martes, 18 de noviembre de 2014

LA TRABAJADORA

Leo en el periódico la historia de una joven periodista que, a pesar de sus variados empleos, sobrevive con enormes esfuerzos por el poco dinero que le proporcionan todos ellos y que, aun prescindiendo de cualquier clase de capricho, ciñéndose a lo básico, necesita la ayuda de sus padres para llegar a duras penas a fin de mes.
El análisis de esta vida en precario se completa con diversos estudios sobre la situación laboral y las expectativas de futuro que tienen los jóvenes españoles, en general, bastante deficientes.
Lo anterior viene a cuento porque Elisa, protagonista del libro de Elvira Navarro que hoy traigo a Opticks y que se titula La trabajadora, es una mujer joven empleada como correctora en una importante editorial que retrasa los pagos durante meses. Esa situación de inseguridad y carencias le obliga a buscar una vivienda en la periferia de Madrid y a compartir el alquiler con Susana, extraña y enigmática persona que construye murales con pequeñísimas figuras recortadas de catálogos y revistas.
Tanto Elisa como Susana viven obsesiones de tipo patológico, más agudas en la primera que en la segunda, que les hacen bordear el oscuro campo de la locura, sin que lleguemos a saber qué exactamente es lo que las provoca.
Las obsesiones de una y otra se cruzan sin juntarse. Ambas las padecen e intentan liberarse de su carga de modo individual, aunque Susana hable a Elisa de ellas y le explique el modo cómo las puso en práctica.
Estas confidencias, que Elisa va escribiendo, sirven de inicio al libro, conduciendo al lector de atrás hacia adelante de la historia y de delante atrás, en una complicada estructura de cambios que nos hace partícipes de la desazón y de la angustia que padecen las protagonistas.
Los encuentros eróticos por parte de Susana con el enano Fabio, la crudeza en la exposición de sus deseos morbosos, las descripciones de su anatomía…Todo esto unido a esa ciudad casi fantasmagórica que Elisa recorre enajenada, con barriadas que dejó a medias la especulación y viviendas de las que se aprovechan okupas y sin techo (el detalle de los cables que salen de las casas y se conectan furtivamente al tendido eléctrico general), los efectos del bloqueo mental que sufre la joven periodista, la situación de inseguridad y miedo que le provoca el no saber cuándo cobrará el sueldo y si lo cobrará alguna vez.
La trabajadora es el segundo libro que leo de Elvira Navarro. El primero, La ciudad en invierno que la dio a conocer en el complicado mundo editorial, muestra ya el estilo característico que apreciamos en éste: frases cortas y directas, profundo análisis psicológico de los personajes, detalladas descripciones de la ciudad en la que vive, preocupación por la persona como ente social desarraigado.
En La trabajadora la preocupación se centra en el ámbito laboral que conduce a los jóvenes a enfrentarse al futuro de manera pesimista y desesperanzada, asumiendo que deben revisar a la baja sus expectativas y conformarse con vivir una vida en precario, en la que encontraran muchas dificultades para trazar una trayectoria laboral en la que edificar sus proyectos vitales.
De esto a la locura hay sólo un paso que Elvira Navarro reproduce en La trabajadora con realismo impactante y total.

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