lunes, 26 de marzo de 2012

DIARIO DE INVIERNO

Nuevo libro esta semana al que tampoco puedo referirme en términos admirativos. Lo siento de verdad, su autor me ha deparado muy buenos ratos de lectura con obras que muchas veces he recomendado a mis amigos: Leviatán, Trilogía de Nueva York o Brooklyn Follies, entre otras. Me refiero a Paul Auster y su Diario de invierno.
Sinceramente no sé que ha movido al mediático y prestigioso escritor norteamericano a publicar algo así. Quizá el miedo a la muerte: “Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el tiempo”; quizá atraviesa una época de sequía en cuanto a la inspiración se refiere, quizá el amor y la admiración que dice sentir por su mujer y que manifiesta a lo largo del libro le impulsó a escribirlo, quizá…
Diario de invierno es eso, un diario en el que Paul Auster nos cuenta su vida desde que nació hasta el momento en el que lo publica, coincidente con su sesenta y cuatro cumpleaños. En el relato utiliza la segunda persona del singular; tampoco aquí alcanzo a comprender la intención; puede que así pretenda implicar más al lector en lo que cuenta, pero no lo consigue, al menos en mi caso.
¿Es Diario de invierno un libro sincero? Creo que sí. Sin embargo, al terminar de leerlo, te quedas con la impresión de que el autor ha escrito su propio elogio funerario; no hay aristas ni zonas oscuras en el panegírico: buen padre, buen marido, buen hijo, buen vecino, prolífico y acaudalado escritor y cineasta, etc., etc.
Las anécdotas que contiene la historia son triviales y le pueden suceder a cualquier persona que viaje un poco y deba residir en muchos lugares diferentes (él describe veintiuno).
En el dibujo que hace de personajes y situaciones resaltan siempre los tonos pastel, contrapone a la nota más desafinada la belleza del acorde perfecto: la ruda desconsideración del taxista que les obliga a bajar del coche en la Gare de Lyon se compensa con el equilibrio y la serenidad de la bella mujer africana que cruza la calle.
Todo aquello que convierte a sus obras en perturbadoras y diferentes: La soledad, el ansia de libertad, la contraposición entre lo extraordinario y lo cotidiano, el desarraigo, la necesidad de encontrar una justificación a la propia existencia, etc., etc. no aparece en Diario de invierno, que se queda en un libro bien escrito y, en todos los sentidos, políticamente correcto, que seguro será del agrado de los incondicionales de Auster.

lunes, 19 de marzo de 2012

EN TIEMPO DE PRODIGIOS

Esta semana, y sin ninguna intención por mi parte, he leído una novela, En tiempo de prodigios, de la escritora gallega Marta Rivera de la Cruz, por completo distinta a la que comenté la semana pasada, La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq.
Y es que, si podemos calificar a La posibilidad de una isla como “políticamente incorrecta” de principio a fin, En tiempo de prodigios, que fue finalista del Premio Planeta 2006, debería considerarse “políticamente correcta” en todas y cada una de sus páginas.
Veamos el argumento de la novela que escribe Marta Rivera de la Cruz. La protagonista principal, Cecilia, nos cuenta en primera persona la muerte de su madre a consecuencia de un cáncer tardíamente diagnosticado. Esa muerte y la ruptura con el hombre que ha sido su pareja durante varios años, le hace caer en una profunda crisis personal. El contacto con Silvio, abuelo de su mejor amiga, al que visita con regularidad por encargo de ésta, le ayuda a superar poco a poco la crisis. Silvio, valiéndose de antiguas fotografías, le relata una historia de espionaje, amistad, amor y tragedia en el marco de la 2ª Guerra Mundial, la Guerra Civil española y la posguerra, que hace a la joven cambiar la perspectiva con la que se enfrenta a la situación que está atravesando y ver con claridad lo que desea para el futuro.
El libro se lee en unas horas y está correctamente escrito. Lo más destacado es el homenaje que la escritora realiza en él a su madre muerta, a la que retrata como una extraordinaria persona, poseedora, además de belleza, de todas aquellas cualidades que hacen a un ser humano inolvidable e insustituible. El problema es que esa historia, aunque se trate de un caso real, no llega a conmover en absoluto. Como tampoco provoca ninguna clase de hormigueo interior lo relacionado con el abuelo Silvio y sus amigos americanos y polacos.
En resumen, un libro plano, adecuado para leer cuando la vida nos ofrece sólo su cara amable. Entonces, la pintura pastel de la escritora puede hasta hacernos gracia. El resto de los días, alrededor de trescientos sesenta y cuatro y medio, es más interesante dejarse acompañar por Houellebecq, su escepticismo, su irreverencia y su iconoclasta visión de la existencia.

lunes, 12 de marzo de 2012

LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA

La posibilidad de una isla es el primer libro que leo del escritor francés Michel Houellebecq, considerado como uno de los mejores autores en lengua francesa y que ha recibido numerosos premios, entre ellos, el Goncourt en el año 2010.
Al consultar diversas páginas de Internet referidas a Michel Houellebecq, no encontré unanimidad a la hora de explicar su obstinación en poner de manifiesto las miserias del hombre contemporáneo. Unos se centran en la infancia del autor, ignorado por sus padres y recogido por su abuela materna, de la que más tarde tomó el apellido. Otros le consideran un provocador, un agitador intelectual influenciado por autores como Lovecraf, Celine, Huxley o el Marqués de Sade.
Como sólo he leído un libro de él, me parece arriesgado opinar al respecto. Quizá trata esos temas con la intención de exorcizar sus propios fantasmas y, a la vez, provocar al lector para que reflexione, tome partido y actúe en consecuencia. No es el único creador de nuestro tiempo que actúa así; un ejemplo sería el director de escena Calixto Bieito, en cuyos montajes operísticos desaparece cualquier atisbo de humanidad.
Sean cuales sean las motivaciones de Michel Houellebecq, lo cierto es que sus libros crean controversia y no dejan indiferente a nadie.
En La posibilidad de una isla hay tres narradores que hablan alternativamente: Daniel1, hombre actual, y, dos mil años más tarde, Daniel24 y Daniel25. Daniel1 es un humorista de éxito, cínico y sarcástico, famoso por sus monólogos en los que mezcla la provocación con una visión fría y cruel de la existencia. Divorciado de su primera mujer, se casa con Isabelle, dos años menor que él, inteligente y bella, pero poco interesada por el sexo. Esto, unido a los estragos que el tiempo va provocando en su físico, origina un alejamiento progresivo entre ambos hasta que se divorcian. Enamorado de Esther, joven y guapa actriz, inicia una nueva relación basada por parte de la chica únicamente en el sexo. La diferencia de edad y los intereses profesionales de Esther, provocan también aquí la ruptura.
Daniel1, muy afectado, se refugia junto a los elohimitas, una secta que buscaba la inmortalidad partiendo de la clonación y con la que había establecido contacto a poco de divorciarse de Isabelle. Obsesionado por todo lo que le ha sucedido, propone a Vincent, profeta de la secta, escribir la historia de la misma.
Partiendo de esa historia y con continuas referencias a ella, dos mil años más tarde, en un mundo asolado por guerras nucleares y diversos cataclismos que han alterado su estructura geológica, los neohumanos, Daniel24 y Daniel25, clones de Daniel1, nos cuentan cómo viven, en un relato de ciencia-ficción poblado por seres aislados que se comunican por Internet y que han superado casi todas sus necesidades: relaciones sociales, alimento, sexo, etc. Se reproducen por clonación y esperan seguir perfeccionándose para alcanzar las potencialidades innumerables. En ese mundo, separados de los neohumanos por rejas y alambradas, habitan grupos de salvajes que, desaparecido el aliciente cultural, se han embrutecido por completo.
El libro está bien escrito y bien documentado. Abundan las reflexiones filosóficas, científicas y culturales que hacen pensar (y disentir a veces): juventud frente a vejez, incomunicación, hedonismo a ultranza, superficialidad, crisis de las religiones tradicionales, exaltación del feísmo, deseos de inmortalidad, etc.
Aunque gran parte de la historia se desarrolla en nuestro país (Michel Houellebecq tiene una casa en Cabo de Gata, provincia de Almería), resulta curioso lo poco que el autor parece apreciar a España y a los españoles, de los que dice muestran nulo interés por todo lo relacionado con la cultura.
Para terminar, hay quien comenta que, tanto Houellebecq como los protagonistas de sus libros, sólo desean encontrar el verdadero amor. En La posibilidad de una isla, el único ser capaz de amar incondicionalmente es Fox, un perro.

lunes, 5 de marzo de 2012

ZURRASPAS EN EL ALMA

Hace ya algunos años, mi amigo Manolo escribió lo que sigue como presentación de los nueve poemas que nuestro ex alumno Juan Salvador Campoy Arrés había colgado en las paredes de un café: “Escribir poesía siempre implica coraje, el coraje de estudiarse uno mismo y trasladar al papel los propios sentimientos y emociones. Es un proceso de autoconfesión, y cualquier confesión supone siempre valentía”. Y más adelante: “Sobre un fondo de amor macerado en introspección, Campoy lucha contra la insuficiencia o la incapacidad del lenguaje para satisfacer su profundo anhelo de comunicación”.
Ha pasado el tiempo. Manolo ya no está con nosotros y Salva ha dejado de ser el adolescente introvertido, solitario, sensible y gran lector que tuvimos en clase. Escogiendo el papel como escudo y eligiendo con cuidado de orfebre las palabras, se ha lanzado sin red a la pista del circo que es la vida, mostrándonos en toda su prístina desnudez el alma, sin importarle que en ella podamos apreciar las pequeñas o grandes zurraspas que le dejó el vivir.
“La otra opción es liarme a sillazos contra las ventanas”, nos dice, y en aras de esa comunicación que tanto anhela, comparte con el lector atento sus miedos, sus fracasos, sus ansias más profundas, sus amores: a la literatura, al cine, a las historia, a la música, a la compañera… en un libro de poemas que ha titulado con el mismo nombre del blog del que es también autor, Zurraspas en el alma.
“Sacudimiento extraño que agita las ideas, como huracán que empuja las olas en tropel”, dice Bécquer que es la inspiración. Y ese sacudimiento transita por las páginas del libro de Salva Campoy, dando lugar a situaciones plenas, pero más a momentos que no llegan a serlo y tornan en versos agradecidos por lo que dicen y por lo que se intuye desearían decir: “¿Cuáles son los trozos que me faltan? No sé, sólo duelen”.
Y queda un aleteo de palabras apenas musitadas: Casi, todavía, veremos, tal vez, pero, yo que …, quizá para lograr aceptarse al fin ya por entero, sin que duelan los trozos que faltan todavía para armar su puzle personal; quizá para no tener que seguir preguntándose: “Cómo volver a ser uno mismo, cómo confiar en uno mismo, cómo quererse a uno mismo, si es eso lo que mata”.
Los poemas de Salva inquietan y conmueven. Inquietan, porque en su profundidad descarnada, en su sinceridad sin vanas florituras, sitúan a la persona que los lee ante sus propias contradicciones, sus miedos y sus pequeños o grandes cambalaches. Conmueven, porque a través de ellos podemos ver claramente el abrupto camino que recorrió el poeta. Un camino que, por fortuna y en palabras de Heidegger: “Lo alejado, el sí mismo propio y el mundo, regresan”.
Regresan, titubeando aún: “No sé si el despertar extremo de mañana traerá esa luz que se nos prometió, o simplemente será oscuridad reconvertida”.
Regresan, a pesar de las dudas: “Pero ya estoy en casa. Faltan cuadros sobre la repisa, faltan platos en la alacena, y hay calcetines, muchos calcetines sin pareja”.
Regresan, aceptando esas faltas, esos huecos que hacen a cada ser humano único y, por lo tanto, inmenso y diferente, hasta el punto de poder afirmar: “No quiero nada, simplemente sabedlo, no más humo, no más niebla, no más. Sólo quiero, nada más”.
Termino con el título del poema que cierra el libro de Salva Campoy, “No te detengas”, integrado por una colección de nombres de personas para él importantes:
No te detengas, Salva, sigue adelante, continua escribiendo. Como la primavera de uno de tus poemas, “decide repetir hasta la victoria”. En aquellos que amamos la poesía, lectores de tu libro, esa victoria ya se ha producido.