lunes, 28 de abril de 2014

LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO

Tras la lectura de La lluvia amarilla de Julio Llamazares, Kiko me recomendó otra obra del escritor leonés titulada Las lágrimas de San Lorenzo. Como no era la primera vez que le escuchaba referirse en tono admirativo a dicho libro, me lo traje a casa dispuesta a descubrir sus cualidades.
Lo primero  que puede reseñarse después de leer La lluvia amarilla y Las lágrimas de San Lorenzo es que Julio Llamazares escribe muy bien. Suele utilizar frases cortas y rotundas que proporcionan claridad a sus textos y que, a la vez, hacen pensar.
Junto a las frases cortas, también en los dos libros, más en La lluvia amarilla que en Las lágrimas de San Lorenzo, encontramos figuras, expresiones y giros propios de la poesía, primer género que cultivo el autor.
Esto en cuanto a la forma. El estudio del fondo permite constatar que a Julio Llamazares le preocupa la soledad, la memoria, el paso del tiempo, la fugacidad de la vida humana. Preocupaciones que a la cabeza de todas las personas han de acudir en alguna ocasión. Lo que permite que nos identifiquemos sin dificultad con las reflexiones más o menos filosóficas del escritor respecto a ellas.
Centrándonos en Las lágrimas de San Lorenzo, afirma Julio Llamazares en una reciente entrevista: “Mi idea del mundo es una masa de gente solitaria que camina bajo las estrellas y que termina derrotada por el tiempo”.
En este caso se trata de un profesor de universidad que ha ido dando tumbos por Europa impartiendo clase en distintos campus sin echar raíces en ningún lugar y que ahora, cumplidos ya los cincuenta años, viaja a Ibiza en compañía de Pedro, el hijo preadolescente que tuvo con Marie, una mujer de la que está separado.
Ibiza había supuesto para el profesor, al llegar a la isla recién terminada la carrera, la libertad total en una naturaleza todavía virgen junto a jóvenes de diversas partes del mundo que buscaban lo mismo que él cuando todavía creía que la vida era una estrella que no se apagaba nunca.
Y es en Ibiza, durante la noche de San Lorenzo, contemplando al lado del niño desde una colina la lluvia de estrellas fugaces, que la memoria se convierte en aliada y el profesor repasa lo que ha sido su vida hasta el momento.
La memoria le trae el recuerdo de una noche similar a ésta mientras pasaba las vacaciones en el pueblo de los abuelos y, recostado con su padre en la era, oliendo a lúpulo y a tomillo, atendía a las explicaciones que él le daba sobre la posición y el nombre de las estrellas admiradas por ambos. Un padre que después le diría una frase que tardó en entender: “Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo”.
Después vendrá el contacto con la muerte, el desarraigo, el amor, la soledad, la amistad, el olvido, la búsqueda, la traición, la ternura, las preguntas, las dudas, los anhelos…
No sé si Julio Llamazares vivió todas o parte de las experiencias que nos cuenta en el libro. Lo que sí sé es que las hace creíbles.
Así que insisto en lo de la facilidad que el lector encuentra para identificarse con las reflexiones que le suscitan y que expresa en ocasiones con la ayuda de Homero, Catulo, Jon Lennon..., construyendo un relato profundo e intimista, sencillo en apariencia, si lo comparamos con la riqueza ornamental de La lluvia amarilla, pero con tal cantidad de matices recogidos en los personajes que el protagonista dibuja, que hacen que la historia de todos ellos se funda con la nuestra, y que nos preguntemos y nos continuemos preguntando.

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