domingo, 26 de enero de 2014

Y LAS MONTAÑAS HABLARON

El libro que hoy traigo a Opticks acaba de salir al mercado. Se titula Y las montañas hablaron y es obra del escritor afgano residente en Estados Unidos Khaled Hosseini, del que ya he leído Cometas en el cielo y Mil soles espléndidos, novelas que me parecieron interesantes, conmovedoras y bien escritas.
Al igual que ocurre con las dos obras citadas, la temática de Y las montañas hablaron gira en torno a Afganistan y la historia de este país asiático que presenta más sombras que luces.
Los protagonistas principales son Abdulá, un niño de diez años, y su hermana Pari de tan sólo tres. La madre de ambos murió al nacer la niña y el hermanito se ocupó de cuidarla, hasta que el padre, Sabur, se vuelve a casar, e incapaz de mantener a los nuevos hijos que van llegando y a los anteriores, toma la decisión de, a cambio de dinero, entregar a Parí a un rico matrimonio de Kabul que no tiene hijos y con el que se ha puesto en contacto por mediación de Nabi, hermano de su segunda mujer y sirviente del matrimonio en la capital.
Esta primera parte del relato, que se inicia cuando el padre cuenta a Pari y a Abdulá, antes de que se duerman y emprendan a la mañana siguiente el viaje hacia Kabul, una antigua historia de la mitología afgana, y concluye con la entrega de la niña, es lo que me ha parecido más atrayente de todo el libro.
Luego, de forma progresiva, Khaled Hosseini  incorpora a Y las montañas hablaron nuevos personajes con su bagaje de vivencias a cuestas, todas ellas dramáticas, lo que provoca, siempre a mi parecer, que la tensión inicial se diluya ante tantos y tan variados frentes abiertos.
Citando un poco por encima para no desvelar toda la trama a posibles lectores, el autor muestra en el libro la dura vida del campesinado sometido a los rigores del clima en aldeas sin los mínimos servicios sanitarios; la cuestión de los matrimonios mixtos entre afgano y extranjera, francesa en este caso; los cambios sociales, económicos, etc. provocados por las invasiones, los conflictos bélicos y la llegada de los talibanes al poder; la corrupción asociada a la droga que traen consigo los llamados señores de la guerra; el trabajo de los cooperantes internacionales en Kabul; los campos de refugiados en Pakistán; el exilio y sus consecuencias para los afganos que abandonaron su país, trasladándose a Estados Unidos o a Europa, etc.
Pero no sólo en Y las montañas hablaron se abordan con mayor o menor profundidad los temas anteriores y bastantes otros, sino que el autor nos cuenta cómo ha sido la vida de algunas de las personas que encontramos en ellos; por ejemplo, la de Parwana, segunda mujer de Sabur, y la de Markos, médico y cooperante de origen griego.   
Surge así ante los ojos del lector un tapiz (acertada palabra que tomo de la contraportada del libro), cuya urdimbre exhibe tal cantidad de hilos distintos, que el resultado no posee la calidad que podía esperarse en esta tercera obra de Khaled Hosseini, tras la grata sorpresa que supusieron las dos primeras.
En su pretensión de hacernos conocer el mayor número de matices de la compleja realidad afgana y universalizar a la vez actitudes y sentimientos, que ya de por sí son universales, Khaled Hosseini ha dado lugar a que pensemos, es mi opinión, que con los hilos que quedan sueltos o que sobran en Y las montañas hablaron podrían escribirse varias novelas.
 

domingo, 19 de enero de 2014

LA MUJER ES UNA ISLA

Hace algún tiempo me regalaron el libro Rosa candida de la autora nacida en Islandia Audur  Ava Ólafsdóttir. Dicho libro, al parecer muy bien acogido por la crítica y con numerosos premios en su haber, no pasó para mí de ser una novelita agradable con la que entretenerse sin necesidad de pensar demasiado.
Un poco preocupada por la nula coincidencia con los gustos del mercado literario que mostré tras la anterior lectura, adquirí otra novela, también premiada, de la misma autora.
Se titula La mujer es una isla y nos cuenta, sobre todo, el viaje por Islandia que realiza una mujer de treinta y tres años a la que su marido acaba de pedirle el divorcio y la vidente, a cuya consulta ha acudido, le pronostica que en una distancia de 300 kilómetros ganará la lotería y conocerá a tres hombres, uno de los cuales será el amor de su vida.
En el viaje que decide hacer hacia el lugar en el que había pasado la infancia, acompaña a la joven Tumi, un niño sordomudo de cuatro años hijo de su mejor amiga que no puede atenderle porque está ingresada en el hospital esperando un parto de gemelos.
El trabajo de la viajera, correctora de textos que escriben otros, a lo que le ayuda el dominio de varios idiomas, le permite viajar sin problemas lejos de la ciudad en la que vive.
Hasta ahí el argumento del libro, que no está mal, si los personajes fuesen creíbles y la forma de escribir de Audur Ava Ólafsdóttir en él  (diferente del modo que tiene de expresarse en Rosa Cándida) menos embrollada.
 En teoría es una obra poética por las descripciones que realiza de los lugares que recorre durante el viaje y los recuerdos de su infancia, señalados en cursiva, y feminista porque reivindica la libertad de la mujer para elegir su propio destino.
Quizá a consecuencia de lo segundo, los personajes masculinos están desdibujados. Aparecen y desaparecen sin que la protagonista recuerde con claridad sus características físicas, ni tan siquiera el color del pelo, los ojos o la estatura de su ex marido.
Esta poca concreción y lo “poético” de algunas expresiones que se quedan a medias o retuercen de modo peculiar el lenguaje, limitan la claridad del texto y lo hacen farragoso y pesado de leer.
Por otra parte el niño que podría aportar sencillez y ternura al relato, igual que la niña de Rosa Candida, se asemeja más a un extraterrestre que a un ser de carne y hueso.
Resumiendo, y sintiéndolo mucho, he de decir que con lo único que estoy de acuerdo de la nueva obra que acabo de leer escrita por Audur Ava Ólafsdóttir, es con el título: La mujer es una isla. Está claro que sí y aquí inabordable.      

domingo, 12 de enero de 2014

TRES TORMENTAS DE NIEVE

Hay días, en especial si llueve y estoy triste, en los que me apetece releer a los grandes escritores rusos. En este caso a Pushkin, Tolstói y Chejov que escriben cada uno de ellos un relato, recogidos en el libro que hoy traigo a Opticks, Tres tormentas de nieve, en los que la tormenta, como el título indica, ocupa un lugar preferente.
La tormenta es el nombre del relato de Pushkin. Una tormenta de nieve llama Tolstói al suyo  y En el camino lo titula Chejov.
Resulta interesante comparar la forma de escribir de estos genios de la literatura, trasladada al lector por una traductora excelente ya desaparecida, Lydia Kúper. 
Empezar a leer los relatos, dejando a un lado el fondo de la historia, supone deleitarse en una prosa clara que surge sin aparente esfuerzo. Eso a pesar de que los tres autores eran bastante jóvenes cuando los publicaron, en especial Tolstói y Chejov que tenían 25 y 26 años respectivamente, (Pushkin había cumplido 31).
Aunque la tormenta resulte un elemento principal y determinante en cada caso, las historias que el editor ha tenido el acierto de seleccionar son bien distintas.
La tormenta ideada por Pushkin acompaña un amor imposible en el marco de las guerras napoleónicas. Los principales protagonistas, una adinerada joven que lee novelas francesas y un pobre alférez, están enamorados y, temiendo que la familia de la joven se oponga, deciden casarse en secreto. La tormenta originará un final sorprendente.
Tolstói nos cuenta en Una tormenta de nieve el viaje que realizó por las estepas rusas, Territorio del Ejército del Don, en trineo y acompañado por un criado y un cochero. Aquí el relato se centra en la tormenta en sí que dirige el destino de unos y otros, en los lúgubres sueños del protagonista, en la descripción de paisajes y tipos humanos y en las relaciones que se establecen entre ellos.
La tormenta de la que Chejov habla En el camino ruge fuera de la sala de una venta en la que se han refugiado tres viajeros; primero un hombre de mediana edad y su pequeña hija y más tarde una joven. Destaca el diálogo que mantienen el hombre y la joven, en el que él le explica cómo ha sido su vida en una especie de desesperada confesión que nos dice bastante sobre la sed de creer del pueblo ruso.
La mirada de los tres escritores sobre los personajes que crean es compasiva y justificadora de los actos de todos. Pretenden que veamos lo mejor y más noble del alma rusa desplegándola en toda su grandeza, comparándola con la furia y la magnitud de los elementos naturales imprevisibles y determinantes en ocasiones del devenir humano.
Un alma rusa tratada en cada caso según la persona que escribe el relato, algo también que gusta comprobar y que enriquece aún más la lectura.

miércoles, 8 de enero de 2014

SIEMPRE SUPE QUE VOLVERÍA A VERTE, AURORA LEE

Hablar de Eduardo Lago es hablar de Literatura ya que, además de ser Doctor en Literatura y enseñar dicha materia en la universidad de Nueva York, la Literatura es el tema central de todos los libros que ha escrito hasta ahora.
En Llámame Brooklyn, libro que hace algún tiempo presenté en Opticks, un periodista se ve obligado, por la promesa que hizo a un amigo muerto, a escribir la novela que éste no consiguió terminar.
En Siempre supe que volvería a verte Aurora Lee también existe un relato inconcluso, un relato real titulado El original de Laura que Vladimir Nabokov escribía, sirviéndose de una serie de fichas, en 1975, poco antes de morir. Previamente había ordenado que las fichas, algunas ilegibles y con numerosos tachones,  fuesen destruidas. Su mujer desobedeció la orden y las guardó. El hijo de ambos las publicó en forma de libro el año 2009.
Según cuenta Eduardo Lago, la lectura de esas fichas le hizo pensar, hasta el punto de obsesionarse, en el relato que el escritor tenía en mente mientras las redactaba que termina con siete palabras: eliminar, suprimir, borrar, tachar, cancelar, anular, obliterar. Esa obsesión es el inicio de la novela.
David Mitchel (aunque se hace llamar Benjamín Hallux), novelista y amante de la literatura, tras leer El original de Laura, queda impresionado por lo que intuye encierra el texto y decide buscar a alguien capaz de extraer de él la historia que el autor de Lolita imaginaba al escribirlo. Contacta así con Stanley Marlowe, un “negro” o escritor fantasma que se dedica a perfilar los libros que otros firman.
Marlowe acepta el trabajo consistente según él en “Desentrañar la matriz de una novela póstuma dejada sin acabar por su autor, uno de los grandes escritores del siglo XX”; a la vez se ocupa de elaborar las memorias del millonario Arthur Laughton, encargo que recibe de su joven esposa, ante la deteriorada salud de dicho millonario.
Conforme va leyendo El original de Laura, Marlowe extrae conclusiones que comparte con Hallux en la realidad o en la ficción. La historia inicial del libro de Nabokov, protagonizada por un neurólogo de aspecto repulsivo casado con Flora, joven y bella mujer que lo engaña, se engarza con la que el neurólogo escribe sobre el suicidio o arte de la desaparición mediante el paulatino borrado de las partes del cuerpo, pero también con la que cuenta Eric, uno de los amantes de Flora, que inventa otro texto en el que convierte a Flora en Laura.
Al margen de las tareas literarias que ha de realizar Marlowe, las complicaciones en el desarrollo del relato son continuas. Así un agente literario que cree que Hallux ha encontrado un libro no publicado aún de Nabokov intenta arrebatarle el material que Marlowe le envía, consiguiendo sus propósitos y originando que Hallux, al buscar lo que le han robado, escuche la lectura de una nueva historia lograda a partir de las fichas de Nabokov en la que aparece Aurora Lee.   
Por otro lado, Arthur Laughton muere, como habían muerto Nabokov y el neurólogo protagonista de su novela y Marlowe, no sabemos si el nombre está inspirado en un personaje de Chandler o de Conrad, desaparece en la isla a la que ha viajado para esparcir las cenizas del millonario según sus deseos.
Pero Marlowe, antes de desaparecer, ha escrito un relato que titula Un torso sin rostro basado en el que escribió la segunda mujer de Paúl Auster sobre Daniel, el hijo de éste y de su primera mujer con efectos bastante perniciosos y en el que también hay desaparecidos de por medio.
Así, valiéndose de alusiones continuas a escritores vivos o muertos: Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Herman Melville, Alan Poe, etc., Eduardo lago, con la maestría que le caracteriza, mezcla literatura y vida, de tal manera, que no acabamos de saber dónde termina la una y empieza la otra. Lo que sí podemos deducir es que la desaparición de un escritor no influye en sus obras, que poseen entidad propia modificada por el propio lector.
No sé si alguien se aclarará con lo que acabo de escribir. La persona que me prestó el libro lo tiene lleno de anotaciones a lápiz, por lo que intuyo que tampoco le ha resultado fácil su lectura.
La conclusión es que Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, es una gran novela, pero sólo al alcance de lectores avezados y exigentes. Para mi amigo Manolo, sumergirse en sus páginas, hubiese supuesto un extraordinario placer.

miércoles, 1 de enero de 2014

LA HIJA DEL CANÍBAL

Inicio el año 2014, ojalá sea bueno para todos, con un libro de la misma autora con la que terminé el 2013, es decir, con un libro de Rosa Montero.
La verdad es que me gustó tanto La ridícula idea de no volver a verte, que busqué adentrarme algo más en su manera de contar historias.
Entre varias obras, elegí La hija del caníbal, una novela de 1997, por la que la escritora madrileña consiguió el Premio Primavera de Narrativa.
La hija del caníbal no me ha defraudado en absoluto. Hay muchas obras que envejecen mal, no es el caso de ésta, que podría calificarse de novela policiaca en un tiempo en que lo policiaco está de moda; pero en la que también se puede resaltar la denuncia que hace de la corrupción en diversos niveles de la vida social y política, algo que también está hoy de moda por desgracia.
Al lado de la trama policiaca y de la corrupción, Rosa Montero realiza en su novela un análisis de las relaciones conyugales y familiares bastante pesimista que, si miramos a nuestro alrededor con ojos críticos, tampoco se halla muy lejos de la realidad.
La protagonista principal del relato escrito por la autora, en el que en ocasiones  se introduce en un inteligente juego de identidades falsas y mentiras, es Lucía Romero, una mujer de 41 años dedicada a escribir cuentos para niños que juzga horrorosos, pero que le suponen el sustento, casada con Ramón Iruña, un anodino y acomodaticio empleado de Hacienda.
La monótona vida familiar se altera cuando Lucía y Ramón esperan en el aeropuerto el despegue del avión que les llevará de vacaciones navideñas a Viena y el hombre necesita ir al servicio. Lugar en el que desaparece sin dejar rastro.
Aturdida por la desaparición del marido, Lucía inicia su búsqueda en la que cuenta con la colaboración de un policía y, sobre todo, con la ayuda de Felix Roble, un vecino suyo de 80 años, viudo y antiguo anarquista, cuya vida, que explica a la mujer en el transcurso del relato, nos introduce en la historia del anarquismo español y de sus protagonistas más destacados, por ejemplo, Buenaventura Durruti.
Junto a Felix, interviene en la búsqueda al lado de Lucía otro vecino, Adrián, un joven que no se diferencia de los actuales, idealista y con poco dinero.
El interés de la historia se mantiene hasta el final. El ritmo es ágil y los enredos del argumento deparan al lector numerosas sorpresas. La amargura y desesperanza que alberga el fondo de algunos capítulos, contados de tal modo que parecen reflejar hechos reales, se ve compensada por otros que presentan situaciones hilarantes o que muestran una enorme ternura.
En resumen, La hija del caníbal (dejo al lector que averigüe el porqué de tal título), puede considerarse como una gran novela que no defraudará a los más exigentes.
Por ello pienso que recomendarla es una buena forma de desear a los lectores de esta sección de Opticks lo mejor al empezar el año.