domingo, 27 de octubre de 2013

LOS AÑOS DE PEREGRINACIÓN DEL CHICO SIN COLOR

Antes de hablar del libro escrito por Haruki Murakami que acabo de leer titulado Los años de peregrinación del chico sin color, he de decir que me parece el menos “murakamiano” de todos los que he leído del autor japonés.
No por eso esta última obra publicada por Murakami merece, siempre según mi opinión más humilde, una crítica negativa. La historia que nos cuenta atrapa desde la primera página y se te hace difícil aplazar la lectura, esperando ver cómo afronta el protagonista del relato los variados asuntos que van surgiendo en su día a día.
Sin embargo, echo en falta la misteriosa, profunda e intimista atmósfera que Murakami crea en otras obras en las que, sirviéndose a veces de universos paralelos, nos muestra al ser humano en toda su inquietante fragilidad. Algo por lo que siempre adjudiqué a sus libros, admito que de manera harto simplista, una buena carga de pesimismo.
En Los años de peregrinación del chico sin color encontramos rasgos de lo que podríamos denominar “universo Murakami”: el gusto por la música, la cocina, la soledad; lo onírico y lo real en íntima convivencia, el mundo adolescente, las historias abiertas y con finales imprevisibles, los personajes enigmáticos que aparecen y desaparecen, la ciudad de noche, las llamadas de teléfono que nada resuelven, etc. Pero todo ello en dosis que no alteran en absoluto el ánimo del lector. Todo está medido para que su asimilación resulte fácil y hasta agradable.
Veamos el argumento. Tsukuru Tazaki es un ingeniero especializado en la construcción y conservación de estaciones de tren, trabajo que le apasiona desde que era un adolescente. Ahora, con 36 años cumplidos, ejerce su profesión en Tokio y, aunque las estaciones ya estén construidas, se encuentra satisfecho cuidando de su conservación.
El narrador, en 3º persona, nos cuenta que a los 19 años Tsukuru Tazaki estuvo a punto de suicidarse porque el grupo de amigos, dos chicos y dos chicas de los que se consideraba inseparable y que permanecieron en su ciudad, Nagoya, al marcharse él a la universidad en Tokio, rompen la relación de amistad sin explicarle en ningún momento el porqué. Con esos cuatro amigos lo compartía todo: diversiones, proyectos, confidencias… Todo a excepción de llevar como ellos el nombre de un color en su apellido.
Mirando atrás, continúa sin entender las causas del rechazo. Aun así procura no hacerse preguntas, visita poco su antigua ciudad y la vida que lleva en Tokio, ordenada y estable, con alguna que otra relación amorosa carente de importancia, le satisface en apariencia.
Hasta que aparece Sara, una joven por la que se siente atraído y que piensa le corresponde. Al intentar avanzar más en sus encuentros, consolidando el vínculo establecido, Sara le explica que antes debe solucionar todo aquello que le preocupa del pasado y descubrir qué motivó su expulsión del grupo.
Se inicia así una “peregrinación”, nombre que toma el escritor de la música titulada “Los años de peregrinación” de Franz Liszt, en concreto la melodía “Le mal du pays”, que tocaba muy bien al piano una de las amigas que rompieron con Tsukuru y que él escucha a menudo por otra serie de circunstancias, aquí sí un tanto misteriosas, que dejo que descubra el lector.
La peregrinación le conduce al encuentro con tres de los amigos que le muestran sus vidas actuales y le ayudan a entender por fin lo que ocurrió.
En resumen, Los años de peregrinación del chico sin color es un libro que se lee con placer, en el que se reconoce la maestría que posee Haruki Murakami contándonos historias. Pero, a no ser que entre líneas los lectores perciban que la vida de Tsukuru Tazaki esconde algo enigmático, algo difícil de entender para una mente racional, continuaré considerando esta obra como la menos “murakamiana” de su excelente y admirado autor.  

domingo, 20 de octubre de 2013

LA CIUDAD EN INVIERNO

La ciudad en invierno, libro que nos aconsejó leer su autora, Elvira Navarro, durante la entrevista que le hicimos en Opticks, como el mejor modo de introducirnos en su prosa, no es una obra amable.
Aunque la protagonista sea una niña, Clara, en algunos capítulos ya púber, la sobriedad de detalles que impliquen ternura y el hecho de que cuando las situaciones creadas por la escritora dan pie para que se produzcan, siempre haya algo que los difumine: el aspecto de las personas, sus pensamientos, su actitud forzada…, provoca en el lector una incomodidad que, al principio, puede parecerle inexplicable (en el primer capítulo, titulado Expiación, se nos muestra a una niña pequeña bañándose en la piscina de un chalet en el campo, al cuidado de dos personas mayores que se esfuerzan por atenderla).
Lo que sucede es que Elvira Navarro, sin aportarnos demasiados datos, con las palabras justas, consigue transmitirnos esa sensación de incomodidad a la que ya he aludido.
Sensación que eclosiona en el segundo capítulo, en el que la niña en plena pubertad resulta francamente repulsiva.   
Quizá el origen de los hechos rechazables descritos en el capítulo citado pudiera estar en los que vienen a continuación, empezando por el que comparte título con el libro: La ciudad en invierno. Pero afirmar esto resultaría demasiado simple. El comportamiento de Clara, su forma de pensar, su alejamiento de la realidad que le rodea, adentrándose en mundos marginales, extraños y peligrosos, no admite explicaciones lógicas.
De modo que, sin que pueda ser considerada una novela de aprendizaje y sin respetar en absoluto la estructura tradicional: exposición, nudo y desenlace; sólo valiéndose de un cuidado y exacto lenguaje, yendo y viniendo de atrás adelante y de adelante atrás con pinceladas cortas y hasta brutales, La ciudad en invierno crea unos ambientes que llevan al lector, si entra en la historia, a mirar al exterior, si no con miedo, sí con un poco de desasosiego.
Y si se queda fuera, analizando el texto con los ojos de un crítico literario, a valorar muy positivamente a la escritora nacida en Huelva y afincada en Madrid que recibió por ésta, su primera novela, publicada en el año 2007, junto a las unánimes alabanzas de la crítica, el reconocimiento como Nuevo Talento Fnac.

domingo, 13 de octubre de 2013

EL HÉROE DISCRETO

En El héroe discreto, novela que acabo de leer y última publicada por Mario Vargas Llosa, el autor peruano y Premio Nobel regresa a la Piura de su adolescencia y a la ciudad de Lima para situar a los protagonistas del relato, algunos de los cuales, como el sargento Lituma, “los inconquistables”, Don Rigoberto, Doña Lucrecia, Fonchito y Justiniana aparecieron ya en otros libros del escritor: Lituma en los Andes, La casa verde, Elogio de la madrastra
Por esa razón, podríamos decir que ésta es una novela de nostalgias y reencuentros. Mario Vargas Llosa hace que los personajes que la protagonizan recorran los lugares descritos en las obras citadas, observando los cambios que ha traído consigo el progreso y explicándoselos al lector.
En el libro conviven dos historias que se van alternando. El principal protagonista de la primera es Felicito Yanaqué, que vive en Piura, dirige la boyante empresa Transportes Marihuala, está casado con una mujer muy religiosa que habla poco llamada Gertrudis y tiene dos hijos que trabajan en la citada empresa: Miguel, de piel blanca y rasgos europeos, y Triburcio que ha heredado los rasgos indígenas del padre. Para lograr un bienestar completo, Felicito ha conseguido que Mabel, una mujer bastante más joven que él, le acepte por amante.
La situación idílica se tuerce al recibir Felicito un anónimo en el que alguien le amenaza pidiéndole dinero. La firma del anónimo es una arañita. Ofendido, el Sr. Yanaqué denuncia el caso en la comisaría atendida por el sargento Lituma y el capitán Silva. Les asegura que jamás pagará lo que le piden, porque su padre, que trabajó muy duro y sin descanso para que él llegara al lugar en que está, siempre le repetía que nunca se dejase pisotear por nadie.
Paralela a esta primera historia, conocemos ya en Lima la de Don Rigoberto, fiel y culto empleado de Ismael Carrera en la importante empresa de seguros que éste posee. Don Rigoberto está a punto de jubilarse y ha preparado un viaje por Europa con su esposa Doña Lucrecia y su hijo Fonchito.
Las complicaciones aparecen cuando Ismael le pide a su chofer Narciso y a Don  Rigoberto que sean los testigos de su boda con Amira, fiel sirvienta y ama de llaves desde la muerte de su esposa. Los dos hombres aceptan, atrayéndose así la enemistad de los mellizos hijos de Ismael a los que el padre llama “las hienas”.
Los embrollos en las dos historias son continuos aderezados por nuevos personajes: el “fantasmal” Edilberto Torres, los primos de Lituma, etc.
Al final, Mario Vargas Llosa busca un nexo de unión entre las vidas de los principales protagonistas y todo se soluciona de la mejor manera según criterio del escritor.
El problema, a mi parecer, viene cuando comparamos esta novela, sin duda bien escrita, con las anteriores  protagonizadas por personajes que aparecen aquí.
En ese caso, El héroe discreto queda como una novela amable que se lee con facilidad y mantiene el interés del lector, pero deja algunos cabos sueltos y carece de la profundidad, la enjundia y la riqueza en general que nos deslumbra en obras anteriores.

domingo, 6 de octubre de 2013

APROXIMACIÓN AL QUIJOTE

Al igual que la semana pasada, hoy quiero homenajear a un autor que acaba de morir trayendo a Opticks uno de sus libros publicado en 1970. Se trata de Martín de Riquer y de su Aproximación al Quijote.
Martín de Riquer, nacido en Barcelona en 1914, está considerado como uno de los humanistas españoles más destacados del siglo XX. Doctor en Filología Románica, especialista en literatura medieval y del Siglo de Oro, recibió por su actividad cultural y académica numerosos premios, como el Nacional de las Letras o el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Entre sus investigaciones y trabajos destacan los realizados sobre Miguel de Cervantes, de cuyas obras fue un ameno y extraordinario divulgador.
En los tiempos en los que yo estudié bachillerato El Quijote se consideraba una lectura obligatoria y no recuerdo a ningún compañero entusiasmado con la obligatoriedad (y posterior examen capítulo a capítulo) de tal lectura.
Sin embargo, Martín de Riquer en su Aproximación al Quijote y en tan sólo 166 páginas consigue lo que un año de lectura obligatoria no logró: que entiendas a la perfección la obra cumbre de Cervantes y que te apetezca leerla de nuevo, buscando los detalles, giros lingüísticos, intenciones y hasta errores que cometió su autor al escribirla.
Martín de Riquer empieza su libro hablándonos de Miguel de Cervantes. Conocemos así que su vida nunca fue fácil: soldado en los Tercios, herido en Lepanto, cinco años cautivo de los turcos, varios planes de fuga fallidos, recaudador de contribuciones, preso bajo la acusación de haberse quedado con el dinero recaudado, etc. En lo literario, tampoco alcanzó el éxito que le proporcionase honores y riquezas; ni tan siquiera encontró una persona importante para prologar El Quijote, la fama no le precedía.
Tras la biografía de Miguel de Cervantes y el análisis de su obra literaria, Martín de Riquer entra de lleno en la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha afirmando ya desde el principio que se trata de una obra de clara intención satírica y paródica.
En aquellos tiempos, finales del siglo XVI y comienzos del XVII, estaban de moda los libros de caballería, imagino que tenían la función que buena parte de la programación televisiva tiene en nuestros días: ayudar a que el lector o el que escuchaba tales historias se evadiera de las preocupaciones diarias. Cervantes, que conocía a la perfección dichos libros, arremete contra ellos parodiándolos desde el principio al fin con la sola intención de lograr que “el melancólico se vuelva a risa, el risueño la acreciente”.
Y es que, según mantiene Martín de Riquer, tras haber estudiado en profundidad a Cervantes, éste era un hombre con gran sentido del humor, pese a lo aciago de su existencia. Debo decir que a mí El Quijote siempre me pareció un libro triste, pero no es caso de explicar por qué.
Un humor que Cervantes admira en la novela del valenciano Johanot Martorell Tirant lo Blanc, hasta el punto de copiar de ella ciertos recursos, por ejemplo los refranes que aparecen de continuo en las parrafadas de Sancho, y de que el cura decida salvarla de la quema en el escrutinio de la librería del hidalgo.
Terminada la primera parte, Martín de Riquer analiza la segunda con la misma agudeza, maestría y amenidad como lo hizo con la primera. Sabemos así que esta segunda parte la escribió Cervantes empujado por la publicación del Quijote de Avellaneda y que se centra más en lo acaecido a los dos personajes principales que en la introducción de historias ajenas, picarescas, pastoriles o moriscas en las que demuestra su dominio de todos esos géneros pero que, de algún modo, le apartan de la idea central y hasta fue criticado por ello.
Termina Martín de Riquer su didáctico e ilustrativo libro con un breve análisis del estilo literario de Cervantes que viene a demostrarnos el porqué está considerado como un genio de la Literatura universal, su obra es alabada por todos los críticos y es motivo de gozo y disfrute para una gran cantidad de lectores.