domingo, 26 de mayo de 2013

TEN UN POCO DE FE

Hace bastante tiempo alguien me habló en términos admirativos de un libro titulado Martes con mi viejo profesor. No recuerdo quién fue y tampoco por qué razón no leí dicho libro. Tal vez atravesaba entonces una etapa en la que me sentía sobrada de respuestas.
Digo esto a propósito de un nuevo préstamo literario de Mila, se titula Ten un poco de fe, se publicó en España el año 2010 y es obra de Mitch Albom, el mismo autor de la obra citada.
La historia que relata Mich Albom en Ten un poco de fe, al igual que la contenida en Martes con mi viejo profesor, es en gran parte autobiográfica, ya que está basada en una experiencia personal del escritor, periodista y músico norteamericano, a quien Albert Lewis, el rabino de la comunidad a la que perteneció de niño y adolescente, cumplidos los 82 años y considerando que la muerte puede estar cerca, le pide que, llegado el momento, se ocupe de realizar el pertinente discurso funerario. Sorprendido y molesto, dado su actual alejamiento religioso, el escritor acepta, pero con la condición de que, para realizar tal encargo, debe conocer un poco mejor a la persona que se lo propone. Se inician así durante varios años una serie de encuentros, gracias a los cuales Mich Albom vuelve a entrar en contacto con valores perdidos y se replantea su propia espiritualidad.
En paralelo a este relato, el autor narra también la vida de Henry, un ex delincuente y ex drogadicto, pastor de una comunidad de gentes de la calle, víctimas muchos ellos de la crisis industrial que afectó a Detroit por entonces, que sobreviven en una vieja iglesia a punto de desmoronarse.
Tanto el rabino como el pastor destacan por su fe y su entrega a los demás (no se concibe lo uno sin lo otro); una entrega basada en un respeto profundo por las personas en todos los aspectos y sin esperar ninguna clase de contrapartida.
En la historia de estos dos personajes, diferentes en lo accesorio e iguales en lo fundamental, no existe ni un solo atisbo de fanatismo, tampoco la certeza absoluta de lo que van a encontrarse después; son seres humanos con sus defectos y sus virtudes y por eso resultan tan cercanos.
Como cercano se nos hace el propio Mich Albom, periodista de éxito, atareado en extremo, que va de un lado a otro sin reflexionar en absoluto sobre la trascendencia ni sobre las consecuencias morales de sus actos. Los encuentros con el rabino y más tarde con Henry, le ayudarán a mirar las cosas desde una nueva perspectiva, que le conducirá (y esto lo sé por la Wikipedia), a trabajar activamente en pro del bienestar de las comunidades humanas, mediante fundaciones y asociaciones sin ánimo de lucro.
En resumen, un libro interesante, optimista y bien escrito que contribuyó a que, por lo menos durante su lectura, dejase de “mirarme el ombligo”.

lunes, 20 de mayo de 2013

LA MUJER QUE LLORA

Hay ciertos escritores que me provocan pensamientos tristes, dejando a un lado los aspectos formales de los libros que escriben. La escritora cubana Zoé Valdés está entre ellos. Incluso, cuando las obras que he leído presentan situaciones que podrían considerarse alegres. En el fondo de todos sus relatos vislumbro una tristeza melancólica que quizá esté en parte causada por haberse tenido que exiliar de su tierra, con los muchos conflictos que conlleva un exilio.
El caso es que en La mujer que llora, Premio Azorín de Novela 2013, de nuevo encuentro como elemento destacado la tristeza. No sólo en lo que se refiere a la vida de Dora Maar, ya de por sí conflictiva y triste, sino cuando nos habla de ella misma, en la breve mención que realiza de su militancia contra la dictadura cubana antes de exiliarse, o, ya en París, mientras consigue la información que necesita para escribir el libro que hoy traigo a Opticks.
Según explica la escritora, de Dora Maar se había escrito antes, ocupó un lugar destacado en el movimiento surrealista en los tiempos en que París, tras la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un hervidero de artistas que buscaban nuevas y distintas formas de expresión: André Breton, G. Apollinaire, Paul Éluard, Man Ray, Max Ernst, Max Jacob, por citar algunos de las que aparecen en el libro. Entre todos también está Picasso, que atravesó un periodo surrealista, y Dora Maar, pintora y fotógrafa, adscrita al movimiento, musa de Man Ray y Max Jacob y amante del escritor Georges Bataille.
Zoé Valdés relata de manera simultánea dos historias: más breve, la suya propia en París, en diversas etapas tras el exilio, mientras escribe o busca información valiéndose de dos amigos de Dora Maar, James Lord y Bernat Minoret, que acompañaron a la pintora a Venecia en un viaje que duró una semana y, al término del cual, ella decidió apartarse de todos, buscó refugio en la religión y se enclaustró en su apartamento, rodeada de los cuadros de Picasso.
La segunda historia se centra en el viaje a Venecia citado. Aquí es Dora la que nos cuenta sus impresiones y rememora lo que ha sido su vida hasta esos días: relación con sus padres, viaje a Argentina en la adolescencia, amigos en París, aficiones, surrealismo, amantes y entre éstos, en el lugar más destacado, el que será por siempre su gran amor: Pablo Picasso.
Dora Maar conoció a Picasso con 24 años, él tenía 42, y fue su amante a lo largo de 10. El dibujo que Zoé Valdés, en palabras de Dora, nos hace de esa etapa, deja al Picasso hombre bastante mal: mezquino, cruel, egoísta, al borde del sadismo y la depravación sexual. Sin embargo, el Picasso genio queda intacto y los cuadros en los que representa a Dora, “mujer que llora”, son una muestra de esa genialidad.
La mujer que llora no es una novela fácil de leer. Al igual que en el movimiento surrealista, hay mucha introspección y búsqueda en sus páginas; (a la vez que una información enriquecedora y exhaustiva). 
En las obras de Zoé Valdés, la honradez intelectual,  la introspección, la búsqueda, los deseos de libertad, el compromiso, la entrega absoluta a un ideal, suelen estar bastante presentes. Quizá en ello resida la razón del poso de tristeza que me suele quedar tras su lectura.  

lunes, 13 de mayo de 2013

MISIÓN OLVIDO

En este tiempo extraño en el que vivo ahora he tenido la idea de rescatar de entre los libros que me van regalando Misión Olvido, la segunda novela de María Dueñas que  recibí cuando estaba recién editada.
Recuerdo haber pedido en la biblioteca pública que comprasen El tiempo entre costuras, atraída por el comentario admirativo que hacía de tal obra en el periódico Fernando Sánchez Dragó. Recuerdo también que, al devolverla, auguré su éxito futuro.
Sin ser adivina, guiándome sólo por la experiencia, algo así resultaba fácil de prever; existen multitud de lectoras aficionadas a esa clase de libros. La historia de una mujer, con la guerra civil y la posguerra de fondo, amores varios, traiciones, espionaje, un marco no tocado hasta el momento (Tánger), un taller de costura, el ascenso social merced al esfuerzo…, y todo ello como elementos de un relato lineal escrito con claridad y sencillez.
Pues bien, según parece, y a pesar de la enorme campaña de promoción con la que se acompañó su salida, Misión Olvido, no ha logrado alcanzar el éxito de la primera novela de la autora nacida en Puertollano. La razón se la dio a Isa, bibliotecaria de mi pueblo, una señora que la devolvió a la biblioteca poco después de solicitarla, alegando que se trataba de un libro muy lioso con historias mezcladas de diversas personas que  iban de atrás adelante y de adelante atrás.
Esto es así, aunque en lo de “lioso” no estoy de acuerdo, porque la vida de Blanca Perea, principal protagonista del relato, profesora universitaria, con dos hijos que ya vuelan solos y un marido que acaba de irse con otra más joven y le pide el divorcio, no se mezcla en principio con la de Andrés Fontana, hijo de padres paupérrimos, al que una señora acaudalada le paga la carrera en la universidad, y con la de Daniel Carter, profesor norteamericano especialista en literatura hispánica.
La vida de estos tres personajes principales y de otros muchos se mezcla cuando Blanca, que desea escapar de su complicada situación anímica, acepta marchar a California, merced a la beca que le otorga una fundación privada para que recopile y clasifique los documentos que, tras la muerte de Andrés Fontana, constituyen su legado a la Universidad de Santa Cecilia. Muchos de esos papeles se refieren a las misiones que los franciscanos crearon en esa zona de Norteamérica, con la idea de evangelizar y “civilizar” a los indígenas. En el trabajo de Blanca interviene Daniel Carter, discípulo del desaparecido Andrés, que viajó a España impulsado por éste, enamorándose de una española.
No cuento más, porque sería descubrir demasiado. Lo que sí he de decir, coincidiendo con la Sra. a la que no le gustó el libro, que la autora introduce tantos temas distintos: divorcio, posguerra española, vida universitaria en California, Ramón J. Sender, bases norteamericanas en nuestro país, censura, amor, traición, celos, perdón, Alzheimer, retraso mental, misiones franciscana, ecología, etc., que se queda en la superficie de todos ellos.
Por lo tanto, siempre a mi parecer, la novela carece de profundidad y tensión dramática. Los personajes, estereotipados, no son creíbles ni emocionan en absoluto.
Y, si tenemos en cuenta a los muchos colaboradores que tuvo María Dueñas mientras escribía Misión Olvido , que constan en los agradecimientos que aparecen al final, pienso que el resultado debería ser muy, pero que muy distinto.

lunes, 6 de mayo de 2013

EL ANARQUISTA QUE SE LLAMABA COMO YO

El mes de mayo lo empiezo con un libro que me proporcionó a principios de abril Kiko, uno de los bibliotecarios de mi pueblo.
Conocía el título, El anarquista que se llamaba como yo, al haber leído en el periódico que su publicación le valió al autor, Pablo Martín Sánchez, el premio a la mejor ópera-prima 2012 otorgado por la revista El Cultural.
Pese a todo, conocedora también por el periódico del argumento del citado libro, no tenía intención de pedirlo prestado, (lo único que me faltaba para deprimirme aún más era una historia de anarquistas condenados a garrote vil).
Pero la mujer propone y Kiko dispone. Así que al tenerlo en las manos, no fui capaz de renunciar a su lectura y me lo traje a casa, dispuesta a un sacrificio que he ido posponiendo hasta hace justo una semana. 
Menos mal que el sacrificio dejó pronto de serlo, cuando empecé a profundizar en la vida de un joven idealista llamado Pablo Martín Sánchez que terminó enrolado, casi a su pesar, en una misión tan disparatada como suicida.
Nos cuenta el autor, para justificar el porqué de la obra, que la idea le surgió tras teclear su nombre en goegle y descubrir que un anarquista condenado a garrote vil por haber participado en los sucesos acaecidos en noviembre de 1924 en Vera del Bidasoa (Navarra) se llamaba igual que él. Interesado por tal coincidencia, comenzó a investigar en los lugares donde había vivido esa persona y hasta tuvo la suerte de encontrar a una sobrina de 90 años que, con sus confidencias, le proveyó de aún más alicientes para escribir la historia. Una historia que también había servido a Pío Baroja como argumento de su novela La familia de Errotacho.
Pablo Martín Sánchez inicia la suya en 1980, año en que su homónimo nace en Baracaldo, hasta que muere ajusticiado en Pamplona en 1924. Lo hace alternando los capítulos en los que, sin proponérselo, se ve implicado en el proyecto revolucionario pergeñado en París por los anarquistas, con otros en los que nos relata su infancia, adolescencia y juventud.
Gracias a lo exhaustivamente documentado que está el libro, podemos conocer la situación de España a finales del siglo XIX y principios del XX, sobre todo durante el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera: las enormes diferencias sociales, la lucha de los sindicatos por mejorar las condiciones de trabajo de los obreros y,  más que nada, las aspiraciones y actividades del movimiento anarquista, tanto en nuestro país como en el exterior: Francia, Estados Unidos y Argentina.
Es en Francia donde suceden muchos de los acontecimientos que el autor explica, por ejemplo, las actividades de Unamuno, Ortega y Gasset y Blasco Ibáñez, intelectuales que desean acabar con la dictadura; o revolucionarios como Francisco Ascaso y Buenaventura Durruti, que pretenden lo mismo con otros métodos.
Me parece muy interesante, además de la historia en sí y de todo lo que he aprendido sobre la época en la que se desarrolla, el modo cómo Pablo Martín Sánchez inicia la novela y, más aún, el sorprendente epílogo que nos regala al final.
En resumen, El anarquista que se llamaba como yo es un libro bien escrito y bien documentado que, tal vez por la cantidad de detalles históricos que aporta, puede no resultar de fácil lectura para los no aficionados a esa clase de novela histórica que pretende transmitirnos los hechos relatados con precisión y objetividad.