domingo, 30 de septiembre de 2012

SIGNATURA 400

Signatura 400, libro de fácil y amena lectura, es la primera obra publicada de Sophie Divry, escritora francesa.
En él, una bibliotecaria de la que no se nos dice el nombre, entabla un diálogo (más bien monólogo porque no se materializan las respuestas del oyente), con un usuario de la biblioteca en la que trabaja al que descubre dormido, tras pasar la noche en ella por haberse quedado encerrado el día anterior.
El inesperado encuentro con esta persona da pie a que la mujer se explaye ampliamente sobre cómo surgió la ordenación que rige en las bibliotecas actuales, no entienda el vacío de la signatura 400 y nos hable de Melvil Dewey, el norteamericano creador de la Clasificación Decimal Universal que determina dicha ordenación; de Gabriel Naudé, jefe de la biblioteca del cardenal Mazarino en la que en el siglo XVII realizó una primera clasificación, convirtiéndose así en el precursor de Dewey en Francia; o de Eugène Morel que en 1908 publicó un libro en el que, tras investigar sobre bibliotecas europeas y estadounidenses, explicaba las características que debían reunir estos lugares para cumplir eficazmente su función: servicio de préstamo, amplio horario de apertura, distribución cómoda, asientos reservados a los niños, etc.
Pese a los muchos datos que aporta la autora, Signatura 400 no es un ensayo; entre dato y dato, buscando siempre la relación con ellos, la bibliotecaria vierte sus opiniones, en general ácidas y bastante críticas, sobre el sistema, sus superiores y compañeros de pisos altos que tienen la plaza en propiedad (su puesto está en el sótano, es interina y le han adjudicado la poco agradable sección de geografía y urbanismo), los arquitectos que planifican los edificios de las bibliotecas con diseños imposibles, la historia de Francia en la que destaca la Revolución de 1789, las matanzas de la guerra del Catorce y la píldora anticonceptiva como acontecimientos fundamentales, etc., etc.
Pero no sólo esto diferencia a la novela de un ensayo, la protagonista del relato también explica sus frustrantes relaciones con un novio que la dejó por otra y la platónica atracción que siente por un estudiante asiduo a su sala. No falta pues el “toque” amoroso.
Aunque algunas opiniones de la bibliotecaria reflejen histrionismo y actitudes neuróticas, abundan más las agudas y divertidas; así como aquellas que demuestran el enorme amor que siente por los libros y las bibliotecas en general: “Extensiones librescas que colman el sentimiento atroz de vacío que hace de nosotros gusanos de este bajo mundo. Largas estanterías que nos devuelven una imagen ideal, la de los dominios completos del espíritu humano”.
Conforme envejece, ya sólo le queda la literatura para elevarse, los buenos libros y, quizá, también, los buenos lectores. Ésos que te preguntan, se interesan y a los que un bibliotecario eficaz que ama su trabajo orienta y acompaña en su búsqueda de la excelencia.
En resumen, un libro interesante y bien escrito que cumple perfectamente la función de informar y distraer a la vez, y en el que podemos reconocernos, compartiendo opiniones, ideas y hasta críticas, muchos amantes
de los buenos libros y de las buenas bibliotecas.

lunes, 24 de septiembre de 2012

FILETES DE LENGUADO. ATRÁPAME ESE MONO

Si atendemos a la situación actual del mundo: crisis económica, enfrentamientos entre países y comunidades, fanatismo religioso, etc., encontramos pocas razones para el optimismo.
Ése es el motivo por el que hoy traigo a las páginas de Opticks a un autor que puede contribuir a que miremos la vida de modo diferente o, al menos, hacernos sonreír. Se trata del naturalista, zoólogo y defensor de animales en peligro de extinción Gerald Durrell (no confundir con su famoso hermano el novelista Lawrence Durrell, del que hablaré en otro momento).
Gerald Durrell nació en la India en el año 1925 y murió en la isla de Jersey (Gran Bretaña) en 1995. Sus padres eran de origen europeo, de ascendencia británica él e irlandesa ella. Al fallecer el padre en 1928, la familia vivió alternativamente en Inglaterra y en la isla griega de Corfú.
Según cuenta el propio Gerald, su afición a la zoología comenzó en la India cuando le llevaron a visitar un zoológico. Aquella visita puso las bases para que se convirtiera en un entusiasta de los animales; entusiasmo fomentado por los tutores y amigos de la familia que se encargaron de su educación, ya que no asistió con regularidad a ninguna institución educativa.
Su interés por el reino animal y la preocupación que sentía por todas las especies que estaban desapareciendo, le condujo a financiar él mismo expediciones a países de varios continentes, destinadas a salvar especies amenazadas.
Poco a poco, su trabajo en beneficio de esta clase de seres fue reconocido, constituyéndose una fundación en la isla de Jersey con objeto de gestionar el zoo que él había creado en ese lugar y en el que iba reuniendo multitud de animales en peligro para preservarlos, que se reprodujeran y, posteriormente, integrarlos de nuevo en su hábitat natural.
Cuento estos detalles de su biografía porque Gerald Durrell no se consideraba un escritor profesional; utilizaba la escritura con la intención de recaudar fondos que le permitieran continuar ejerciendo su benéfica labor.
De los libros de hoy , escritos con tal propósito, el primero de tipo divulgativo: Atrápame ese mono, en el que el autor nos cuenta las peripecias a las que solía enfrentarse para lograr llevar hasta su zoo a diversos animales en peligro, que nos describe con detalle y apasionamiento, pienso que interesará sobre todo a los aficionados a la zoología. Aunque he de decir que yo, sin ser aficionada, he disfrutado leyéndolo.
Sin embargo, el segundo, Filetes de lenguado, estoy casi segura de que va a gustar a todos los posibles lectores. Se trata de un conjunto de relatos en los que el tema de los animales resulta secundario y destaca más el tono humorístico que adopta el escritor al relatarnos distintas aventuras relacionadas con su entorno familiar, su expedición a Camerún, su estancia en una clínica de reposo o la relación amorosa que mantuvo con Ursula, joven que hablaba el inglés de manera bastante peculiar.
Gerald Durrell escribe con un estilo claro y ágil, así que se lee fácilmente. El humor de los relatos contenidos en Filetes de lenguado no va contra nadie, es decir, no pretende herir ni ridiculizar; se limita a relatar situaciones absurdas o apuradas que le han sucedido, en las que aparecen diferentes tipos humanos con sus rarezas, costumbres o características personales que les hacen actuar de una determinada forma que resulta al lector divertida y hasta hilarante.
Resumiendo, dos libros que, sin ser de autoayuda, pueden ayudarnos a valorar el mundo que nos rodea y a comprobar hasta qué punto el entusiasmo de una persona por su profesión contribuye a que consiga ejercerla con éxito (Atrápame ese mono).
Pero también (Filetes de lenguado), a suavizar los rigores de la vida diaria provocándonos una enorme y, espero, gratificante y contagiosa sonrisa.

lunes, 17 de septiembre de 2012

EL GRAN MEAULNES

Pese a que El gran Meaulnes es una obra considerada “de culto”, yo no había tenido ocasión de leerla aún y esta semana me he dedicado a ello.
Su autor, Alain-Fournier, nació en Francia en 1886. Estudios y aficiones le conducen a la escritura, colaborando en diversos periódicos y revistas. En 1913 publica El gran Meaulnes que está a punto de ganar el Goncourt y consigue un enorme éxito de público y de crítica. En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, toma parte en la lucha con el grado de teniente y es abatido cerca de Verdún. Había cumplido 28 años.
Al igual que El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, El gran Meaulnes se considera una novela de iniciación a la vida adulta que recoge las inquietudes, sueños y vivencias característicos de un adolescente.
Lo curioso es que muchos acontecimientos de la novela tienen una base real, sucedieron en verdad a su autor. Por eso el relato resulta tan creíble y engancha desde la primera línea.
La historia que contiene la cuenta en primera persona François Seurel, un adolescente tímido e introvertido cuyos padres, maestros de profesión, están al frente de un colegio en una población del interior de Francia.
François acaba de cumplir quince años cuando su vida, rutinaria y metódica, se ve alterada por la incorporación al colegio y a la propia casa familiar de Augustin Meaulnes, un chico de su edad pero distinto en todo, empezando por la estatura que le hace sobresalir del resto y continuando por el carácter, decidido y aventurero, que pronto le convierte en un líder dentro de la clase y en un modelo para el muchacho.
La llegada de los abuelos de François y la necesidad que se plantea de ir a recogerlos, hace que el maestro elija a uno de los alumnos con ese fin. Al no ser elegido, Augustin decide ir por su cuenta. Durante el viaje, equivoca el camino y va a parar a un lugar recóndito y misterioso en el que existen unas antiguas edificaciones de tipo palaciego, pero en estado casi de ruina, en las que se prepara una fiesta.
Por un momento, el lector cree que Meaulnes sueña o está alucinando. No es así. Realmente en ese lugar se ha preparado la fiesta en la que se casarán el hijo del dueño de la finca, Frantz de Galais y su bella prometida Valentine. Los invitados, vestidos con lujosos y anticuados trajes, se divierten mientras esperan a los novios. Augustin encuentra un traje a su medida y se incorpora al convite en el que conoce a la hermana de Frantz, Yvonne de Galais, prendándose al instante de ella. Al no acudir la novia como era lo previsto, la celebración concluye abruptamente. Meaulnes regresa al colegio y desde ese momento sueña con encontrar lo que considera el paraíso perdido, haciendo partícipe de sus deseos y averiguaciones a su amigo François.
El resto de la novela, que supone la llegada de los dos jóvenes a la vida adulta y el desenlace del relato, creo que debe descubrirla el lector por lo que tiene de misterio e intriga.
Sin adelantar nada, resulta obligado decir que este libro está en la línea de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que la descripción de los paisajes es una maravilla, que sin pretenderlo te ves sumergido en un mundo onírico y brumoso y acompañas al gran Meaulnes en busca de su ideal, de esa belleza perfecta que en un tiempo anhelaste y cuya a usencia te llenaba el pecho de un ansia extraña y dulce, hasta que comprendiste, igual que el gran Meaulnes, que ninguno de tus anhelos, incluso si lo alcanzas sufriendo en el empeño, perdurará más allá de un instante.



martes, 11 de septiembre de 2012

AIRE DE DYLAN

Mis muchos años de lectura, a veces compulsiva, no me habían otorgado la facultad de reconocer en los primeros renglones de una novela a su autor. Cuestión distinta fue la de los poetas, al menos los más cercanos a mis gustos: Antonio Machado, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Luis Cernuda, León Felipe y otros que omito, porque no es de poesía de lo que hablaré hoy, me son inconfundibles.
Tal vez no poseía esa facultad por lo poco que acostumbraba a analizar los libros leídos desde el punto de vista de la forma. Sin embargo, durante los últimos diez años y gracias a la influencia de mi amigo Manolo, me vi casi obligada a percatarme tanto del fondo como de la forma, ¡era preciso estar a su altura!
Ahora ya hay escritores que identifico en las primeras líneas. Uno de ellos es Enrique Vila-Matas. Seguro que ciertos lectores no ven en esto ningún mérito y afirman que Vila-Matas no puede confundirse. Cierto, pero quizá antes yo lo habría confundido y ahora, no. (Déjenme que presuma).
Hablar de Vila-Matas es hablar de Literatura en estado puro. Aire de Dylan se ajusta a ese personal modo de narrar y de ser.
La narración comienza en Barcelona, cuando un prolífico escritor, que ha decidido íntimamente no escribir más, a pesar de creer que nunca consiguió la obra maestra, es invitado a un congreso literario sobre el fracaso en la universidad suiza de San Gallen. En una de las sesiones del congreso, este escritor conoce a Vilnius Lancastre, auténtico protagonista del relato.
Vilnius Lancastre tiene un gran parecido con Bob Dylan, que fomenta con su manera de vestir y de peinarse. El invitado al congreso había sido su padre, famoso autor catalán; pero al morir de un infarto días antes, el hijo ocupó su plaza, ya que, aunque lo que más le interesa es el cine, está escribiendo una extensa obra que titula Archivo General del Fracaso.
La aportación al congreso de Vilnius consiste en un texto autobiográfico que titula “Teatro de realidad”. Cuenta que su padre, con el que tuvo una relación pésima, se está infiltrando en su mente y pasándole sus recuerdos. En ocasiones, le llama Hamlet, por lo que creé que puede ser una incitación a la venganza. Habla también de su afición por el cine y de que la frase: “Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”, pronunciada en la película “Tres camaradas” y atribuida a uno de los guionistas, Sott Fitzgerald, es una guía para acercarse a su verdadera identidad y a su realidad última. Identidad que él considera terminará por identificarse con Oblomovs, joven de la Literatura rusa indiferente al mundo que le rodea y que ha decidido no hacer nada.
De vuelta a Barcelona, se suceden las aventuras. Vilnius vuelve a enfrentarse con su odiosa madre, descubre que tiene un amante. A su vez se enamora de Débora, amante de su padre y juntos fundan la infraleve y muy ligera sociedad Aire de Dylan, encargando al escritor que optó por no escribir se ocupe de redactar las memorias del muerto.
Esto es sólo una mínima parte de lo que podemos encontrar en el libro: Literatura en grado sumo con citas de autores y obras que enriquecen el texto; teatro, aludiendo sobre todo a Shakespeare y a Calderón; cine, a partir de la frase citada y la visita de Vilnius a Hollywood para investigar su autoría; crítica irónica del postmodernismo en contraposición a la cultura del esfuerzo, ésa que conduce a un escritor a ser auténtico: “Eliminando todos los tabúes que nos impiden darle la vuelta al lenguaje muerto, a los dogmas de segunda mano, a las verdades que no son propias sino de otros, a los lemas, a los eslóganes, a las mentiras nacionales, a los mitos de nuestra propia época histórica. Una vez eliminado todo eso, lo que queda es la verdad de una persona, por lo menos la parte de verdad que puede ser transmitida a través del lenguaje”.
Ni más ni menos que Vila-Matas.  

domingo, 2 de septiembre de 2012

INDIA MON AMOUR

Estamos en septiembre. Los agoreros pronostican un desastre tras otro.
Hoy no traigo a las páginas de Opticks una novela sino un ensayo. Aunque quizá sería mejor llamarle libro testimonio. Con él, el escritor francés Dominique Lapierre quiere manifestar el amor que siente por la India.
Creo que los lectores conocen de sobra a este escritor. Sus libros: Arde París, O llevarás luto por mí, Esta noche la libertad, La ciudad de la Alegría, Era medianoche en Bhopal, etc., casi todos escritos en colaboración con Larry Collins, se han convertido en importantes bestsellers.
La obra que acabo de leer, India mon amour, nos habla de cómo se gestaron los relatos relacionados con la India, explica el inicio de esa relación y el compromiso humanitario del autor y de su esposa con el país bañado por el Ganges.
El inicio de dicha relación se describe en la primera parte del libro, cuando Dominique Lapierre acepta la sugerencia de Raymond Cartier y decide realizar un retrato de la India, siguiendo la estela de Mohandas Gandhi.
Así que, tras la compra de un antiguo y aristocrático Rolls-Royce, junto con Larry Collins y conducidos por un chofer hindú, recorre el inmenso territorio en busca de la documentación que permitirá a ambos autores escribir Esta noche, la libertad.
Todo lo percibido durante el viaje le sirve también a Dominique Lapierre para este libro homenaje a la India. En él presenta entusiásticamente lo que encuentra a su paso: olores y colores, gentes de lo más variopinto, paisajes, formas de vida de los pocos marajás que aún existen, caza de jabalíes a lomos de elefantes, partidas de polo, palacios, templos, ceremonias funerarias y religiosas, etc.
Pero además, y sobre todo en la segunda parte, descubre realidades que no son placenteras: barrios insalubres en los que se hacinan miles de personas, aquejadas muchas de ellas por enfermedades como la lepra y la tuberculosis; niños sin infancia, analfabetismo, explotación, pobreza en grado sumo.
El encuentro con esas realidades, con los seres humanos que las padecen y con aquellos que intentan remediarlas, por ejemplo la figura de Gandhi o la Madre Teresa, impulsa a Dominique Lapierre a encabezara a nivel mundial un movimiento solidario que, a través de fundaciones y organizaciones no gubernamentales, ha conseguido crear escuelas, dispensarios, hospitales, centros de trabajo y formación, etc.; así como ayudar a la erradicación de la tuberculosis y la lepra en las zonas más afectadas por enfermedades asociadas a la desnutrición y la miseria.
Es un libro escrito con el claro objetivo de ensalzar un país y compartir un proyecto de ayuda a los demás. Se lee con facilidad y lo enriquecen fotografías de los distintos momentos en él descritos.
No es un libro que juzgue o que denuncie, sólo en el caso de las trabas que encontraron por parte de las autoridades de Calcuta durante el rodaje de La ciudad de la Alegría.
Destaca la extraordinaria dignidad de las personas cuya situación el autor expone, comparten lo poco que poseen y no pierden la sonrisa y la esperanza.
Una buena lección, ojalá que resulte provechosa para algunos de los que nos quejamos a diario.