domingo, 24 de noviembre de 2013

JUEGO Y DISTRACCIÓN

Voy a la biblioteca en busca de un libro no demasiado extenso que pueda comentar esta semana que preveo atareada.
Vuelvo a casa con Juego y distracción, novela escrita en el año 1967 por James Salter, autor norteamericano del que nunca oí hablar hasta ahora.
He elegido Juego y distracción porque Muñoz Molina, en cuyo criterio confío, se refiere a este libro de forma admirativa diciendo lo siguiente: “Salter logra lo que parece imposible, y de hecho casi siempre lo es: la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación”.
Al parecer, James Salter se inspiró para diseñar el principal personaje femenino de su novela, Anne-Marie, en una joven de 18 años que conoció en Francia allá por los años cincuenta, época y país en los que sitúa el relato.
La historia nos la cuenta en primera persona un narrador del que no llegamos a saber demasiado, sólo que es fotógrafo ocasional, que tiene amigos sofisticados y de clase alta, que una pareja de estos amigos le prestan la casa que poseen en una ciudad francesa de provincias; que viaja hasta ella en tren en un recorrido explicado con frases cortas y directas que son casi fotografías de los lugares que atraviesa y de las personas con las que coincide, en una país en blanco y negro extrañamente silencioso; y que ya en casa recibe la visita de Dean, joven norteamericano que había abandonado sus estudios en Yale y al que conoció en una de las reuniones con sus superficiales amigos.
El joven se presenta con un coche antiguo pero de gran precio y juntos se dedican a recorrer la zona. Hasta que Dean encuentra a Anne-Marie, oficinista de 18 años que no pertenece a su clase social, pero de la que se enamora convirtiéndose en amantes.
En adelante, el narrador nos describe la relación amorosa que se establece entre Dean y la chica por medio de un relato en parte atormentado y envidioso, en el que ha de inventarse multitud de elementos, así nos lo confiesa, intuyendo el final que no resulta demasiado amable.
Hay quien afirma que las muchas escenas de sexo que aderezan la historia determinó que, en principio, Juego y distracción  no obtuviese el éxito esperado (recordemos que la novela fue publicada en 1967).
Pero poco a poco los críticos han ido descubriendo y valorando la forma de escribir de James Salter, antiguo militar de carrera y piloto de las Fuerzas Aéreas (características profesionales que determinan, según mi parecer, el modo de tratar a los distintos personajes y ambientes),  y ahora, cuando ha cumplido ya 85 años, recibe toda clase de elogios y sus libros se reeditan por doquier.

domingo, 17 de noviembre de 2013

LAS AFUERAS

Escucho en la radio las respuestas de Luis Goytisolo a una de las muchas entrevistas que se le hacen por el hecho de haber conseguido el Premio Nacional de las Letras Españolas.
De todas ellas deduzco que es un autor complejo, no adscrito a movimiento literario alguno, que se exige mucho al escribir y que considera que la novela en su concepción clásica ha desaparecido a consecuencia, entre otras razones, de la rapidez con la que acostumbramos a vivir en los últimos tiempos. 
En la misma entrevista, Luis Goytisolo recomienda que aquellos que deseen iniciarse en la lectura de su obra empiecen por un libro titulado Fábulas que considera de gran actualidad.
Al no poder encontrar dicho libro (volvemos a las prisas), releo Las afueras, novela que el escritor barcelonés publicó en el año 1958 y con la que obtuvo el premio Biblioteca Breve.
Aun recibiendo la calificación de novela, Las afueras está compuesta por un conjunto de relatos que el entonces joven autor sitúa en escenarios rurales y urbanos (provincia y ciudad de Barcelona) a los dieciocho años de haberse acabado la guerra civil.
Contada en tercera persona, los protagonistas, cuyos nombres se repiten en las distintas historias, nos muestran, utilizando un lenguaje costumbrista y a través de sus reflexiones, diálogos y acciones, el cambio social, económico y cultural que empieza a producirse. La economía, sobre todo agraria, coexiste con el desarrollo de las fábricas, a las que los jóvenes aspiran a incorporarse. También el campo se moderniza llegando los primeros tractores.
Los conflictos que surgen al convivir mentalidades diferentes en entornos hostiles están expuestos con un realismo en el que subyace la crítica más descarnada.
Personajes que vivieron la guerra malviven ahora al margen del sistema, intentando conservar algún atisbo de dignidad. Mujeres embrutecidas por el trabajo. Niños a los que la miseria o la costumbre obligan a abandonar la infancia. Diferencias sociales que cuesta erradicar. El bar siempre presente. Antiguos propietarios añorando pasadas grandezas. Incipientes banqueros ya egoístas, etc., etc.
Todos ellos se mueven por paisajes descritos con enorme lirismo tratándose del campo (las afueras) y no tanto en lo que se refiere a la ciudad: barrios marginales, pensiones y garitos de mala muerte.
Volviendo a la consideración de novela que Luis Goytisolo aplica a Las afueras y que algunos críticos discutieron cuando se publicó, pienso en otra de las respuestas que escuché en la entrevista citada: afirma Luis Goytisolo que su obra requiere la colaboración del lector.
En mi caso es muy cierto. Mientras leía el libro, intentaba encontrar de manera automática el nexo de unión entre los relatos: la expresión “las afueras” repetida en algunos, los nombres de los ricos (Álvaro, Augusto, Víctor, Ignacio, Magdalena…) y de los pobres (Ciriaco, Mingo, Nap, Roig, Dineta…), Las circunstancias vividas por unos y por otros, la posible moraleja a extraer, etc.
Pero creo que cada lector se enfrentará a esta obra de un modo diferente y diferentes serán las conclusiones que extraiga de ella.
Yo recomiendo Las afueras porque, dejando a un lado las polémicas sobre su estructura, nos permite comprobar lo bien que escribía Luis Goytisolo a los 23 años y nos aproxima a una realidad social dibujada magistralmente y en bastantes aspectos superada.

domingo, 10 de noviembre de 2013

EL PROGRESO DEL AMOR

Voy a la biblioteca municipal en busca de un libro de Alice Munro, a la que acaban de conceder el Premio Nobel de Literatura 2013. Obtengo uno editado en el año 1986 y que se titula El progreso del amor. Con algo de desconfianza, lo recojo (hay libros que envejecen mal y autoras que recibieron el Nobel y  me resultaron ilegibles).
Ninguno de mis miedos literarios puede aplicarse a esta obra de Munro. Sin embargo, me veo reflejada en otros muchos temores que experimentan las protagonistas de los once relatos contenidos en ella.
Relatos que sólo podía haber escrito una mujer. Así que la idea de comparar a Alice Munro con Chejov seguro que se le ha ocurrido a un hombre. Sólo una mujer puede acercarse a la realidad cotidiana, describirla e interpretarla como lo hace la escritora canadiense.
Una mujer y además solitaria o con la facultad de abstraerse en medio del bullicio. Las historias que Alice Munro cuenta requieren tal grado de introspección y análisis, que resulta imposible alcanzarlo rodeados de gente.
En general, no son historias que se alejen de las que conocemos o hemos vivido: la divorciada que vuelve a casa al recibir la llamada del padre comunicándole que la madre ha muerto y recuerda retazos de su vida, la amistad de dos estudiantes adolescentes y los conflictos que tal relación conlleva; el largo viaje de un matrimonio y sus hijos por Estados Unidos y Canadá para visitar a los abuelos, evocado después por la protagonista cuando la vida en común ha terminado; el asesinato suicidio de una pareja de jubilados y el modo de reaccionar de la mujer que los encuentra…
En todos los relatos se alternan los tiempos: los protagonistas recuerdan, comparan, reviven sentimientos y sensaciones; lo hacen con sencillez y fluidez, pero siempre hay algo que se escapa. Intuyes que en la aparente cotidianidad se esconde un secreto absurdo, aburrido, pernicioso. Que los fragmentos claros de la vida que a veces disfrutamos no pueden considerarse promesas, sino espacios para respirar, que con frecuencia proyectamos sobre los demás nuestras precauciones y nuestros miedos; que cuando estamos bien, una persona o un momento pueden transformarse en un lirio flotando sobre las aguas brumosas del río perfectas y conocidas.  
El libro se titula El progreso del amor porque el amor está presente en todas las historias. Amor en la familia, la pareja primera y la segunda; entre hermanos, amigos o amantes, amor erótico, amor religioso… Amor en el que Alice Munro con seriedad, sin ningún margen para la burla o la ironía destaca las luces y las sombras, un poco más las sombras.
Vuelvo a leer lo que he escrito hasta aquí y creo que no he logrado explicar más que el aspecto superficial del libro que acabo de leer. La densidad que encierra, el torpedo emocional que supone lo que expresa; lo acertado y sagaz de las descripciones, la belleza y acierto en la utilización del lenguaje, todo eso y mucho más se escapa de mi análisis.
Por lo tanto, como en el caso de tantas otras opiniones personales más o menos literarias, olviden lo que acabo de decirles, busquen un libro cualquiera de relatos de Alice Munro y lean en soledad sus historias.
 
 

domingo, 3 de noviembre de 2013

EL CUELLO DE LA JIRAFA

El cuello de la jirafa, segunda novela de la escritora alemana Judith Schalansky, ha recibido ya en Alemania la calificación de best seller y, tras su lectura, me pregunto qué vieron los lectores en este libro para convertirlo en uno de los más vendidos.
El cuello de la jirafa no es un libro fácil de leer, tampoco encierra reflexiones positivas sobre la vida y sus aledaños. La protagonista, Inge Lohnmark, profesora de biología en un colegio a punto de cerrar por la escasez de alumnos, es una mujer dura y hasta cruel que ve en los jóvenes que asisten a sus clases sujetos mediatizados por sus características físicas o su ambiente social, augurándoles en general a todos ellos un futuro bastante plano por no decir deprimente.
El entorno de la profesora resulta más deprimente aún. Su marido, que en la República Democrática Alemana se dedicaba a la investigación (demoledor el análisis que se nos hace de aquel tiempo y aquellas prácticas), ahora cría avestruces, lo que le tiene absorbido por completo. Su hija, Claudia, mantiene con ella desde Estados Unidos, país en el que reside, una relación tan fría que se casa y ni tan siquiera le invita a la boda. A sus compañeros de trabajo los juzga con la misma frialdad científica que a sus alumnos. La casa en la que habita apenas merecía ese nombre. Posee un coche muy viejo casi siempre averiado. Por no hablar de su vecino Hans, un pobre diablo y de otras personas más o menos cercanas e igual de atrayentes que el resto de los examinados.
Quizá el atractivo de la novela radique en la manera de contarnos el narrador la historia. Las frases son cortas y directas. Las opiniones de la protagonista están basadas en exhaustivos conocimientos de biología, genética, botánica y Evolucionismo que aplica de forma radical, mostrando una visión naturalista de la vida e intentando que sus alumnos acepten que la existencia es una competición en la que sólo sobreviven los más fuertes, “la adaptación lo es todo”. Por lo tanto, predica el Darwinismo a ultranza con pocas e inexplicables excepciones.
Como profesional de la enseñanza, Inge Lohnmark parece detentar muy pocas cualidades,  no conoce ni la empatía ni la compasión, desprecia a los débiles y los observa con la curiosidad de un entomólogo presto a la disección.
No obstante, algo hace que esa personalidad tan segura y tan férrea se agriete y afloren sentimientos para los que la profesora no encuentra explicaciones lógicas. El lector descubrirá cómo y por qué.
En resumen, El cuello de la jirafa es un libro original y muy bien escrito, ilustrado por la misma autora, en el que Judith Schalansky nos demuestra sus profundos conocimientos de todo lo tratado en el relato, consigue analizar con unas cuantas pinceladas irónicas una época en la historia de Alemania y traza un magnífico retrato de una mujer que se creía a salvo, hasta que su imagen biológica del mundo empezó, a su pesar, a derrumbarse.