sábado, 20 de diciembre de 2014

BUENOS DESEOS

Este año para enviar, en nombre de los que hacemos Opticks, los mejores deseos a nuestros amigos y visitantes, he elegido un villancico que llega a España desde la querida tierra cubana. Lo he elegido porque parece ser que el futuro de Cuba se presenta con menos nubarrones.
Ojalá que la ausencia de nubarrones sea poco a poco tan común en el futuro de todos nosotros como la alegría de los cubanos.
             
                CAMPANITAS DE CUBA
 
Eco se oye en las campiñas,
ecos de alegres cantares,
cantan al Rey de los Cielos
voces que son celestiales.
 
Y en todo el campo cubano
se escuchan bellos cantares,
cantan al Rey de los Cielos,
dormidito entre pañales.
Cuba le adora y le canta,
con campanitas cubanas.
 
                   Noche tan linda y tan bella
                   no hubo jamás en la tierra.
                  noche que en todo se alegra
                     con la llegada de Dios.
 
                  Brilla en el cielo una estrella,
                   se oyen campanas lejanas,
                    son campanitas cubanas,
                    son campanitas de amor.
    

domingo, 14 de diciembre de 2014

MOVIMIENTO PERPETUO

Hace frío y llueve. Enfrento la última semana de otoño con la melancolía que suele acompañarme a lo largo de toda la estación. Un estado de ánimo que me lleva a elegir alguno de los libros que fueron importantes en un tiempo por el placer de su lectura, las tertulias a que dieron lugar, lo que aprendí de ellos y otras cuestiones que, como las anteriores o más personales, quedan al margen de la obra en sí.
Uno de esos libros fue y será siempre Movimiento perpetuo de Augusto Monterroso. Al igual que a otros grandes autores, Manolo me había descubierto a Monterroso antes de que le dieran en el año 2000 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Recuerdo que, tras la lectura de Onís es el asesino, a los dos nos dio por componer palíndromos e intercambiarlos (los guardo todos como recuerdo de aquellas literarias jornadas).
Después he oído o leído alusiones al escritor, que se consideraba guatemalteco aunque nació en Honduras, referidas al considerado el cuento más breve del mundo: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Nada más, al menos en mi círculo próximo. Se publica tanto, las novedades son tan abundantes y variadas, que no se suele releer a escritores poco prolíficos como lo fue Monterroso, pese a su enorme valía intelectual.
Movimiento perpetuo incluye fábulas, en las que el lector ha de deducir la moraleja; ensayos, historias, disquisiciones, pensamientos y reflexiones en muchas de las cuales el autor hace de la brevedad un arte.
Intercalados con los escritos de Monterroso en Movimiento perpetuo hay reproducidas citas literarias de autores diversos, en las que se alude de alguna manera a las moscas, título también de la primera reflexión extensa del autor que aparece en el libro.
Augusto Monterroso es un escritor culto, en sus historias demuestra amplios conocimientos de autores y obras fundamentales de la Literatura universal. Uno de los muchos ejemplos que encontramos en esta obra podría ser el, llamémosle ensayo, que titula Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges. Maneja de un modo magistral la ironía, en el fondo de la que percibimos una íntima tristeza y un pesimismo amargo: El hombre no se conforma con ser el animal más estúpido de la Creación, encima se permite el lujo de ser el único ridículo.   Y es que se dice de Monterroso que era muy tímido y el ridículo es el gran enemigo de los tímidos.
Vuelvo a leer lo que he escrito hasta ahora y me doy cuenta de que me estoy quedando muy corta en mis apreciaciones. Hay que tener el genio de este hombre, su formación, su valía intelectual para sintetizar en pocas líneas todo lo que ha aportado a la literatura, todo lo que sus obras pueden enseñar a los autores que empiezan: el manejo del lenguaje, de los silencios, de la composición del texto. La profundidad en lo que escribe, sus dotes de observación, su compromiso con los más altos valores humanos (quizá provenga de ahí el escepticismo), su peculiar sentido del humor y hasta su ternura.
De todo lo que disfrutarán ampliamente en cualquiera de los pocos libros que nos dejó y, por supuesto, en este excepcional Movimiento perpetuo que el mismo Augusto Monterroso presenta así: La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas;  no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

LA GENTE DE JULY

Conforme pasa el tiempo y cumplo años, el cargo que ocupa una persona, sus títulos o posición social me van diciendo menos. La verdad es que nunca me dijeron demasiado. Siempre tuve presente la hipocresía que subyace en la frase “Haced lo que os digo y no hagáis lo que hago”. Así que procuro vivir de acuerdo con lo que pienso y creo. Eso me hace no tener demasiados amigos, pero los pocos que tengo son geniales.
Lo anterior viene a cuento de una discusión que hemos mantenido a veces varios lectores: ¿Debe juzgarse una obra literaria al margen de la persona que la escribe? Mi opinión es que sí. Lo contrario sería propio de regímenes totalitarios o de seres con bajos instintos que, por el hecho de pertenecer la persona a una determinada clase social, tener unas ideas, una religión, una moral o unas costumbres distintas del que juzga, condenan su obra al ostracismo o a la hoguera (junto con ella misma en ocasiones), como por desgracia ha sucedido y sigue sucediendo en demasiados lugares de la Tierra.
Esto no quiere decir que no haya autores cuya vida y obra estén sincronizadas. Un ejemplo es la autora que hoy traigo a Opticks, Nadine Gordimer.
Nadine Gordimer nació en Sudáfrica en 1923 y murió en el mismo país el pasado mes de julio. De raza blanca, clamó contra el apartheid, defendió la libertad y la democracia, se implicó en causas que ayudaran a los más débiles y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1991.
Como escritora, Nadine Gordimer afirmaba que con sus libros no pretendía gritar contra el racismo, que eso lo hacía con sus acciones.
La gente de July, novela publicada por Nadine Gordimer en 1981, cuenta la historia de Bam y Maureen, un matrimonio de clase acomodada en la Sudáfrica del apartheid. Maureen y Bam Smales no comparten las ideas racistas que consideran intolerables, por lo que tratan de un modo que piensan es respetuoso y correcto a July, su criado negro.
Adelantando la revuelta que en 1992 acabaría con la segregación racial, Nadine Gordimer coloca al matrimonio y a sus tres hijos bajo la protección de July que, así comienza la novela, les sirve té en la cabaña de su aldea.
Dicha cabaña pertenecía a la madre del criado y él la ha ofrecido como refugio a los Smales, después de guiarlos hasta ella por terrenos desconocidos, mientras huían de la violencia reinante en la ciudad en la que residían, tras el levantamiento de la población negra.
En un escenario reducido, la cabaña y poco más, con el estilo sobrio y denso que le caracteriza, sin florituras ni elementos superfluos que nos distraigan del fondo del relato, la escritora sudafricana presenta las reacciones de unos y otros en una situación en la que el antiguo criado ha pasado a ser salvador, defensor y hasta jefe de sus antiguos amos.
La adaptación a una vida carente de comodidad alguna, muy fácil en los niños, las reticencias de la mujer y la madre de July ante la llegada de los blancos y, sobre todo, la reflexión continuada de Maureen sobre su vida pasada, las funciones que July desempeñó en la casa y el cambio experimentado, lo que la lleva a frecuentes enfrentamientos dialécticos con el hombre, plantea al lector muchos y variados interrogantes.
Interrogantes a los que Nadine Gordimer no responde en La gente de July. La historia queda abierta, Cada lector podrá buscar, si lo desea, el final más acorde con sus preferencias personales.    
 

 

 

 

 

domingo, 30 de noviembre de 2014

ÁVIDAS PRETENSIONES

He leído tres libros de Fernando Aramburu, Los peces de la amargura, Viaje con Clara por Alemania y el tercero, del que hablaré a continuación, Ávidas Pretensiones.
Lo sorprendente es que, tratándose de libros muy distintos, el autor se ha entregado a cada uno de ellos por entero y eso se nota en la maestría con la que están escritos.
Esa entrega, esa honradez intelectual resulta comprensible en Los peces de la amargura, colección de historias que tienen como protagonistas a personas del País Vasco afectadas de un modo u otro por el terrorismo de ETA. Habiendo nacido en San Sebastián, aunque resida en Alemania desde 1985, Fernando Aramburu conoce bien la enfermedad que aqueja a la sociedad vasca. Por esa razón, las historias contenidas en Los peces de la amargura son tan reales, están tan bien contadas, que deberían ser de lectura obligatoria en todos los institutos de España para atajar radicalismos y calibrar consecuencias.
Viaje con Clara por Alemania no es un libro de viajes al uso, en él se mezclan la descripción de ciudades y paisajes de ese país con las peripecias, muchas veces divertidas, vividas por los protagonistas mientras recorren el territorio alemán y la ternura que preside las relaciones entre Clara y su marido español. En Viaje con Clara por Alemania Fernando Aramburu echa por tierra viejos estereotipos y logra que el lector se sienta un poco más ciudadano del mundo.
Ávidas pretensiones no tiene nada que ver con los anteriores. La historia que nos cuenta el autor en tercera persona se centra en las, podríamos llamar “aventuras”, de un grupo de poetas y poetisas en el transcurso de las Terceras Jornadas Poéticas de Morilla del Pinar, que tienen lugar en la hospedería alquilada para tal fin que regentan las Hermanas Siervas de las Sagradas Espinas de Jesús (las espinosas).
Las relaciones entre los veintiocho poetas inscritos en las jornadas, hombres y mujeres, se apartan bastante de lo que predican las monjas. Hay sexo entre mujeres, entre hombres y entre hombres y mujeres. Hay drogas, borracheras, accidentes, peleas, equívocos, venganzas, celos, envidias y todo lo que podamos imaginar dentro de un grupo humano caracterizado por su enorme ego.
Afirma Fernando Aramburu que, siendo él poeta, no pretendía criticar al gremio, ¡pues anda que si lo pretende! Lo que sucede es que, al ser el tono general humorístico, en ocasiones no puedes evitar la carcajada, la parodia no parece tan cruel. Pero la verdad es que sólo se salva en parte el organizador de las Jornadas, el vasco Lopetegui o Lope a secas. El resto del “rebaño lirico” resulta penoso, aunque el excéntrico y disparatado modo de actuar de algunos de los participantes responda a auténticas tragedias.
Lo extraordinario de Ávidas pretensiones, dejando a un lado la originalidad del relato en sí, radica en la forma cómo está construido. Construcción que demuestra que Fernando Aramburu se inició en la poesía y conoce a la perfección las técnicas utilizadas en la misma. Ese dominio del lenguaje y su estructuración que vemos, por ejemplo, en los parlamentos de Lope a la cuadrilla, unido, como he dicho antes, a la originalidad del tema tratado, ha contribuido a que Ávidas pretensiones reciba el Premio Biblioteca Breve 2014 que otorga la Editorial Seix Barral.

domingo, 23 de noviembre de 2014

EL MUNDO DE AFUERA

El libro de esta semana se titula El mundo de afuera, su autor es el colombiano Jorge Franco, que ha recibido por la citada obra el Premio Alfaguara de Novela 2014.
Pensando, pensando recuerdo que el Premio Alfaguara que primero leí, recomendado por mi amigo Manolo, fue Son de mar de Manuel Vicent, y el último El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, como Jorge Franco también colombiano. Ambas obras me parecieron excelentes.
No sucede lo mismo con El mundo de afuera. No sé si es porque su autor escribe guiones de cine o porque a esta novela, basada en hechos reales, no le dedicó el tiempo necesario. El caso es que la historia, que podría dar lugar a una película, me parece poco acabada. Se tocan muchos temas y no se profundiza en ninguno.
Veamos el argumento, que va de atrás adelante y de adelante atrás, sin que a veces sepamos el porqué de tanto cambio.
El relato empieza en Medellín en 1971 con el informe que hace la policía del secuestro de Don Diego, un acaudalado Sr. de la ciudad.
De inmediato, el autor nos traslada a un lugar a las afueras de Medellín donde se alza un imponente castillo en el que viven Dita, la mujer de Don Diego, su joven hija Isolda, Hedda, la institutriz alemana que la cuida y una numerosa servidumbre.
Nuevo salto y otra escena de una cabaña perdida en el monte en la que mantienen encerrado a Don Diego varios hombres, pobres desgraciados, dirigidos por uno al que apodan El Mono, que les asegura podrán conseguir mucho dinero con el secuestro y al que considero principal protagonista de la obra.
Así, saltando de tiempo en tiempo, nos enteramos de que Don Diego es germanófilo y amante de la ópera de Wagner. Que en Berlín conoció a la aristócrata alemana Dita. Que ella aceptó vivir con él pero sin casarse. Que para residir ambos en Medellín pidió a un arquitecto alemán le hiciese los planos de un castillo parecido al de La Rochefoucauld. Que de la unión de ambos nació una niña a la que llamaron Isolda y mantienen encerrada en el castillo con todos los lujos, pero a salvo de lo que consideran influencias nefastas de “el mundo de afuera”. Que Isolda ansía vivir de otra manera y busca libertad en el bosque donde los “almirajes” le hacen complicados peinados que adornan con flores y hojas.
Si lo anterior no tuviese suficiente enjundia para desarrollar en pocas páginas, se nos cuenta la vida de El Mono, desde que era un muchacho y con la pandilla espiaba a Isolda en el recinto del castillo, hasta que entró en el mundo del hampa, junto a su novia Twiggy y otros del mismo barrio.
En la actualidad, mientras tiene encerrado a Don Diego y gestiona el rescate, parece enamorado de un muchacho muy guapo con el que se encuentra y al que hace regalos caros a espaldas de Twiggy.
Esto sería, a grandes rasgos, el contenido de El mundo de afuera. Omito multitud de detalles que se quedan sólo en un apunte y a los que no les veo utilidad, por ejemplo, las relaciones de la institutriz o el vidente belga contratado por la familia de Don Diego.
Para terminar el comentario de este Premio Alfaguara 2014, podría decirse que se trata de una novela incalificable. No es un cuento de hadas, a pesar del castillo y la “princesa” Isolda. No pertenece al realismo mágico, aunque la niña se adentre en el bosque y juegue con los “almirajes”. No denuncia una realidad social injusta, ya que profundiza poco en el contraste entre ambos mundos. No es un relato policiaco, ni psicológico ni romántico ni erótico ni…
La única calificación que se me ocurre es que se trata de un guión de cine o una historia escrita a toda prisa para optar a un premio.

 

martes, 18 de noviembre de 2014

LA TRABAJADORA

Leo en el periódico la historia de una joven periodista que, a pesar de sus variados empleos, sobrevive con enormes esfuerzos por el poco dinero que le proporcionan todos ellos y que, aun prescindiendo de cualquier clase de capricho, ciñéndose a lo básico, necesita la ayuda de sus padres para llegar a duras penas a fin de mes.
El análisis de esta vida en precario se completa con diversos estudios sobre la situación laboral y las expectativas de futuro que tienen los jóvenes españoles, en general, bastante deficientes.
Lo anterior viene a cuento porque Elisa, protagonista del libro de Elvira Navarro que hoy traigo a Opticks y que se titula La trabajadora, es una mujer joven empleada como correctora en una importante editorial que retrasa los pagos durante meses. Esa situación de inseguridad y carencias le obliga a buscar una vivienda en la periferia de Madrid y a compartir el alquiler con Susana, extraña y enigmática persona que construye murales con pequeñísimas figuras recortadas de catálogos y revistas.
Tanto Elisa como Susana viven obsesiones de tipo patológico, más agudas en la primera que en la segunda, que les hacen bordear el oscuro campo de la locura, sin que lleguemos a saber qué exactamente es lo que las provoca.
Las obsesiones de una y otra se cruzan sin juntarse. Ambas las padecen e intentan liberarse de su carga de modo individual, aunque Susana hable a Elisa de ellas y le explique el modo cómo las puso en práctica.
Estas confidencias, que Elisa va escribiendo, sirven de inicio al libro, conduciendo al lector de atrás hacia adelante de la historia y de delante atrás, en una complicada estructura de cambios que nos hace partícipes de la desazón y de la angustia que padecen las protagonistas.
Los encuentros eróticos por parte de Susana con el enano Fabio, la crudeza en la exposición de sus deseos morbosos, las descripciones de su anatomía…Todo esto unido a esa ciudad casi fantasmagórica que Elisa recorre enajenada, con barriadas que dejó a medias la especulación y viviendas de las que se aprovechan okupas y sin techo (el detalle de los cables que salen de las casas y se conectan furtivamente al tendido eléctrico general), los efectos del bloqueo mental que sufre la joven periodista, la situación de inseguridad y miedo que le provoca el no saber cuándo cobrará el sueldo y si lo cobrará alguna vez.
La trabajadora es el segundo libro que leo de Elvira Navarro. El primero, La ciudad en invierno que la dio a conocer en el complicado mundo editorial, muestra ya el estilo característico que apreciamos en éste: frases cortas y directas, profundo análisis psicológico de los personajes, detalladas descripciones de la ciudad en la que vive, preocupación por la persona como ente social desarraigado.
En La trabajadora la preocupación se centra en el ámbito laboral que conduce a los jóvenes a enfrentarse al futuro de manera pesimista y desesperanzada, asumiendo que deben revisar a la baja sus expectativas y conformarse con vivir una vida en precario, en la que encontraran muchas dificultades para trazar una trayectoria laboral en la que edificar sus proyectos vitales.
De esto a la locura hay sólo un paso que Elvira Navarro reproduce en La trabajadora con realismo impactante y total.

lunes, 10 de noviembre de 2014

TANTA GENTE SOLA

El día 1 de noviembre, festividad católica de Todos los Santos, visito el cementerio, que alberga ya una buena parte de mi historia, y me detengo unos momentos ante las tumbas de los que fueron importantes en ella: mi abuela, mis padres, mi amigo Manolo…
Dejando a un lado las referencias familiares, que no vienen a cuento, considerando el libro que hoy me ocupa y las fechas que son, voy a hablar de Manolo.
Y es que, hasta que coincidimos en el mismo colegio y supe de su afición a los libros, yo había sido una lectora solitaria que solía leer, sin orden ni concierto, en cualquiera de los campos de la literatura: novela, poesía, teatro o ensayo, aquello que le iba mejor a mi estado de ánimo o recomendaban los periódicos en los suplementos culturales.
Compartiendo conmigo sus lecturas, Manolo consiguió dirigir mi atención hacia los libros que él creía mejores, en general bastante pesimistas.
Hablo de libros y no de autores. Ambos pensábamos que, en ocasiones, los más respetados escriben obras que podíamos calificar de poco dignas.
Uno de los primeros libros que Manolo me recomendó era de Vila-Matas. Investigando  la trayectoria de este autor, descubrí el término metaliteratura. Es decir, algo así como literatura dentro de la literatura. Descubrí también que a Vila-Matas no le gustaba nada dicho término y afirmaba que la literatura podía ser simplemente buena o mala.
Lo anterior viene a cuento porque, de los nueve relatos que contiene Tanta gente sola, libro de Juan Bonilla que hoy traigo a Opticks en recuerdo de mi amigo Manolo, uno de ellos, en concreto el sexto, tiene por nombre Metaliteratura y se refiere a un cuento de Borges que el protagonista de la historia pretende convertir en realidad.
Pero no sólo este sexto relato nos presenta literatura dentro de la literatura, el último del libro, titulado El lector de Perec, gira en torno a Je me souviens, obra de Georges Perec compuesta por cuatrocientas ochenta anotaciones que comienzan todas con las tres palabras del título (Yo me acuerdo).
En el caso de Tanta gente sola, viene bien la opinión de Vila-Matas. Se trata de un excelente conjunto de relatos, en apariencia diferentes porque los protagonistas tienen distintas edades y vivencias, que Juan Bonilla engarza con gran habilidad utilizando como nexo de unión al poeta, que aparece en el primero, en el cuarto y en el séptimo, unificándolos todos en el noveno y último.
Tanta gente sola del escritor andaluz Juan Bonilla es uno de esos libros capaces de complacer a los lectores más exigentes. Está escrito con un cuidado minucioso que apreciamos en las situaciones que plantea y en la elección de un lenguaje adecuado en cada momento al personaje protagonista y a sus especiales circunstancias.
Un lenguaje que varía según las diferentes soledades y logra que al lector le apetezca volver a leer determinadas páginas por la precisión analítica del texto o la belleza de lo expresado.

martes, 4 de noviembre de 2014

LA VERDAD Y OTRAS MENTIRAS

Conforme te vas adentrando en La verdad y otras mentiras, primera novela escrita por el guionista alemán Sascha Arango, si eres aficionado a las historias policiacas de “serie negra”, descubrirás que Henry Hayden, personaje principal de dicho libro, se asemeja en múltiples aspectos a Tom Ripley, protagonista de las novelas de “serie negra” creadas por Patricia  Highsmith.
Ambos, Tom Ripley y Henry Hayden, recurren a la doble personalidad para ocultar sus trapicheos más o menos graves; planifican con total frialdad cada uno de los movimientos que realizan, las estrategias que diseñan destinadas a despistar a los posibles investigadores les salen bien y carecen por completo de sentimientos de culpabilidad.
Además, también en los dos casos, tanto Tom Ripley como Henry Hayden se las ingenian para desaparecer del lugar en el que ha cometido los delitos y empezar de nuevo en otro escenario.
La originalidad de La verdad y otras mentiras estriba, sobre todo, en su argumento. Henry Haydin es un escritor famoso alabado por la crítica y por los lectores que vive junto a su esposa y un perro en una antigua casa alejada de la ciudad.
Lo que los lectores y críticos ignoran es que los libros que publica Henry Haydin no los escribe él sino Martha, su esposa.
Martha escribe por un impulso que le fuerza a hacerlo, pero no desea ninguna clase de notoriedad. De hecho, hasta que conoció a Henry, lo que iba escribiendo lo amontonaba en el sótano de cualquier manera expuesto a las ratas y a la humedad.
En el matrimonio formado por Henry y Marta, bastante atípico por cierto, las funciones están repartidas de manera que el hombre se ocupa de los asuntos materiales y la mujer tan sólo de escribir.
Entre las ocupaciones materiales de Henry está la de encargarse de la casa en todos los aspectos, asistir a la presentación y difusión de los que creen sus libros, inventar dedicatorias para los numerosos compradores, disfrutar de cualquier lujo apetecible y acostarse con las mujeres que más le atraen.
La verdad y otras mentiras empieza cuando Betty, amante de Henry y redactora jefe de la editorial que publica sus obras, le muestra una ecografía y le confiesa que aquello que ve es hijo de ambos.
A partir de ahí, con gran habilidad, Sascha Arango desarrolla la trama característica de una novela negra, en la que todos los personajes tienen alguna tara psicológica, la sociedad en su conjunto tampoco se salva y los acontecimientos se suceden de un modo vertiginoso y perfectamente planificado para beneficiar al “malo” de la historia.
Leo en la contraportada que ya se ha cerrado la venta de los derechos cinematográficos de La verdad y otras mentiras y que su autor, Sascha Arango, ha recibido la aclamación unánime de la crítica y los lectores por su excepcional debut literario.
Mi opinión es que se trata de un libro brillante y sorprendente que interesa desde el principio hasta el final, incluyendo el mensaje contenido en el título. 
Si tenemos en cuenta el prestigio internacional como guionista que posee el autor alemán, seguro que dará lugar a una exitosa versión cinematográfica con un suspense de lo más inquietante.

domingo, 26 de octubre de 2014

FLORES DE VERANO

Si no profundizamos en el título del libro que hoy traigo a Opticks, es decir, si conocedores del tema que desarrolla en su interior, no le damos vueltas intentando buscar mensajes ocultos, podríamos calificarlo de PARADOJA, ya que el libro se llama Flores de verano y trata de la destrucción de Hiroshima por la primera bomba atómica lanzada en la historia.
El autor de Flores de verano es Tamiki Hara, un escritor japonés nacido en Hiroshima, ciudad donde se hallaba el día 6 de agosto de 1945 cuando, a las 8 y quince minutos estalló la bomba que mató de forma instantánea a unas 140.000 personas, entre ellas algunos de sus familiares.
Esa traumática experiencia la recoge Tamiki Hara en Flores de verano que da nombre al libro, aunque en él encontramos otros dos relatos del escritor relacionados con la ciudad: Preludio a la aniquilación y De las ruinas.
La obra, de poco más de ciento treinta páginas, incluye también una interesante introducción escrita por Fernando Cordobés, un conjunto de fotografías de Hiroshima después del bombardeo y hasta un mapa que reproduce a doble página el territorio que abarcaba.
Tamiki Hara, de personalidad sensible y tímida, pertenecía a una familia numerosa visitada con frecuencia por la muerte. Quizá ese hecho contribuyó a que se convirtiese en un joven introvertido y antisocial que tenía como refugio la Literatura y se comunicaba con los demás a través de su esposa, con la que estuvo casado once años hasta que murió de tuberculosis en 1944.
Esta nueva muerte hizo que Tamiki Hara regresase a la casa familiar en Hiroshima, lo que describe en Preludio a la aniquilación.
La destrucción que provocaban los bombardeos del ejército norteamericano, el alistamiento y entrenamiento forzoso de muchos jóvenes, entre ellos él mismo; la evacuación de niños y niñas a lugares seguros, las sirenas que avisaban de la llegada de aviones enemigos, la adaptación de los habitantes de la ciudad a las restricciones y problemas que trae consigo la guerra…Todo lo narra Tamiki Hara de tal manera, que podemos contemplar lo que ocurre y pasear a su lado por los lugares en los que había transcurrido su infancia.
Sin esperarlo y sin tan siquiera saber qué estaba sucediendo, cae sobre los habitantes de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Tamiki Hara es testigo de todo y su narración en el capítulo titulado Flores de verano constituye un documento estremecedor de enorme valía, tanto histórica como literaria.
El terror más absoluto se apodera de los supervivientes, que huyen despavoridos en la oscuridad sobrevenida, entre ruinas humeantes o tremendos incendios. Las heridas causadas por la bomba no se parecen a nada conocido. El escritor no ahorra detalles escalofriantes de esas heridas y de las lesiones, igualmente impactantes, que provoca la radiactividad.
Como su nombre indica, De las ruinas presenta el intento de los afectados por seguir viviendo, cuando todo a su alrededor es una ruina y el aire está lleno de algo desconocido que hace enfermar y morir a la gente entre terribles sufrimientos. La búsqueda de seres queridos entre cadáveres putrefactos, los gemidos de los agonizantes, la masiva incineración de los muertos, el hambre, la desesperación, el final de la guerra que nada significa para los pocos que han sobrevivido.
Tamiki Hara sobrevivió al horror de esos días. Su testimonio debiera ser lectura obligatoria para todos aquellos que ponen la confianza en las armas y las finanzas en los beneficios que obtienen con su fabricación. En ambos casos, temo sería inútil.
Como también fue inútil para Tamiki Hara intentar exorcizar fantasmas y recuerdos aprovechando su pasión por la Literatura. Al poco tiempo de publicar El país que mi corazón desea se suicidó. Fue un 13 de marzo de 1951, tenía 45 años.

lunes, 20 de octubre de 2014

EN LA ORILLA

El libro En la orilla que le ha valido a Rafael Chirbes el Premio Nacional de Narrativa 2014 y el Premio Francisco Umbral a la mejor novela 2013, es una extensa (437 páginas) y desalentadora reflexión sobre la vida en general, tomando como punto central del argumento los problemas que la crisis de la construcción acarrea a Esteban, un carpintero de Olba.
El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi”. Así empieza En la orilla. De ahí en adelante podríamos decir que todo lo que nos presenta el autor valenciano tiene el aspecto y el olor de la carroña, de la podredumbre que esconden las mansas aguas del pantano. Todo, excepto la imagen de la infancia que evoca Esteban, el protagonista principal de la historia: la pesca en el pantano con el tío Antón, la visita a la feria también en compañía de éste, la ayuda que le prestaba para lograr que dominase el arte de la carpintería en el taller del padre que antes fue del abuelo.
Un padre que no olvida la cárcel en la que estuvo por republicano, las penalidades de la posguerra y el asesinato de su propio padre junto a las tapias del cementerio en la guerra civil.
Un padre que esperaba de Esteban algo distinto de lo que ha obtenido y que, quizá por eso o por la amargura que traen consigo los recuerdos, nunca tuvo con él un gesto de amabilidad o reconocimiento.
Un padre al que ahora con más de 90 años, impedido y ausente, Esteban debe cuidar en todos los aspectos, al no poder pagar a la mujer colombiana que se había ocupado de él hasta la llegada de la crisis.
Junto a la benévola imagen de la infancia, proporciona un respiro en el desastre la bella descripción del paisaje, cuando aún no había sido afectado por la especulación urbanística que llenó el horizonte de grúas y el aire de impaciencias.
Todos querían alcanzar en poco tiempo lo que sólo unos privilegiados disfrutaban: potentes y aparatosos automóviles, chalets de muchos metros, pantagruélicos banquetes, prostitutas de lujo, yates, drogas, viajes a lugares exóticos… Excesos acompañados de la más absoluta corrupción.
No se escapa ningún estamento social ni se deja fuera ninguno de aquellos llamados Pecados Capitales que nos hicieron aprender de niños: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza abundan en las páginas del libro, ofreciéndonos escenas inquietantes y, demasiadas veces, repulsivas.
En el universo creado por Rafael Chirbes, que él sitúa en su Valencia natal, reconocida sin esforzarse en absoluto, aunque cambie los nombres de los pueblos por Olba o por Misent, no caben ni la esperanza ni la compasión: “El hombre es un siniestro reproductor de sombras”, “No hay ser humano que no merezca ser tratado como culpable”.
El estilo del escritor es sobrio y denso, los temas tratados en sus libros, al menos en los que yo he leído: La buena letra, Los viejos amigos, Crematorio y ahora En la orilla, no admiten florituras. Escribe con frases cortas y directas, utiliza poco el punto y aparte, escasean los diálogos.
En esta última novela, En la orilla, alterna la primera persona y la tercera. Las reflexiones y recuerdos de Esteban, que ocupan la mayor parte del libro, se acompañan y diferencian, mediante la utilización de cursiva, de lo que cuentan otras personas. Entre ellas algunas que se ha visto obligado a despedir por culpa de la crisis (le han embargado todo lo que posee, al actuar como avalista de un promotor inmobiliario que ha desaparecido dejando a mucha gente en la ruina). Las aportaciones de esas personas siguen la línea amarga del relato.
Resumiendo, En la orilla es uno de esos libros bien escritos que abruma y desalienta por la crudeza y el realismo con los que el autor, Rafael Chirbes, expresa lo que piensa y siente.
Creo que no es una obra aconsejable para que la lean posibles turistas.

lunes, 13 de octubre de 2014

HEREJES

Hace ya algunos meses la directora de un taller de escritura me recomendó leyera El hombre que amaba a los perros del escritor cubano Leonardo Padura, hasta entonces desconocido para mí.
Al informarme del argumento del libro en cuestión (asesinato de Trotsky por Ramón Mercader), no me apeteció demasiado su lectura, así que continué sin saber nada acerca del autor.
Ha sido ahora, al hablarnos Kiko de Herejes, X Premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza y  obra también de Leonardo Padura, cuando he buscado información sobre el escritor citado.
Leonardo Padura nació en La Habana, lugar donde reside, en 1955. Además del Ciudad de Zaragoza, ha recibido numerosos premios, en especial por sus novelas policiacas que tienen como protagonista principal a Mario Conde (no confundir con el banquero), antiguo policía retirado que malvive en la Cuba actual junto a un grupo de amigos que, aunque desengañados como él de la revolución, cuyos prometidos logros nunca vieron, viviendo en una Habana que se cae a pedazos, son incapaces de abandonar el país, porque fuera de su tierra se sentirían perdidos.
Ese ambiente de sueños frustrados y realidades ásperas en las que cada minuto cuenta, aunque haya que pasarlo acompañándose de tragos de ron más o menos infecto, lo refleja de forma magistral Leonado Padura en la primera parte de Herejes, que titula Libro de Daniel, y en la tercera, Libro de Judith.
El punto de partida de Herejes es la tragedia que padecieron novecientos judíos autorizados por los nazis el 1939 para salir de Hamburgo en un barco, el Saint Louis, y viajar hasta La Habana, previo pago de una cantidad de dinero a ciertas autoridades cubanas y a los responsables de la partida en Alemania, país en el que les obligaban a dejar todas sus posesiones.
Los nazis pretendían así demostrar al mundo que se podía abandonar su territorio cuando se deseara. Aunque de antemano conocían el fracaso de la expedición, ya que el ministerio de propaganda de Goebbels llevaba tiempo difundiendo en La Habana consignas antisemitas y las autoridades cubanas, débiles o corruptas, tampoco iban a facilitar la acogida.
Ésa es la historia con la que empieza el Libro de Daniel. Pero pronto el autor nos traslada a La Habana del año 2007 y nos presenta a Conde, que sobrevive actuando de intermediario entre antiguos jerarcas del régimen, que ocuparon las viviendas de exiliados o muertos durante la revolución en las que había libros antiguos que ahora quieren vender, y coleccionistas extranjeros interesados en su compra.
El hecho de que cada vez encuentre menos libros y las penurias económicas que lo acompañan preocupan sobremanera a Conde hasta que Elías Kaminsky, judío norteamericano recién llegado a Cuba, le encarga investigar sobre un suceso acaecido años atrás que protagonizó su padre, Daniel Kaminsky, hijo de dos pasajeros del Saint Louis rechazados en La Habana y muertos en un campo de concentración alemán. En el suceso resultará determinante un pequeño cuadro pintado Por Rembrandt.
La segunda parte de Herejes, Libro de Elías, se desarrolla en la ciudad de Ámsterdam a partir del año 1643. En Ámsterdam se han refugiado numerosas familias judías, tras las expulsiones o conversiones forzosas al catolicismo a las que fueron obligados tanto en España como en Portugal. El protagonista de esta parte, Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, pertenece a una de esas familias. La máxima aspiración del joven Elías es entrar como aprendiz en el taller de pintura de Rembrandt, aun sabiendo que su religión prohíbe representar la figura humana.
Aquí Leonardo Padura entra de lleno en el terreno de la novela histórica que había tocado al principio con la tragedia del Saint Louis. Perfectamente documentado, en una especie de viaje en el tiempo, introduce al lector en el ambiente abigarrado y comercial de la considerada por los judíos de entonces como la Nueva Jerusalén. Sus gentes, sus paisajes, su clima, el complicado mundo religioso, la economía, la política y, lo que te impulsa a buscar en los libros de arte los cuadros que te va describiendo, el estudio de Rembrandt, la vida del pintor en su conjunto: profesional, artística, sentimental, social…
Total, una maravilla de relato, porque Leonardo Padura no se limita a desvelar el fresco, sino que profundiza en cada uno de los principales personajes mostrando sus defectos y sus virtudes y destacando, sobre todo, la necesidad humana de libertad. Necesidad y deseo que están presentes a lo largo de todo el libro.
En la tercera parte, la que menos me gusta, Libro de Judit, volvemos a la Habana actual y conocemos a unos jóvenes, los hemos, que buscan apartarse de la masa y crear una identidad propia sirviéndose de una determinada estética y viviendo y pensando de manera bastante negativa.
Al tratarse, en parte, de una novela policiaca, no descubro nada más del argumento de Herejes. Añado sólo que el libro me atrapó desde el principio, por lo que lo he leído en poco tiempo (a pesar de sus quinientas dieciséis páginas), y que la inteligente mezcla entre novela histórica bien documentada y policiaca con todos los ingredientes del género (amores incluidos), lo hace todavía más interesante.
Como interesante y aleccionador es el modo que tiene Leonardo Padura de hablarnos en él de libertad, identidad y libre albedrío.
En resumen, una joya más para mi heterogénea biblioteca.    
 


 

lunes, 6 de octubre de 2014

ABRIL ENCANTADO

El libro que hoy traigo a Opticks y que se titula Abril encantado puede contribuir a que alejemos, durante el tiempo que dure su lectura, la melancolía que suele invadirnos en los primeros días del otoño, cuando los tonos grises y amarillos se adueñan del paisaje y la oscuridad va poco a poco invadiendo el terreno de la luz.
Abril encantado fue escrito por la autora británica Elizabeth von Arnim que nació en Australia en 1866 y murió en Estados Unidos en 1941.
Educada en Inglaterra, Elizabeth von Arnim se casa con un noble alemán (de él tomará el apellido) y se traslada a vivir a las posesiones de éste en Alemania. Al parecer la vida conyugal resultó bastante desastrosa, así que no es de extrañar que la opinión que Elizabeth tiene de los hombres, y que reflejan sus novelas, no sea demasiado positiva.
Las protagonistas de Abril encantado son cuatro mujeres inglesas: Mrs. Wilkins, casada con un abogado que le controla cualquier clase de gasto y no la valora en absoluto; Mrs. Arbuthnot, entregada a prácticas caritativas para contrarrestar el trabajo “impío” de su marido escritor de libros protagonizados por amantes reales; Lady Caroline, bellísima joven hastiada de la admiración que su aspecto provoca en los hombres y Mrs. Fisher, respetable y solitaria viuda que dedica su tiempo a evocar los encuentros culturales que mantuvo en el pasado con intelectuales de su misma clase social. 
La relación entre las cuatro mujeres la inicia Mrs. Wilkins al leer en el periódico que se alquila durante el mes de abril un pequeño castillo en la Toscana. Entusiasmada con la idea de disfrutar de un mes de vacaciones, comunica el hallazgo a Mrs. Arbuthnot, buscando que secunde su proyecto y participe en los gastos.
Conscientes de que dos personas más abaratarían la estancia en Italia, las señoras ponen un anuncio y a él responden lady Caroline y Mrs. Wilkins, cada una de las cuales, conocida la dirección del castillo, se instala en él por su cuenta.
Desde el principio de la novela, Elizabeth von Arnim profundiza en la psicología de las cuatro mujeres inmersas en ambientes distintos, pero sujetas todas a convenciones sociales que les hacen sentirse cada vez más vacías e insatisfechas.
La convivencia de las cuatro en el idílico marco del castillo, rodeadas de flores en una primavera esplendorosa, unida al idealismo optimista desplegado por Mrs. Wilkins, provocará el deseado cambio.
Vuelvo a leer todo lo anterior y pienso que, dejando a un lado el perspicaz enfoque psicológico al que ya he aludido, podríamos decir que Abril encantado es otra novelita de moral victoriana destinada a distraer a señoras burguesas dentro de los límites del decoro.
Sin embargo, Elizabeth von Arnim pretende con su obra mucho más que eso. Así que, además de demostrar en ella sus amplios conocimientos de flores y de plantas, describiendo de manera exhaustiva el jardín que rodea el castillo, se vale de un agudo e inteligente sentido del humor para disfrazar la mordacidad de su crítica.
Resumiendo, Abril encantado de Elizabeth von Arnim, es una novela amable y bien escrita en su aspecto formal, que logra trasladar a nuestros días, criticándolos con humor, los problemas y las inquietudes de un grupo de mujeres que vivieron en los años 20.
Problemas e inquietudes que, en parte, continuamos compartiendo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

EL BALCÓN EN INVIERNO

En ocasiones, cuando te adentras en las páginas de un libro, mucho de lo que lees en ellas parece reproducir, tanto escenas de tu propia vida, como los pensamientos que las acompañaron.
Eso acaba de ocurrirme con la última obra de Luis Landero, El balcón en invierno, en la que el autor extremeño, dispuesto a escribir la novela que empieza a tomar forma en su mente, llevando ya unos folios redactados, se va poniendo cada vez más triste y no encuentra sentido a su trabajo ahora que, casi viejo, pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino.
El abatimiento que le impide seguir con la escritura le hace preguntarse por el impredecible futuro como lo que es “un tipo inseguro que descree de sus cualidades”, y a mirar al pasado con nostalgia.
Nostalgia de lo que se vivió. “Pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dichos, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas presentido”.
La mirada introspectiva continúa y también las preguntas unas páginas más. Contempla el paisaje habitual por la ventana, reflexiona, duda, sale a la calle, pasea por el barrio y, de nuevo en el balcón, rememora otra escena que vivió al lado de su madre en 1964, a fines del verano, cuando él tenía dieciséis años, ella cuarenta y siete y el padre, con cincuenta cumplidos, había muerto en mayo.
De ahí en adelante se suceden los capítulos en los que el escritor nos relata su historia y la de su familia, desde la aldea extremeña cerca de Portugal en que vivió de niño, hasta el momento en el que descubrió que lo que más amaba en este mundo era escribir.
Y así, línea tras línea, con la sencillez que otorga la valía, Luis Landero nos habla de su infancia. De las casas del pueblo y del castillo, la forma de vestir y el mobiliario, las comidas, las fiestas, las historias alrededor del fuego, el trabajo sin fin del campesino.
Se pregunta por qué oscuros caminos llegó a ser escritor, creciendo en una casa donde no había libros y con un padre cuya mayor ilusión era verlo ejercer como abogado.
Un padre descontento con su propio destino que, una vez en Madrid, ciudad a la que llegaron desde el pueblo en pos de nuevas metas, le obligó a cursar un bachiller de ciencias por aquello de las salidas, que le buscó trabajos que nada le decía con la intención de que se convirtiera en alguien de provecho y lo castigó con severidad cada vez que se apartó de la senda adecuada.
Sin embargo, al mirar hacia atrás, Luis Landero no juzga. Analiza las motivaciones de los que lo precedieron, comprendiendo el porqué de la manera de actuar de cada uno.
Surge así ante los ojos del lector un cuadro evocador e ilustrativo de la España que fue, sin nada de amargura. A su modo, sus familiares campesinos podríamos decir que eran felices, aunque nunca, tal vez, pensaran sobre ello. Tenían en torno una red protectora de costumbres venidas desde antiguo que les hacía no preguntarse demasiadas cosas.
Niñez en el pueblo y adolescencia y juventud en Madrid. Primeros poemas, poetas favoritos: Antonio Machado, Bécquer. Juan Ramón, Lorca, Tagore, Neruda…Lector ferviente de todo lo que caía en sus manos hasta que un profesor, al que no olvida, pone a su alcance a Borges, Valle-Inclán, García Márquez, Melville, Kafka
Y de libros trata Luis Landero en el penúltimo capítulo de El balcón en invierno que titula Elogio del cubil, con el que pongo fin a esta breve reseña. Habla en él del ansia de la belleza exquisita que creía disfrutaban los muchachos de clases superiores que venían al pueblo y a los que contemplaba desde lejos. Un ansia de belleza que reconoció al leer El gran Gatsby. La dolorosa certeza de que nunca podría pertenecer a aquella casta poderosa y feliz lo llevaba a recluirse en su casa. Una casa llena de lugares que estaban hechos como a propósito para acoger la soledad de un niño.
Y continúa diciéndose Landero (y yo también con él): “La ensoñación de un lugar secreto, de un refugio, siempre me ha subyugado. Un día deberías escribir algo sobre el refugio como motivo literario, Elogio del cubil, podría titularse. Porque los mejores y más seguros escondrijos los has encontrado siempre en los libros”.

martes, 23 de septiembre de 2014

AÑOS LUZ

Tras leer Juego y distracción, novela del escritor norteamericano James Salter recomendada por Muñoz Molina, me quedó la impresión de que tampoco era para tanto. Esto o que no había sido capaz de descubrir la valía del libro recomendado.
Ante la duda, busqué una nueva obra del mismo autor y encontré Años luz, considerada por la crítica como la mejor de todas las publicadas.
Años luz es una larga reflexión sobre el matrimonio, la libertad y la realización personal mediante la búsqueda de uno mismo, personalizada, sobre todo, en una mujer que llega hasta el final en esta búsqueda. Veamos el argumento.
En una hermosa y antigua casa a las afueras de Nueva York  con vistas al río Hudson viven los Berland en compañía de una poni, Úrsula, un perro, Hadji, y unas cuantas gallinas.
 El marido, Viri, es arquitecto. La mujer, Nedra, guapa y de carácter fuerte y arrollador, se dedica a cuidar a los suyos. Viri y Nedra tienen dos hijas, Franca de 7 años y Danny de 5. “Los hijos son nuestra cosecha, nuestro cultivo, nuestra tierra. Son pájaros a los que se da suelta en la oscuridad. Son errores renovados”.
Los Berland forman, en apariencia, una familia idílica envidiada por los pocos y elegidos amigos que los visitan y participan en las fiestas familiares llenas de creatividad y colorido.
Tanto el padre como la madre buscan la felicidad de las niñas. Ella inventa cuentos, prepara comidas especiales y adorna la casa para que todo resulte perfecto. Él dibuja historias y crea personajes que les hacen reír y soñar.
“Cenas en el campo, la mesa rebosante de vasos, flores, comida hasta saciarse, cenas que acababan en humo de tabaco, una sensación de bienestar”.
Poco a poco, utilizando frases cortas, muy descriptivas y, a veces, impactantes, James Salter nos muestra cómo transcurre la vida de los Berland y sus amigos en un ambiente burgués e ilustrado. “Aquella vida era como una prenda de vestir. Su belleza estaba fuera, su calor dentro”. Se habla de música, de pintura, de literatura. Se conocen personas interesantes. Se reflexiona. Se critica.
El descubrimiento de que no todo es como parece nos llega de sorpresa. Viri persigue una excelencia en su trabajo que no logra alcanzar, “Quería ser crucial para la familia humana”. Nedra está a su lado y acepta sus limitaciones, pero “el afecto desesperado e intolerable del principio” ha desaparecido.
La vida sigue y Nedra busca un amante entre los amigos que frecuentan la casa. Viri hace otro tanto con su secretaria, hasta que la joven lo abandona. Él conoce las distintas relaciones que mantiene su mujer. Ella, no.
El hecho de que Viri calle ante lo que hace para que la armonía familiar no se vea alterada, para que “las niñas crezcan en el más feliz de los hogares”, tranquiliza a Nedra.
Pero pasan los años y la muerte del padre de la esposa provoca el desenlace. “El camino hacia su propio fin quedaba despejado”. Llega el divorcio y cada uno lo vive a su manera. “Dos personas que se separan es como un leño que se parte. Las mitades nunca son iguales. Una de ellas contiene el núcleo”.
 Nedra viaja, busca nuevos quehaceres, prueba nuevos amantes. Viri se cierra en sí mismo. Viaja también, ninguna relación le satisface. Ansía recobrarla.
Si se tratase sólo de lo que acabo de escribir hasta aquí (el relato continúa y no adelanto lo que ocurre al final), Años luz quedaría reducido a una especie de folletín con escenas de sexo explícito protagonizado por una familia burguesa y sus hijas.
Sin embargo, la novela de James Salter contiene mucho más. Alrededor de los Berland existen otras vidas que el escritor despliega ante nosotros con enorme profundidad y belleza. Una belleza que parece obsesionarle en las descripciones de los paisajes, los elementos materiales y las personas. El deterioro que sufre la casa abandonada, los efectos del tiempo sobre rostros y objetos, la enfermedad, la muerte… "Sucede en un instante. Todo es un largo día, una tarde interminable, los amigos se marchan, nos quedamos en la orilla".
En resumen, la novela Años luz de James Salter, publicada en el año 1975, es uno de esos libros deslumbrantes, imposibles de resumir en unas pocas líneas, cuya lectura ha de complacer al lector exigente por la actualidad de su contenido y por la exquisita forma de mostrarlo.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

NIÑOS FEROCES

Lorenzo Silva es un escritor con amplia experiencia en el campo de la literatura pese a su juventud. Nació en 1966 y ha publicado más de cincuenta obras en un amplio abanico de géneros: novela, ensayo, infantil y juvenil, etc. Hay que decir también que ha recibido numerosos premios, entre ellos el Nadal y el Planeta.
Hoy traigo a Opticks una de sus novelas titulada Niños feroces que recomiendo a todos los amantes de la Historia y de la Literatura en general, ya que Niños feroces nos ilustra sobre ambas materias.
El primer protagonista de la historia que cuenta Lorenzo Silva en Niños feroces se llama Lázaro y es un estudiante universitario de 24 años aficionado a la lectura y a la escritura e incapaz de escribir un relato que exceda los quince folios, por lo que se apunta a un taller literario impartido por un reconocido autor que se llama lo mismo que él.
Dicho autor, segundo protagonista, descubre pronto la valía de su nuevo alumno y decide enseñarle una serie de técnicas que le permitan construir relatos largos y bien ensamblados.
Lo primero que le proporciona es el tema a desarrollar, para lo cual lo lleva al funeral de un hombre al que asisten numerosos falangistas. El funeral y la parafernalia que lo acompaña desconciertan al joven, hasta que el profesor le explica que conoció al finado, tercer protagonista, de nombre Jorge García Vallejo, ya anciano; que le explicó cómo había ingresado en Falange durante la guerra civil, incorporado a la División Azul en 1941 y a las Wafen-SS en 1945.
Con los datos y las instrucciones que el profesor le va proporcionando, Lázaro escribe la historia de este hombre desde la pubertad hasta la muerte.
Niños feroces tiene, por tanto, una estructura muy original, son tres los personajes principales: el profesor, el alumno y el falangista, en tres relatos coordinados que se alternan con tiempos y tonos distintos. Pese a todo, el libro interesa desde el primer momento y no resulta nada difícil de leer.
Puede decirse que Niños feroces es en parte una novela y en parte un ensayo, no sólo por las técnicas narrativas que propone, apoyadas en textos de numerosos autores y en la experiencia personal; sino por el análisis histórico de la época, apoyado igualmente en textos y entrevistas a personas que han participado en guerras recientes, lo que permite comparar motivaciones, causas y consecuencias.
He leído bastantes libros de Lorenzo Silva y en todos ellos he encontrado una especie de “pedagogía positiva” que me es muy cercana y muy grata.
Presenta realidades, que pueden ser polémicas, desde puntos de vista diversos y aportando la necesaria documentación para que cada uno extraiga sus propias conclusiones y termine admitiendo, quizá, que entre el blanco y el negro hay una enorme cantidad de matices.
De igual modo, profundiza en cada uno de los personajes principales, mostrando hasta qué punto estamos mediatizados por las circunstancias que nos toca vivir e insistiendo en aquellos cuyas motivaciones son más nobles y auténticas.
Una excelente muestra de esa pedagogía, junto a una interesante lección de Historia y otra de técnicas narrativas, que los aficionados a escribir pueden aprovechar, la encontramos en Niños feroces.