domingo, 7 de diciembre de 2014

LA GENTE DE JULY

Conforme pasa el tiempo y cumplo años, el cargo que ocupa una persona, sus títulos o posición social me van diciendo menos. La verdad es que nunca me dijeron demasiado. Siempre tuve presente la hipocresía que subyace en la frase “Haced lo que os digo y no hagáis lo que hago”. Así que procuro vivir de acuerdo con lo que pienso y creo. Eso me hace no tener demasiados amigos, pero los pocos que tengo son geniales.
Lo anterior viene a cuento de una discusión que hemos mantenido a veces varios lectores: ¿Debe juzgarse una obra literaria al margen de la persona que la escribe? Mi opinión es que sí. Lo contrario sería propio de regímenes totalitarios o de seres con bajos instintos que, por el hecho de pertenecer la persona a una determinada clase social, tener unas ideas, una religión, una moral o unas costumbres distintas del que juzga, condenan su obra al ostracismo o a la hoguera (junto con ella misma en ocasiones), como por desgracia ha sucedido y sigue sucediendo en demasiados lugares de la Tierra.
Esto no quiere decir que no haya autores cuya vida y obra estén sincronizadas. Un ejemplo es la autora que hoy traigo a Opticks, Nadine Gordimer.
Nadine Gordimer nació en Sudáfrica en 1923 y murió en el mismo país el pasado mes de julio. De raza blanca, clamó contra el apartheid, defendió la libertad y la democracia, se implicó en causas que ayudaran a los más débiles y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1991.
Como escritora, Nadine Gordimer afirmaba que con sus libros no pretendía gritar contra el racismo, que eso lo hacía con sus acciones.
La gente de July, novela publicada por Nadine Gordimer en 1981, cuenta la historia de Bam y Maureen, un matrimonio de clase acomodada en la Sudáfrica del apartheid. Maureen y Bam Smales no comparten las ideas racistas que consideran intolerables, por lo que tratan de un modo que piensan es respetuoso y correcto a July, su criado negro.
Adelantando la revuelta que en 1992 acabaría con la segregación racial, Nadine Gordimer coloca al matrimonio y a sus tres hijos bajo la protección de July que, así comienza la novela, les sirve té en la cabaña de su aldea.
Dicha cabaña pertenecía a la madre del criado y él la ha ofrecido como refugio a los Smales, después de guiarlos hasta ella por terrenos desconocidos, mientras huían de la violencia reinante en la ciudad en la que residían, tras el levantamiento de la población negra.
En un escenario reducido, la cabaña y poco más, con el estilo sobrio y denso que le caracteriza, sin florituras ni elementos superfluos que nos distraigan del fondo del relato, la escritora sudafricana presenta las reacciones de unos y otros en una situación en la que el antiguo criado ha pasado a ser salvador, defensor y hasta jefe de sus antiguos amos.
La adaptación a una vida carente de comodidad alguna, muy fácil en los niños, las reticencias de la mujer y la madre de July ante la llegada de los blancos y, sobre todo, la reflexión continuada de Maureen sobre su vida pasada, las funciones que July desempeñó en la casa y el cambio experimentado, lo que la lleva a frecuentes enfrentamientos dialécticos con el hombre, plantea al lector muchos y variados interrogantes.
Interrogantes a los que Nadine Gordimer no responde en La gente de July. La historia queda abierta, Cada lector podrá buscar, si lo desea, el final más acorde con sus preferencias personales.    
 

 

 

 

 

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