fiabilidad, honestidad, integridad, agallas- las ejemplificaba ella.
Mientras leía El bar de las grandes esperanzas pensaba en otro libro que habla también de bares, Canta Irlanda de Javier Reverte. En Canta Irlanda incluso las borracheras tienen un tono épico, suavizado por los poemas y las canciones que recitaban o cantaban a voz en grito los parroquianos y que el autor reproduce en el texto.
En El bar de las grandes esperanzas no hay poemas, pero sí frases literarias y canciones, entre otros, de Frank Sinatra, cantante favorito de JR.
Lo que sí se repite en ambos libros es el tono épico que subyace en el fondo y que se manifiesta hasta en las colosales borracheras.  
 

 

 

 

 

 

martes, 27 de octubre de 2015

EL REINO

He empezado a leer el último libro de Emmanuel Carrère titulado El Reino con una cierta prevención. Creo conocer el tema que trata y me preocupaba un poco el modo que tendría el escritor francés de aproximarse a él.
Conforme avanzaba en la lectura, la prevención inicial desaparecía y la sorpresa, la sonrisa, el asentimiento, el disfrute y la identificación en muchos casos iban en aumento; voy a intentar explicar el porqué.
Emmanuel Carrère nos cuenta en las cien primeras páginas de El Reino la historia de su conversión al catolicismo. Había cumplido 32 años, atravesaba una época de sequía intelectual, la relación con Anne, su pareja, iba de mal en peor; ambos tenían el alcohol como refugio.
Entonces, por influencia de Jacqueline, madrina suya y ferviente católica, empieza a leer el Nuevo Testamento. Conoce a Hervé, ahijado también de Jacqueline, hablan, se hacen amigos. Las lecturas y las conversaciones con Hervé, una persona espiritual, le preparan para lo que considera su conversión, que ocurre en una iglesia al escuchar el pasaje del Evangelio de San Juan en el que Jesús dice: Cuando eras joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevara a donde tú no quieras.     
Durante tres años asiste a misa y comulga todos los días. Se casa, bautiza a sus dos hijos y alterna las visitas al psicoanalista con la lectura del Nuevo Testamento y la escritura de lo que considera su transformación interior.
El deslumbramiento termina. Vuelve al agnosticismo, no sin antes dirigir a Jesús esta especie de plegaria: Te abandono, Señor. Tú no me abandones.
Todo lo anterior lo cuenta Emmanuel Carrère a posteriori, cuando han pasado veinte años y se le ha ocurrido que sería interesante escribir un libro sobre aquella experiencia. Así que esa narración  incluye referencias a escritores cristianos y no cristianos: Ernest Renan, Leon Bloy, Philip K. Dick, Simone Weil, Ediht Stein, Teresa de Jesús, Thérèse de Lisieux, Pascal, Frédéric Boyer, Nietzsche, Passolini…;  a libros, a películas y a momentos que, vistos desde la lejanía, hacen que continúe interesándose por una religión que desde un reducidísimo grupo inicial, al que él llama secta, se ha extendido por todo el mundo.
La segunda parte del libro la inicia Emmanuel Carrére,  ya como novelista e investigador, analizando la figura de Pablo de Tarso, del que dice que era un hombre audaz, convencido de lo que predicaba y radical en sus afirmaciones. Cartas, viajes, problemas, encuentros y desencuentros, doctrina, deseos, enfermedades, aspecto físico…, historia real o novelada, pero que el modo de escribir de Carrère, mezclando escritores de uno y otro signo, teorías políticas, historiadores y filósofos romanos, emperadores, dioses griegos y egipcios y él como coordinador de todo, opinando, reflexionando, muchas veces con un toque de humor, convierte en una lectura ilustrativa y apasionante.
Idéntica técnica utiliza al referirse a Lucas, médico macedonio discípulo de Pablo, autor de un Evangelio  y de los Hechos de los Apóstoles. De nuevo judíos, romanos y griegos aparecen retratados en un fresco genial digno de una película. Nerón, Séneca, Calígula, Vespasiano, Tito Domiciano, la caída de Jerusalén, el asedio a la fortaleza de Masada, la destrucción del templo, la diáspora, el nacimiento de la Iglesia.
Emmanuel Carrère no oculta su admiración ante los relatos de Lucas sobre Jesús, las parábolas, el modo de expresarse: La oveja perdida, Zaqueo, las monedas, el administrador infiel, los discípulos de Emaus; hasta se identifica con la manera de ser del médico macedonio, pese a que en el Evangelio se critique a los “tibios”.
Sin extenderse tanto como al hablar de Pablo y de Lucas, el escritor francés investiga personalidad y obras de otros discípulos: Pedro, Santiago, así como del resto de los evangelistas: Mateo, Marcos y Juan. Del último estudia el Evangelio y el Apocalipsis, sobre el que escribe en la casa de Patmos que se ha comprado con su segunda mujer, Hélène.
El Reino tiene 516 páginas que he leído en dos tardes porque se trata de un libro apasionante desde el principio al fin.
Deslumbra la manera que tiene Emmanuel Carrère de actualizar acontecimientos acaecidos en los primeros siglos de nuestra era. Lo hace en ocasiones mediante cierta provocación, como cuando mezcla a Pablo y a Lucas con el comunismo, o cuando describe lo que experimenta al ver pornografía. Éstos y otros muchos recursos que utiliza logran que en ningún momento el lector, creyente, agnóstico o ateo, pierda interés por la historia narrada.
Una historia que, el autor nos asegura al final del libro, ha escrito de buena fe, consciente de que siendo como es un hombre inteligente, rico, de posición, no lo tiene precisamente fácil para entrar en el Reino del que Jesús habla en el Evangelio.

 

 

 

 

 

martes, 20 de octubre de 2015

EL DESFILE DEL AMOR

Voy a la biblioteca a buscar un libro de Sergio Pitol titulado El arte de la fuga; no lo tienen y regreso a casa con El desfile del amor, una obra del mismo autor por la que consiguió el Premio Herralde de Novela en el año 1984.
El desfile del amor, título que proviene de la película de Ernst Lubitsch The love parade, tiene como principal protagonista a Miguel del Solar, un historiador y escritor mejicano viudo y con dos hijos que ejerce como profesor en Inglaterra.
De vuelta a su país de origen para entregar en la editorial que publica sus libros el último que acaba de escribir, El año 14, con el que no está demasiado contento, Miguel del Solar recibe de una antigua condiscípula un conjunto de fichas bibliográficas sobre las actividades de alemanes exiliados en Méjico en 1942.
Las fichas junto con la visita que realiza al edificio Minerva de la colonia Roma, en el que precisamente en 1942 vivió un tiempo de niño en casa de sus tíos, le predisponen a llevar adelante el proyecto que ya tenía en mente, y que consiste en investigar determinados sucesos acaecidos ese año, para lo que parte de una serie de asesinatos de personas residentes en el edificio citado.
Con el objetivo de averiguar lo sucedido, causas y consecuencias, Miguel del Solar se entrevista con algunos de los que vivían en el Minerva que tuvieron relación con los hechos que le interesan: su tía Eduviges, en cuya casa residió entonces; Delfina Briones, que daba una fiesta la noche del primer asesinato: el del joven austriaco Erich Ma. Pistauer Walzer; el librero Balmorán, el pintor Julio Escobedo y su mujer; Emma, hija de la escritora y conferenciante Ida Werfel y otros de menor importancia en el relato.
A través de esas entrevistas, Sergio Pitol analiza las circunstancias políticas, sociales, económicas, etc. de Méjico en el año 1942  y lo que supuso, en ciertos aspectos, la llegada de inmigrantes alemanes que huían de la guerra.
En el fresco realizado, muy didáctico y de lo más variopinto, intervienen personajes que están entre lo repulsivo y lo grotesco  y que, en general, suscitan pocas simpatías; todos persiguen sus propios intereses y ocultan sus verdaderas intenciones en monólogos interminables.
El desfile del amor, leo en la contraportada, fue muy alabado por la crítica, hasta el punto de obtener el Premio Herralde de Novela. Está claro que Sergio Pitol escribe muy bien y lo hace sin prisas, documentándose a fondo y enlazando palabras y frases con primor y rigor, como un auténtico artesano de la Lengua. 
Sin embargo a mí esta novela-ensayo no me ha gustado porque pienso que no es ni lo uno ni lo otro. La trama resulta enrevesada, las conversaciones entre los personajes aclaran poco y aburren en muchos momentos.
Lo más interesante lo he encontrado al final, cuando el autor explica en pocas páginas cómo se fue gestando la obra y qué circunstancias se produjeron para que la escribiera.
En esas pocas hojas está el Sergio Pitol que descubrí leyendo El mago de Viena, una especie de libro de memorias en el que el autor mejicano nos cuenta su vida relacionándola con la literatura y, sobre todo, con la lectura, su gran pasión.
Al Sergio Pitol del Mago de Viena buscaba yo cuando pedí en la biblioteca El arte de la fuga.

 

martes, 13 de octubre de 2015

ESE PRÍNCIPE QUE FUI

El primer libro que leí de Jordi Soler fue Diles que son cadáveres. El segundo se titula Ese príncipe que fui, y creo que comentarlo hoy, Día de la Hispanidad, aunque la reseña aparezca en Opticks mañana, resulta muy oportuno porque Jordi Soler es mejicano y el personaje central de este libro, Kiko Grau, desciende nada menos que del gran Moctezuma.
Tanto en Diles que son cadáveres como en Ese príncipe que fui, el autor alterna la realidad con la ficción en unas historias  en las que se mezclan la ironía, la crítica y el esperpento.
No obstante, las figuras centrales, en la obra que nos ocupa Federico de Grau Moctezuma y su hombre para todo Crispín, están tratadas con una especie de benevolencia que atrae la simpatía del lector, aun reconociendo que timan a la gente. Pero como los timados son seres ambiciosos y fatuos, piensas que les está bien empleado y terminas admirando la dignidad, no exenta de grandeza, con la que se comportan en el ocaso de sus vidas los poco escrupulosos timadores.
La historia que Jordi Soler nos cuenta en Ese príncipe que fui empieza en 1519, fecha en la que llega a Veracruz el capitán español don Juan de Grau, barón de Toloríu. Tras describir brevemente las intenciones del capitán en su viaje al nuevo continente y su entrada en Tenochtitlan, el autor se centra en lo que es origen de su relato: el encuentro de Juan de Grau con la princesa Xipaguazin, hija de Moctezuma; el regreso a Toloriu del capitán en compañía de la joven (no se sabe bien si de buen grado o a la fuerza), custodiada por un numeroso séquito de mejicanos, y la complicada estancia de la princesa entre las nieblas y las nieves del Pirineo catalán.
La leyenda de que Xipaguazin vino de Méjico con un fabuloso tesoro que enterró en Toloriu, conduce al escritor o a su alter ego a buscar tal tesoro. Al no encontrarlo, decide investigar todo lo relacionado con la princesa y sus descendientes, descubriendo que el último de éstos, Federico de Grau Moctezuma, Kiko Grau, vive en Méjico cerca de Veracruz.
A partir de aquí Jordi Soler se ocupa de la vida de Kiko Grau, que vamos conociendo en Veracruz y España por lo que le cuentan el mismo Kiko y su criado Crispín, y por sus propias averiguaciones.
Así sabemos que el padre de Kiko Grau era un empresario conservero importante. Que vivía en un palacete en el barrio de Pedralbes junto con su mujer, la señora Martínez. Que Kiko fue un niño mimado y espléndidamente atendido. Que estudió en Oxford. Que al morir su padre arruinado, regresó a España. Que cuando intentaba ahogar su frustración en whisky, cosa que acostumbrará a hacer muy a menudo, la lavandera de la casa y su hijo se presentan ante él confesándole que, al igual que ellos, desciende de los aztecas, pero en su caso de una princesa; por lo que le pertenece el título de Alteza Imperial
De esta forma, Federico Grau Martínez se convierte en Grau Moctezuma y aprovecha su nuevo estatus para, con la ayuda de Franco que veía en un descendiente de mejicanos ilustres la posibilidad de recomponer las maltrechas relaciones con Méjico, introducirse en la alta sociedad barcelonesa a la que tima de una forma bastante rocambolesca que dejo que descubra el lector. 
Mientras leía Ese príncipe que fui, pensaba en otro novelista que se aproxima a las cuestiones históricas y sociales de modo similar, se trata de Eduardo Mendoza. También él se vale de la ironía y el esperpento para bajarnos de los pedestales y poner al descubierto nuestras vergüenzas; pero tanto el escritor español como el mejicano lo hacen de manera tan inteligente y en apariencia desenfadada, que sólo reflexionando después sobre lo que has leído, alcanzas a entender la profunda crítica que contiene.
 
 

 

 

 

 

 

domingo, 4 de octubre de 2015

CHARLOTTE

En la presentación de su último libro titulado La Zona de Interés, que tiene como tema central el Holocausto, Martin Amis se apoya en Primo Levi cuando éste dice que no debemos tratar de entender el Holocausto; apostillando el escritor inglés: Es un alivio no tener que hacerlo, porque va más allá de lo inhumano, es antihumano.
Sin embargo, yo, cada vez que leo un libro relacionado con ese terrible periodo de la historia del mundo, continúo preguntándome cómo pudo ocurrir algo así en la muy avanzada y civilizada Alemania. Cómo unos individuos, invocando la pretendida superioridad de la raza, en este caso aria, pudieron planificar la llamada solución final que condujo al asesinato de más de seis millones de personas: hombres, mujeres, ancianos y niños.
Pues bien, mientras leía el libro que hoy traigo a Optiks, que se titula Charlotte y está escrito por David Foenkinos, me he vuelto a hacer idéntica pregunta.
Por eso, al leer en el periódico las palabras que Martin Amis reproduce de Primo Levi, he pensado que quizá debo dejar de buscar una explicación al comportamiento antihumano de tantos, porque como ser humano que soy, jamás tendré la posibilidad de entenderlo.
Así que intentaré ceñirme a lo que David Foenkinos nos cuenta de Charlotte Salomón, una pintora alemana que, por el hecho de ser judía, es conducida a las cámaras de gas en Auschwitz el 10 de octubre de 1943; tenía veintiséis años y estaba embarazada de cinco meses.
Explica David Foenkinos que descubrió a Charlotte en una exposición de su pintura realizada hace ocho años. Ocho años en los que buscó información sobre ella, visitó los lugares donde vivió, preguntó a aquellos que podían saber algo de su historia y empezó a escribir muchas veces la obra que ahora publica, a la que califica de biografía emocional por el impacto que el conocimiento de la vida de esta joven mujer causó en él.
Ese impacto emocional determina la forma en que está escrito el libro y que sorprende al lector en un principio: frases cortas a semejanza de un largo poema de versos libres.  
Luego, cuando el relato va avanzando, entiendes que no hay mejor manera de expresar la emoción, el amor, el miedo, el horror que unas pocas palabras y un punto. Puede ser porque aquello que lees es tan terrible o tan hermoso que precisas de una pausa para asimilarlo. Porque el escritor pretende golpearnos con sus frases para que no olvidemos a Charlotte. O porque él mismo, impresionado por lo descubierto, es incapaz de construir una narración a base de palabras no esenciales, es decir, de relleno.
Charlotte, que ha logrado ya el Premio Renaudor y el Goncourt des Lycéens, es una obra que indigna, conmueve y pone de manifiesto una vez más el poder que la creación artística, la inspiración, el genio ejerce sobre el ser de una persona, hasta el punto, como en el caso de Charlotte Salomon, de alejarla de la depresión y del suicidio que acabó con varios miembros de su familia; así como convertir el producto de ese genio, una especie de autobiografía en la que intervienen la literatura, la pintura y la música, a la que ella llamó ”Leben? Oder Theater?” (¿Vida? O ¿Teatro?) en un canto de amor y de esperanza.  
 

 

 

 

 

 

domingo, 27 de septiembre de 2015

UNA SUERTE PEQUEÑA

Cumpliendo el propósito que me hice la pasada semana, a pesar de que soy una lectora voraz de periódicos y estoy al día en las últimas noticias, me evado de la caótica realidad nacional sumergiéndome en las páginas de una novela recién publicada; su titulo es Una suerte pequeña y está escrita por la autora argentina Claudia Piñeiro.
Como mis conocimientos sobre dicha autora eran nulos, acudo a Wikipedia y descubro que, al igual que Raquel López Cascales, otra escritora de la que ya he hablado en este blog, Claudia Piñeiro fue primero contadora de historias; cuentista, se llama a sí misma Raquel.   
El hecho de haber sido contadora, de alguna forma, imprime carácter. Es lógico pues que Claudia Piñeiro diga, refiriéndose a Una suerte pequeña: Me gusta ese tipo de relato, en el que uno cuenta una historia y el otro espera que sigas.
La historia que contiene este libro está contada por su protagonista, Mari Lohan, una mujer que vive en Bostón, es viuda (aunque nunca llegase a casarse) de Robert Lohan, y regresa al país en el que nació y vivió de joven, Argentina, para determinar si su antiguo colegio, el Saint Peter, cumple los requisitos necesarios que le harán merecer la licencia Garlic. Licencia que se otorga a aquellos centros que utilizan una determinada metodología en el aprendizaje del inglés.
Poco a poco vamos descubriendo que Mary Lohan oculta su identidad con un nombre distinto (se llama en realidad María Elena Pujol), unas lentillas marrones, el pelo muy corto y teñido de pelirrojo y bastantes kilos menos. También descubrimos que vuelve a su tierra después de veinte años y que le obsesiona encontrarse con alguien a quien se refiere como él.
Intercalándose con lo que relata Mary Lohan, encontramos una serie de textos referidos a un tren que se aproxima, una barrera bajada y varios coches situados ante ella.
Como no quiero estropear la espera del posible lector, a la que se refiere Claudia Piñeiro, dejo aquí la narración del argumento de Una historia pequeña y me limito a expresar mi opinión sobre ella.
La semana pasada leí un nuevo libro de Alice Munro, el tercero que leo. Claudia Piñeiro reproduce al empezar el suyo unas líneas de la autora canadiense extraídas del relato “Las niñas se quedan”.
Quizá la influencia de estas lecturas, la forma de escribir especial que tiene Alice Munro, con esas frases tan cortas e intensas, ha hecho que las primeras páginas de Una suerte pequeña me hayan parecido algo embrolladas y con detalles destinados a alargar el texto.
Luego, a partir de la entrevista que Mary Lohan mantiene con Federico Lauría, la narración gana en interés y agilidad, en resumen, mejora de manera notable.
En Wikipedia también aparece que Claudia Piñeiro es guionista de cine. Está claro que el argumento de Una suerte pequeña podría dar lugar a una interesante película.
 

martes, 22 de septiembre de 2015

WILT. EN LA CASA DEL PADRE.

Aunque aún quedan bastantes libros de mi apetecible lote veraniego, por el momento voy a dejar de referirme a ellos. Es preciso ocuparse también de la gran cantidad que acaba de salir al mercado.
Mientras los busco, y para llenar el hueco de esta semana, traigo a Opticks otras dos obras del citado lote. Se trata de En la casa del padre, escrita por José Manuel Caballero Bonald y Premio Internacional Plaza & Janés 1988; y de Wilt, publicada en 1976 por Tom Sharpe.
De Caballero Bonald he leído poesía, es un extraordinario y reconocido poeta. De sus libros en prosa, empecé a leer hace algún tiempo Ágata ojo de gato y lo dejé porque me obligaba demasiado a consultar el diccionario. En la novela de la que hablo hoy, el vocabulario utilizado por el escritor jerezano también incluye palabras cuyo significado desconozco, pero sin llegar al derroche que contenía la que abandoné a poco de empezar.
De todas formas pienso que la obra En la casa del padre no ha envejecido bien. Dejando a un lado el estilo propio de este escritor, caracterizado por un estudiado barroquismo y un perfecto conocimiento de la lengua, que le lleva a construir unos párrafos dignos de estudio en clase de sintaxis y otros con alto contenido poético, el tema en sí: El proceso formativo de una familia que asciende desde un oscuro origen a la cúspide del poder social y económico, a través de su implicación en la industria vinícola, que incluye conexiones inglesas (recordemos que Caballero Bonald es de Jerez); proceso que conocemos gracias a un narrador y al nieto del fundador de la saga Romero-Bárcena que van alternándose en el relato, atrapa al lector pocas veces.
La historia de los Romero-Bárcena, que abarca una larga época, desde la 1ª Guerra Mundial hasta finales del franquismo, con la fundación, auge y declive del negocio del vino en Jerez, se centra en detalles familiares, en anécdotas, que no acaban de interesar y que hasta llegan a aburrir por la complicada forma de contarlas y la dificultad de encontrar un hilo conductor que relacione unas con otras. Quizá esas mismas historias hubiesen resultado interesantes como relatos independientes.
En resumen, prefiero al Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012, como poeta que como prosista A pesar de ello reconozco que su forma de escribir prosa demuestra que posee un extraordinario conocimiento de la lengua española y de todas sus reglas gramaticales y sintácticas.
De Tom Sharpe, que nació en Londres en 1928, dos años antes que Caballero Bonald, había leído ¡Ánimo  Wilt!, una obra posterior a la que comento hoy,  protagonizada por el mismo personaje.
Wilt es la primera novela de un conjunto de cinco que tienen a Henry Wilt y sus muchas y variadas tribulaciones como eje central. Recuerdo que ¡Ánimo Wilt! me gustó y divirtió bastante, pero sin llegar al entusiasmo que he sentido al leer ésta. El tratamiento que da el autor a las cuestiones que le preocupaban en 1976 podría aplicarse perfectamente a esas mismas cuestiones en el año actual. Además hacerlo a carcajada limpia. Falta tenemos de reírnos juntos.  
Hay quien dice que el humor de Tom Sharpe es corrosivo, a mí me parece que es un humor inteligente y certero: pone de manifiesto los defectos de las personas y entidades que aparecen en sus libros, pero como lo hace exagerando mucho y eso se nota, lo corrosivo se diluye y queda sólo la crítica y, vuelvo a insistir, la carcajada.
Reproduzco tal cual lo que dice el editor de Wilt en la presentación de la novela: Una enorme falsa en la que Tom Sharpe no deja títere con cabeza. Una carcajada estruendosa arrasa a los Machistas, las Feministas, los Progresistas, los Reaccionarios, los Pobres, los Ricos, la Policía, el Mundo de la Escuela, la Misión del Enseñante, los Jóvenes, los Adultos, los Curas… y, de paso, Tom Sharpe desacraliza el Sexo, el Psicoanálisis, la Justicia, el Arte, la Ciencia, etc.
Lo dicho, Wilt es un libro muy, pero que muy aconsejable. Se lo recomiendo a todo el mundo