jueves, 31 de mayo de 2012

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

¿Puede un lector ser objetivo al enfrentarse con una obra literaria, dejando a un lado sus creencias, su bagaje cultural y vital? ¿Puede serlo un autor?
Mi experiencia me dice que la respuesta a las dos preguntas anteriores es un “no” con matices, que explicaré en otra ocasión.
Amos Oz, escritor israelí que recibió el Premio Príncipe de Asturias en el año 2007, escribe Una historia de amor y oscuridad desde ese bagaje, y construye una obra tan personal y auténtica que en el conjunto de todas mis lecturas la sitúo junto a las inolvidables..
La historia que nos cuenta Amos Oz es la suya y la de su familia, tanto materna como paterna, desde los orígenes de sus abuelos en Rusia hasta la llegada a Israel, cuando aún no estaba constituido el estado hebreo.
Como lectora atenta, destacaría en Una historia de amor y oscuridad el lenguaje poético que utiliza el autor al describir con sensibilidad y sinceridad manifiesta personas, ambientes y acontecimientos; también el enorme respeto que muestra al acercarse a la profundidad del ser humano con sus creencias, sus ideas políticas, sus gustos, sus inclinaciones personales y hasta sus manías.
Es un libro que te aproxima a un pueblo, el judío, y a una época histórica, alejándote, a la vez, de cualquier clase de dogmatismo fanático, pero conmoviéndote por el destino de unas gentes siempre y en todas partes perseguidas hasta el exterminio.
A pesar de que el eje central del relato podríamos considerar que es el suicidio de su madre, Amos Oz no escribe un libro triste (una historia de oscuridad), sino más bien una historia de amor al mundo entero, desde lo más pequeño a lo más grande, y un canto a la alegría, presente en sus vivencias como deseo y reto y alcanzada por fin junto a su esposa “la luciérnaga que irradia alegría”.



lunes, 21 de mayo de 2012

GRINGO VIEJO

Afirma Haruki Murakami en su libro De qué hablo cuando hablo de correr, que en cualquier proceso de creación ocupa un papel fundamental la constancia. Algo, por otra parte, muy japonés. O muy universal; en español decimos que “el que la sigue, la consigue”.
Pensaba todo esto, mientras leía Gringo viejo del escritor mejicano Carlos Fuentes que murió a los ochenta y tres años el martes pasado. Dicen sus biógrafos que Carlos Fuentes era muy constante y que, apenas terminaba una obra, empezaba otra en un esfuerzo creativo continuado.
Acepto que la perseverancia influya en los resultados conseguidos por la persona que crea. Pero para escribir como lo hace el escritor mejicano fallecido, Premio Príncipe de Asturias y Premio Cervantes, entre otros merecidos galardones, se necesita algo más que trabajo y tesón. Se necesita ser un genio de la literatura.
Los personajes de Gringo viejo no hablan en nombre de sí mismos, podrían calificarse de arquetípicos. Cada uno de ellos representa un modo de ser y de sentir profundamente humano. Ambrose Bierce, el gringo viejo, escritor y periodista que llega desde Norteamérica, asqueado de su propia vida, y que busca en la revolución mejicana de Pancho Villa una muerte honorable. Harriet Winslow, la maestra, norteamericana también, de rígida educación metodista, que utiliza Méjico como puerto de escape de una existencia anodina y sin sentido. Tomás Arroyo, el general revolucionario analfabeto, que lucha en nombre del pueblo esquilmado y guarda los papeles de propiedad de unas tierras que siempre disfrutaron otros.
Decía Carlos Fuentes que: “No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”. Los protagonistas de Gringo viejo buscan la libertad para ellos mismos o para el resto de sus compatriotas. Al igual que lo hiciera Don Quijote, admirado por Carlos Fuentes hasta el punto de hacer viajar al gringo viejo con un ejemplar de la obra cervantina en la maleta.
Perteneciente al denominado Boom hispanoamericano que comparte con Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, Carlos Fuentes fue un escritor refinado, culto y concienzudo que mantuvo su escritura relacionada con los cambios sociales que se iban produciendo sin comprometerse nunca con el poder. Vivió en Méjico y en Estados Unidos, país en el que ejerció la docencia en diversas universidades, criticando a los poderosos a un lado y a otro de la frontera cuando consideró que era preciso hacerlo.
En esa línea de crítica está Gringo viejo. La aguda mirada del escritor se posa en el papel de la iglesia, las revoluciones, los caciques, el colonialismo norteamericano y el embrutecimiento del pueblo en una tierra hostil para los que la trabajan sin poseerla.
Gringo viejo se publicó en el año 1985, he leído que fue el primer best seller de un autor mejicano en Nueva York. En 1989 hicieron de él una película. Así que los posibles lectores tendrán la oportunidad, siempre interesante, de comparar la obra escrita con su versión cinematográfica.

lunes, 14 de mayo de 2012

LOS PECES NO CIERRAN LOS OJOS

El libro de esta semana, Los peces no cierran los ojos, del escritor italiano Erri De Luca, tiene sólo ciento veinticuatro páginas, pero tan bien escritas, tan sobrias, tan auténticas, obviando las palabras de adorno o de relleno, que podemos considerar cada una de ellas como un compendio de la mejor literatura.
Los hechos que Erri de Luca nos cuenta de manera intimista y poética, como el que hace una confidencia, ocurrieron durante el verano en el que, cumplidos los diez años, pasaba las vacaciones con su madre en un pueblo costero cerca de Nápoles.
Para él, un niño solitario, gran lector y poco aficionado a las diversiones comunes a otros niños, los diez años determinaban el final de la infancia.
Convencido de que “la infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años”, le preocupaba que en su caso no sucediera así. El desarrollo físico no avanzaba a la vez que el mental, “estaba en un cuerpo encapullado y sólo la cabeza intentaba forzarlo”.
Ese esfuerzo, ese aflorar de nuevas sensaciones, de llegar a ser la persona que su cabeza le decía que era, lo relata el autor, mientras mira hacia atrás desde la perspectiva de hombre adulto.
La pesca solo o al lado del pescador que hablaba poco y empezaba las frases con una “y”; la historia de su familia entre la guerra, la añoranza y el desarraigo; la presencia cálida y tierna de la madre y enérgica y vitalista del padre; el encuentro con la niña sin nombre, conocedora de los animales, que le descubre el valor de palabras como amor o justicia; los esfuerzos que hace, con violencia incluida, hasta romper la cáscara de su cuerpo de niño…
Todo el relato es una reflexión continuada, una mirada retrospectiva atenta, inteligente y amable sobre un tiempo crucial, en el que se va modelando la personalidad posterior.
Una personalidad adulta, manifestada en actitudes, comportamientos y modos de vida que Erri De Luca enlaza de modo magistral con los sentimientos, deseos e inquietudes del niño de diez años que se sabía mayor de su apariencia.



lunes, 7 de mayo de 2012

LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO

Coincidir con las opiniones y juicios expresados en un libro por alguien a quien admiras, ayuda a no sentirte equivocado y a reafirmar la confianza en tus propios juicios y opiniones, aunque no parezca que sean compartidos por un buen número de personas.
Eso me ha sucedido a mí, mientras leía La civilización del espectáculo, un ensayo de Mario Vargas Llosa.
Hacía tiempo que no subrayaba una obra con el entusiasmo que he subrayado ésta. Mirando atrás, creo que fue La era del vacío, también un breve ensayo de Gilles Lipovetsky, la última en la que experimenté semejante arrebato.
El libro de Vargas Llosa añade a reflexiones juicios y críticas de reciente factura, otras que publicó en su día el diario El País, y que completan con cuestiones de actualidad las primeras.
Estas reflexiones, juicios y críticas giran en torno a la cultura. Llegando a afirmar el autor que la cultura, manifestada en obras de arte que el artista o creador desea perdurables, que le suponen un esfuerzo y que se convierten muchas veces en la conciencia de la sociedad a la que representan, se trate de pintura, música, arquitectura, literatura, escultura, etc. ha muerto, y apoya su tesis en autores de distinta ideología y signo político que ya anunciaron, en vista del desmadre social que hace tiempo empezó a manifestarse y que ahora se ha acelerado, la desaparición de la cultura.
Las muestras de esa desaparición, nos dice Vargas Llosa, son innumerables y palmarias. Analizándolas, demuestra que la civilización en la que se desenvuelve actualmente nuestra vida es la civilización del espectáculo, en la que prima la frivolidad (importa más la apariencia que la esencia, más la forma que el contenido, más el precio que el valor), lo light, la diversión, la publicidad, la masificación, el laicismo y la banalización.
Cada uno de los rasgos anteriores los desarrolla el autor de manera exhaustiva, apoyándose en multitud de ejemplos fácilmente observables a nuestro alrededor. La diversión a toda costa (cuántas veces se nos ha dicho a los maestros que debíamos hacer las clases divertidas), la apariencia (el culto a la imagen), la masificación en grandes espectáculos musicales o futbolísticos, la banalización de las relaciones de pareja, del sexo que ha hecho desaparecer el erotismo, de la política y hasta de las leyes que muchos no dudan en incumplir presumiendo de ello.
Pero como sucede con todo en esta vida, esa forma de actuar lleva aparejadas consecuencias. El ser humano no puede limitarse a seguir unos impulsos que le conduzcan a pasarlo bien, pensar poco y hacer lo que le plazca. Y cuando intenta que su vida se reduzca a esto, individualmente surgen las depresiones, las rupturas, rebrota la violencia; se pretende erradicar la angustia mediante drogas, botellones o sectas. En lo social, se buscan los extremos en política, espectáculos, modas… Crece el nacionalismo, el apego a lo propio, porque el anclaje que nos proporcionaban los valores que la familia, la religión y la auténtica cultura trasmitían, está disminuyendo o ya no existe.
En resumen, considero que La civilización del espectáculo es un libro interesante del que yo aporto aquí una parte pequeña, pero que tiene mucho más contenido que hace pensar, se esté o no de acuerdo con el mismo y apetezca o no apetezca subrayarlo.