lunes, 5 de mayo de 2014

LA ANALFABETA QUE ERA UN GENIO DE LOS NÚMEROS

Cuando leí la primera novela de Jonas Jonasson, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, pensé que era el libro adecuado para aquellas personas que se toman los acontecimientos históricos y la vida en general demasiado en serio.
La segunda novela del periodista y escritor sueco titulada La analfabeta que era un genio de los números ratifica mi opinión inicial. Desaparecido el factor sorpresa, creo que las intenciones del autor en uno y otro libro son similares. Jonas Jonasson quiere ayudar a que los lectores a través del humor relativicen todo lo que sucede. Porque como afirma citando a Charles Chaplin: “Nada dura para siempre, ni siquiera nuestros problemas”.
Y si las intenciones del autor son similares en ambos libros también lo es cómo las expresa: repasa la historia del siglo XX con mirada crítica, haciendo coincidir a personajes reales (Thatcher, Reagan, Gorvachov, Mandela, Oloff Palme, Gaddafi, Deng Xiaoping…) e imaginarios en una hilarante mezcla que sorprende y hace reflexionar.
La acción comienza a principios de los años 60 en Sudáfrica, concretamente en el gueto de Soweto en pleno apartheid. La protagonista es Nombeko Mayeki, una niña negra de 14 años que vive de forma miserable junto a su madre alcohólica y drogadicta que muere a poco de iniciarse el relato.
Nombeko nunca fue a la escuela, pero su extraordinaria inteligencia y su habilidad para el cálculo, unido a carambolas del destino, logran que se convierta en jefe de las letrinas del lugar, aprenda a leer y consiga una fortuna en diamantes.
Con los diamantes cosidos en el forro de su chaqueta, Nombeko busca la seguridad que cree encontrará en la Biblioteca de Pretoria. En el trayecto es atropellada por el ingeniero alemán alcohólico que se encarga del programa nuclear sudafricano y un juez la condena a trabajar gratis en el bunker de éste. Durante el obligado encierro, la joven termina dominando la física nuclear, ayudando a su jefe en la fabricación de seis bombas (al final son siete) y hasta aprendiendo chino gracias al contacto con tres sirvientas chinas que están allí por falsificadoras.
Toda esta parte de la historia de Nombeko tiene por escenario el continente africano y le sirve a Jonas Jonasson, utilizando personajes disparatados que viven situaciones surrealistas, para presentar lo absurdo e injusto del colonialismo, las políticas racistas de los primeros presidentes de Sudáfrica, las desigualdades sociales, el armamentismo, los embargos económicos, etc.
Paralela a la historia de Nombeko, Jonas Jonasson nos cuenta la del sueco Ingmar Qvist y su esperpéntica familia, sin detenerse según acostumbra en detalladas descripciones ni disertaciones, sino aportando una ocurrencia irónica e inteligente casi en cada línea.
La llegada de Nombeko a Suecia ayudada por dos agentes del Mosad y su encuentro con los hijos gemelos de Ingmar, Holger 1 y Holger 2, provoca situaciones aún más rocambolescas y se acentúa el histrionismo de los personajes: los dos Holgers, la novia antisistema de Holger 1 y su abuela falsa aristócrata que cultiva patatas, el norteamericano desertor de la guerra de Vietnam que se cree perseguido por la CIA, el rey Gustavo Adolfo y su Primer Ministro, etc. Jonas Jonasson no deja títere con cabeza y se vale de todos ellos para criticar por igual al comunismo que al capitalismo, a la monarquía que a la república, los movimientos antiglobalización, la policía, la cerrazón ideológica de algunos de sus compatriotas, las contradicciones de la sociedad sueca, el fanatismo, incluyendo una cita del escritor israelí Amos Oz: “Jamás he conocido a un fanático con sentido del humor”, etc.
Dejando a un lado el análisis histórico que el autor sueco realiza utilizando los mismos recursos, creo que la diferencia entre El abuelo que saltó por la ventana y se largó y La analfabeta que era un genio de los números puede hallarse en el personaje principal de una y otra historia. En la primera se trata de un abuelo, con la reivindicación que esto supone de las personas que están en esa etapa de la vida y la sociedad las considera inútiles, y en la segunda es una adolescente, pero no de las del botellón y el consumismo desaforado, sino una adolescente idealista que no quiere hacer daño a nadie, evita un desastre nuclear y logra superar las condiciones más adversas a base de trabajo, inteligencia e ingenio.

 

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