lunes, 31 de marzo de 2014

INTEMPERIE

Isa y Kiko me prestan un libro de Jesús Carrasco cuya calidad ha sido alabada por todo el grupo de lectores, se titula Intemperie.
Vuelvo con él a casa y la curiosidad por los elogios que acompañan el préstamo me hace iniciar la lectura esa misma noche. Nunca lo hubiera hecho, porque Intemperie es un libro que duele y, por tanto, desvela.
Construido con gran sobriedad, utilizando frases cortas y un vocabulario propio del entorno y la época, que quizá muchos jóvenes desconozcan, pero que está elegido con cuidado de experto, enriquece el lenguaje y contribuye a hacer más real el ambiente en el que se desarrolla la historia, el relato de Jesús Carrasco se sitúa  en  un lugar de la España rural, que podría encontrarse en el interior de la meseta, allá por el segundo cuarto del siglo XX, durante un largo tiempo de sequía que ha dejado los campos despoblados y embrutecido aún más a las gentes.
En ese entorno árido e inflexible, hay un niño escondido al que buscan su padre, el alguacil del pueblo y otros hombres que rastrean el terreno pensando que puede haberle ocurrido algo malo.
Pronto nos damos cuenta, mientras acompañamos al niño en su escondite, que no se trata de una travesura infantil, el niño huye de una realidad que le aterroriza y que, poco a poco, conforme avanza la lectura del libro, escrito de manera lineal, descubrimos.
Cuando por fin los perseguidores se alejan, el pequeño abandona el escondrijo que había preparado de antemano y prosigue su marcha a través de una llanura inhóspita que no le ofrece ni el agua ni el alimento necesarios para sobrevivir. Empujado por el hambre, intenta arrebatar el zurrón a un pastor que duerme junto a un pequeño rebaño de cabras, un perro dócil y un escuálido burro.
El encuentro con el viejo pastor, antítesis de sus perseguidores, cambiará el destino del niño; la relación establecida entre ambos hará de contrapeso con la brutalidad y la ignominia que en muchas páginas de Intemperie aparecerán aún.
Vuelvo a decir que Intemperie es un libro que duele o, al menos, a mí me ha dolido, porque desde la primera página me he sentido atrapada por la historia que cuenta el autor extremeño. La fragilidad física del niño y del viejo pastor, expresada con pocas y certeras palabras y manifestada en situaciones impactantes; la contraposición entre los claustrofóbicos escondrijos del pequeño que huye y el desamparo que le ofrece la llanura inmensa; la cobardía y crueldad de los perseguidores y la forma que tiene Jesús Carrasco de contárnoslo todo, contribuye a que la historia resulte creíble y por eso que duela y que desvele.
 

 

martes, 25 de marzo de 2014

LOS MIEDOS Y EL APRENDIZAJE DE LA VALENTÍA

Fue mi amigo Manolo el que me habló de José Antonio Marina hace ya muchos años. Pronto sus libros: Elogio y refutación del ingenio, Teoría de la inteligencia creadora, Ética para náufragos, Por qué soy cristiano, etc. pasaron a ocupar un lugar destacado en la sección de Filosofía de mi heterogénea biblioteca.
La lectura de los libros de Marina, así como de sus artículos periodísticos y entrevistas, me ayudó en el plano personal y en el desempeño de las tareas docentes. El proverbio africano: “Para educar a un niño es necesaria la tribu entera”, con el que él justificaba algunas de sus teorías pedagógicas, lo utilicé en reuniones de padres, alumnos y profesores, intentando que todos lo hicieran suyo y actuaran en consecuencia.
José Antonio Marina es una persona positiva y perseverante. No le importa, en vista del panorama educativo actual, clamar en el desierto una vez y otra. Insiste en la denuncia de situaciones que considera aberrantes y llama a la movilización creativa de todos aquellos que consideran que la educación es el bien más preciado.
El estilo de José Antonio Marina es didáctico, sin que pierdan por ello profundidad sus textos. Utilizando ejemplos, documentándose con honestidad, y, siempre que el tema lo permite, incluyendo en los asuntos que desarrolla pinceladas de humor que hagan más sugestivo y claro el paisaje, nos impulsa a mirar a nuestro alrededor y a nuestro interior mismo, constatando lo que debe cambiarse y proporcionándonos instrumentos para iniciar ese posible cambio.
Creo que la presentación que hace de su libro La inteligencia fracasada contribuye a que comprendamos mejor el modo de pensar de este filósofo: “No me gusta el fracaso, lo confieso. Pienso que la inteligencia puede triunfar y sería deseable que lo hiciera. Pues por mí que no quede. La finalidad de este libro es ponernos a salvo de la estupidez y de esa manera ayudar a reducir la desdicha humana”.  
Tras jubilarse como catedrático de instituto, José Antonio Marina ha continuado su labor pedagógica de muy diversas formas, la Universidad de Padres (www.universidad de padres.es) es una de ellas. Para facilitar la enseñanza en la citada universidad, Marina ha publicado diversos manuales, el séptimo de ellos se titula Los miedos y el aprendizaje de la valentía y, como su nombre indica, pretende que aprendamos a espantar los temores de nuestros hijos y también los propios.
El contenido de Los miedos y el aprendizaje de la valentía se reparte en ocho capítulos que abarcan desde una exhaustiva cartografía del miedo (diferencias entre ansiedad y angustia; miedos normales, exagerados y patológicos, innatos y adquiridos, etc.), continúan con el aprendizaje de los miedos, el miedo y el afrontamiento y la valentía, terminando con La caja de herramientas (que ayudan a erradicar los miedos), los miedos infantiles y los miedos adolescentes.
José Antonio Marina está convencido de que vivimos en la era del aprendizaje y de que lo mismo que se aprende el miedo (la angustia y los temores son emociones que suelen aprenderse en la familia y la educación ha estado tan ligada al castigo que tenemos interiorizado el miedo), se puede aprender la valentía.
En el aprendizaje de la valentía la responsabilidad fundamental recae en los padres, porque, aunque sabemos cómo ayudar a los alumnos a ser más valientes y el mensaje que nos dan los neurocientíficos es muy optimista, “la educación en España ha estado siempre ideologizada y la ideología es a la educación lo que la mixomatosis a los conejos”.
Por eso la familia ha de tomar la iniciativa ya que, insiste el filósofo: “La valentía se puede aprender mediante el desarrollo de una actitud proactiva orientada a metas, aprendiendo a inhibir la respuesta, controlar la atención, educar el habla interior, cambiar el poder de los desencadenantes, aumentar la confianza en uno mismo, la resistencia a la frustración, el optimismo y la esperanza”. Y concluye: “Es un proceso largo, pero muy positivo porque garantiza la libertad. No se trata de no sentir miedo, sino de actuar a pesar de él”.

domingo, 16 de marzo de 2014

LAS ESCALERAS DE CHAMBORD

Antes de empezar a leer Las escaleras de Chambord, tercera novedad que Isa me prestó en la biblioteca (las otras dos, El descubrimiento de la pintura y Una historia violenta ya las he comentado), busco información sobre Pascal Quignard, autor de esta tercera novedad, del que no tenía referencia alguna. Descubro que se trata de un prestigioso escritor francés que ha publicado más de cincuenta libros, destacando también en el campo de la edición y en el de la música barroca, además de considerársele un experto organista.
Con semejantes antecedentes en la cabeza, me detengo en la contraportada del libro que voy a comentar, en la que nos presentan a su principal protagonista, Edouard Furfooz, un hombre de cuarenta y seis años, apasionado por las cosas minúsculas, que colecciona por el mundo entero todo aquello que cabe en la mano de un niño.   
Como nunca me sedujo el coleccionismo y de fetichista tengo bien poco, me enfrento a la historia con una cierta prevención, y, progresivamente, voy descubriendo por qué Pascal Quignard  no publica best seller de ésos que se leen sin esfuerzo y en una sentada.
El relato contenido en Las escaleras de Chambord no es de lectura fácil. Está escrito con frases cortas en su mayoría que suelen encerrar un profundo sentido. Las referencias del autor a la música, arquitectura, pintura y, sobre todo, al coleccionismo de miniaturas elaboradas con materiales nobles, nos demuestran su formación en estos campos, así como su vasta cultura.
Cada uno de los veinticuatro capítulos de que consta la obra va precedido por una frase de un pensador: Heráclito, Shakespeare, Hang Siang-Tze, Plinio el Viejo, Martin Luther, Eurípedes, Lao-Tse, Isaías etc., que condensa en pocas palabras las ideas fundamentales que en él se desarrollan. Por ejemplo, de Shakespeare: “En la mano de los dioses somos cual pequeños moscones que los limpian de una minúscula inmundicia”, de Lao-Tse: “El nombre que debe pronunciarse no es un nombre”, de Saint-Evremond: “Languidecer es el más bello de los afanes del amor. Un resplandor nos consume”.
La forma de vivir de Edouard Furfooz transcurre entre hoteles, aeropuertos y mujeres incapaces de retenerlo. El odio que siente por la música, los libros y cualquier clase de ruido; la sensación continuada de frío que le lleva a abrigarse hasta en verano; su inestabilidad psicológica y física, al lado de imágenes de una niña que vislumbra en ocasiones y a la que no consigue nombrar, nos hacen suponer la existencia de un trauma infantil que él mismo desconoce pero intuye y que descubriremos al final de la historia.
Todos los personajes que aparecen están perfectamente dibujados y atraen la atención del lector porque ninguno es “plano”; hay siempre algo original y distinto que los identifica, mientras se desenvuelven en ambientes en general sofisticados propios de gentes con alto poder adquisitivo.
En resumen, Las escaleras de Chambord (también su lectura nos permitirá saber el porqué de ese título), es una obra densa y original con la que disfrutarán los coleccionistas de juguetes antiguos o de cualquier clase de objetos preciosos. Pero también aquellos lectores exigentes que valoran obras tan exquisitas, poéticas y cuidadas.

domingo, 9 de marzo de 2014

UNA HISTORIA VIOLENTA

Una historia violenta es la primera novela que leo de Antonio Soler, escritor nacido en Málaga en 1956 que ha recibido numerosos premios: Herralde, Primavera, Nadal… Incluso hay quien dice que existe ya un “Universo Soler”, por los rasgos tan personales que encuentran en sus obras.
De todas formas pienso que las peculiaridades que tiene Una historia violenta pueden alejarla de otras novelas de este autor, al dotarla de un tono en gran medida autobiográfico. Él afirma que tuvo la idea del libro cuando, durante un viaje, le vino a la mente el recuerdo de una pedrada que recibió de niño.
Así es un niño el principal protagonista de la historia y el que nos cuenta cómo se desarrolla su vida en un barrio de Málaga, más en una calle, calle Lanuza, a finales de los años sesenta y principios de los setenta en un intervalo no demasiado largo de tiempo.
El niño, que ha iniciado el camino hacia la pubertad, relata lo que va sucediendo a su alrededor en un ejercicio de introspección tan detallado, que llega a inquietar al lector conduciéndole hasta su propia infancia.
La vida diaria de tres familias, la suya, la de su compañero de correrías Mauri, ambas de clase media baja, la de Guillermito Galiana, media alta, y, de pasada, la pobre vida de los niños que habitan en los “bloques”, asociada cada una de ellas a las viviendas que ocupan, primer elemento diferenciador del rango social, junto a otros como la manera de hablar, el físico, la ropa, el mobiliario, el trabajo o las vacaciones, discurre ante sus ojos asombrados, que nos van transmitiendo lo que ven o lo que intuyen con la misma frialdad que un forense explica el resultado de una autopsia.
No sé por qué este libro, por cierto escrito de manera brillante, da la impresión de ser una especie de ajuste de cuentas con el pasado. De todos los personajes que intervienen en él, sólo es grato el de Tusa, la tía de Guillermito. A pesar de que también aquí la mirada del niño intuye algo extraño que no sabe explicarse, la presencia de la mujer le inspira admiración, ternura, quizá el primer deseo sexual o el primer amor, aunque en el libro lo que podría llamarse “amor” de pareja, entre padres e hijos, amigos o novios, está envuelto en una maraña de obligaciones, angustias, miserias o apariencias sociales que lo desvirtúan por completo.
Una historia violenta, ya lo indica su nombre, es un relato duro y desesperanzado sobre realidades sociales determinadas por el nacimiento que un niño experimenta con sorpresa e inquietud, sin trasladar a nadie de los que le rodean lo que siente.
Antonio Soler narra con maestría esos sentimientos encuadrándolos en unos ambientes: los pabellones militares, los bloques, el puerto, la playa, las viviendas, el descampado… que describe insistiendo en lo imperfecto o en lo negativo, y rodeándolos de sucesos de igual modo dañinos: la peste que desprenden al cocerse las patas de pollo, la aparición de ratas en la vivienda de Guillermito, las peleas, el sexo como instinto, las enfermedades y la muerte, irremediable y rotundo final.

sábado, 1 de marzo de 2014

DOS LIBROS DE JORGE EDWARDS

Atendiendo a las recomendaciones de Isa, vuelvo de la biblioteca con varios libros. Elijo para empezar la semana una obra del escritor chileno Jorge Edwards, Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999.
De Jorge Edwards sólo he leído El origen del mundo, novela no demasiado extensa que tiene por marco la ciudad de Paris y cuyo principal protagonista es un médico septuagenario casado con una compatriota bastante más joven que él. Ambos forman parte de un grupo de chilenos afincados en la capital de Francia, uno de los cuales es un mujeriego empedernido.
La contemplación por parte de la pareja del cuadro de Gustave Courbet titulado “El origen del mundo” que muestra en primer plano el sexo de una mujer, sin que veamos la cabeza ni las piernas, hace pensar al doctor que podría tratarse de su esposa. Pensamiento que transmite a ésta, añadiendo además que a su amigo común (el mujeriego) le gustaba fotografiar en poses de carácter sexual a sus amantes. La reacción ofendida y ruborizada de la mujer, lleva al médico a deducir que ella también pudo haber sido una de esas amantes.
Obsesionado por la supuesta traición, el hombre es víctima de un ataque de celos tan intenso que, a pesar del posterior suicidio del amigo juerguista, se dedica a buscar pruebas de ese posible engaño. Es ahí donde Jorge Edwards despliega todo el talento narrativo que le caracteriza. De su mano, recorremos París buscando dichas pruebas, conocemos a personajes decadentes, otrora soñadores o famosos, y compartimos las reflexiones del doctor en relación con la política y la vida en general, en una detallada alegoría del fracaso, introducida por breves pensamientos de Séneca, Virgilio y Ovidio.
Idéntica maestría narrativa encontramos en El descubrimiento de la pintura. También aquí el libro empieza con la contemplación de un cuadro, el pintado en Chile (el relato se desarrolla en Santiago), por Jorge Rengifo Mira, Rengifonfo o Fonfo para los más cercanos, y que representa un paisaje.
Al parecer, el poseedor actual del cuadro, que es quien cuenta la historia, dando la impresión de que se trata del mismo Jorge Edwards, en una suerte de falsa (o no) autobiografía, lo consiguió por medios no demasiado lícitos y desea devolverlo a la que considera su propietaria legal. Esa intención le lleva a recordar todo aquello que compartió con Fonfo, pariente lejano de su madre, y las peculiares características físicas y psicológicas de éste: poco agraciado y de “torpe aliño indumentario”, expulsado del ejército por oscuros motivos, aficionado experto a la música clásica, trabajador en una cerrajería durante la semana y pintor los domingos de cuadros no valorados por los demás, para cuya ejecución se guía sólo por la inspiración propia, sin seguir nunca las directrices ni los modelos de algún maestro.
De nuevo en El descubrimiento de la pintura, libro escrito dieciséis años después que El origen del mundo, comprobamos las extraordinarias dotes de narrador que posee Jorge Edwards. Experto en mostrar con elegancia y muy pocos detalles los recovecos del alma humana, se aproxima con ternura a la persona y las circunstancias que rodean a Fonfo y que determinan su final. Aproximación que es crítica y amarga al referirse a otras personas y otras circunstancias de su propia historia y la de Chile.
En resumen, dos libros breves de un gran escritor, comprometido siempre, desde el principio, con la mejor y más noble literatura.