lunes, 29 de septiembre de 2014

EL BALCÓN EN INVIERNO

En ocasiones, cuando te adentras en las páginas de un libro, mucho de lo que lees en ellas parece reproducir, tanto escenas de tu propia vida, como los pensamientos que las acompañaron.
Eso acaba de ocurrirme con la última obra de Luis Landero, El balcón en invierno, en la que el autor extremeño, dispuesto a escribir la novela que empieza a tomar forma en su mente, llevando ya unos folios redactados, se va poniendo cada vez más triste y no encuentra sentido a su trabajo ahora que, casi viejo, pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino.
El abatimiento que le impide seguir con la escritura le hace preguntarse por el impredecible futuro como lo que es “un tipo inseguro que descree de sus cualidades”, y a mirar al pasado con nostalgia.
Nostalgia de lo que se vivió. “Pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dichos, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas presentido”.
La mirada introspectiva continúa y también las preguntas unas páginas más. Contempla el paisaje habitual por la ventana, reflexiona, duda, sale a la calle, pasea por el barrio y, de nuevo en el balcón, rememora otra escena que vivió al lado de su madre en 1964, a fines del verano, cuando él tenía dieciséis años, ella cuarenta y siete y el padre, con cincuenta cumplidos, había muerto en mayo.
De ahí en adelante se suceden los capítulos en los que el escritor nos relata su historia y la de su familia, desde la aldea extremeña cerca de Portugal en que vivió de niño, hasta el momento en el que descubrió que lo que más amaba en este mundo era escribir.
Y así, línea tras línea, con la sencillez que otorga la valía, Luis Landero nos habla de su infancia. De las casas del pueblo y del castillo, la forma de vestir y el mobiliario, las comidas, las fiestas, las historias alrededor del fuego, el trabajo sin fin del campesino.
Se pregunta por qué oscuros caminos llegó a ser escritor, creciendo en una casa donde no había libros y con un padre cuya mayor ilusión era verlo ejercer como abogado.
Un padre descontento con su propio destino que, una vez en Madrid, ciudad a la que llegaron desde el pueblo en pos de nuevas metas, le obligó a cursar un bachiller de ciencias por aquello de las salidas, que le buscó trabajos que nada le decía con la intención de que se convirtiera en alguien de provecho y lo castigó con severidad cada vez que se apartó de la senda adecuada.
Sin embargo, al mirar hacia atrás, Luis Landero no juzga. Analiza las motivaciones de los que lo precedieron, comprendiendo el porqué de la manera de actuar de cada uno.
Surge así ante los ojos del lector un cuadro evocador e ilustrativo de la España que fue, sin nada de amargura. A su modo, sus familiares campesinos podríamos decir que eran felices, aunque nunca, tal vez, pensaran sobre ello. Tenían en torno una red protectora de costumbres venidas desde antiguo que les hacía no preguntarse demasiadas cosas.
Niñez en el pueblo y adolescencia y juventud en Madrid. Primeros poemas, poetas favoritos: Antonio Machado, Bécquer. Juan Ramón, Lorca, Tagore, Neruda…Lector ferviente de todo lo que caía en sus manos hasta que un profesor, al que no olvida, pone a su alcance a Borges, Valle-Inclán, García Márquez, Melville, Kafka
Y de libros trata Luis Landero en el penúltimo capítulo de El balcón en invierno que titula Elogio del cubil, con el que pongo fin a esta breve reseña. Habla en él del ansia de la belleza exquisita que creía disfrutaban los muchachos de clases superiores que venían al pueblo y a los que contemplaba desde lejos. Un ansia de belleza que reconoció al leer El gran Gatsby. La dolorosa certeza de que nunca podría pertenecer a aquella casta poderosa y feliz lo llevaba a recluirse en su casa. Una casa llena de lugares que estaban hechos como a propósito para acoger la soledad de un niño.
Y continúa diciéndose Landero (y yo también con él): “La ensoñación de un lugar secreto, de un refugio, siempre me ha subyugado. Un día deberías escribir algo sobre el refugio como motivo literario, Elogio del cubil, podría titularse. Porque los mejores y más seguros escondrijos los has encontrado siempre en los libros”.

martes, 23 de septiembre de 2014

AÑOS LUZ

Tras leer Juego y distracción, novela del escritor norteamericano James Salter recomendada por Muñoz Molina, me quedó la impresión de que tampoco era para tanto. Esto o que no había sido capaz de descubrir la valía del libro recomendado.
Ante la duda, busqué una nueva obra del mismo autor y encontré Años luz, considerada por la crítica como la mejor de todas las publicadas.
Años luz es una larga reflexión sobre el matrimonio, la libertad y la realización personal mediante la búsqueda de uno mismo, personalizada, sobre todo, en una mujer que llega hasta el final en esta búsqueda. Veamos el argumento.
En una hermosa y antigua casa a las afueras de Nueva York  con vistas al río Hudson viven los Berland en compañía de una poni, Úrsula, un perro, Hadji, y unas cuantas gallinas.
 El marido, Viri, es arquitecto. La mujer, Nedra, guapa y de carácter fuerte y arrollador, se dedica a cuidar a los suyos. Viri y Nedra tienen dos hijas, Franca de 7 años y Danny de 5. “Los hijos son nuestra cosecha, nuestro cultivo, nuestra tierra. Son pájaros a los que se da suelta en la oscuridad. Son errores renovados”.
Los Berland forman, en apariencia, una familia idílica envidiada por los pocos y elegidos amigos que los visitan y participan en las fiestas familiares llenas de creatividad y colorido.
Tanto el padre como la madre buscan la felicidad de las niñas. Ella inventa cuentos, prepara comidas especiales y adorna la casa para que todo resulte perfecto. Él dibuja historias y crea personajes que les hacen reír y soñar.
“Cenas en el campo, la mesa rebosante de vasos, flores, comida hasta saciarse, cenas que acababan en humo de tabaco, una sensación de bienestar”.
Poco a poco, utilizando frases cortas, muy descriptivas y, a veces, impactantes, James Salter nos muestra cómo transcurre la vida de los Berland y sus amigos en un ambiente burgués e ilustrado. “Aquella vida era como una prenda de vestir. Su belleza estaba fuera, su calor dentro”. Se habla de música, de pintura, de literatura. Se conocen personas interesantes. Se reflexiona. Se critica.
El descubrimiento de que no todo es como parece nos llega de sorpresa. Viri persigue una excelencia en su trabajo que no logra alcanzar, “Quería ser crucial para la familia humana”. Nedra está a su lado y acepta sus limitaciones, pero “el afecto desesperado e intolerable del principio” ha desaparecido.
La vida sigue y Nedra busca un amante entre los amigos que frecuentan la casa. Viri hace otro tanto con su secretaria, hasta que la joven lo abandona. Él conoce las distintas relaciones que mantiene su mujer. Ella, no.
El hecho de que Viri calle ante lo que hace para que la armonía familiar no se vea alterada, para que “las niñas crezcan en el más feliz de los hogares”, tranquiliza a Nedra.
Pero pasan los años y la muerte del padre de la esposa provoca el desenlace. “El camino hacia su propio fin quedaba despejado”. Llega el divorcio y cada uno lo vive a su manera. “Dos personas que se separan es como un leño que se parte. Las mitades nunca son iguales. Una de ellas contiene el núcleo”.
 Nedra viaja, busca nuevos quehaceres, prueba nuevos amantes. Viri se cierra en sí mismo. Viaja también, ninguna relación le satisface. Ansía recobrarla.
Si se tratase sólo de lo que acabo de escribir hasta aquí (el relato continúa y no adelanto lo que ocurre al final), Años luz quedaría reducido a una especie de folletín con escenas de sexo explícito protagonizado por una familia burguesa y sus hijas.
Sin embargo, la novela de James Salter contiene mucho más. Alrededor de los Berland existen otras vidas que el escritor despliega ante nosotros con enorme profundidad y belleza. Una belleza que parece obsesionarle en las descripciones de los paisajes, los elementos materiales y las personas. El deterioro que sufre la casa abandonada, los efectos del tiempo sobre rostros y objetos, la enfermedad, la muerte… "Sucede en un instante. Todo es un largo día, una tarde interminable, los amigos se marchan, nos quedamos en la orilla".
En resumen, la novela Años luz de James Salter, publicada en el año 1975, es uno de esos libros deslumbrantes, imposibles de resumir en unas pocas líneas, cuya lectura ha de complacer al lector exigente por la actualidad de su contenido y por la exquisita forma de mostrarlo.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

NIÑOS FEROCES

Lorenzo Silva es un escritor con amplia experiencia en el campo de la literatura pese a su juventud. Nació en 1966 y ha publicado más de cincuenta obras en un amplio abanico de géneros: novela, ensayo, infantil y juvenil, etc. Hay que decir también que ha recibido numerosos premios, entre ellos el Nadal y el Planeta.
Hoy traigo a Opticks una de sus novelas titulada Niños feroces que recomiendo a todos los amantes de la Historia y de la Literatura en general, ya que Niños feroces nos ilustra sobre ambas materias.
El primer protagonista de la historia que cuenta Lorenzo Silva en Niños feroces se llama Lázaro y es un estudiante universitario de 24 años aficionado a la lectura y a la escritura e incapaz de escribir un relato que exceda los quince folios, por lo que se apunta a un taller literario impartido por un reconocido autor que se llama lo mismo que él.
Dicho autor, segundo protagonista, descubre pronto la valía de su nuevo alumno y decide enseñarle una serie de técnicas que le permitan construir relatos largos y bien ensamblados.
Lo primero que le proporciona es el tema a desarrollar, para lo cual lo lleva al funeral de un hombre al que asisten numerosos falangistas. El funeral y la parafernalia que lo acompaña desconciertan al joven, hasta que el profesor le explica que conoció al finado, tercer protagonista, de nombre Jorge García Vallejo, ya anciano; que le explicó cómo había ingresado en Falange durante la guerra civil, incorporado a la División Azul en 1941 y a las Wafen-SS en 1945.
Con los datos y las instrucciones que el profesor le va proporcionando, Lázaro escribe la historia de este hombre desde la pubertad hasta la muerte.
Niños feroces tiene, por tanto, una estructura muy original, son tres los personajes principales: el profesor, el alumno y el falangista, en tres relatos coordinados que se alternan con tiempos y tonos distintos. Pese a todo, el libro interesa desde el primer momento y no resulta nada difícil de leer.
Puede decirse que Niños feroces es en parte una novela y en parte un ensayo, no sólo por las técnicas narrativas que propone, apoyadas en textos de numerosos autores y en la experiencia personal; sino por el análisis histórico de la época, apoyado igualmente en textos y entrevistas a personas que han participado en guerras recientes, lo que permite comparar motivaciones, causas y consecuencias.
He leído bastantes libros de Lorenzo Silva y en todos ellos he encontrado una especie de “pedagogía positiva” que me es muy cercana y muy grata.
Presenta realidades, que pueden ser polémicas, desde puntos de vista diversos y aportando la necesaria documentación para que cada uno extraiga sus propias conclusiones y termine admitiendo, quizá, que entre el blanco y el negro hay una enorme cantidad de matices.
De igual modo, profundiza en cada uno de los personajes principales, mostrando hasta qué punto estamos mediatizados por las circunstancias que nos toca vivir e insistiendo en aquellos cuyas motivaciones son más nobles y auténticas.
Una excelente muestra de esa pedagogía, junto a una interesante lección de Historia y otra de técnicas narrativas, que los aficionados a escribir pueden aprovechar, la encontramos en Niños feroces.

domingo, 7 de septiembre de 2014

SUITE FRANCESA

En el comentario de Los bienes de este mundo, manifesté cierta perplejidad al no encontrar en sus páginas ningún detalle significativo sobre las dramáticas circunstancias que vivía su autora, Irene Nemirovsky.
Luego, en una de las cartas que aparecen al final de Suite francesa, en la que confiesa sus apuros económicos, al haberle embargado las cuentas por el hecho de ser judía, atribuye la autoría de Los bienes de este mundo a una amiga, no judía, por supuesto.  Lo más probable es que lo hiciera para conseguir un dinero tan necesario en aquellos momentos, considerando, quizá, que no se trataba de su obra más representativa.
Suite francesa lo es, sin duda alguna. Todo en ella interesa: su cuidadosa planificación, que podemos leer en las notas finales; el modo dramático cómo se conservó hasta ser publicada, el limpio, fluido y minucioso contenido y el trágico destino de su autora que impidió pudiera terminarla.
La intención de Irene Nemirovsky al idear Suite Francesa fue escribir un libro de mil páginas, más o menos, que fuese algo así como una sinfonía con diversos movimientos y tonalidades. Su libro tendría cinco partes, en Suite francesa se recogen dos: Tempestad en junio y Dolce. De las restantes, sólo tenemos los apuntes que Irene va haciendo sobre ambientes, situaciones y personajes. Dichos apuntes, junto con las cartas escritas, primero por ella y después por su marido, Michel Epsein, a diversas personas solicitando ayuda, constituyen un sobrecogedor testimonio que enriquece, aún más si cabe, el libro.
Irene Nemirovsky no consiguió ninguna protección del Gobierno colaboracionista de Vichy. El 13 de julio de 1942 los gendarmes franceses la detienen. Deportada a Auschwitz, es asesinada el 17 de agosto. Ignorante de esto, su marido pide desesperadamente ayuda; incluso se ofrece al mariscal Pétain para sustituirla en el encierro. Lo único que logra es que lo trasladen también a Auschwitz el 6 de noviembre de 1942 y lo ejecuten al llegar.
Meses antes, Irene, que no se hace ilusiones sobre su futuro, lo organiza todo para salvar la vida de sus dos hijas, nombrando tutora a una antigua sirvienta y amiga que consigue esconderlas, pese a la continuada persecución de los gendarmes. Las niñas conservan una maleta con diversos escritos de su madre. Entre ellos, con letra muy pequeña para aprovechar el papel, está el contenido de este libro, cuya edición promoverán ya adultas..
Las dos partes de las que se compone Suite francesa suponen movimientos diferentes dentro de la sinfonía ideada por su Irene Nemirovsky. Tempestad en junio narra la huida de París de miles de personas en 1940, al ser inminente la entrada de los alemanes a la ciudad.
El desordenado éxodo de muchos hacia ninguna parte y de otros, los más acaudalados, hacia sus posesiones en el campo, es narrado por Irene con enorme realismo que esconde una acerada crítica social. El carácter de los personajes principales, reflejado en sus comportamientos y modo de pensar, pone en evidencia a unos seres de clase alta: los Pericand, Gabriel Corte, el señor Corbin, Charles Langeled, que se creen superiores moralmente, pero que son hipócritas y mezquinos. De los que pertenecen a esta clase, Irene no salva a ninguno (tendría presente su solitaria infancia con una madre egoísta hasta el límite); todos buscan su propio beneficio, desprecian a los que consideran populacho y para ellos lo material está muy por encima de las personas. Por ejemplo, el sacerdote, Philippe Pericand, en el impactante pasaje de los huérfanos, creyéndose llamado a una misión superior, se aleja de lo que predica.
La mirada de la escritora es más condescendiente al describir las clases populares: los Labarie, campesinos que cuidan al soldado herido, y la pareja de mediana edad que trabaja en un banco, el matrimonio Michaud.
Dolce narra la vida en el pequeño pueblo de Bussy ocupado por el ejército alemán, tras el armisticio firmado por el mariscal Pétain con el Tercer Reich.
Aquí destaca la familia Agellier, suegra y nuera, y la relación que ambas establecen con el oficial alemán al que han de acoger en su casa.
El relato se vuelve más intimista y descriptivo: el interior de las antiguas viviendas, los jardines, el paso de las estaciones, el movimiento y la fisonomía de los distintos personajes y hasta la convivencia, forzada o no, entre las gentes del pueblo y los ocupantes, es presentado por la escritora de un modo contenido y poético. Quizá sorprenda la nula animadversión que Irene Nemirovsky muestra al referirse a los alemanes, jóvenes con una historia, una familia y unos deseos similares a tantos otros, de nacionalidades diversas, conducidos a una guerra causada por la ambición de unos cuantos iluminados.
Mucho más se podría decir sobre Suite francesa y el resto de documentos que le acompañan. Sólo el capítulo primero de Tempestad en junio o lo referido al gato Albert, ya harían aconsejable su lectura.
Una lectura que recomiendo por su excelencia y como homenaje póstumo a una mujer, Irene Nemirovsky, que nos dice a través de Maurice Michaud, el personaje que intuyo más similar a ella: “Me mantiene la certeza de mi libertad interior que es un bien precioso e inalterable, y que conservarlo o perderlo sólo depende de mí.
De que lo que ha tenido un comienzo, tendrá un final.
Así que lo primero es vivir, Primun vivere.
Día a día. Vivir, esperar, confiar”